Trump abre la puerta a Venezuela y Exxon vuelve tras 19 años
La Casa Blanca presume de “victoria” y acelera el giro energético mientras las petroleras calibran el riesgo país.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aseguró este lunes, en un discurso por el Memorial Day en Arlington, que Washington trabaja “muy de cerca” con el Gobierno venezolano y que ya hay “victoria total” en el país. El problema es que no explicó ni el alcance ni el precio de esa victoria.
El comentario llega justo cuando Exxon Mobil sopesa regresar a la industria petrolera venezolana casi dos décadas después de salir tras la nacionalización de sus activos. Y cuando Chevron consolida su posición en el Orinoco como el gran superviviente estadounidense en un mercado que vuelve a oler a dinero… y a trampa.
Un mensaje político con aroma a barril
La frase de Trump no es casual: en el nuevo tablero, Venezuela vuelve a ser un activo estratégico y un campo de batalla reputacional. En plena presión por estabilizar el mercado energético, la Administración busca convertir el acercamiento a Caracas en un trofeo geopolítico. El diagnóstico es inequívoco: si hay crudo disponible, habrá diplomacia, aunque sea de geometría variable.
Lo más grave es lo que no se dijo. “Victoria total” puede significar desde una transición pactada hasta un control operativo de facto sobre infraestructuras críticas. En ambos casos, el mensaje a las petroleras es el mismo: la ventana se abre, pero el marco legal sigue siendo el verdadero campo minado. La consecuencia es clara: el relato político va por delante de los contratos.
Exxon estudia el regreso que parecía imposible
Exxon explora volver a producir en Venezuela casi 20 años después de abandonar el país tras el choque con el chavismo y la expropiación de activos. El movimiento, adelantado por medios internacionales, apunta a negociaciones para recuperar derechos de producción y cerrar una disputa enquistada desde 2007.
Este hecho revela una anomalía: el mayor gigante energético de EEUU solo considera volver cuando percibe que el paraguas político es real. Porque hace apenas unos meses la propia compañía describía Venezuela como un destino “no invertible” sin cambios drásticos en reglas, arbitraje y seguridad jurídica.
“Sin garantías contractuales, estabilidad fiscal y un sistema de arbitraje creíble, la inversión es indefendible”, resume el sentir del sector, que teme repetir el guion de la década pasada.
Chevron se afianza: el precedente que pesa
Mientras Exxon duda, Chevron ya juega. La petrolera ha reforzado su huella en el cinturón del Orinoco —una zona de más de 55.000 km²— y ha sido presentada como el gran socio privado en la etapa de reapertura.
Los números importan: la producción vinculada a Chevron se ha situado en torno a 240.000 barriles diarios, en un país que, tras tocar fondo, habría recuperado hasta 950.000 b/d en 2025 desde los 500.000 b/d de 2020, según estimaciones citadas en análisis internacionales.
El contraste con otros actores resulta demoledor: Chevron ha sobrevivido por licencias, pragmatismo y paciencia. Su éxito funciona como señal… y como advertencia: entrar es posible, salir puede ser carísimo.
Sanciones, licencias y cuentas intervenidas
El retorno corporativo no se entiende sin el giro regulatorio. Estados Unidos ha relajado sanciones sobre PDVSA y ha permitido ventas con un mecanismo que canaliza ingresos a través de cuentas controladas para limitar desvíos y corrupción, según fuentes financieras.
Pero la arquitectura es frágil. El precedente de la nacionalización y el historial de litigios siguen vivos en cada cláusula. Por eso las petroleras piden blindajes: arbitraje internacional, estabilidad tributaria y protección de activos. Sin embargo, la política suele prometer más rápido de lo que el boletín oficial venezolano puede garantizar.
Aquí está el núcleo del riesgo: una licencia puede abrir un pozo, pero no cierra una disputa. Y el mercado sabe que, en Venezuela, la volatilidad no es un accidente: es parte del modelo.
El nuevo poder en Caracas y la tentación de Washington
El acercamiento coincide con un reordenamiento político interno que ha elevado a Delcy Rodríguez como interlocutora clave para Washington y para los grandes ejecutivos del petróleo, según análisis de prensa internacional.
Estados Unidos quiere estabilidad, barriles y un relato de control. Venezuela necesita inversión, caja y oxígeno técnico. Esa simetría explica la foto, pero no elimina la tensión: la apertura económica puede avanzar mientras la apertura democrática se congela. Y ese intercambio —crudo por legitimidad— divide tanto dentro de Venezuela como en el propio Congreso estadounidense.
En paralelo, el país intenta vender “normalidad” a golpe de reformas y promesas. La pregunta no es si habrá inversión, sino qué tipo de inversión: la que construye capacidad productiva o la que solo captura renta.
El efecto dominó: quién entra, quién se queda fuera
Si Exxon vuelve, el dominó se activa. Otras europeas ya han tanteado el terreno en ciclos anteriores; ahora la diferencia es el patrocinio explícito de Washington. Eso puede acelerar acuerdos, pero también multiplicar el ruido: competidores, socios locales y facciones internas pelearán por el reparto.
Para el mercado petrolero global, Venezuela aporta una promesa inmediata: crudo pesado que encaja en refinerías diseñadas para ese perfil. Para EEUU, además, supone una palanca geopolítica. Para las empresas, el dilema es clásico: rentabilidad potencial frente a riesgo soberano.
Y hay un último factor, menos visible: el relato. Cuando la política se impone al detalle técnico, se abren espacios de opacidad que luego cuestan años de litigios y miles de millones.