Trump recibía al presidente libanés mientras la frontera con Israel se calentaba a tiros
Las tropas israelíes abrieron fuego este martes cerca de una unidad del Ejército libanés desplegada en el sur del país. Israel sostiene que realizó disparos de advertencia porque los soldados habían entrado en un área ajena a la zona acordada; Beirut asegura exactamente lo contrario. El incidente coincidió con la reunión entre Donald Trump y el presidente libanés, Joseph Aoun, en la Casa Blanca. Al mismo tiempo, el Pentágono reconocía que su campaña contra Irán ya ha costado 37.500 millones de dólares. Diplomacia, tensión fronteriza y agotamiento financiero convergen así en una región donde cualquier error de cálculo puede abrir un nuevo frente.
Disparos en la zona piloto
El choque se produjo durante el despliegue del Ejército libanés en una de las denominadas zonas piloto, creadas para facilitar una retirada gradual de Israel y transferir el control territorial a las instituciones de Beirut.
Las versiones son incompatibles. Las Fuerzas de Defensa de Israel afirman que los militares libaneses entraron en un espacio no incluido en el acuerdo y que sus tropas dispararon al aire. El Ejército libanés sostiene que permanecía dentro del perímetro autorizado y acusó a Israel de recurrir a la fuerza en lugar de utilizar los canales de coordinación.
Lo más grave es que el mecanismo diseñado para reducir la tensión ha comenzado con un enfrentamiento entre los dos ejércitos.
Una cumbre bajo el fuego
El incidente ocurrió mientras Trump recibía a Joseph Aoun en la primera visita de un presidente libanés a la Casa Blanca desde 2009. El encuentro pretendía reforzar el acuerdo de seguridad impulsado por Washington y avanzar hacia una retirada israelí del sur de Líbano.
Trump prometió ayudar al país y anunció la reapertura de los vuelos comerciales directos, suspendidos desde 1985. Sin embargo, la fotografía diplomática quedó ensombrecida por los disparos en la frontera.
El contraste resulta demoledor: Washington presenta un itinerario de estabilización mientras sobre el terreno ni siquiera existe una interpretación compartida de los límites geográficos del acuerdo.
El problema llamado Hezbolá
La retirada israelí está condicionada a que el Ejército libanés pueda controlar el territorio y sustituir a Hezbolá como principal fuerza armada del sur. Esa exigencia coloca a Aoun ante una prueba extraordinariamente delicada.
Desarmar al movimiento chií reforzaría la soberanía del Estado, pero una operación coercitiva podría reactivar las divisiones internas del país. Israel, por su parte, mantiene que no abandonará posiciones estratégicas mientras perciba una amenaza directa contra sus comunidades fronterizas.
La consecuencia es clara: cada retraso libanés justifica una presencia israelí más prolongada, y cada permanencia israelí debilita al Gobierno de Beirut frente a Hezbolá.
La guerra vacía las cuentas
Mientras trataba de arbitrar entre Israel y Líbano, Estados Unidos reconocía el enorme desgaste de su propia campaña contra Irán. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, cifró el coste acumulado en 37.500 millones de dólares y defendió una petición suplementaria de 87.600 millones.
De ese refuerzo, el Pentágono considera urgentes 67.000 millones: unos 46.000 millones se destinarían a reponer municiones y ampliar líneas de producción, mientras otros 21.000 millones cubrirían salarios, combustible y equipos. Hegseth advirtió de que, sin ese dinero, podrían reducirse el entrenamiento e incluso comprometerse pagos militares.
Arsenales bajo presión
El problema no es exclusivamente presupuestario. Durante los dos primeros días de ataques contra Irán, Estados Unidos consumió municiones valoradas en 5.600 millones de dólares. El Mando Central llegó a informar de más de 2.000 proyectiles empleados contra 5.000 objetivos.
La velocidad del gasto obliga a sustituir parte del armamento de precisión por bombas guiadas más abundantes y baratas. También ha provocado movimientos de sistemas THAAD y Patriot desde otras regiones hacia Oriente Medio.
Este hecho revela el verdadero coste estratégico: reforzar un teatro de operaciones implica reducir reservas disponibles para Asia, Europa o futuras crisis inesperadas.
Irak añade otra incógnita
A este escenario se suman informaciones no confirmadas sobre movimientos de helicópteros y posibles operaciones aerotransportadas en la provincia iraquí de Al Anbar. Por ahora, no existe confirmación oficial suficiente para presentar esos movimientos como una nueva ofensiva estadounidense.
La prudencia resulta imprescindible. Irak alberga milicias vinculadas a Irán, fuerzas gubernamentales y posiciones estadounidenses dentro de un espacio operativo extremadamente congestionado. Una incursión mal identificada podría provocar represalias contra bases norteamericanas o agravar la presión sobre Bagdad. Estados Unidos intenta contener varios focos simultáneos mientras sus recursos militares y financieros muestran señales crecientes de tensión.
La frontera libanesa, la guerra contra Irán y la incertidumbre en Irak forman parte de una misma cadena. Washington necesita que el Ejército libanés gane autoridad, que Israel acepte retirarse y que Hezbolá reduzca su capacidad militar. Pero también necesita dinero, municiones y margen político para sostener su propia campaña.
Un disparo de advertencia puede parecer un episodio menor. En una región saturada de fuerzas armadas, acuerdos ambiguos y arsenales menguantes, puede convertirse en el principio de una escalada mucho más cara.