BRICS pone fin al monopolio del dólar con un revolucionario sistema de pagos
El dólar sigue mandando, pero ya no gobierna solo. Los BRICS avanzan en un sistema propio para pagos transfronterizos.
Menos “peaje” financiero, menos exposición a sanciones, y una señal política directa: la arquitectura del dinero también se disputa.
Durante años, la desdolarización se ha contado como una épica monetaria: crear una divisa alternativa capaz de destronar al billete verde. La realidad es más prosaica —y más peligrosa para el statu quo—. Lo que está tomando forma en el universo BRICS es una infraestructura de pagos que promete liquidaciones más directas en monedas locales, sin necesidad de convertir cada operación a dólares y sin depender de canales dominados por Occidente.
Los comunicados del bloque ya hablan de interoperabilidad y de abaratar transacciones en divisa propia, con las negociaciones entrando en fases técnicas bajo el relevo de presidencias y agendas nacionales. La clave es el enfoque: no se intenta imponer una unidad común, sino conectar sistemas nacionales y construir una autopista financiera donde el dólar deje de ser peaje obligatorio.
Ese matiz cambia todo. Porque una moneda requiere confianza macro, disciplina fiscal, gobernanza compartida. Una red de pagos, en cambio, requiere ingeniería, acuerdos operativos y volumen. Mucho volumen.
El “peaje del dólar” y el arma de las sanciones
La dependencia del dólar no se sostiene solo por inercia histórica. Se sostiene por red. En reservas, su cuota ha bajado, pero sigue siendo el eje: en torno al 56,3% según lecturas recientes sobre los datos COFER del FMI. Y en los pagos internacionales la hegemonía es aún más tangible: en febrero de 2026, el dólar representó el 49,25% del tráfico de pagos global medido en la red Swift; si se excluyen pagos dentro de la eurozona, su peso sube al 57,49%.
Esa centralidad convierte al sistema en un instrumento de poder. Lo más grave no es el coste del cambio de divisa, sino el margen coercitivo: sanciones, bloqueos, “de-risking” bancario y cortes de acceso. En otras palabras, el comercio no solo depende del precio, sino de la permisología financiera. Por eso la apuesta BRICS es geopolítica incluso cuando se disfraza de mera mejora técnica.
UPI y Pix: la exportación del pago instantáneo
El plan BRICS bebe de una lección evidente: los pagos instantáneos, cuando funcionan en casa, generan hábitos y escala. India y Brasil lo han demostrado con infraestructuras como UPI y Pix, que han normalizado la transferencia inmediata y barata entre usuarios y empresas. La novedad es trasladar esa lógica al exterior: conectar “raíles” nacionales para que un exportador cobre en su moneda mientras el importador paga en la suya, y que la conversión ocurra —si ocurre— en un circuito distinto al tradicional.
La promesa, en términos fríos, es eficiencia. En términos políticos, es soberanía. Y en términos de mercado, es presión competitiva sobre un sistema donde los costes de fricción siguen siendo elevados en múltiples corredores: el propio Banco Mundial sitúa el coste medio global de enviar remesas en un 6,36%. Un carril BRICS que abarate liquidación y mensajería no tumba al dólar por decreto, pero sí recorta su renta de posición.
El tablero tecnológico: de Swift a mBridge y los CBDC
El debate ya no es solo “dólar sí/dólar no”, sino qué tecnología soporta el nuevo tráfico. En paralelo a estas discusiones, proyectos de moneda digital mayorista han intentado resolver el mismo cuello de botella: pagos transfronterizos caros, lentos y opacos. El BIS, junto a varios bancos centrales, ha impulsado mBridge para pagos y FX entre jurisdicciones, con un objetivo explícito: reducir costes y complejidad operativa.
Aquí aparece una bifurcación interesante. Un sistema BRICS puede apoyarse en mensajería y compensación clásica, o dar un salto hacia puentes basados en CBDC mayoristas. India, además, ha colocado el tema en agenda: su presidencia BRICS en 2026 apunta a empujar pagos transfronterizos “sin costuras” usando monedas digitales de banco central. Este hecho revela la ambición real: no es un parche, es una arquitectura alternativa en construcción.
Obstáculos que nadie quiere ver: confianza, convertibilidad y gobernanza
La desdolarización no es un interruptor; es una mudanza. Y tiene fricciones. Primero, la convertibilidad: varias divisas BRICS operan con controles, intervenciones o mercados menos líquidos. Segundo, la confianza: el dólar no solo es moneda; es “infraestructura jurídica” y profundidad financiera. Tercero, la gobernanza del sistema: ¿quién arbitra disputas, estándares de cumplimiento y riesgos de blanqueo?
Además, un carril paralelo no elimina el problema del riesgo cambiario. Lo desplaza. Si el comercio se factura en monedas locales, crece la necesidad de coberturas, swaps y líneas de liquidez entre bancos centrales. Sin esa malla, la red puede ser rápida, pero inestable. Y, aun así, su mera existencia ya tiene efecto: introduce competencia regulatoria y reduce el monopolio de ruta. “No hace falta sustituir al dólar para debilitar su ventaja: basta con ofrecer una alternativa funcional en un bloque con peso comercial suficiente”.