Donald Trump ha decidido incendiar el tablero del comercio mundial y la estabilidad institucional de los Estados Unidos en un solo movimiento de una agresividad sin precedentes. Tras el revés sufrido en el Tribunal Supremo, que declaró ilegales sus aranceles unilaterales, el mandatario ha respondido elevando la apuesta: el arancel global previsto inicialmente en el 10% se situará finalmente en el 15%, el máximo «legalmente testado» que permiten las atribuciones ejecutivas de emergencia. Este incremento, anunciado a través de sus redes sociales, no solo supone un desafío directo a la autoridad judicial —a la que ha calificado de emitir decisiones «ridículas y antiamericanas»—, sino que sitúa a la economía global ante un escenario de proteccionismo extremo que amenaza con desatar una espiral inflacionaria y una guerra comercial de dimensiones sistémicas.
El contraataque del 15%: la máxima presión arancelaria
La decisión de elevar el arancel global del 10% al 15% responde a una estrategia de «tierra quemada» política. Tras meses de deliberación interna, la administración Trump ha concluido que solo el máximo rigor fiscal sobre las importaciones puede garantizar el éxito de su proceso de reindustrialización. Este hecho revela que la Casa Blanca no busca un compromiso con el poder judicial, sino una confrontación abierta que demuestre quién ostenta el control real de la política económica del país. El diagnóstico es inequívoco: Trump ha decidido utilizar la Sección 122 de la Ley de Comercio para exprimir al máximo su autoridad ejecutiva, ignorando las advertencias sobre el impacto que este gravamen tendrá en el consumo interno.
La consecuencia inmediata de situar los aranceles en el 15% es un encarecimiento súbito de prácticamente cualquier bien importado, desde componentes tecnológicos hasta productos básicos de consumo. El contraste con la ortodoxia comercial de las últimas décadas resulta demoledor. Mientras el mundo desarrollado intentaba reducir las barreras al comercio, Washington levanta un muro fiscal que, según las primeras proyecciones, podría detraer del comercio global más de 450.000 millones de dólares en intercambios durante el primer semestre de su aplicación. Es una maniobra que busca forzar acuerdos bilaterales bajo coacción, eliminando cualquier rastro de multilateralismo.
Un ataque frontal a la independencia judicial
Lo más grave de la última intervención de Trump no es la cifra del arancel, sino la virulencia de su ataque contra el Tribunal Supremo (SCOTUS). Al calificar el fallo que anuló sus aranceles previos como una decisión «pobremente escrita y extraordinariamente antiamericana», el presidente ha cruzado un rubicón institucional que pone en duda la estabilidad del sistema de contrapesos de los Estados Unidos. Este hecho revela una deriva donde la legitimidad de las leyes se mide exclusivamente por su grado de afinidad con la agenda presidencial.
Este discurso erosiona la seguridad jurídica, un activo fundamental para la inversión extranjera. Si la máxima instancia judicial del país es señalada desde el Despacho Oval como un actor que actúa contra los intereses nacionales, el diagnóstico de los analistas internacionales es de una fragilidad institucional extrema. La consecuencia es que el mercado ya no solo debe evaluar los riesgos económicos de los aranceles, sino el riesgo político de una nación donde el Ejecutivo desafía abiertamente las sentencias judiciales que no le son favorables. La polarización ha llegado al corazón de la arquitectura legal del país.
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La fractura ideológica en el seno del Supremo
En un movimiento inusual de marketing político, Trump ha decidido dividir a los magistrados del Supremo entre «patriotas» y otros. El presidente ha elogiado públicamente a Brett Kavanaugh, Clarence Thomas y Samuel Alito, los tres jueces que votaron a favor de mantener sus aranceles originales. Para el mandatario, estos magistrados son los únicos que tienen la intención real de «hacer a América grande otra vez». Este hecho revela un intento de politizar la justicia de forma explícita, premiando la lealtad ideológica frente al rigor técnico del fallo mayoritario.
Este señalamiento público de los magistrados por parte del jefe del Estado añade una capa de presión inaceptable sobre la independencia del poder judicial. El contraste con el respeto institucional de mandatos previos es absoluto. Al convertir una discrepancia jurídica en una prueba de patriotismo, Trump está dinamitando el prestigio de una institución que, hasta hace poco, se consideraba el último reducto de estabilidad en la democracia estadounidense. El diagnóstico es preocupante: el presidente busca un tribunal a medida que valide cualquier decreto ejecutivo, utilizando la presión social y mediática para doblegar a los jueces que se atreven a limitar sus poderes.
