Trump presume de “ejército más letal” y eleva el tono global
La proclamación de supremacía militar de Estados Unidos llega en plena ola de tensiones, funciona como aviso a rivales estratégicos y se convierte en nueva pieza de presión en la geopolítica y en la política interna
“Somos el ejército más poderoso, letal, sofisticado y temible del planeta”. La frase de Donald Trump no es solo una exhibición de ego presidencial; es un mensaje calculado en un momento en que las guerras y las crisis se multiplican y el equilibrio internacional se vuelve más frágil.
En un mundo en el que Estados Unidos concentra todavía casi el 40 % del gasto militar global, con un presupuesto de defensa cercano a los 900.000 millones de dólares anuales, cada palabra pronunciada sobre su poder armado tiene consecuencias.
El discurso mezcla orgullo patriótico, advertencia a competidores como China y Rusia y un guiño directo a su base electoral, que ve en el músculo bélico la prueba de que el país sigue mandando.
La cuestión de fondo es si esta retórica es solo ruido o el preludio de nuevas maniobras estratégicas, despliegues y presiones sobre aliados y adversarios.
Un mensaje que va más allá de la fanfarronería
La primera lectura de la frase de Trump es evidente: autobombo de superpotencia. Sin embargo, el contexto revela una capa más profunda. En plena reconfiguración del mapa de conflictos —de Europa del Este al Indo-Pacífico—, el exmandatario reivindica la fuerza militar como columna vertebral del liderazgo estadounidense.
La idea que subyace es clara: no hay orden internacional sin un hegemón armado hasta los dientes. Estados Unidos mantiene once grupos de portaaviones, más de 800 instalaciones militares en el exterior y una capacidad de proyección que ningún otro país puede igualar en tiempos y medios. Recordarlo en voz alta no es casualidad.
Trump rompe además con el lenguaje más matizado de otras administraciones. No habla de “disuasión creíble” ni de “capacidad de respuesta”, sino de ser “el más letal y temible”. Es una forma de situar la conversación no en el terreno del derecho, sino en el de la fuerza bruta: quien tiene el ejército más devastador marca las líneas rojas, y el resto se adapta.
Este tipo de declaraciones no cambia el equilibrio real de poder, pero sí modifica percepciones, alimenta temores y da argumentos a quienes, en otros países, piden rearmarse en nombre de la protección frente a Estados Unidos.
Supremacía militar como herramienta de disuasión
Trump insiste en que la superioridad militar es el mejor seguro de paz. La lógica es conocida desde la Guerra Fría: si el adversario sabe que el coste de atacarte es inasumible, se lo pensará dos veces. En esa línea, el mensaje “somos los más letales” funciona como recordatorio disuasorio hacia cualquier actor que contemple una confrontación directa.
Estados Unidos mantiene un arsenal nuclear de más de 5.000 ojivas, una fuerza aérea capaz de operar en varios teatros a la vez y un presupuesto de defensa que dobla al de China y multiplica por más de diez el de potencias medias europeas. La diferencia es que Trump lo verbaliza sin aditivos diplomáticos, como si quisiera poner sobre la mesa el “arma psicológica” del miedo.
Sin embargo, la disuasión no es unidireccional. Cuanto más explícita es la amenaza, más incentivos tienen otros para desarrollar capacidades asimétricas: ciberataques, armas hipersónicas, satélites militares o sistemas antiacceso que dificulten la entrada de fuerzas estadounidenses en determinadas regiones.
El riesgo es que la escalada en declaraciones se convierta en escalada en capacidades, y que la promesa de estabilidad basada en la fuerza desemboque, paradójicamente, en un mundo más armado, más nervioso y con más posibilidades de error de cálculo.
¿Mensaje interno o aviso al resto del mundo?
El discurso tiene un claro destinatario interno. Para buena parte del electorado de Trump, la identidad estadounidense se apoya en tres pilares: economía, frontera y ejército. Reafirmar que “nadie nos supera en lo militar” es una forma de tranquilizar a quienes perciben que el país ha perdido terreno en otros ámbitos, desde la industria hasta la diplomacia.
En ese plano, el mensaje explota el patriotismo defensivo: frente a la narrativa de declive, se ofrece la imagen de un país aún temible, capaz de proyectar fuerza y de imponer costes inasumibles a cualquier enemigo. Es una vacuna retórica contra la sensación de fragilidad que han dejado los últimos años de crisis internas.
Pero el discurso también mira hacia fuera. Cuando Trump pronuncia la frase, sabe que en Pekín, Moscú o Pyongyang cada palabra se descodifica, se archiva y se cruza con movimientos en el terreno. Es un aviso a potencias que llevan años invirtiendo en debilitar la ventaja militar estadounidense: China ya gasta más de 300.000 millones de dólares anuales en defensa, Rusia ha reorientado su economía hacia el esfuerzo bélico, y Corea del Norte continúa ensayando misiles intercontinentales.
La ambivalencia es deliberada: refuerza la moral dentro, endurece la postura fuera. El problema es que también refuerza la narrativa de los adversarios, que pueden presentar a Estados Unidos como potencia agresiva obsesionada con su supremacía.
