Trump le pide a Fox News que meta miedo con "que viene el socialismo"
Durante décadas, en Estados Unidos bastaba con pronunciar la palabra socialismo para cerrar cualquier conversación. Era una etiqueta venenosa. Una palabra cargada con el peso de la Guerra Fría, del anticomunismo televisivo, de los discursos presidenciales y de una cultura política que convirtió cualquier intervención pública en una amenaza contra la libertad.
Pero algo está cambiando.
La derecha estadounidense ha intentado recuperar esa vieja alarma. Según el relato difundido en el vídeo, Fox News presentó una imagen con fondo rojo para advertir de lo que, supuestamente, quieren los Socialistas Democráticos de América: sanidad para todos, universidad para todos, vivienda para todos, jornada laboral de 32 horas, impuestos a los ricos, Green New Deal y Palestina libre.
El problema de esa campaña es evidente: lo que pretendía sonar terrorífico terminó pareciéndose demasiado a una lista de demandas sociales básicas.
Porque, fuera del marco ideológico estadounidense, muchas de esas propuestas no suenan a apocalipsis. Suenan a Europa. Suenan a Estado del bienestar. Suenan a una sociedad donde romperse una pierna no debería arruinarte, estudiar no debería hipotecarte media vida y tener una casa no debería convertirse en una misión imposible.
Esa es la paradoja. La televisión conservadora quiso enseñar el monstruo y, sin querer, enseñó el programa.
Trump vuelve al viejo anticomunismo
La ofensiva no se queda en la pantalla de televisión. Donald Trump también ha elevado el tono contra el socialismo y el comunismo en sus discursos vinculados al 250 aniversario de Estados Unidos. Reuters recogió que Trump habló de la “amenaza comunista” asociándola a sectores progresistas del Partido Demócrata y a nuevas victorias electorales de candidatos de izquierda.
AP también describió su discurso como una intervención políticamente cargada, en la que Trump presentó el comunismo como una de las grandes amenazas para el país, incluso en un acto que en teoría estaba destinado a celebrar la unidad nacional.
El mensaje de fondo es claro: la derecha intenta volver a levantar el viejo muro emocional que durante generaciones funcionó en Estados Unidos. Comunismo como caos. Socialismo como ruina. Izquierda como amenaza extranjera.
Pero esta vez el mecanismo no funciona igual.
Los jóvenes estadounidenses no crecieron con el mismo miedo a la Unión Soviética. Crecieron con otra cosa: deuda universitaria, alquileres imposibles, trabajos precarios, facturas médicas absurdas, multimillonarios con poder político y una sensación cada vez más extendida de que el sistema no está diseñado para ellos.
Y cuando esa es tu experiencia vital, el viejo cartel de “cuidado, socialismo” pierde eficacia.
La DSA presume de músculo histórico
La Democratic Socialists of America ha aprovechado el momento para presentar una cifra simbólica. El 4 de julio de 2026, coincidiendo con el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, la organización anunció que había superado los 120.000 miembros, proclamándose como la mayor organización socialista de la historia del país.
Su web oficial la define como la mayor organización socialista de Estados Unidos, con capítulos en los 50 estados, y sostiene que las personas trabajadoras deberían dirigir democráticamente la economía y la sociedad para satisfacer necesidades humanas, no para enriquecer a unos pocos.
La cifra tiene peso histórico porque conecta con la tradición de Eugene V. Debs, el líder socialista que llegó a presentarse a la presidencia desde prisión tras oponerse a la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Según recoge The Daily Signal al citar el anuncio de la DSA, la organización afirma haber superado el pico histórico del Partido Socialista de América bajo Debs en 1912.
Lo relevante no es solo el número. Es el contexto. En un país donde el socialismo fue durante décadas una palabra casi impronunciable en política nacional, una organización socialista puede presumir ahora de seis cifras de militancia y de presencia en todo el territorio.
