Suecia fortalece su presencia militar en Groenlandia en medio de tensiones árticas
La llegada de oficiales suecos a Groenlandia, en apoyo a una operación danesa y bajo paraguas aliado, certifica que el Ártico se ha convertido en el nuevo frente político y militar de Occidente. Estocolmo, que desde marzo de 2024 es miembro de pleno derecho de la OTAN y ha roto décadas de neutralidad formal, se suma así al despliegue que Copenhague ha puesto en marcha ante la presión de Estados Unidos para reforzar su control estratégico sobre la isla.
El movimiento no es simbólico: Washington insiste en que necesita Groenlandia para completar un sistema de defensa antimisiles antes de 2029, mientras la Casa Blanca vuelve a agitar, de forma más o menos explícita, la idea de “adquirir” el territorio, algo que Dinamarca y las autoridades groenlandesas rechazan frontalmente. La respuesta europea llega en forma de tropas y oficiales: Dinamarca, Alemania, Noruega y ahora Suecia refuerzan su huella militar en la región, en una operación de “tranquilización” que en realidad lanza un mensaje directo a Washington.
El resultado es un tablero inédito: aliados enfrentados por la gobernanza del Ártico, una isla de 2,1 millones de kilómetros cuadrados convertida en pieza crítica por sus recursos y sus rutas marítimas, y una OTAN obligada a gestionar la tensión entre el aliado dominante y sus socios europeos. La pregunta es clara: ¿este despliegue frenará la escalada o abrirá un nuevo frente dentro de la Alianza?
Una operación pequeña con un mensaje enorme
El contingente sueco que llega a Groenlandia es reducido, pero políticamente enorme. El propio primer ministro Ulf Kristersson ha confirmado el envío de “algunos oficiales de las Fuerzas Armadas”, integrados en un grupo multinacional desplegado a petición de Dinamarca para apoyar su aumento de alerta en la isla. No se trata de bases, ni de grandes unidades de combate, sino de mandos, asesores y personal de enlace que participarán en tareas de reconocimiento, preparación de maniobras y coordinación con otros aliados.
La operación se enmarca en el dispositivo “Arctic Endurance”, diseñado por Copenhague como muestra de que la soberanía danesa sobre Groenlandia no está en discusión, pero también como recordatorio de que la seguridad de la isla es un asunto colectivo de la OTAN y de la UE. Lo más relevante, sin embargo, es el carácter claramente político de la misión: Suecia no tiene intereses directos en Groenlandia, pero sí en evitar que el pulso entre Washington y Copenhague se descontrole. Su presencia dice: el conflicto se resolverá dentro del marco aliado, no por la vía de los hechos consumados.
Este hecho revela además que los países nórdicos han pasado de la discreción a la visibilidad estratégica. Con Finlandia ya dentro de la OTAN desde 2023 y Suecia integrada en 2024, toda la región nórdica actúa ahora como bloque militar coherente frente a cualquier actor que pretenda alterar el equilibrio ártico, sea Rusia… o el propio Estados Unidos.
Del neutralismo histórico a la disciplina atlántica
Durante décadas, la marca de la política de seguridad sueca fue la “no alineación militar”, acompañada de una cooperación muy estrecha pero cuidadosamente limitada con la OTAN. Esa etapa se cerró de golpe tras la invasión rusa de Ucrania en 2022 y culminó con el ingreso oficial de Suecia en la Alianza el 7 de marzo de 2024, cuando su bandera se izó por primera vez en la sede de Bruselas.
El despliegue en Groenlandia es, en ese contexto, mucho más que una anécdota. Supone que Estocolmo está dispuesta a ejercer plenamente su papel de aliado, participando en misiones sensibles que le obligan a tomar partido en disputas que hace apenas cinco años habría contemplado desde la grada. El contraste es evidente: de socio prudente en ejercicios árticos puntuales ha pasado a actor visible en una operación pensada para contener las ambiciones de su principal socio de seguridad, Estados Unidos.
La consecuencia es clara: Suecia ya no puede escudarse en la neutralidad para justificar la inacción. Cada crisis en el entorno euroatlántico obliga a posicionarse. Y, en Groenlandia, ese posicionamiento pasa por respaldar la interpretación danesa y europea de la soberanía, frente a una visión norteamericana que, de facto, equipara seguridad territorial con control directo del espacio físico.
Groenlandia, pieza clave del nuevo tablero ártico
¿Por qué una isla con apenas 56.000 habitantes se ha convertido en epicentro de un choque geopolítico? Porque el Ártico ha dejado de ser periferia. El deshielo abre rutas marítimas que pueden recortar hasta un 40% los tiempos de navegación entre Asia y Europa, y bajo el casquete glaciar se estima que hay alrededor del 13% de las reservas mundiales de petróleo sin descubrir y un 30% de las de gas, buena parte en áreas cercanas a Groenlandia, según estudios geológicos internacionales.
