Las bolsas se tambalean, el Dow Jones cede un 0,58% (unos 210 puntos), pero Iturralde no ve el fin del mercado alcista

Las caídas bruscas en Wall Street y Europa, el pulso geopolítico por Groenlandia y las nuevas sanciones a Irán apuntan a un mundo más inestable, pero el analista de Operativa DAX insiste: estamos ante una limpieza técnica, no ante el inicio de un mercado bajista estructural

Alberto Iturralde en entrevista destacada donde analiza mercados y tensiones geopolíticas entre Europa y Estados Unidos.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Alberto Iturralde en entrevista destacada donde analiza mercados y tensiones geopolíticas entre Europa y Estados Unidos.

Las últimas sesiones han dejado un paisaje incómodo en los parqués: el Dow Jones cede un 0,58% (unos 210 puntos), la banca de inversión encaja castigos de más del 3%, el petróleo se mueve al compás de nuevas sanciones a Irán y el dólar pierde brillo frente a un euro que se fortalece en plena incertidumbre política.
En paralelo, los titulares se llenan de Groenlandia, OTAN, sanciones y tensiones transatlánticas, dibujando un tablero geopolítico más fragmentado.
Sin embargo, para Alberto Iturralde, responsable de Operativa DAX, el diagnóstico es mucho menos apocalíptico: no hay fin de ciclo, sino una sacudida calculada para expulsar manos débiles y recomponer la base del mercado alcista.
Los datos macro refuerzan esa lectura: el PMI compuesto de EEUU sube hasta 52,8 puntos, la confianza del consumidor mejora y la Reserva Federal gana tiempo sin giros dramáticos. Entre el ruido político y la sobreactuación de las cotizaciones, el mensaje de fondo es nítido: el mercado corrige, pero no se ha roto. 

Caídas violentas, mercados vivos

Para Iturralde, lo visto en los últimos días no encaja con un cambio de ciclo bajista, sino con una corrección agresiva dentro de una tendencia alcista que viene de lejos. Las ventas masivas y los huecos a la baja se interpretan como un movimiento clásico para “sacudir el árbol”: expulsar a los inversores más nerviosos, reducir el apalancamiento y permitir que manos más fuertes tomen posiciones a mejor precio.

El diagnóstico es tajante: “El mercado no se desploma cuando todo el mundo tiene miedo, se desploma cuando todos están cómodos”. En su opinión, estamos justo en la fase contraria: una sobrerreacción emocional alimentada por titulares, gráficos en rojo y un calendario saturado de citas macro y geopolíticas.

Las correcciones rápidas y pronunciadas forman parte del manual de cualquier ciclo alcista maduro. Derriban soportes, rompen stop-loss y obligan a reposicionarse, pero no alteran de golpe la lógica de unos beneficios empresariales que, en conjunto, siguen siendo razonables. El verdadero problema, subraya, no es la volatilidad en sí, sino la tentación de confundir cada sacudida con el inicio del fin.

La jugada oculta tras el miedo

Iturralde insiste en que estos retrocesos bruscos tienen un componente de teatro de mercado: se aprovecha el miedo para recomponer el mapa de inversores. Los grandes operadores utilizan las caídas para recoger títulos de quienes no soportan la presión, mientras los pequeños inversores se dejan arrastrar por el ruido informativo.

El patrón se repite: primero, una caída fuerte asociada a un titular —sanciones, amenazas, cifras decepcionantes—; después, una avalancha de análisis catastrofistas que alimentan el pánico; finalmente, una fase de estabilización en la que los precios dejan de caer con la misma violencia y aparecen compras discretas. Es el proceso clásico de “limpieza de mercado”.

“Nada nuevo bajo el sol bursátil”, resume. A su juicio, el peor error en estos momentos es confundir un ajuste necesario con un cambio estructural. La estructura de máximos y mínimos crecientes en los grandes índices sigue vigente, aunque se vea temporalmente distorsionada por sesiones con fuertes bandazos. Para el inversor que mira el largo plazo, el reto es distinguir entre ruido táctico y señales verdaderamente sistémicas.

Wall Street partido: banca bajo presión, ciberseguridad al alza

La sesión deja una imagen nítida de rotación interna. El Dow Jones Industrial Average cayó un 0,58%, con Goldman Sachs desplomándose un 3,66%, en un castigo concentrado en la banca de inversión y los valores más sensibles a tipos y regulación. El mensaje es claro: en fases de incertidumbre, el mercado recorta riesgo en sectores estrechamente ligados al ciclo financiero.

En el otro extremo, el Nasdaq 100 avanzó un 0,34%, apoyado en compañías tecnológicas y, en particular, en la ciberseguridad. Fortinet subió un 5,18%, símbolo de un segmento que se percibe como refugio de crecimiento estructural en un mundo con tensiones geopolíticas crecientes y amenazas digitales constantes.

El S&P 500 cerró prácticamente plano, atrapado entre sectores defensivos que aguantan y segmentos cíclicos bajo presión. Este comportamiento divergente no encaja con una huida indiscriminada del riesgo, sino con una reasignación selectiva de capital: se sale de banca y parte de la industria, se mantiene exposición donde el mercado sigue viendo margen de crecimiento y poder de precios. La volatilidad, en este contexto, es también un mecanismo de selección.

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PMI, consumo y el telón de fondo macro

Más allá del ruido de las pantallas, los datos macro dibujan un cuadro menos dramático. El PMI compuesto del sector privado estadounidense repuntó hasta 52,8 puntos, claramente por encima del umbral de 50 que separa expansión de contracción. La industria muestra síntomas de recuperación y los servicios siguen creciendo, aunque a ritmos más moderados.

