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Sheinbaum enfría la amenaza de Trump y blindará la vía diplomática

México rechaza una intervención militar, activa a su canciller y busca encauzar con Washington una cooperación en seguridad sin ceder soberanía

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La nueva etapa política en México ha empezado entre amenazas verbales de Donald Trump y llamadas a la calma desde Palacio Nacional. Mientras el expresidente estadounidense presume de “soluciones militares” frente al crimen organizado, Claudia Sheinbaum ha optado por un camino radicalmente distinto: bajar el tono, abrir canales diplomáticos y poner a trabajar a su canciller, Juan Ramón de la Fuente, en un contacto directo con el secretario de Estado, Marco Rubio.


No es una cuestión menor. En una frontera de más de 3.100 kilómetros, por la que cada año cruzan legalmente bienes por valor de más de 800.000 millones de dólares, cualquier deriva hacia la confrontación retórica o militar tendría un impacto inmediato sobre la seguridad, la migración y el comercio.
La presidenta mexicana lanza así un mensaje doble: México no acepta amenazas ni intromisiones, pero tampoco caerá en el juego de la escalada. Su apuesta es más fría: forzar a Washington a plasmar por escrito la cooperación en seguridad y, al mismo tiempo, blindar la soberanía mexicana ante cualquier tentación intervencionista.

De la amenaza de incursión al mensaje de calma

Las declaraciones de Trump, deslizando la posibilidad de operaciones militares en territorio mexicano para combatir a los cárteles, activaron de inmediato todas las alarmas políticas en la capital. El antecedente de los debates en Washington sobre clasificar a los grupos criminales como organizaciones terroristas sigue vivo, y en Ciudad de México se sabe que ese tipo de etiquetas puede abrir la puerta a acciones unilaterales.

Sheinbaum, sin embargo, evitó la respuesta inflamatoria. En lugar de responder con amenazas de reciprocidad o ruptura, optó por un mensaje en tres planos: rechazo claro a cualquier intervención, reafirmación de la soberanía y oferta explícita de diálogo de alto nivel. La prioridad, subrayó, es mantener bajo control una relación que afecta a más de 37 millones de personas de origen mexicano que viven en Estados Unidos y a millones de empleos vinculados al comercio bilateral.

Este hecho revela una estrategia distinta a la de otros momentos de tensión: ni confrontación abierta que dé munición al trumpismo, ni silencio que pueda interpretarse como debilidad. México busca situarse en el centro de la mesa como socio imprescindible, no como problema a resolver desde fuera.

El canciller De la Fuente, al frente de la línea caliente

Para aterrizar esta estrategia, Sheinbaum ha puesto al frente al canciller Juan Ramón de la Fuente, un perfil con experiencia multilateral y reputación dialogante. Su encargo es muy concreto: abrir una línea directa con Marco Rubio, hoy al frente del Departamento de Estado, y sentar las bases de una agenda de información compartida sobre grupos del crimen organizado, rutas de tráfico y flujos financieros ilícitos.

La apuesta es arriesgada y calculada a la vez. De la Fuente no acude a Washington a aceptar la narrativa estadounidense de “Estado fallido”, sino a demostrar que México tiene inteligencia propia, capacidades operativas y voluntad de colaborar, siempre que se respeten las reglas. Sobre la mesa habrá cifras duras: más de 30.000 homicidios al año vinculados a la violencia criminal, un tráfico de fentanilo que causa decenas de miles de sobredosis en EE. UU. y una red de armas que se mueve, en sentido inverso, desde el norte hacia el sur.

En la práctica, este canal busca transformar un intercambio de acusaciones públicas en mecanismos operativos concretos: equipos conjuntos, intercambio de listas de objetivos prioritarios, operaciones coordinadas en frontera y, sobre todo, responsabilidades compartidas. Si Washington quiere resultados, tendrá que aceptar que el problema no es solo “mexicano”, sino binacional.

Seguridad, migración y comercio: el triángulo que nadie puede romper

El episodio diplomático ocurre en un contexto en el que la relación México–Estados Unidos ya estaba tensionada por migración y comercio. Cada mes, decenas de miles de personas cruzan o intentan cruzar la frontera, mientras el flujo de mercancías mantiene cadenas productivas integradas en sectores como la automoción, la electrónica o la agroindustria.

En este triángulo, la seguridad es tanto un fin como una moneda de cambio política. Washington presiona para que México contenga flujos migratorios y golpee a los cárteles; Ciudad de México recuerda que sin acceso estable al mercado estadounidense y sin inversiones cruzadas, el coste social de esa batalla se dispararía. La amenaza de “intervención” desestabiliza ese equilibrio, porque introduce el factor militar en una ecuación que, hasta ahora, se había gestionado con presión económica y diplomática.

Al responder con calma, Sheinbaum intenta evitar que la seguridad se instrumentalice como arma electoral en Estados Unidos a costa de la imagen de México. Al mismo tiempo, busca consolidar la idea de que el país es un socio estratégico indispensable para mantener la estabilidad en una frontera que concentra más del 50% del comercio total de América Latina con EE. UU.

