Trump lanza en Davos su ‘Junta de la Paz’ de 1.000 millones
La escena en Davos resume el nuevo tiempo geopolítico. Donald Trump ha presentado su “Junta de la Paz”, un organismo internacional de nuevo cuño que aspira a mediar en conflictos y, a medio plazo, competir con una ONU a la que acusa de irrelevante. Al mismo tiempo, el presidente ha frenado en seco la escalada por Groenlandia, renunciando a usar la fuerza y retirando su amenaza de imponer aranceles a ocho países europeos. El resultado ha sido inmediato: Wall Street se ha disparado más de un 1% y las bolsas europeas han salido del letargo tras varios días de tensión máxima. Pero, mientras los mercados celebran el respiro, en Bruselas, Copenhague y otras capitales europeas prevalece la cautela ante un diseño institucional que coloca a Trump en el centro del tablero global y abre incógnitas de calado para el orden multilateral.
La ‘Junta de la Paz’: la nueva arquitectura que propone Trump
La Junta de la Paz nace, oficialmente, como un instrumento para coordinar la reconstrucción de Gaza y gestionar altos el fuego en conflictos enquistados. Sin embargo, el propio Trump ha sugerido que el organismo podría “suplantar” a una ONU que, a su juicio, no ha sido capaz de detener ninguna guerra relevante en décadas. El diseño elegido refuerza esa vocación de alternativa: sede propia, secretaría ligera y un consejo reducido de grandes potencias y potencias regionales, con el presidente de Estados Unidos como presidente fundador y sin límite de mandato.
La fórmula se anuncia en el escaparate perfecto: el Foro Económico Mundial, con más de 60 jefes de Estado y de Gobierno presentes en Suiza. Trump ha aprovechado ese auditorio para invitar a una treintena de líderes, entre ellos mandatarios tan dispares como Vladimir Putin, Javier Milei o Recep Tayyip Erdogan, mientras otros, como Emmanuel Macron, han declinado sumarse en esta primera fase.
Más allá del gesto, el mensaje es inequívoco: el presidente estadounidense pretende organizar un club de países dispuestos a aceptar su mediación directa a cambio de seguridad, inversión y acceso privilegiado al mercado norteamericano. La consecuencia es clara: se desdibuja la frontera entre diplomacia, comercio y defensa, y el centro de gravedad de la gobernanza global se desplaza, aún más, hacia Washington.
Cuotas millonarias y poder permanente
Si algo diferencia a la Junta de la Paz de la ONU es su estructura de incentivos. Según el borrador del estatuto filtrado en Davos, los países que se incorporen como miembros ordinarios dispondrán de mandatos de tres años, mientras que quienes aporten 1.000 millones de dólares al fondo del organismo podrán asegurarse una silla permanente y derecho de veto en determinadas decisiones.
Este diseño introduce un elemento hasta ahora tabú en el sistema multilateral: la paz como club de pago. Trump lo presenta como una solución “realista” para garantizar financiación suficiente sin depender de presupuestos públicos sujetos a ciclos políticos. Pero, en la práctica, consolida un círculo de grandes contribuyentes con capacidad de orientar las prioridades del organismo hacia sus propios intereses estratégicos.
En paralelo, la Casa Blanca deja claro que la presidencia de la Junta seguirá en manos de Trump incluso después de abandonar la Casa Blanca. El diagnóstico es inequívoco: el presidente se reserva un rol institucional de largo plazo, separado de los ciclos electorales estadounidenses, y se coloca al frente de un espacio híbrido entre política exterior, negocio de la reconstrucción y diplomacia de alto nivel.
Para los mercados, el esquema introduce un nuevo tipo de activo político: la expectativa de que, mientras funcione este mecanismo, los conflictos más sensibles se canalicen a través de un foro más pequeño, rápido y alineado con Washington, reduciendo, en teoría, la probabilidad de choques abruptos con los aliados.
