Trump apunta a Groenlandia, al crudo venezolano y a Ucrania en su nuevo pulso global

Washington combina ambición territorial en el Ártico, control del petróleo de Venezuela y apoyo militar a Ucrania mientras Europa observa cómo se redefine el equilibrio estratégico a sus espaldas

Imagen que muestra una vista aérea de Groenlandia junto con una silueta de Donald Trump sobre un fondo que simboliza la geopolítica mundial.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Trump y la polémica por Groenlandia: ¿imperialismo o estrategia energética?

El tablero internacional ha vuelto a moverse al ritmo de la Casa Blanca. La insistencia de Donald Trump en colocar Groenlandia en la agenda como objetivo “comprable”, la decisión de poner bajo control estadounidense decenas de millones de barriles de petróleo venezolano y el refuerzo del paraguas militar sobre Ucrania dibujan un patrón claro: Estados Unidos no está dispuesto a ceder ni un milímetro en los espacios donde se juega el poder del siglo XXI.
Europa, atrapada entre la incomodidad diplomática y la dependencia estratégica, mira con recelo cómo Washington reordena piezas en el Ártico, en América Latina y en el frente oriental.
La pregunta ya no es si las ideas de Trump son una extravagancia pasajera, sino hasta qué punto marcan una doctrina duradera de presión territorial, energética y militar.

Groenlandia: de broma geopolítica a expediente serio

Cuando Trump planteó la idea de comprar Groenlandia, muchos en Europa lo interpretaron como un exabrupto más. Sin embargo, la rápida reacción de Copenhague, las aclaraciones apresuradas de la Casa Blanca y las posteriores matizaciones de Marco Rubio han demostrado que no se trataba de una ocurrencia aislada, sino de un globo sonda con intención estratégica.

La narrativa oficial insiste en que no se baraja una invasión, sino una negociación de compra, casi al estilo del siglo XIX. Pero esa sutileza jurídica no tranquiliza a Dinamarca ni a la UE, que ven cómo un territorio bajo soberanía europea se convierte, de la noche a la mañana, en objetivo declarado de la primera potencia militar del mundo.

La operación, valorada en debates preliminares en decenas de miles de millones de dólares, tendría un impacto político demoledor: consolidaría la presencia de EEUU en el Ártico, reduciría el margen de maniobra de Rusia y China en la zona y enviaría a Europa el mensaje de que su periferia estratégica puede ser objeto de ofertas directas sin pasar por Bruselas. El mero hecho de que Washington lo verbalice ya rebaja el peso de la UE como actor geopolítico.

El Ártico, nuevo epicentro de la rivalidad global

Groenlandia no es solo una isla remota cubierta de hielo; es una plataforma hacia un Ártico cada vez más accesible, donde se juega buena parte de la próxima década. El deshielo abre rutas marítimas más cortas entre Asia, Europa y Norteamérica, y saca a la luz reservas de hidrocarburos y minerales críticos que podrían representar, según estimaciones, hasta un 13 % del petróleo no descubierto y cerca de un 30 % del gas natural por explorar a escala global.

Para Estados Unidos, controlar Groenlandia supondría asegurar un balcón privilegiado sobre estas nuevas rutas, reforzar sus sistemas de alerta temprana y vigilancia satelital y consolidar la presencia militar en un corredor donde Rusia multiplica bases y rompehielos y China invierte en infraestructuras bajo la etiqueta de “ruta de la seda polar”.

Este hecho revela que la “broma” de comprar Groenlandia es, en realidad, la expresión tosca de un cálculo frío: quien domine el Ártico condicionará la logística, la energía y la seguridad de medio planeta en los próximos 20-30 años. Que sea Washington, Moscú o un eje Pekín–Moscú–Riad quien marque las reglas no es una cuestión menor para Europa, que se juega en esa latitud tanto su seguridad como parte de su futura competitividad industrial.

Venezuela: decenas de millones de barriles bajo tutela de Washington

Mientras mira al norte helado, Trump también ha puesto el ojo —y ahora la mano— sobre el sur caliente. La decisión de tomar control sobre decenas de millones de barriles de crudo venezolano, que podrían traducirse en más de 2.800 millones de dólares a precios actuales, marca un salto cualitativo en la política hacia Caracas.

El esquema es claro: el liderazgo interino venezolano se compromete a entregar entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo “sancionado” a Estados Unidos, que los venderá a precio de mercado gestionando directamente los ingresos. De este modo, Washington se asegura:

  • Un flujo adicional de crudo equivalente a más de 1,5 veces el consumo mensual de un país como España, si se cifra en torno a 35 millones de barriles.

  • Control sobre la caja venezolana, reduciendo la capacidad del chavismo residual de financiar redes internas y externas.

  • Y una posición privilegiada para decidir qué actores privados participan en el renacimiento del sector petrolero local.

La maniobra rompe con la lógica clásica de sanciones y negociación diplomática. Estamos ante un protectorado energético de facto, donde la línea entre ayuda financiera, embargo y apropiación temporal de recursos se difumina a favor del que tiene el músculo militar y financiero.

