Trump cita a Petro en la Casa Blanca en plena crisis
Analistas ven en el encuentro un intento de frenar la escalada verbal y redefinir la cooperación en seguridad y energía entre ambos países
La relación entre Colombia y Estados Unidos entra en un punto de inflexión. Tras varios días de tensión, declaraciones cruzadas e incluso rumores de intervención militar, Donald Trump ha confirmado que recibirá a Gustavo Petro en la Casa Blanca.
Según fuentes diplomáticas, el objetivo oficial es “revisar la agenda estratégica”, pero el trasfondo es evidente: evitar que la crisis política y de seguridad derive en una ruptura que nadie en la región se puede permitir.
Los equipos negociadores trabajan contrarreloj para llegar a Washington con propuestas concretas sobre narcotráfico, cooperación militar y transición energética.
La cita se percibe como un examen para ambos líderes: Trump deberá mostrar hasta dónde está dispuesto a presionar; Petro, hasta dónde puede ceder sin dinamitar su narrativa de cambio. En juego no solo está la relación bilateral, sino el equilibrio de una región donde más del 40% de las exportaciones colombianas tienen como destino el mercado estadounidense.
Una semana al borde de la ruptura
La convocatoria a la Casa Blanca llega tras una semana que, según fuentes en Bogotá y Washington, ha sido “la más tensa en una década”. Declaraciones desde el entorno de Trump dejaron caer la posibilidad de replicar en Colombia el modelo de presión aplicado en su día sobre Venezuela, incluyendo operaciones militares limitadas bajo el paraguas de la lucha contra el narcotráfico.
El mero hecho de que esta opción se haya mencionado en público bastó para disparar las alarmas. Colombia es un aliado histórico de primer orden, receptor de más de 12.000 millones de dólares en ayuda de seguridad y desarrollo en dos décadas, y sobre esa base se ha construido una cooperación estrecha en inteligencia y defensa.
Lo más grave, según diplomáticos consultados, es que el debate se trasladó rápidamente a platós y redes sociales, elevando el riesgo de que la política exterior quedara atrapada en la dinámica interna estadounidense. La decisión de Trump de abrir un canal directo con Petro se interpreta como un intento de reconducir esa deriva antes de que las palabras obliguen a tomar decisiones irreversibles.
La sombra de la intervención y el precedente venezolano
El precedente de Venezuela pesa sobre cada conversación. La comunidad estratégica en la región recuerda que una combinación de sanciones, operaciones encubiertas y presencia militar en el Caribe terminó derivando en una intervención de facto con consecuencias todavía abiertas. Que en ciertos círculos de Washington se hable de Colombia en esos términos ha encendido todas las señales rojas.
Analistas de seguridad subrayan que el contexto es radicalmente distinto. Colombia mantiene instituciones funcionales, un crecimiento económico en torno al 3% y una cooperación militar con Estados Unidos que se ha extendido durante más de veinte años. Sin embargo, los discursos que comparan la situación con la de Caracas son vistos como munición política interna que erosiona la confianza bilateral.
Petro llega a Washington con la intención de dejar claro que Bogotá no aceptará operaciones unilaterales en su territorio, pero al mismo tiempo necesita preservar el soporte financiero y tecnológico que aporta Estados Unidos. El equilibrio es delicado: cualquier frase mal calibrada puede ser interpretada en casa como claudicación, y en Washington como desafío.
El narcotráfico, cifra en mano
Detrás de la retórica está el dato incómodo que alimenta la tensión: Estados Unidos sigue siendo el principal destino de la cocaína producida en la región andina, y Colombia concentra buena parte de la cadena de valor ilícita. Informes recientes estiman que más del 70% de la cocaína incautada en territorio estadounidense tiene origen o tránsito colombiano.
Trump ha repetido que este flujo debe “detenerse cueste lo que cueste”, situando el combate al narcotráfico como prioridad absoluta. Sus asesores insisten en que el coste humano en EE. UU. es inasumible: más de 100.000 muertes anuales vinculadas a sobredosis de drogas, una cifra que incluye opioides sintéticos pero donde la cocaína sigue siendo un componente relevante.