Inseguridad jurídica y el "limbo" de los próximos meses
Trump ha anunciado que durante los próximos meses su administración determinará y emitirá los nuevos aranceles «legalmente permisibles», lo que abre un periodo de incertidumbre total para los importadores y las multinacionales. Este hecho revela que, a pesar de la firmeza del anuncio del 15%, la Casa Blanca todavía está buscando los resquicios legales definitivos para evitar un nuevo varapalo en los tribunales. La consecuencia es un mercado operando en la penumbra, donde las decisiones de inversión y suministro están paralizadas a la espera de conocer el listado final de productos y naciones afectadas.
«Durante el próximo corto número de meses, la Administración Trump determinará y emitirá los nuevos y legalmente permisibles Aranceles, que continuarán nuestro proceso extraordinariamente exitoso de Hacer a América Grande Otra Vez», ha asegurado el presidente. Este intervalo de tiempo es, en la práctica, un arma de negociación: las empresas y países que no se alineen con las exigencias de Washington podrían encontrarse en la lista negra del 15%. El diagnóstico económico es el de un mercado cautivo de la arbitrariedad política, lo que suele derivar en una ineficiencia en la asignación de recursos y en un encarecimiento de la logística global.
Trabajadores de la construcción sobre un andamio en una obra, EPA/JIM LO SCALZO
El riesgo de estanflación: PIB vs Inflación
La subida del arancel al 15% se produce en un contexto macroeconómico extremadamente delicado. Con un crecimiento del PIB que se ha ralentizado hasta el 1,4% en el cuarto trimestre de 2025 y un índice de precios PCE que ha repuntado un 0,4% en diciembre, la economía estadounidense se asoma al abismo de la estanflación. El diagnóstico es inequívoco: inyectar un arancel del 15% en este escenario es una receta para el desastre de los precios al consumo.
La consecuencia será una presión insoportable sobre la Reserva Federal. Si los aranceles disparan la inflación por encima del 3,5% o 4%, el banco central se verá obligado a mantener los tipos de interés en niveles restrictivos o incluso subirlos, a pesar de la debilidad del crecimiento. Este hecho revela una desconexión total entre la política comercial de la Casa Blanca y la realidad monetaria del país. El contraste con las promesas electorales de "precios bajos" resulta demoledor; el consumidor estadounidense acabará pagando el coste del órdago de Trump a través de una cesta de la compra cada vez más inalcanzable.
Un mundo en pie de guerra
La elevación del arancel al 15% ha sido recibida con consternación en las capitales de Europa y Asia. Las principales potencias comerciales ya preparan medidas de represalia que afectarán a sectores clave de la economía estadounidense, desde la agricultura hasta la aeronáutica. Este hecho revela que el mundo no está dispuesto a aceptar el unilateralismo de Washington sin presentar batalla. La consecuencia es una fragmentación irreversible del comercio global, donde los acuerdos de la OMC (Organización Mundial del Comercio) quedan reducidos a papel mojado.
El diagnóstico para la exportación española e hispanoamericana es sombrío. Sectores como el aceite de oliva, el vino o los componentes industriales se enfrentan a un muro arancelario que podría reducir sus ventas en EE. UU. en más de un 20%. La guerra comercial ya no es una hipótesis de analistas; es una realidad que se materializará en tres días, cambiando de forma definitiva las reglas del juego para las multinacionales españolas con exposición al mercado estadounidense. El escenario de una recesión comercial global inducida por la Casa Blanca es, a día de hoy, el escenario base para la mayoría de los bancos de inversión.
La decisión de Trump de elevar los aranceles al 15% y atacar al Tribunal Supremo marca el inicio de una fase de autoritarismo comercial en la que el Ejecutivo estadounidense se sitúa por encima de las leyes y los tratados internacionales. El diagnóstico es que el presidente ha decidido quemar los puentes con el orden establecido para construir un sistema basado exclusivamente en la fuerza económica y la coacción arancelaria. Este hecho revela que la estabilidad global ya no figura entre las prioridades de Washington.
Analistas observan que el final será un debilitamiento de la hegemonía del dólar y de la confianza en las instituciones estadounidenses. A corto plazo, Trump puede lograr una recaudación fiscal récord y forzar ciertas concesiones comerciales, pero el coste a largo plazo será una nación aislada y un mercado global mucho más ineficiente y caro. El órdago del 15% es, en última instancia, el certificado de defunción del liberalismo comercial tal y como lo conocíamos, abriendo la puerta a una era de incertidumbre donde la ley del más fuerte es la única norma vigente en los puertos del mundo.