Trump desacredita al líder de Groenlandia y agita la disputa ártica
La última andanada verbal de Donald Trump contra el primer ministro de Groenlandia ha vuelto a encender una zona que ya era uno de los tableros geopolíticos más sensibles del planeta. El presidente ha optado por minusvalorar públicamente a un jefe de Gobierno —“no sé quién es”— y despachar el rechazo groenlandés a sus planes estratégicos con un seco “es su problema”, dejando claro que considera la isla una pieza más en su visión de seguridad nacional.
Detrás del desplante late algo mucho más profundo: el intento de reordenar el Ártico a golpe de presión política, en un contexto en el que Estados Unidos, China y Rusia compiten por rutas marítimas, bases militares y recursos críticos. Mientras en Nuuk y Copenhague se reivindica la soberanía groenlandesa, Washington lanza el mensaje de que, si no es Estados Unidos quien marque el paso, lo harán otras potencias menos afines. La consecuencia es clara: Groenlandia deja de ser un remoto territorio helado para convertirse en símbolo de un nuevo choque de bloques.
Groenlandia, la pieza que nadie quiere perder
Groenlandia alberga apenas 57.000 habitantes repartidos sobre la isla más grande del planeta, pero su peso estratégico supera con mucho su demografía. Situada entre Norteamérica y Europa, controla el acceso al Atlántico Norte y al corredor Groenlandia-Islandia-Reino Unido (el GIUK Gap), clave para el despliegue naval de la OTAN y para vigilar los movimientos de la flota rusa hacia el océano abierto.
A ello se suma la presencia de la base estadounidense de Pituffik (antigua Thule), integrada en el sistema de alerta temprana de misiles balísticos y en la red de control satelital de Washington. El aeródromo gestiona más de 3.000 vuelos al año y funciona como nodo logístico hacia el Alto Ártico, lo que convierte a la isla en un pilar del escudo defensivo norteamericano.
Pero el interés no es solo militar. El Ártico concentra alrededor del 13% del petróleo y el 30% del gas aún no descubiertos del mundo, además de yacimientos de minerales críticos valorados en cientos de miles de millones de dólares, desde tierras raras hasta uranio. El deshielo abre, además, nuevas rutas comerciales capaces de recortar hasta un 50% los costes frente al paso tradicional por Suez. En ese contexto, Groenlandia pasa de periferia a activo codiciado por cualquier potencia con ambiciones globales.
De la “compra” imposible al choque diplomático
El actual choque no surge de la nada. Trump ya colocó a Groenlandia en el centro del debate internacional cuando planteó abiertamente su “compra” a Dinamarca, resucitando una lógica de transacciones territoriales que parecía desterrada del derecho internacional contemporáneo. La propuesta fue rechazada de plano por Copenhague y por el gobierno groenlandés, que reafirmaron que la isla no está en venta y que cualquier cambio de estatus pasaría, en todo caso, por la voluntad de su población.
Desde entonces, lejos de diluirse, la tensión ha escalado. El primer ministro groenlandés ha reiterado en público su compromiso con el Reino de Dinamarca y con la OTAN, recalcando que la isla aspira a mayor autogobierno e incluso a una independencia futura, pero nunca a una anexión forzada o negociada con una potencia externa.
Trump ha respondido desplazando el foco: el problema no sería la voluntad de los groenlandeses, sino el riesgo de que China o Rusia llenen el vacío si Estados Unidos no se mueve. En ese relato, la negativa de Nuuk y Copenhague se convierte casi en una imprudencia estratégica, y el expresidente se reserva el papel de único líder dispuesto a “proteger” el Ártico frente a rivales sistémicos. El choque deja así de ser bilateral para convertirse en un pulso sobre quién define las reglas de juego en la región.
Desprecio calculado: la nueva estrategia Trump
La novedad ahora reside en el tono. Trump no se limita a discrepar, sino que ignora y desacredita al primer ministro groenlandés, reduciendo a una anécdota la posición oficial de un gobierno democrático. Al proclamar que “no sé quién es” y que el rechazo de Groenlandia es “su problema”, no solo lanza un mensaje hacia Nuuk; también lo dirige a sus bases internas y a sus aliados: los interlocutores que se opongan a sus planes serán tratados como irrelevantes.
Este estilo confrontativo tiene un doble efecto. A corto plazo, ennegrece el clima diplomático e introduce ruido en la coordinación con socios cruciales como Dinamarca, socio de la OTAN desde hace más de 70 años. A medio plazo, refuerza la percepción de que Washington podría recurrir a fórmulas de presión unilateral, desde sanciones económicas hasta la amenaza velada de usos de fuerza en nombre de la seguridad.
La consecuencia es clara: la discusión sobre una estrategia compartida en el Ártico queda desplazada por una lógica de suma cero en la que solo importa quién manda y quién cede. Este hecho revela un deterioro de los mecanismos tradicionales de consenso transatlántico en una zona donde la coordinación aliada era considerada casi automática.
