Trump pierde a MAGA mientras prepara un nuevo frente en Mali

El apoyo de sus votantes a la guerra contra Irán cae 13 puntos mientras la Casa Blanca estudia atacar a una filial de Al Qaeda en el Sahel.
Trump durante conferencia de prensa con mapa geopolítico de fondo, ilustrando las regiones de interés en África Occidental y Medio Oriente.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Trump pierde a MAGA mientras prepara un nuevo frente en Mali

La estrategia militar de Donald Trump empieza a erosionar incluso a su electorado más fiel. Solo el 37% de los votantes vinculados al movimiento MAGA considera ahora que la guerra contra Irán merece la pena si implica mayores costes económicos, frente al 50% registrado en mayo. Una caída de 13 puntos en apenas dos meses.

Sin embargo, la Casa Blanca no parece dispuesta a replegarse. Mientras el conflicto iraní encarece la gasolina, eleva el gasto público y acumula bajas, Washington estudia abrir otro frente en Mali contra JNIM, una organización afiliada a Al Qaeda. De aprobarse la operación, sería el octavo país atacado por Estados Unidos durante este mandato.

MAGA empieza a cansarse

El deterioro del apoyo entre los seguidores más leales de Trump supone una señal política difícil de ignorar. La guerra contra Irán nunca despertó un entusiasmo mayoritario entre el conjunto de la población, pero la Casa Blanca confiaba en conservar el respaldo del núcleo republicano.

Ese muro comienza a resquebrajarse. Cerca del 57% de los votantes MAGA relaciona ya el conflicto con la subida del precio de la gasolina, mientras casi uno de cada cinco partidarios del presidente reclama terminar la guerra independientemente de sus consecuencias estratégicas.

El contraste con mayo resulta demoledor. Entonces, la mitad de la base trumpista estaba dispuesta a asumir el coste económico. En julio, poco más de un tercio mantiene esa posición.

La gasolina cambia el debate

Trump sostiene que los estadounidenses no rechazan la guerra, sino sus efectos inmediatos sobre el bolsillo. La distinción resulta políticamente conveniente, pero difícil de mantener: cuando el coste energético, la inflación y el gasto militar condicionan la vida cotidiana, dejan de ser consecuencias externas para convertirse en el centro del conflicto.

El precio medio de la gasolina ha superado los cuatro dólares por galón en buena parte del país. Al mismo tiempo, solo el 28% de los estadounidenses apoya la guerra y un 68% considera que no merece la pena continuarla.

La consecuencia es clara: la Casa Blanca puede defender sus objetivos militares, pero no controlar indefinidamente la factura doméstica.

Una guerra cada vez más cara

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha cifrado en 37.500 millones de dólares el coste acumulado de las operaciones contra Irán, unos 9.000 millones más que la estimación anterior del Pentágono. La Administración solicita además decenas de miles de millones adicionales para sostener el despliegue.

Las cifras llegan acompañadas de un desgaste humano creciente. Estados Unidos acumula al menos 18 militares muertos desde el inicio de la guerra y más de un centenar de heridos, mientras el Congreso cuestiona la estrategia, la transparencia presupuestaria y la ausencia de una autorización formal para prolongar las hostilidades.

El coste ya no es una hipótesis electoral: aparece en las cuentas federales, las gasolineras y los funerales militares.

Mali entra en el radar

Pese a ese desgaste, la Administración estudia operaciones militares en Mali contra Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin, conocido como JNIM. El grupo está vinculado a Al Qaeda y ha ampliado su capacidad de actuación en el Sahel durante los últimos meses.

Funcionarios actuales y retirados aseguran que Washington analiza distintas opciones, incluidos ataques directos. La propuesta cuenta con el respaldo de sectores duros de la Casa Blanca, preocupados por la expansión yihadista y por el creciente peso ruso en África Occidental.

De aprobarse, Mali se convertiría en el octavo escenario de ataques estadounidenses desde el regreso de Trump al poder.

Un país al borde del colapso

Mali arrastra una insurgencia iniciada en 2012, varios golpes de Estado y el progresivo debilitamiento de sus instituciones. JNIM ha explotado los conflictos comunitarios, la fragilidad del Ejército y el vacío dejado por la retirada occidental para ampliar su influencia.

En abril, la organización y sus aliados lanzaron la mayor ofensiva registrada en el país desde 2012, atacando posiciones desde las proximidades de Bamako hasta el norte. Posteriormente, grupos yihadistas y rebeldes tuareg intensificaron su cooperación contra la junta militar y sus socios rusos.

Una intervención estadounidense entraría, por tanto, en un escenario fragmentado donde confluyen Al Qaeda, fuerzas locales, separatistas y el Africa Corps ruso.

La promesa que se desvanece

Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo reducir las guerras interminables y evitar nuevas campañas de construcción nacional. La posibilidad de atacar Mali revela una dirección distinta: operaciones simultáneas, objetivos dispersos y una presencia militar cada vez más extensa.

La contradicción es evidente. Mientras la base MAGA pierde confianza en la guerra contra Irán, los sectores intervencionistas presionan para añadir otro frente en una región donde Francia, Naciones Unidas y Rusia ya han sufrido serias dificultades.

Estados Unidos podría entrar en Mali justo cuando sus propios votantes empiezan a preguntarse por qué sigue combatiendo en Irán. Ese choque entre promesa electoral y expansión militar amenaza con convertirse en uno de los principales problemas políticos de Trump antes de las elecciones legislativas.

Comentarios