Trump se queda el petróleo venezolano y abre un choque frontal con China

Washington controlará hasta 3.000 millones en crudo de Venezuela mientras presiona a Caracas para romper con Pekín, Moscú, Teherán y La Habana y mantiene en el aire la posible compra de Groenlandia
@realDonaldTrump
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Estados Unidos ha decidido acelerar su nueva doctrina de poder duro. El presidente Donald Trump anunció que el liderazgo interino de Venezuela “entregará” entre 30 y 50 millones de barriles de crudo a Estados Unidos, un volumen valorado en entre 1.800 y 3.000 millones de dólares, cuyos ingresos quedarán bajo su control directo. Al mismo tiempo, la Casa Blanca mantiene viva la idea de forzar la compra de Groenlandia, mientras el secretario de Estado, Marco Rubio, admite en privado que las amenazas sobre la isla buscaban negociar, no invadir.

La reacción de China no se ha hecho esperar. Pekín ha denunciado como “bullying” y “violación grave de la soberanía” las informaciones de que Washington habría exigido a la presidenta interina, Delcy Rodríguez, romper lazos económicos con China, Rusia, Irán y Cuba y trabajar solo con empresas estadounidenses en el sector petrolero. El tablero geopolítico entra así en una fase más cruda, en la que petróleo, territorio ártico y alianzas militares se entrelazan bajo una misma lógica: “America First” a cualquier precio.

Los 30-50 millones de barriles que simbolizan la tutela

En un mensaje publicado en su red social, Trump anunció que Venezuela “turning over” entre 30 y 50 millones de barriles de “High Quality, Sanctioned Oil” a Estados Unidos, que se venderán a precio de mercado, generando entre 1.800 y 3.000 millones de dólares.

La frase clave no está en el volumen ni en el precio, sino en el control: “los ingresos se colocarán bajo mi control directo para asegurar que se usan en beneficio del pueblo de Venezuela y de Estados Unidos”, subrayó el presidente. Es decir, la caja de esa operación no la gestiona Caracas, sino la Casa Blanca.

El petróleo, según detalló Trump, será cargado en buques de almacenamiento y llevado directamente a puertos estadounidenses, con el secretario de Energía, Chris Wright, encargado de ejecutar el plan “de inmediato”. Si se toma como referencia un precio de unos 60 dólares por barril, los 50 millones suponen algo más del 5 % de una producción anual de un país como Venezuela en un escenario de recuperación, pero lo importante es la señal política:

  • Washington demuestra que tiene capacidad para intervenir en el flujo de crudo de un país sancionado.

  • Y establece un precedente en el que un líder extranjero cede recursos estratégicos a cambio de protección y reconocimiento.

La operación abre la puerta a futuros paquetes similares, convirtiendo al petróleo venezolano en moneda de cambio directa en la negociación con Estados Unidos.

Un “America First” que exige romper con China, Rusia, Irán y Cuba

En paralelo al anuncio energético, medios internacionales adelantaron que la Administración Trump ha pedido a Delcy Rodríguez que corte lazos económicos con China, Rusia, Irán y Cuba y concentre la producción petrolera en acuerdos con empresas estadounidenses.

La condición va mucho más allá de un ajuste sectorial: supone reconfigurar de raíz el mapa de alianzas de Caracas, rompiendo con los socios que sostuvieron financieramente al chavismo durante las últimas dos décadas. Para China, que ha invertido decenas de miles de millones en préstamos y proyectos petroleros en Venezuela, la exigencia equivale a un intento de expulsarla de su mayor apuesta en América Latina.

Para Caracas, aceptar ese paquete implicaría apostar todo su futuro económico a un único socio, en un contexto en el que las infraestructuras energéticas están deterioradas y el país arrastra una diáspora superior a los siete millones de personas. La consecuencia es clara: la soberanía económica queda subordinada al calendario y a las prioridades de la Casa Blanca.

La pregunta de fondo es si la dirigencia venezolana está en condiciones de decir que no sin asumir el riesgo de nuevos movimientos de fuerza o de perder el acceso a esos fondos controlados por Trump.

China confirma que Xi asistirá a la cumbre de la APEC - E PA / X I N H U A / D I N G H A I T A O​
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China responde: “bullying” y violación de la soberanía venezolana

La respuesta de Pekín marca el inicio de un choque más amplio. La portavoz del Ministerio de Exteriores, Mao Ning, condenó el uso de la fuerza contra Venezuela y criticó que Estados Unidos pretenda “obligar al país a disponer de sus recursos petroleros conforme al principio ‘America First’”, calificándolo de “acto típico de acoso, que viola gravemente el derecho internacional y daña los derechos del pueblo venezolano”.