China y Rusia acechan: el vacío que deja Washington
Mientras Estados Unidos se enreda en polémicas con socios formales, China y Rusia consolidan silenciosamente su presencia en el Ártico. Moscú ha invertido en una flota de rompehielos —incluidos varios de propulsión nuclear— que le da una ventaja operativa de una década sobre sus competidores, además de reforzar bases a lo largo de la costa siberiana para proteger su “ruta del Norte”.
Pekín, por su parte, se ha autodefinido como “Estado cercano al Ártico” y ha incorporado la llamada Ruta de la Seda Polar a su estrategia global de infraestructuras. Sus planes pasan por aprovechar el deshielo para abrir corredores marítimos entre Asia y Europa, conectados al resto de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, y por participar en proyectos energéticos y mineros en la región en colaboración con Rusia y otros actores.
Cuando Trump advierte de que, si Washington no actúa, lo harán China o Rusia, describe un riesgo real, pero lo hace desde una lógica de confrontación que puede ser contraproducente: empuja a Groenlandia y a Dinamarca a buscar aún más el paraguas colectivo de la OTAN y de la Unión Europea, al tiempo que deja espacio para que Pekín y Moscú se presenten como socios “más previsibles” en proyectos concretos de inversión.
Rutas, bases y minerales: el valor real del Ártico
Más allá de la gesticulación política, el Ártico se ha convertido en un laboratorio de la geoestrategia del siglo XXI. El deshielo abre rutas que recortan miles de millas de navegación y días de tránsito entre los grandes puertos de Asia y Europa, con impactos directos sobre el coste del transporte y la configuración de las cadenas de suministro.
En paralelo, las reservas de hidrocarburos y minerales críticos —desde las tierras raras usadas en turbinas eólicas y móviles hasta el cobalto y el níquel necesarios para baterías y tecnología militar— añaden una dimensión económica decisiva. En este tablero, Groenlandia aparece como un doble activo: plataforma militar de primer orden y futuro proveedor de materias primas estratégicas.
La base de Pituffik, integrada en la arquitectura espacial y de alerta temprana de Estados Unidos, refuerza esa centralidad. No es solo un aeródromo remoto, sino parte de la red que vigila los lanzamientos de misiles intercontinentales y da soporte a satélites clave para comunicaciones y navegación. En este contexto, cualquier mensaje que ponga en duda la solidez de la relación con Groenlandia introduce incertidumbres en la seguridad colectiva occidental.
Copenhague y Nuuk: soberanía bajo presión
Frente al ruido estadounidense, la posición de Dinamarca y Groenlandia se ha ido cohesionando. El primer ministro groenlandés y la jefa de Gobierno danesa han escenificado en varias ocasiones una postura común: Groenlandia “elige Dinamarca, la OTAN y la UE” y no contempla ser propiedad de ningún otro país.
Al mismo tiempo, en la isla existe un debate interno sobre la independencia a largo plazo. Todas las fuerzas políticas groenlandesas coinciden en que el objetivo final es un Estado plenamente soberano, pero discrepan en los plazos y en el modelo económico que debería sostenerlo. Hoy, la economía groenlandesa depende en torno a un 20-25% de las transferencias anuales de Copenhague, y el desarrollo de la minería y de nuevas rutas comerciales se ve aún frenado por limitaciones de infraestructura y por la presión de grupos ecologistas.
En ese marco, la estrategia de desprestigiar al primer ministro no solo es percibida como una falta de respeto. Es interpretada también como un intento de fracturar la relación entre Nuuk y Copenhague, explotando las tensiones internas del Reino de Dinamarca. El resultado, de momento, ha sido el contrario: mayor coordinación diplomática, contactos intensificados con Bruselas y un discurso público mucho más firme en defensa de la soberanía groenlandesa.
Qué puede pasar ahora en el tablero ártico
El episodio abre varias incógnitas. En primer lugar, sobre el impacto en la OTAN, que afronta el reto de integrar el Ártico como prioridad estratégica sin convertir la región en un nuevo frente de escalada descontrolada con Rusia y China. Una relación deteriorada entre Washington y Copenhague complica ese ejercicio de equilibrio.
En segundo término, sobre la credibilidad de Estados Unidos como socio de pequeños Estados y territorios autónomos. Si la defensa de la democracia y del derecho de autodeterminación convive con mensajes que trivializan la legitimidad de un primer ministro elegido, el discurso occidental contra los revisionismos territoriales pierde fuerza. Los adversarios de Washington no tardarán en explotar esa incoherencia.
Por último, el caso Groenlandia anticipa un patrón que se repetirá en otras latitudes: territorios pequeños, pero ricos en recursos críticos o situados en puntos neurálgicos de las rutas globales, sometidos a una presión creciente de grandes potencias. Cómo gestione la comunidad internacional este primer pulso en el Ártico será, probablemente, el ensayo general de la geopolítica de las próximas décadas.