Un mundo en guerra fría múltiple
La declaración de Trump no llega en un vacío. Hay una guerra abierta en Europa, con la invasión rusa de Ucrania reconfigurando alianzas y presupuestos; otra guerra de baja intensidad en Oriente Medio, con múltiples actores y conflictos superpuestos; y una competición estratégica creciente en el Indo-Pacífico, donde China y Estados Unidos miden fuerzas en torno a Taiwán, rutas marítimas y cadenas de suministro tecnológicas.
En este contexto, recordar que el ejército estadounidense es el más “letal y temible” no es una anécdota retórica, sino parte de una guerra de relatos entre potencias. Mientras Moscú presenta su arsenal nuclear como escudo irrenunciable y Pekín exhibe sus avances navales y aeroespaciales, Washington responde con una carta conocida: somos los únicos capaces de actuar en todos los frentes a la vez.
Lo más revelador es que la supremacía militar ya no se limita al terreno convencional. El dominio de la inteligencia artificial, la computación cuántica, las constelaciones de satélites o las capacidades cibernéticas se ha convertido en parte central de la ecuación. Trump lo sugiere cuando habla de ejército “sofisticado”, aunque rara vez desciende a detalles técnicos.
La consecuencia es un mundo menos bipolar y más fragmentado, donde varios actores medianos —India, Turquía, Irán, Corea del Sur— aprovechan la rivalidad entre gigantes para armarse y ganar autonomía. La frase de Trump se inscribe en esa carrera por mantener la primacía en un escenario cada vez más congestionado.
China, Rusia y la batalla por la narrativa del poder
Entre los principales destinatarios del mensaje están, sin duda, China y Rusia. Pekín aspira a que su ejército alcance en 2049 —centenario de la República Popular— un nivel “de clase mundial”, capaz de disputar a Estados Unidos el control del Pacífico occidental. Moscú, por su parte, se apoya en su arsenal nuclear y en su experiencia de combate real para sostener la imagen de potencia militar relevante pese a las sanciones.
En ese clima, la frase de Trump funciona como marcador de jerarquía: por mucho que crezcan otros, Estados Unidos se reserva el papel de fuerza dominante, con presencia consolidada en Europa, Asia y Oriente Medio. El problema es que la competencia ya no se libra solo en campos de batalla, sino también en el terreno de la percepción.
China explota el discurso de que Estados Unidos es una potencia en declive que recurre a la fuerza para tapar su pérdida de influencia económica. Rusia insiste en que la OTAN y Washington son los verdaderos desestabilizadores, utilizando su poder militar para imponer cambios de régimen y alterar fronteras.
En ese cruce de relatos, la frase de Trump puede interpretarse como confirmación de esos temores: un líder que no duda en reivindicar la capacidad de causar destrucción masiva como garantía de orden. El riesgo es que, a la larga, esa imagen reduzca el margen de maniobra diplomático de Estados Unidos, obligándole a respaldar sus palabras con una presencia militar cada vez más visible.
El ejército como herramienta de política interna
La proclamación de supremacía militar tiene también un evidente componente de política doméstica. En un país donde las fuerzas armadas gozan de una confianza ciudadana superior al 70 %, muy por encima de la de Congreso, medios o partidos, presentarse como garante del ejército es un activo electoral.
Trump explota este vínculo al máximo. Cada vez que destaca que el ejército es “el más poderoso y temible”, está reforzando la idea de que bajo su liderazgo se invierte más, se cuida mejor a los veteranos y se restaura el prestigio perdido. Las cifras de aumento del gasto durante su mandato —más de 100.000 millones de dólares adicionales en pocos años— son usadas como prueba de ese compromiso.
Además, en un ambiente polarizado, la bandera y el ejército siguen siendo de los pocos símbolos compartidos por amplios sectores de la población. Al apropiarse de ellos en su discurso, Trump obliga a sus rivales a moverse en su terreno: nadie quiere parecer “blando” en seguridad, y eso empuja el debate hacia posiciones cada vez más duras.
El resultado es una política interna en la que la discusión sobre prioridades (sanidad, educación, infraestructuras) queda eclipsada por la competición a ver quién promete un ejército más fuerte, incluso cuando la deuda pública supera ya el 120 % del PIB y las tensiones sociales se acumulan.
¿Disuasión responsable o escalada peligrosa?
El gran interrogante es si esta retórica contribuye a la estabilidad o la erosiona. Los defensores del enfoque Trump sostienen que la claridad disuasoria evita malentendidos: si los adversarios saben que se enfrentarían al ejército “más letal del planeta”, evitarán buscar el choque.
Sus críticos, en cambio, alertan de que un lenguaje tan maximalista reduce el espacio para el compromiso, alimenta la sensación de amenaza en otros países y aumenta la probabilidad de respuestas defensivas que, a su vez, generan nuevas tensiones. La historia reciente está llena de ejemplos en los que la lógica de la fuerza termina arrastrando a todos a una espiral de desconfianza.
Además, el énfasis en lo militar puede contaminar otros ámbitos de la política exterior: negociaciones comerciales condicionadas por la presencia de portaaviones, acuerdos climáticos atados a concesiones estratégicas, crisis humanitarias supeditadas a la lógica de bloques.
El diagnóstico es inequívoco: en un mundo donde la fuerza sigue contando, la forma en que se habla de esa fuerza importa tanto como la fuerza misma. Y cuando el mensaje es “somos los más letales”, el margen para la diplomacia se estrecha peligrosamente.