Petro, por su parte, llega con un diagnóstico distinto. Su Gobierno sostiene que décadas de enfoque militar han tenido un impacto limitado y que es imprescindible atacar la demanda, el lavado de dinero y el flujo de armas desde el norte. En la mesa de la Casa Blanca se enfrentarán, por tanto, dos visiones: la de la “guerra total” defendida por parte del equipo de Trump y la apuesta colombiana por salidas negociadas y desarrollo rural como complemento a la fuerza.
Petro intenta reescribir la agenda de seguridad
El presidente colombiano llega a la reunión con un documento de trabajo que, según fuentes en Bogotá, desplaza el eje del debate desde la mera interdicción hacia una agenda más amplia de seguridad humana. La propuesta incluye metas concretas: reducir en un 30% los cultivos ilícitos en zonas priorizadas en cuatro años, reforzar la cooperación en inteligencia financiera y establecer operativos conjuntos contra redes de tráfico de armas.
La novedad está en el método. Petro busca implicar a Washington en programas de sustitución de cultivos y transición productiva que históricamente han sufrido de financiación intermitente. Su argumento es simple: sin alternativas económicas reales, cualquier avance militar se deshace en pocos años.
Para los analistas, la clave será ver si la Casa Blanca está dispuesta a aceptar que una parte de la estrategia pase por menos helicópteros y más inversión social, algo que choca con la narrativa de mano dura que Trump ha cultivado ante su electorado. Un posible punto intermedio sería reforzar la presencia de agencias civiles estadounidenses en terreno, vinculando cooperación antinarcóticos con proyectos de infraestructura, educación y empleo.
Energía, petróleo y el giro hacia las renovables
Más allá de la seguridad, el equipo de Petro quiere aprovechar la cita para plantear una alianza en transición energética. Colombia, donde cerca del 50% de las exportaciones aún dependen del petróleo y el carbón, se ha comprometido a acelerar el despliegue de renovables hasta cubrir al menos un 30% de la matriz eléctrica en 2030. Para lograrlo, necesita inversión, tecnología y acceso a financiación verde.
Fuentes de la delegación colombiana señalan que se presentará a Trump un paquete de proyectos por valor de 15.000 millones de dólares en energías limpias e infraestructura vinculada, acompañado de incentivos fiscales y garantías jurídicas. La idea es simple: sustituir parte de la dependencia de los ingresos fósiles por un flujo estable de capital climático procedente de Estados Unidos y otros socios.
La incógnita es cómo encaja esta agenda con la visión de Trump, más orientada a la seguridad energética tradicional y a la defensa de la industria petrolera estadounidense. Algunos asesores plantean, no obstante, que una Colombia más estable y diversificada reduce riesgos en una región clave para las cadenas de suministro de minerales críticos y agroindustria.
La región mira a Washington y toma nota
El encuentro no se sigue solo en Bogotá y Washington. Gobiernos de la región —de Ciudad de México a Brasilia, pasando por Quito y Buenos Aires— observan la cumbre como barómetro de hasta dónde llega la presión de la Casa Blanca cuando un socio busca redefinir su relación estratégica.
Si la reunión se salda con un comunicado que combine compromisos en seguridad, respeto a la soberanía y cooperación en energía y clima, se reforzaría la idea de que es posible negociar con Estados Unidos desde una posición de relativa autonomía. Si, por el contrario, la cita termina en nuevas amenazas o en exigencias unilaterales, el mensaje para el resto de la región será muy distinto.
Diplomáticos latinoamericanos consultados apuntan a un elemento adicional: la relación Trump–Petro puede marcar el tono de la coordinación hemisférica ante crisis futuras, desde movimientos migratorios masivos hasta nuevas tensiones sobre recursos naturales. En ese sentido, lo que se diga a puerta cerrada en la Casa Blanca tendrá eco mucho más allá del río Grande.