¿Trump y China: colaboración o confrontación en el nuevo escenario global?
La operación en Caracas acelera la pugna por la hegemonía global mientras Washington presiona a aliados y Pekín refuerza su red de influencia silenciosa
¿Estamos ante un giro definitivo en la red planetaria de poder o solo ante un episodio más en una larga partida?
La reciente operación en Venezuela, con la detención de Nicolás Maduro, ha desatado una oleada de lecturas sobre el equilibrio –y el desequilibrio– entre Estados Unidos y China.
Mientras las bolsas celebran con subidas de hasta un 3 % en algunos índices, la incertidumbre estratégica permanece intacta. El mensaje es claro: en política global, nada está escrito en piedra y todo puede reconfigurarse en cuestión de horas. La captura del líder chavista es mucho más que un cambio de nombres en Caracas: es un movimiento que reabre la batalla por la influencia en todo el hemisferio occidental.
Un giro en la red planetaria de poder
La operación en Venezuela no puede entenderse como un hecho aislado. Llega en un momento en el que Estados Unidos y China concentran juntos casi el 45 % del PIB mundial, pero muestran modelos de proyección de poder muy distintos. Washington combina sanciones, despliegue militar y liderazgo financiero; Pekín apuesta por crédito, infraestructuras y presencia económica a largo plazo.
La detención de Maduro actúa como catalizador de una tendencia previa: la vuelta de Estados Unidos a una política exterior más intervencionista, tras años de discursos de repliegue. La lógica es sencilla: asegurar recursos estratégicos, blindar posiciones en el “patio trasero” y, al mismo tiempo, enviar un mensaje al resto de capitales.
En ese contexto, la pregunta que sobrevuela las cancillerías es incómoda: “Si Washington está dispuesto a llegar tan lejos en Caracas, ¿hasta dónde podría llegar en otros puntos de fricción?” La respuesta, por ahora, es deliberadamente ambigua. Y esa ambigüedad es en sí misma una herramienta de poder.
Caracas, epicentro del nuevo equilibrio
El papel de Caracas en este tablero va más allá de su peso económico inmediato. Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del planeta, por encima de los 300.000 millones de barriles, y se ha convertido durante años en un símbolo de resistencia frente al orden occidental. Su captura envía una doble señal: a la región y al resto del mundo.
En este contexto irrumpe el gesto de Delcy Rodríguez, que se apresura a lanzar mensajes conciliadores hacia Washington. Su declaración en redes, abriendo la puerta a una colaboración con Estados Unidos, habría sido impensable hace solo unos meses. Muchos la leen como un reconocimiento tácito de que el centro de gravedad del poder efectivo ha cambiado.
“La prioridad es estabilizar el país y dialogar con todos los actores internacionales”, desliza el entorno oficial, en un giro discursivo que busca ganar tiempo y legitimidad. El contraste con la retórica de confrontación de etapas anteriores resulta elocuente: el chavismo sin Maduro parece entender que su margen de maniobra se ha estrechado dramáticamente.
El rediseño silencioso: la estrategia de Washington
Más allá del relato épico, la operación encaja en una hoja de ruta coherente. Washington vuelve a mirar a América Latina no solo como espacio de seguridad, sino como activo estratégico en energía, minerales críticos y rutas marítimas. Venezuela, con petróleo; México, con manufactura y frontera; Colombia, con posición clave; incluso Groenlandia, con recursos árticos, pasan a ser piezas de un mismo rompecabezas.
En paralelo, el fortalecimiento del dólar, que se aprecia frente a una cesta de divisas emergentes en torno a un 8-10 % en los últimos trimestres, refuerza la capacidad de Estados Unidos para imponer sanciones y condicionar flujos de capital. La potencia financiera se convierte en un multiplicador del poder militar.
El auge del sector armamentístico estadounidense completa el cuadro. Las exportaciones de defensa de EEUU ya rozan el 40 % del total mundial, y cada crisis geopolítica abre nuevas ventanas comerciales. Este hecho revela un engranaje casi perfecto: operaciones militares puntuales, presión diplomática, sanciones financieras y contratos de armas forman parte de una misma arquitectura de influencia.
China y Rusia: contestación sin choque directo
Frente a esta ofensiva, China y Rusia calibran su respuesta. Pekín mantiene su apuesta por la influencia económica: inversiones en infraestructuras, créditos blandos y participación en proyectos energéticos siguen siendo su principal herramienta. Su prioridad es evitar una confrontación abierta que desestabilice el comercio global, del que depende su crecimiento.
Rusia, por su parte, intenta conservar su peso en zonas tradicionales de influencia, especialmente en Europa del Este y Oriente Próximo, pero con recursos mucho más limitados que hace dos décadas. Su presencia en América Latina, aunque ruidosa en términos retóricos, es menor en términos reales de inversión y comercio.