Europa, entre el desconcierto y la dependencia

Para la Unión Europea, el giro estadounidense en Venezuela es una mala noticia por partida doble. Por un lado, reduce la capacidad europea de influir en el futuro político del país, al situar a Washington como administrador de facto del recurso clave. Por otro, complica la diversificación energética de una Europa que, tras el desplome del gas ruso, buscaba nuevos proveedores en América Latina y África.

Si el crudo venezolano que vuelve al mercado lo hace filtrado por la Casa Blanca, Bruselas dependerá aún más de las prioridades estadounidenses a la hora de asignar volúmenes, cerrar contratos o aflojar sanciones. De facto, la UE se ve desplazada del centro de decisión, a pesar de haber respaldado durante años sanciones y mediaciones.

Este hecho revela la posición incómoda de una Europa que aporta legitimidad “multilateral” a muchas operaciones, pero recoge menos parte de la ventaja económica. Mientras Washington asegura barriles y posiciones estratégicas, Bruselas se limita a gestionar refugiados, shocks de precios y debates internos sobre autonomía estratégica.

Ucrania: el frente militar que consolida el liderazgo de EEUU

El tercer vector de esta estrategia pasa por Ucrania, donde el apoyo de Estados Unidos sigue siendo la columna vertebral del esfuerzo occidental. La formación de una fuerza multinacional para garantizar la seguridad tras un eventual alto el fuego, con bases y centros de entrenamiento a cargo de Reino Unido y Francia, se apoya en inteligencia, financiación y capacidades logísticas estadounidenses.

La participación decisiva de Washington en la verificación del alto el fuego, el suministro a largo plazo de armamento y la garantía de respuesta ante futuros ataques rusos convierte a Ucrania en un protectorado de seguridad bajo el paraguas atlántico. Aunque formalmente se hable de “apoyo a la soberanía”, el mensaje a Moscú es nítido: cualquier intento de reabrir el conflicto implicará una reacción coordinada en la que el mando real se ejerce desde la OTAN y, en última instancia, desde EEUU.

Para Trump, este dispositivo sirve como prueba de fuerza hacia Rusia y aviso para otros actores que desafían el orden occidental, desde Irán hasta Corea del Norte. Para Europa, sin embargo, implica una dependencia prolongada de la capacidad militar estadounidense, justo cuando la retórica comunitaria habla de “autonomía estratégica” y “Europa de la defensa”.

@realDonaldTrump
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El denominador común: territorio, energía y control de reglas

Vista en conjunto, la secuencia Groenlandia–Venezuela–Ucrania refleja un patrón coherente más allá de los excesos verbales de Trump:

  • En Groenlandia, la batalla es por el territorio que da acceso al Ártico y a su futuro económico y militar.

  • En Venezuela, el objetivo es el control directo de recursos energéticos y de los flujos de caja asociados.

  • En Ucrania, el foco está en quién pauta las reglas de seguridad en Europa del Este.

En los tres casos, Estados Unidos se reserva la capacidad de acción unilateral o semiunilateral, mientras pide a sus aliados legitimidad política, apoyo financiero y, en algunos casos, papel de comparsa militar. La doctrina que emerge podría resumirse como “América decide, los aliados acompañan”.

El diagnóstico es inequívoco: no estamos ante ocurrencias aisladas, sino ante una estrategia de reordenación del poder global centrada en tres ejes: territorio clave, energía estratégica y superioridad militar verificable.

¿Hacia una nueva era de bloques más rígidos?

La combinación de estas jugadas alimenta la sensación de que el mundo avanza hacia bloques más rígidos y menos permeables. De un lado, Estados Unidos y sus aliados atlánticos, con acceso privilegiado a rutas, bases y recursos. De otro, Rusia y China, reforzando su coordinación desde el Ártico hasta el Indo-Pacífico. En medio, una Europa que aspira a ser polo, pero que sigue actuando como bisagra, y un conjunto de potencias regionales —India, Brasil, Turquía, Arabia Saudí— intentando extraer ventaja de la competición.

En este contexto, las provocaciones de Trump sobre Groenlandia, el control del petróleo venezolano o la presión sobre Ucrania no son solo titulares estridentes, sino síntomas de un cambio estructural: las potencias ya no confían en que las reglas existentes basten para proteger sus intereses y han vuelto a mirar al mapa físico —territorios, rutas, yacimientos— como lo hacían las potencias de comienzos del siglo XX.

La gran incógnita es cómo responderá Europa. Si se limita a gestionar daños y reaccionar a cada movimiento de Washington, Moscú o Pekín, corre el riesgo de convertirse en escenario, no en actor. Pero si decide definir sus propias líneas rojas en Ártico, energía y seguridad, el choque con la Casa Blanca será inevitable.

Por ahora, los hechos hablan solos: Groenlandia está sobre la mesa, el petróleo venezolano bajo tutela estadounidense y la seguridad de Ucrania se diseña en clave atlántica. El tablero se ha movido, y el margen para mirar hacia otro lado es cada vez más pequeño.

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