En paralelo, la confianza del consumidor mejoró en enero. Es un indicador clave en una economía en la que el gasto de los hogares representa cerca de dos tercios del PIB. Un consumidor algo más optimista suele traducirse en mayor propensión al gasto en las semanas siguientes, desde bienes duraderos hasta ocio y servicios.

Este combo —PMI en expansión y confianza al alza— es incompatible, por ahora, con la narrativa de un frenazo inminente. Para la Reserva Federal, supone un margen para mantener la estrategia de “esperar y ver”: sin urgencia para nuevos estímulos agresivos, pero sin base para un endurecimiento acelerado. La economía real, por tanto, aún no avala el escenario de colapso que algunos descuentan en los gráficos.

Trump, Irán y Groenlandia: geopolítica como ruido, no como motor

En la entrevista, Iturralde resta dramatismo al frente político. Considera que la inestabilidad geopolítica —desde las nuevas sanciones de Trump a Irán hasta el pulso por Groenlandia y las tensiones en la OTAN— actúa como catalizador de titulares, pero no derriba por sí sola un mercado alcista mientras Estados Unidos no muestre señales claras de recesión o inflación descontrolada.

Las nuevas sanciones a Teherán reavivan el riesgo en Oriente Medio y pueden trasladarse a episodios de tensión en el petróleo, la energía y la inflación. Sin embargo, Iturralde recuerda que la historia reciente muestra patrones repetidos: anuncios, represalias selectivas y, finalmente, fases de negociación. Cada estadio introduce volatilidad, pero pocas veces altera de raíz los beneficios empresariales de la economía estadounidense en su conjunto.

En el caso de Groenlandia y el pulso transatlántico, el analista ve más un asunto de equilibrios estratégicos dentro de la OTAN que un motor inmediato de recesión. “Los mercados llevan décadas conviviendo con fricciones políticas; lo que no soportan es la combinación de política errática y deterioro macro brusco”. Y, de momento, ese deterioro no aparece en los datos.

OTAN, pulso interno y el tranquilo espectador del Este

La conversación introduce un elemento menos visible en los gráficos: la posibilidad de que la OTAN esté en un punto de inflexión interno, con Estados Unidos tensando la cuerda en escenarios como Groenlandia y Europa lidiando con su propia falta de cohesión. Este desgaste, advierte, es observado con calma desde Moscú y Pekín.

Rusia y China adoptan por ahora la estrategia del espectador paciente: evitar sobrerreaccionar en público mientras Occidente exhibe sus propias divisiones. Cada desencuentro entre Washington y sus socios europeos refuerza la narrativa de que el bloque occidental ha perdido su disciplina interna y su capacidad de marcar la agenda sin contestación.

Para los mercados, esta dinámica se traduce en un ruido de fondo que alimenta la prima de riesgo geopolítico, especialmente en sectores como energía, defensa y ciberseguridad. Pero Iturralde insiste en que, salvo que estas tensiones desemboquen en shocks económicos concretos —embargos efectivos, cierres de rutas, ataques a infraestructuras críticas—, seguirán siendo un factor de volatilidad más, no el detonante último de un cambio de tendencia.

Divisas en movimiento: el euro se refuerza, el dólar se debilita

En el mercado de divisas, la sesión dejó un titular relevante: el euro avanzó alrededor de un 0,6% frente al dólar, hasta la zona de 1,18 dólares, aprovechando la debilidad del billete verde. El movimiento refleja tanto la lectura de los datos estadounidenses como un reposicionamiento táctico tras meses de fortaleza del dólar.

Cuando los inversores empiezan a pensar que el ciclo de subidas de tipos en Estados Unidos está cerca de su punto álgido, la prima de rentabilidad del dólar frente a otras monedas pierde atractivo. Al mismo tiempo, cada episodio de ruido geopolítico originado en Washington resta algo de brillo al billete verde como activo refugio inmediato.

Para la zona euro, un euro más fuerte abarata importaciones de energía y materias primas, lo que puede aliviar presiones inflacionistas. Pero también complica la vida a exportadores industriales, especialmente en países muy abiertos como Alemania o España. Por ahora, el movimiento parece más bien una toma de beneficios táctica, no un giro estructural, pero el cruce euro-dólar vuelve a ser una variable a vigilar de cerca por bancos centrales y empresas.

Aunque la Reserva Federal no haya movido ficha en esta sesión, su sombra planea sobre cada gráfico. Con un PMI en expansión, confianza del consumidor al alza y una Bolsa volátil pero no colapsada, el banco central puede mantener su narrativa de prudencia: ni subir tipos a contrapié del ciclo ni bajar la guardia frente a posibles repuntes de inflación derivados de la energía o de nuevas tensiones externas.

Para el inversor, el mensaje que se desprende del análisis de Iturralde es doble. Primero, no confundir correcciones violentas con el fin del mercado alcista: mientras los fundamentales en Estados Unidos sigan razonablemente sólidos, los desplomes puntuales encajan más en una limpieza de posiciones que en un cambio de era. Segundo, aceptar que la volatilidad ha venido para quedarse, con bandazos frecuentes ante cada dato o titular geopolítico.

En este entorno, la disciplina importa tanto como la selección de activos: evitar apalancamientos excesivos, definir niveles de riesgo asumibles y distinguir entre sectores con crecimiento estructural (ciberseguridad, tecnología crítica) y otros más dependientes del ciclo y de la regulación, como la banca. El ruido seguirá, pero no todo ruido es señal. Y, como recuerda Iturralde, “los mercados rara vez avisan con calma de que han decidido seguir subiendo”.

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