China recuerda que “Venezuela es un país soberano y goza de plena y permanente soberanía sobre sus recursos naturales y todas sus actividades económicas”, una frase que, más allá de la retórica, envía un aviso:

  • Pekín no está dispuesto a aceptar pasivamente la expulsión de su influencia económica en un socio estratégico.

  • Y considera que el petróleo venezolano forma parte de un equilibrio global de suministros y alianzas que no puede decidir un solo actor.

Este hecho revela hasta qué punto América Latina se ha convertido en un campo de batalla indirecto entre Washington y Pekín. Lo que a primera vista puede parecer una disputa bilateral EEUU–Venezuela es, en realidad, un capítulo más de la pugna entre el bloque occidental y el eje de potencias emergentes.

Groenlandia: el otro frente de la ambición estratégica de Trump

Mientras se redibuja el mapa energético en el Caribe, la sombra de Groenlandia vuelve a planear sobre el Ártico. En una sesión a puerta cerrada con líderes del Congreso, el secretario de Estado Marco Rubio admitió que las amenazas y declaraciones de Trump sobre la isla “pretendían asegurar una compra, no preparar una invasión”.

La reunión, en la que también estaba presente el secretario de Defensa, Pete Hegseth, se produjo tras las preguntas del líder demócrata Chuck Schumer sobre la posible utilización de la fuerza en Groenlandia u otros territorios. Aunque Rubio intentó calmar las aguas, la Casa Blanca sigue sin descartar formalmente las opciones militares, al tiempo que insiste en la “importancia estratégica” de Groenlandia.

Para Europa, el mensaje es inquietante. La isla, bajo soberanía danesa, se convierte de facto en objetivo explícito de la política exterior estadounidense. La combinación de rutas árticas emergentes, posibles reservas de hidrocarburos y minerales críticos, y la cercanía a rutas de misiles y submarinos explica por qué el territorio ha pasado de anécdota a activo codiciado.

La consecuencia política es evidente: Estados Unidos está dispuesto a plantear adquisiciones territoriales en pleno siglo XXI, rompiendo tabúes que Europa creía superados.

Un choque de bloques: del Caribe al Ártico

Si se observan en conjunto, el control del crudo venezolano, la presión para romper con China y la insistencia en Groenlandia dibujan la silueta de un conflicto de bloques:

  • Un bloque liderado por EEUU que busca asegurar petróleo, bases y rutas estratégicas, reclamando exclusividad en países clave.

  • Y un bloque de potencias como China, Rusia, Irán y Cuba, que ven estas maniobras como un intento de cercarlos económica y militarmente.

Venezuela se convierte en pieza de intercambio entre los dos mundos. Si Delcy Rodríguez cede a la presión de Washington y corta con Pekín, Moscú, Teherán y La Habana, Estados Unidos habrá logrado expulsar a sus rivales de un nodo energético crítico en el hemisferio occidental. Si resiste, se arriesga a más sanciones, aislamiento y posibles operaciones encubiertas.

Groenlandia, por su parte, es la proyección de esa misma lógica en el Ártico. Controlar la isla implica condicionar el despliegue naval ruso, vigilar desde más cerca las rutas hacia el Polo Norte y limitar la entrada de capital chino en infraestructuras clave.

La consecuencia es un mundo en el que los puntos calientes ya no se entienden como conflictos aislados, sino como movimientos concatenados de una partida mayor entre grandes potencias.

América Latina y Europa, atrapadas entre la presión y la irrelevancia

En medio de este pulso, América Latina y Europa corren el riesgo de quedar reducidas a actores secundarios. Países latinoamericanos con recursos estratégicos —desde el litio andino hasta el gas brasileño o el cobre chileno— toman nota de lo ocurrido en Venezuela: cuando el tablero se polariza, las presiones para elegir bloque se vuelven ineludibles.

Europa, por su parte, se ve desplazada de decisiones clave. En Venezuela, el control del petróleo lo asume directamente Washington; en Groenlandia, el principal interlocutor es Copenhague, pero la UE como tal apenas cuenta; y en Ucrania, aunque el coste económico y humanitario recae en gran parte sobre el continente, el mando real de la arquitectura de seguridad sigue siendo estadounidense.

El diagnóstico es inequívoco: Trump está acelerando una doctrina en la que Estados Unidos ocupa recursos, dicta alineamientos y no descarta poner precio a territorios, mientras denuncia el “expansionismo” de sus rivales. El resultado es un orden internacional menos estable, pero mucho más transparente en cuanto a prioridades: petróleo, territorio y exclusividad.

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