Groenlandia, el eje inesperado de la estrategia
La otra pieza del puzle es Groenlandia. Trump ha llegado a Davos tras semanas de tensión con Dinamarca, la UE y la propia OTAN por su insistencia en que Estados Unidos debe controlar la isla para garantizar la seguridad del Ártico frente a Rusia y China. La amenaza de imponer aranceles del 10% a “cualquier bien” procedente de ocho países europeos, que podrían haber escalado al 25% en junio si no había acuerdo, hizo saltar las alarmas en Bruselas.
En Davos, sin embargo, el presidente ha ejecutado un giro calculado. Ha asegurado que no utilizará la fuerza militar para anexar Groenlandia y ha anunciado un “marco de acuerdo” con el secretario general de la OTAN sobre el futuro del territorio y la seguridad ártica. Acto seguido, ha retirado los aranceles que debían entrar en vigor el 1 de febrero.
Este hecho revela un patrón ya conocido del trumpismo económico: elevar la tensión hasta el límite para, después, capitalizar el alivio. Al trasladar el foco desde la amenaza militar hacia un acuerdo de seguridad y explotación de recursos, el presidente reduce la probabilidad de una crisis abierta con la UE, pero al mismo tiempo normaliza la idea de que la soberanía de Groenlandia puede negociarse entre grandes potencias, algo que Copenhague y representantes groenlandeses rechazan de plano.
El rebote de Wall Street y el suspiro de las bolsas europeas
En cuanto Trump ha anunciado el marco de acuerdo y la retirada de aranceles, los mercados han reaccionado con alivio fulminante. En Nueva York, el Dow Jones ha subido alrededor de un 1,2% (cerca de 590 puntos), mientras que el S&P 500 y el Nasdaq han avanzado en torno al 1,1%-1,2%, firmando su mejor jornada en dos meses. El índice Russell 2000, muy sensible a la demanda interna y a los costes comerciales, ha vuelto a situarse en máximos relativos frente al S&P, algo que no ocurría desde antes de la pandemia.
En Europa, el efecto ha sido más moderado pero significativo: el FTSE 100 y el CAC 40 han rebotado en torno al 0,1%, mientras el FTSE 250, más expuesto a la economía británica, avanzaba un 0,5%. La lectura es clara: el mercado descuenta que, al menos a corto plazo, se aleja el escenario de guerra comercial abierta entre Washington y Bruselas.
No todo son señales de calma. Mientras las bolsas recuperaban terreno, el oro, refugio clásico en tiempos de incertidumbre, seguía cotizando cerca de máximos históricos, por encima de los 4.800 dólares la onza, prueba de que una parte de los inversores mantiene coberturas ante posibles sobresaltos.
La combinación de euforia bursátil e inercia en los activos refugio dibuja un contexto ambivalente: el corto plazo celebra el respiro, pero el medio plazo sigue dominado por la duda sobre la estabilidad real de la estrategia de Trump.
Europa entre la desconfianza y la dependencia
En Bruselas, la Comisión Europea ha optado por ganar tiempo. Portavoces comunitarios admiten que el Ejecutivo esperará a la próxima cumbre de líderes antes de definir si participa o no en la Junta de la Paz, priorizando por ahora la gestión de la crisis de Groenlandia y la coordinación con Dinamarca.
El contraste con la reacción de los mercados resulta demoledor. Mientras los índices celebran la retirada de aranceles, en las capitales europeas crece la inquietud por un doble motivo. Primero, por la idea de avalar un órgano paralelo a la ONU en el que las reglas se escriben desde Washington y se financian con cheques millonarios. Segundo, por la constatación de que la UE sigue sin capacidad para imponer una agenda propia cuando se cruzan seguridad y comercio.
Dinamarca, directamente afectada, acusa a la OTAN de operar al margen de su mandato si negocia sobre el estatus de Groenlandia o sus recursos sin contar con Copenhague ni Nuuk. Varios líderes europeos temen, además, que aceptar el marco propuesto por Trump consolide un precedente peligroso: el de territorios de alto valor estratégico convertidos en fichas de negociación arancelaria.
La consecuencia es clara: incluso si algunos socios terminan sentándose en la Junta de la Paz, el desgaste político interno será notable y reforzará el discurso de una Europa dependiente de la protección americana pero incómoda con su manera de ejercerla.