A eso se suma la infraestructura ya existente. En el noroeste de la isla, la base aérea de Pituffik —antigua Thule— alberga desde la Guerra Fría un complejo sistema de radares y capacidades espaciales clave para la alerta temprana de misiles y el seguimiento de satélites en órbita polar. Controlar, o al menos influir de forma determinante en la evolución de esa instalación, es un objetivo declarado de Washington, que la considera indispensable para cualquier arquitectura de defensa frente a Rusia, China o incluso misiles lanzados desde terceros países.
Este cóctel de recursos, rutas y tecnología convierte cada movimiento en Groenlandia en un mensaje hacia múltiples destinatarios: Moscú, Pekín, Bruselas… y ahora también hacia Estocolmo, que con su despliegue asume que el futuro de su propia seguridad pasa inevitablemente por el Ártico.
Trump, los misiles y el fantasma de la anexión
El detonante inmediato de la crisis actual es la reactivación, desde la Casa Blanca, de la idea de que Estados Unidos “necesita” Groenlandia para su seguridad. El presidente Trump ha vuelto a defender la conveniencia de que la isla pase a estar bajo control estadounidense, retomando un debate que ya en 2019 provocó un choque diplomático con Dinamarca, cuando se filtró su interés en comprar el territorio.
La novedad es que ahora la discusión se plantea en términos casi operativos. Fuentes estadounidenses han vinculado repetidamente la necesidad de disponer de Groenlandia a la puesta en marcha de un sistema de defensa antimisiles plenamente operativo en torno a 2029, capaz de cubrir amplias zonas del hemisferio norte. Para Copenhague, y para la mayoría de capitales europeas, el problema no es la cooperación militar —que ya existe desde hace décadas—, sino el lenguaje de anexión o control directo, percibido como una vulneración de la soberanía danesa y un precedente inaceptable dentro de la OTAN.
Lo más grave es que este discurso llega en un momento de fatiga aliada tras años de guerra en Ucrania y de tensiones comerciales transatlánticas. El riesgo es evidente: que la cuestión groenlandesa deje de ser un problema bilateral y se convierta en un termómetro de hasta dónde está dispuesta Europa a tolerar la unilateralidad de su socio mayoritario.
Fisuras dentro de la OTAN que nadie quiere reconocer
Oficialmente, todos los actores insisten en que la unidad aliada sigue intacta. Sin embargo, los movimientos sobre el terreno cuentan otra historia. Dinamarca refuerza sus tropas y sus medios navales y aéreos en Groenlandia; Alemania ya ha anunciado el envío de 13 soldados en misión de reconocimiento; Noruega aporta capacidades de vigilancia marítima; y Suecia se suma ahora con oficiales que participarán en ejercicios y en la planificación de la operación.
Sobre el papel, se trata de una respuesta coordinada a las presiones externas, principalmente rusas y chinas, en el Ártico. En la práctica, funciona también como contrapeso a la narrativa de Washington, que presenta la isla casi como un vacío estratégico a rellenar por quien llegue primero. Ese contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras en el flanco oriental de la OTAN el problema es la falta de medios, en Groenlandia el desafío es gestionar un exceso de ambición de uno de los aliados.
El diagnóstico es inequívoco: la OTAN se enfrenta a un doble examen. Hacia fuera, debe demostrar que puede proteger el Ártico sin convertirlo en una nueva zona de confrontación abierta. Hacia dentro, está obligada a garantizar que ningún socio intente redefinir la soberanía de otro al calor de la rivalidad con potencias rivales.
El cálculo de Estocolmo: seguridad, economía y opinión pública
¿Qué gana Suecia metiéndose en este avispero? En primer lugar, credibilidad. Tras décadas apoyándose en la disuasión nuclear estadounidense sin asumir plenamente las obligaciones políticas de pertenecer a la OTAN, el país quiere mostrar que no es un mero “free rider”. Su participación en Groenlandia envía a la vez un mensaje a Washington y a sus vecinos: Suecia está dispuesta a asumir costes políticos y militares para sostener el orden de seguridad nórdico.
En segundo lugar, hay un cálculo económico y tecnológico. El deshielo abre oportunidades en infraestructuras portuarias, energías renovables offshore y minería de minerales críticos en el Ártico, sectores en los que las empresas suecas —desde la siderurgia verde hasta la tecnología de sensores— aspiran a jugar un papel relevante. Participar desde el principio en el diseño de las reglas de juego en Groenlandia es asegurar un asiento en futuras licitaciones.
Finalmente, Estocolmo mira a su propia opinión pública. El apoyo a la OTAN creció por encima del 70% tras la invasión rusa de Ucrania, pero sigue habiendo un sector significativo de la sociedad incómodo con cualquier percepción de seguidismo hacia Estados Unidos. Apoyar a Dinamarca y a la UE frente a una deriva anexionista de la Casa Blanca permite al Gobierno equilibrar el relato: alineado con la Alianza, sí, pero no subordinado.