Soberanía no negociable, cooperación condicionada

El mensaje de la presidencia mexicana se articula sobre un eje nítido: soberanía no se negocia, cooperación sí. Esto se traduce en una fórmula de mínimos que el Gobierno intenta imponer como marco de conversación: no habrá aceptación de tropas estadounidenses en territorio mexicano, pero sí margen para reforzar inteligencia compartida, control de puertos, aduanas y corredores logísticos.

Esa línea roja busca disipar el fantasma histórico de la intervención. Para una parte importante de la opinión pública mexicana, la sola mención de incursiones militares revive episodios que van desde la guerra de 1846-1848 hasta operaciones encubiertas en el siglo XX. Sheinbaum es consciente de que cualquier señal de ambigüedad se leería como cesión ante Washington, con un coste político interno difícil de soportar.

A la vez, el Gobierno sabe que cerrar la puerta a la cooperación sería un error estratégico: sin información y sin coordinación, el poder de fuego económico, tecnológico y financiero de los cárteles seguiría desbordando la capacidad de las instituciones. De ahí el esfuerzo por construir una narrativa en la que México coopera por decisión propia, no por imposición, y exige a cambio compromisos claros sobre armas, precursores químicos y lavado de dinero en bancos estadounidenses.

La mirada del exterior: apoyo, recelos y segundas lecturas

La comunidad internacional observa esta tensión con una mezcla de respaldo y recelo. En América Latina, varios gobiernos ven con simpatía la postura de Sheinbaum, porque temen que la normalización de un discurso intervencionista sobre México siente precedente para otros países de la región. La idea de que una potencia pueda invocar el combate al crimen como justificación para cruzar fronteras preocupa tanto en el Cono Sur como en Centroamérica.

En Europa, donde el comercio con México supera ya los 70.000 millones de euros anuales, la prioridad es que la crisis no derive en medidas unilaterales que alteren las cadenas de suministro o provoquen nuevas olas migratorias. El equilibrio que intenta Sheinbaum —firmeza en soberanía, pragmatismo en cooperación— encaja con la narrativa europea de “seguridad compartida” sin renunciar al derecho internacional.

Sin embargo, también hay recelos. Algunos observadores temen que el énfasis en la diplomacia oculte limitaciones reales del Estado mexicano para recuperar el control de territorios capturados por el crimen organizado. Otros dudan de la capacidad de Washington para separar la cooperación técnica de la explotación electoral del conflicto. En ese cruce de sospechas, la jugada de Sheinbaum es tanto un gesto hacia fuera como una apuesta por reforzar su propia legitimidad interna.

¿Puede la diplomacia contener la escalada?

La gran incógnita es si la diplomacia puede frenar la escalada retórica y el riesgo de incidentes. La experiencia reciente muestra que las declaraciones de Trump, aun como expresidente, tienen capacidad de marcar la agenda y condicionar el discurso del Partido Republicano. Cada vez que agita el fantasma de la intervención, obliga a la Casa Blanca —sea del signo que sea— a posicionarse, y a México a calibrar su respuesta.

En este escenario, la estrategia de Sheinbaum apunta a desactivar el coste político de ceder al ruido: responder con canales discretos, informes técnicos y compromisos verificables. Si la interlocución De la Fuente–Rubio consigue traducir la tensión en acuerdos concretos sobre seguridad fronteriza, se habrá ganado tiempo y espacio para rebajar el tono.

Pero el riesgo de fondo persiste. Bastaría un incidente grave —un atentado, una masacre vinculada a drogas sintéticas, una crisis puntual en la frontera— para que la presión interna en Estados Unidos volviera a poner la opción militar sobre la mesa, al menos retóricamente. La diplomacia de Sheinbaum no elimina esa posibilidad, pero sí intenta encarecer políticamente cualquier paso en esa dirección.

México entre la presión y el liderazgo regional

En última instancia, la forma en que México gestione este episodio definirá su papel en la región. Si logra imponer la idea de que la cooperación en seguridad se hace entre iguales y bajo reglas, podrá presentarse como modelo de cómo enfrentar al crimen trasnacional sin renunciar a la soberanía. Si, por el contrario, el país aparece como rehén de amenazas externas o incapaz de articular una respuesta coherente, su capacidad de liderazgo se resentirá.

La jugada de Sheinbaum va justamente en esa dirección: evitar la victimización, proyectar serenidad y demostrar que México puede hablar de tú a tú con su vecino del norte. El reto será sostener esa línea cuando los ciclos mediáticos y electorales en Estados Unidos empujen hacia la simplificación y el eslogan fácil.

Por ahora, el discurso presidencial traza un camino: menos épica y más gestión, menos choque frontal y más diplomacia firme. Si bastará para evitar nuevos choques con Trump y su entorno, es otra historia. Lo que sí parece claro es que México no está dispuesto a que su política de seguridad se decida solo a golpe de amenaza desde un plató de televisión en Washington.

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