La pregunta clave es si China está dispuesta a compartir espacios de poder o si, llegado el momento, optará por forzar una redistribución más agresiva del mapa. Por ahora, la respuesta se traduce en movimientos discretos: refuerzo de alianzas energéticas, avances tecnológicos y expansión de su moneda en el comercio regional. Pero la lógica es evidente: cuanto más presione Washington en su vecindario, más incentivos tendrá Pekín para responder en otros frentes.
Mercados e industria armamentística: el otro termómetro
Mientras los diplomáticos miden palabras, los mercados ofrecen una lectura más desnuda. Tras la operación en Venezuela, los principales índices registran subidas entre el 1,5 % y el 3 %, con especial protagonismo de defensa, energía y grandes bancos. No es euforia; es una mezcla de alivio a corto plazo y apuesta por un ciclo prolongado de tensiones controladas.
En el mercado de divisas, el dólar se refuerza como activo refugio, lo que encarece la financiación de países ya endeudados. Al mismo tiempo, el gasto militar mundial encadena más de diez años de incrementos y ronda ya el 2,5 % del PIB global, con Estados Unidos concentrando en torno al 38-40 % del total. La consecuencia es clara: la industria armamentística se convierte en uno de los grandes beneficiarios estructurales de esta fragmentación.
Este hecho revela una paradoja incómoda: cada nueva crisis refuerza a los sectores que viven de la inestabilidad, desde las armas hasta ciertas ramas de la energía, mientras la factura recae sobre contribuyentes y sociedades cada vez más polarizadas.
Socios bajo presión: de La Habana a Groenlandia
En este tablero, los socios y vecinos se convierten en campo de batalla indirecto. Cuba, México, Colombia, Groenlandia o Irán aparecen en los discursos de Washington como territorios de “especial interés”, cada uno por motivos distintos: proximidad geográfica, recursos, rutas, seguridad o todos a la vez.
La presión adopta formas diversas: negociaciones comerciales condicionadas, amenazas de sanciones, despliegues militares simbólicos, vetos tecnológicos o incluso campañas de influencia mediática. Para gobiernos con economías frágiles, el margen de resistencia es limitado: la dependencia financiera y energética actúa como un recordatorio constante de dónde reside el poder real.
La cuestión es si estos países podrán articular estrategias propias, jugando con varios centros de poder (Estados Unidos, China, Europa, potencias regionales) o si terminarán atrapados en una lógica de bloques cerrados. El riesgo de reducir su política exterior a un ejercicio de equilibrio permanente es evidente, y las sociedades empiezan a percibir el coste en forma de inflación, inseguridad y estancamiento.
Un mundo más fragmentado, más tenso y menos predecible
El resultado de este cruce de estrategias es un mundo más fragmentado, con más fronteras invisibles y menos reglas compartidas. Las grandes potencias hablan aún el lenguaje del multilateralismo, pero actúan cada vez más con lógica transaccional: “te ofrezco seguridad, crédito o energía a cambio de alineamiento político”.
Los riesgos se amplifican. Una mala lectura en Washington, Pekín o Moscú puede desencadenar escaladas no deseadas, especialmente en zonas donde chocan intereses energéticos, tecnológicos o militares. Y, al mismo tiempo, la capacidad de las instituciones internacionales para mediar y contener crisis se reduce, atrapadas entre vetos cruzados y agendas incompatibles.
La consecuencia es un escenario donde los episodios como el de Venezuela pueden convertirse en la norma, no en la excepción: operaciones rápidas, cambios de régimen, reconfiguración de alianzas y una sensación persistente de provisionalidad.
¿Nuevo orden o paréntesis inestable?
La gran incógnita es si asistimos al nacimiento de un nuevo orden o a un paréntesis inestable en la transición hacia algo aún por definir. La operación en Caracas y la respuesta de los distintos actores ofrecen pistas, pero no certezas.
Un escenario posible es el de una hegemonía estadounidense rearmada, capaz de contener el avance de China al coste de tensiones permanentes en varias regiones. Otro, el de una bipolaridad imperfecta, donde Washington y Pekín se reparten zonas de influencia sin llegar a un choque directo, pero a costa de reducir el margen de maniobra del resto.
Mientras tanto, para países como Cuba, México, Colombia, Groenlandia o Irán, la pregunta es mucho más concreta: “¿Podremos resistir la presión o acabaremos cediendo, poco a poco, a cambio de estabilidad de corto plazo?”
La respuesta aún no está escrita. Pero lo que sí parece claro es que cada operación como la de Venezuela recorta el espacio de neutralidad y obliga a elegir bando, incluso a quienes preferirían permanecer al margen.