Trump dinamita el derecho internacional: solo le frena su moral

El presidente presume de actuar al margen de las normas globales mientras amenaza a Venezuela, Cuba e Irán y acelera la erosión del orden jurídico internacional
trump EP
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La última entrevista de Donald Trump ha puesto en palabras lo que muchos temían desde hace años: el presidente de Estados Unidos asegura que “no necesita el derecho internacional” y que el único límite real a su poder es su propia moralidad. Entre amenaza y amenaza a Venezuela, Cuba e Irán, el mensaje es cristalino: Washington se reserva el derecho de actuar según su criterio, incluso si eso implica saltarse la legalidad internacional.
Las declaraciones llegan después de la operación militar en Venezuela que se saldó con la captura de Nicolás Maduro y de nuevas advertencias contra La Habana y Teherán. Lo que para Trump es una demostración de fuerza, para sus aliados y rivales revela algo mucho más preocupante: la primera potencia militar del planeta se declara por encima de las reglas que ella misma contribuyó a escribir. El diagnóstico es inquietante: cuando el presidente de Estados Unidos afirma que solo su conciencia le frena, el suelo jurídico global empieza a resquebrajarse.

Un presidente que solo se somete a su propia “moral”

En su conversación con la prensa, Trump no deja margen a la interpretación. Preguntado por los límites de su poder, responde: “Sí, hay uno. Mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. Y remata con otra frase demoledora: “No necesito el derecho internacional”. A continuación matiza que su administración “debería” respetarlo, pero introduce una coletilla clave: “depende de cuál sea tu definición de derecho internacional”.

Este giro semántico es mucho más que una provocación. Supone reducir todo el entramado de tratados, convenios y tribunales a una cuestión de voluntad presidencial. Si la Casa Blanca decide que una norma deja de servir a sus intereses, basta con redefinirla o ignorarla. No estamos ante un líder de un país periférico, sino ante el jefe de Estado de una potencia que concentra cerca del 30% del gasto militar mundial y dispone de un arsenal capaz de proyectar fuerza en cualquier punto del planeta.

Lo más grave es el precedente. Si el mensaje que se transmite es que la “moral” de un dirigente pesa más que los compromisos jurídicos asumidos durante décadas, ¿con qué autoridad podrá exigirse contención a otros Estados cuando decidan hacer lo mismo?

Venezuela: la captura de Maduro como punto de inflexión

Las afirmaciones de Trump no se producen en abstracto. Llevan la sombra alargada de la acción militar en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, un presidente en ejercicio trasladado por la fuerza a Estados Unidos. Varios líderes y organismos internacionales han denunciado que se trata de una vulneración frontal del principio de soberanía y de la inmunidad de los jefes de Estado, pilares básicos del sistema posterior a 1945.

Para la Casa Blanca, se trató de una operación legítima contra un “régimen criminal”. Para buena parte de la comunidad jurídica, es un atajo peligroso: si un país se arroga el derecho de entrar en otro, detener a su dirigente y juzgarlo en sus tribunales, ¿qué queda del marco de Naciones Unidas? Trump, lejos de rebajar el tono, reivindica la acción como una muestra de su determinación y, al mismo tiempo, insiste en que su única línea roja es no “hacer daño a la gente”.

La contradicción salta a la vista. Una intervención de esta escala deja siempre víctimas, daños económicos y fracturas políticas profundas. Sin embargo, en el relato presidencial pesa más la imagen del líder fuerte que “hace lo que hay que hacer” que el respeto a unas normas que, sobre el papel, deberían ser vinculantes para todos.

@realDonaldTrump
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Cuba: la amenaza de “reventar el país”

El segundo frente abierto pasa por Cuba. En una entrevista radiofónica, Trump admite que apenas puede aumentar más la presión sobre la isla… salvo una opción: “no se puede poner mucha más presión, salvo entrar y reventar el país, blasting the hell out of the whole place”. La frase, lejos de un simple exabrupto, encaja en una estrategia de máxima asfixia económica y diplomática.

El presidente sostiene que la “vida entera” de Cuba era Venezuela, de donde recibía petróleo y financiación. Ahora que Caracas está debilitada, La Habana sería, según su lectura, un régimen “en apuros” desde hace más de 25 años. El subtexto es claro: el embargo, las sanciones y el corte de suministros no son un medio, sino un fin en sí mismo, orientado a provocar un colapso interno.

Lo llamativo es la ligereza con la que se habla de “reventar” un país con once millones de habitantes, a apenas 150 kilómetros de Florida. La seguridad de millones de personas queda supeditada a una narrativa en la que el enemigo puede ser sometido por hambre, aislamiento o, llegado el caso, por la fuerza bruta. Para Europa y para buena parte de América Latina, que llevan años defendiendo una estrategia gradual de apertura y diálogo, el contraste resulta demoledor.