La encuesta que explica el nerviosismo
La clave está en los datos. La encuesta de The Economist/YouGov, realizada entre el 26 y el 29 de junio de 2026 a 1.606 ciudadanos adultos estadounidenses, preguntó directamente por la opinión sobre el socialismo. El resultado general todavía muestra más rechazo que apoyo: un 32% tiene una opinión favorable y un 39% desfavorable.
Hasta ahí, la derecha podría respirar tranquila. Pero al mirar por edades aparece el verdadero terremoto.
Entre los jóvenes de 18 a 29 años, el 43% tiene una opinión favorable del socialismo, frente a solo un 23% que lo ve de forma desfavorable. En el tramo de 30 a 44 años, la división es prácticamente de empate: 33% favorable y 34% desfavorable.
La diferencia generacional es brutal. Entre los adultos de 45 a 64 años, la opinión favorable cae al 24% y la desfavorable sube al 45%. Entre los mayores de 65 años, el rechazo alcanza el 51%, aunque incluso ahí un 33% declara una opinión favorable.
Dicho de otra forma: cuanto más joven es el votante, menos miedo le da el socialismo. Y eso explica mucho mejor que cualquier discurso el tono de alarma en la derecha estadounidense.
El Partido Demócrata también está cambiando por dentro
Otro dato importante de la encuesta es la división por identificación política. Entre los votantes demócratas, el 58% tiene una opinión favorable del socialismo. Entre los independientes, la cifra alcanza el 30%, frente a un 34% desfavorable. Incluso entre republicanos aparece un 11% de opinión favorable.
Esto no significa que Estados Unidos se haya convertido de repente en un país socialista. Significa algo más concreto y quizá más importante: dentro del electorado demócrata, el centro de gravedad se está moviendo.
Durante años, el modelo dominante fue el del demócrata moderado, tecnocrático, prudente, obsesionado con no parecer demasiado de izquierdas. El mundo de Hillary Clinton, de los grandes donantes, de los equilibrios de Washington y de las reformas pequeñas vendidas como grandes logros.
Pero una parte creciente de la base ya no quiere eso. Quiere políticas más directas. Quiere hablar de sanidad universal, alquileres, salarios, deuda estudiantil, oligarquía y poder corporativo.
Y ahí es donde figuras como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez o Zohran Mamdani han cambiado el lenguaje de la izquierda estadounidense.
Medicare for All vuelve al centro del debate
El ascenso de candidatos progresistas y socialistas también está reactivando una de las grandes banderas de la izquierda estadounidense: Medicare for All, la idea de un sistema sanitario de pagador único que saque a las aseguradoras privadas del centro del modelo.
Axios señalaba esta semana que los éxitos de candidatos socialistas democráticos y progresistas en primarias están dando nueva vida a esa propuesta, especialmente en un contexto de frustración por el precio de los medicamentos, las primas de los seguros, los costes sanitarios y los cuidados de larga duración.
La batalla sanitaria es fundamental porque toca una herida muy profunda de Estados Unidos. Para millones de personas, el problema no es ideológico. Es cotidiano. Es la factura. Es el miedo a enfermar. Es tener seguro y aun así no poder pagar. Es vivir en el país más rico del mundo y descubrir que una ambulancia, una operación o un tratamiento pueden destruir una economía familiar.
Cuando la derecha dice “socialismo”, una parte de los jóvenes ya no imagina gulags. Imagina ir al médico sin arruinarse.
La palabra que antes destruía carreras ahora gana primarias
Durante mucho tiempo, llamarse socialista en Estados Unidos era condenarse a la marginalidad. Se podía ser progresista, liberal, reformista, pero socialista era otra cosa. Era cruzar una frontera.
Ahora esa frontera se está difuminando.
Axios recoge que candidatos asociados o respaldados por sectores progresistas y socialistas han logrado victorias relevantes en primarias, incluidas derrotas de figuras demócratas veteranas o favoritas del aparato.
Ese fenómeno todavía tiene límites. No es lo mismo ganar en distritos urbanos y progresistas que conquistar estados conservadores o el conjunto del país. Pero el cambio cultural ya está ahí: el socialismo democrático ha dejado de ser una extravagancia universitaria para convertirse en una corriente política con organización, candidatos, militancia y programa.