Irán en el punto de mira: protestas y castigo ejemplar

El tercer vértice de esta semana de declaraciones se sitúa en Irán. Trump advierte que Estados Unidos golpeará al régimen “muy duro” si las autoridades matan a manifestantes, y asegura que, si se demuestra su responsabilidad directa, “pagarán un infierno”. Al mismo tiempo, reconoce que en algunas protestas ha habido muertos por estampidas y situaciones confusas en las que “no está claro a quién responsabilizar”.

De nuevo, la defensa de los derechos de los manifestantes es difícilmente discutible. La cuestión es cómo se instrumentaliza esa defensa. Convertir cualquier episodio de represión en un pretexto potencial para una acción militar abre un abanico de riesgos: errores de inteligencia, acusaciones cruzadas, provocaciones calculadas por terceros actores… Todo ello sobre un país con 85 millones de habitantes, relevancia energética y redes de influencia regional.

Además, Trump deja entrever que la relación con figuras como el príncipe Reza Pahlaví se gestiona con lógica interna de poder, descartando por ahora un encuentro directo mientras la prensa especula con reuniones en Mar-a-Lago. La impresión que deja es la de un tablero en el que las vidas de los manifestantes y la estabilidad de todo Oriente Medio quedan subordinadas a la estrategia de presión máxima sobre Teherán.

El derrumbe silencioso del orden jurídico internacional

Venezuela, Cuba, Irán. Tres escenarios muy distintos unidos por un hilo común: la deslegitimación progresiva del derecho internacional como marco de referencia. Cuando Trump afirma que “no necesita” ese derecho y que todo depende de su “definición”, convierte tratados y resoluciones en un material maleable al servicio de la coyuntura política.

Desde hace años, Washington se ha ido retirando de acuerdos clave, ha abandonado organismos multilaterales y ha vaciado de contenido algunas de las instituciones que contribuyó a crear. La novedad ahora no es el gesto, sino la franqueza con la que se reivindica. Es una especie de “doctrina del yo”: la moral individual del líder se presenta como última instancia, por encima incluso de la letra de la ley.

La consecuencia es clara: otros actores, desde potencias emergentes hasta gobiernos autoritarios, encuentran una coartada perfecta para imitar la misma lógica. Si el país más poderoso del planeta se reserva el derecho de ignorar normas incómodas, ¿por qué no habrían de hacerlo los demás? El resultado es un mundo más incierto, donde la fuerza pesa más que los tratados y donde el coste de los errores se mide en vidas y crisis económicas.

Bruselas
Bruselas

Europa y los aliados ante un dilema incómodo

Para Europa, las palabras de Trump suponen un golpe directo a su narrativa como potencia normativa. La Unión Europea lleva décadas construyendo su identidad exterior sobre la defensa del multilateralismo, el respeto a los tratados y la centralidad de las instituciones internacionales. Sin embargo, depende de Estados Unidos para más del 70% de las capacidades militares de la OTAN.

Cada vez que la Casa Blanca actúa al margen de las reglas, Bruselas se enfrenta al mismo dilema: ¿denunciar con claridad y arriesgar una ruptura estratégica, o mirar hacia otro lado y aceptar que el derecho internacional es, en la práctica, opcional para algunos? Hasta ahora, la respuesta ha sido tímida, con comunicados llenos de matices pero carentes de consecuencias reales.

El contraste con otras regiones también es elocuente. En América Latina, muchos perciben la captura de Maduro y las amenazas a Cuba como un retorno a las lógicas de intervención del siglo XX, disfrazadas de lucha contra el crimen o defensa de la democracia. En Oriente Medio, las palabras sobre Irán se leen a la luz de guerras anteriores, demasiado recientes como para haber cicatrizado.

Contención o normalización del atropello

El futuro inmediato se mueve entre dos grandes escenarios. El primero, relativamente optimista, confía en la capacidad de contención institucional: contrapesos dentro de Estados Unidos, resistencia de sus aliados a ciertas aventuras y presión de la opinión pública para frenar los excesos. En ese caso, las frases de Trump quedarían como una sobreactuación peligrosa, pero acotada.

El segundo escenario, mucho más inquietante, es el de la normalización. Es decir, que la idea de que el derecho internacional es secundario, que las operaciones militares se legitiman a posteriori y que los jefes de Estado pueden ser capturados sin mandato global se convierta en rutina. En ese mundo, cada crisis abre la puerta a soluciones de fuerza y cada frontera se vuelve más porosa a la lógica del “yo decido”.

En ambos casos, hay algo que ya ha cambiado: el velo de hipocresía ha caído. El presidente de Estados Unidos no se refugia en tecnicismos ni en interpretaciones jurídicas creativas; afirma abiertamente que solo su moral le frena. Y cuando el líder del país más poderoso del planeta se coloca por encima de la ley, el mensaje para el resto del mundo es tan sencillo como inquietante: nadie está verdaderamente a salvo de convertirse en el próximo objetivo.

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