Por eso el ataque de Fox News resulta tan revelador. No ataca una fantasía. Ataca algo que está creciendo.
Cuando la caricatura deja de funcionar
La derecha estadounidense intenta presentar el socialismo como una amenaza existencial. Pero la caricatura se vuelve más difícil cuando el contenido concreto de esa supuesta amenaza es sanidad pública, vivienda asequible, universidad accesible, jornadas laborales más cortas e impuestos a los multimillonarios.
Ahí está el fallo comunicativo.
La campaña parte de una premisa antigua: que el público se asustará al oír la palabra socialismo. Pero una parte cada vez mayor de ese público ya no reacciona así. Pregunta otra cosa: ¿qué propone exactamente?
Y cuando la respuesta es que los ricos paguen más impuestos, que la gente no se arruine por enfermar y que los jóvenes no salgan de la universidad con una deuda imposible, el miedo pierde fuerza.
No porque todo el mundo se haya vuelto socialista. Sino porque el capitalismo estadounidense ha acumulado demasiadas contradicciones visibles.
El enemigo ya no siempre está fuera
Durante décadas, la política estadounidense construyó enemigos externos: el comunista soviético, el inmigrante, el terrorista, el extranjero que amenaza la identidad nacional. Trump ha retomado esa tradición con fuerza, vinculando el ascenso de ideas socialistas a lo que describe como valores ajenos al modo de vida estadounidense.
Pero el discurso de Bernie Sanders y de la nueva izquierda gira en otra dirección. El enemigo no está necesariamente fuera. Está arriba. En la oligarquía, en los grandes donantes, en los monopolios, en las aseguradoras, en los multimillonarios capaces de financiar campañas y condicionar gobiernos.
Ese giro es muy potente porque no divide al votante por origen, raza o idioma, sino por posición económica. No dice “el problema es tu vecino inmigrante”. Dice “el problema es quien gana miles de millones mientras tú no puedes pagar el alquiler”.
Ese mensaje, para una generación que vive peor que sus padres, es mucho más difícil de neutralizar.
El socialismo estadounidense ya no es nostalgia, es síntoma
Lo que está ocurriendo en Estados Unidos no puede explicarse solo como una moda ideológica. Es un síntoma.
Un síntoma de que el modelo de bienestar estadounidense está fallando para demasiada gente. Un síntoma de que el discurso del mérito ya no convence igual cuando trabajar mucho no garantiza casa, salud ni estabilidad. Un síntoma de que la generación joven no compra la promesa de que el mercado resolverá por sí solo problemas que lleva décadas agravando.
La DSA no crece en el vacío. Crece en un país donde el precio de la vivienda se ha disparado, donde estudiar puede costar una fortuna, donde la sanidad es una ansiedad permanente y donde el poder político de los multimillonarios es cada vez más evidente.
Por eso el intento de presentar el socialismo como una pesadilla puede terminar saliendo mal. Porque para muchos jóvenes, la pesadilla ya es el presente.
La batalla que viene
Estados Unidos no va a convertirse mañana en un país socialista. El sistema institucional, el Senado, el peso del dinero en campaña, el Tribunal Supremo, los medios conservadores y la propia estructura del Partido Demócrata son barreras enormes.
Pero la batalla cultural ya ha empezado.
Y en esa batalla, el viejo anticomunismo ya no basta. No cuando una encuesta muestra que el 43% de los jóvenes ve favorablemente el socialismo. No cuando la DSA presume de 120.000 miembros. No cuando candidatos progresistas ganan primarias hablando de sanidad, alquileres y oligarquía. No cuando el mensaje de “cuidado, quieren sanidad para todos” suena menos a amenaza que a promesa.
Fox News quiso construir un cartel de miedo. Trump quiso recuperar el fantasma rojo. Pero quizá han llegado tarde.
Porque hay una generación entera que ha escuchado la advertencia, ha mirado la lista y ha respondido algo muy distinto a lo que esperaban:
¿Y dónde está exactamente el problema?