Washington combina negociación nuclear, aranceles del 25% y demostraciones militares mientras los inversores lidian con un nuevo episodio de volatilidad global

Estados Unidos eleva la presión sobre Irán y sacude al Dow Jones

Mientras Estados Unidos e Irán retomaban discretamente en Omán el diálogo sobre el programa nuclear, el Pentágono confirmaba que sus fuerzas habían derribado un dron iraní cerca de un portaaviones en el mar Arábigo. Casi al mismo tiempo, la Casa Blanca anunciaba un arancel del 25% a los países que comercien con Teherán, elevando de golpe el coste de alinearse con la República Islámica. En paralelo, Israel prepara una visita relámpago a Washington para coordinar posiciones, Ucrania recibe presiones para acelerar un acuerdo con Rusia antes de junio y la Unión Europea presenta su vigésimo paquete de sanciones contra Moscú. En los mercados, la combinación de tensión geopolítica, resultados empresariales y señales mixtas de los bancos centrales provocó bruscos vaivenes en las bolsas, en el oro y en el bitcoin, que llegó a perforar los 65.000 dólares antes de rebotar. El resultado es un panorama en el que la política vuelve a marcar la agenda del dinero, y no al revés.

Donald Trump
Donald Trump

Conversaciones en Omán y un ultimátum arancelario

Las reuniones discretas en Omán entre emisarios de Washington y Teherán han ido acompañadas de un mensaje inequívoco de fuerza. El Pentágono confirmó que fuerzas estadounidenses derribaron un dron iraní que se aproximó a un portaaviones en el mar Arábigo, episodio que llega después de meses de fricciones en el estrecho de Ormuz. La respuesta política ha sido aún más contundente: el presidente de Estados Unidos anunció un arancel del 25% a todos los países que mantengan comercio significativo con Irán, un salto cualitativo que convierte la cuestión nuclear en un test de alineamiento geopolítico para aliados y socios.

Este hecho revela una estrategia de doble carril: diálogo contenido en privado y presión económica y militar en público. Para las economías emergentes que aún mantienen flujos con Teherán —desde partes de Asia hasta segmentos de Oriente Medio— la decisión supone un riesgo directo sobre sus exportaciones a la primera potencia mundial. Y para Europa vuelve a aflorar una disyuntiva incómoda: preservar autonomía comercial o asumir que la extraterritorialidad de las sanciones estadounidenses condiciona de facto su política hacia Irán. La consecuencia es clara: el margen para soluciones intermedias se estrecha, y el coste económico de cada decisión aumenta.

Israel se alinea y prepara su propia ofensiva diplomática

El anuncio de que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu viajará a Washington para reunirse con el presidente estadounidense añade una nueva capa a la presión sobre Irán. La agenda oficial habla de coordinar posiciones sobre la República Islámica, pero en realidad se trata de mucho más: defensa antimisiles, seguridad regional y, sobre todo, reparto de roles en un posible escenario de escalada.

Israel no puede permitirse un Irán nuclear, pero tampoco un choque frontal que deje al descubierto sus vulnerabilidades internas. De ahí que la visita llegue en plena recomposición de alianzas en Oriente Medio, con países del Golfo recalibrando su relación tanto con Washington como con Pekín. Lo más grave para Teherán es que la presión ya no llega solo vía sanciones, sino a través de una arquitectura de seguridad en la que Israel se consolida como socio indispensable de Estados Unidos en la región.

El contraste con otras crisis pasadas resulta demoledor: si en la década de 2000 todavía existía un debate real sobre cómo integrar a Irán en el sistema internacional, hoy el marco es el de contención y castigo. El resultado práctico es un entorno de inversión más hostil para cualquier proyecto energético, logístico o financiero que pase cerca del eje iraní, algo que los grandes fondos ya descuentan en sus modelos de riesgo.

Ucrania, plazos imposibles y sanciones sin fin

En paralelo al tablero iraní, la guerra en Ucrania sigue marcando el pulso político europeo. El presidente ucraniano Volodymyr Zelensky ha explicado que Washington quiere un acuerdo Ucrania-Rusia antes de junio, un horizonte temporal muy ambicioso si se tiene en cuenta la situación sobre el terreno y la fatiga financiera de los aliados.

La Unión Europea, por su parte, ha presentado su paquete de sanciones número 20 contra Rusia, un dato que ilustra la profundidad del divorcio económico entre Bruselas y Moscú. Sin embargo, la eficacia marginal de cada nuevo paquete parece menor: el comercio energético ya se ha reorientado en gran medida hacia Asia, y el Kremlin ha aprendido a operar en la economía de guerra. El diagnóstico es inequívoco: las sanciones son necesarias para mantener la presión, pero insuficientes para cambiar por sí solas el cálculo estratégico del Kremlin.

Para las empresas europeas, el escenario es doblemente complejo. Por un lado, chocan con un entramado sancionador cada vez más detallado y costoso de cumplir. Por otro, compiten con actores de terceros países que operan con menos restricciones y aprovechan los huecos del sistema. Europa paga una factura reputacional asumida, pero también un coste de competitividad que no siempre se verbaliza en público.

Cierre del ‘shutdown’ y señales confusas desde Washington

En el frente interno estadounidense, la semana trajo cierto alivio político con el fin del cierre parcial de la Administración, después de que el Congreso aprobara un proyecto de financiación que fue finalmente firmado por el presidente. El bloqueo había afectado a agencias clave y amenazaba con erosionar la confianza en la capacidad de gestión fiscal de Estados Unidos.

Sin embargo, el daño reputacional está hecho. Cada episodio de ‘shutdown’ manda al exterior el mismo mensaje: la primera economía del mundo es capaz de paralizarse por luchas internas. Para los mercados de deuda soberana, estas crisis recurrentes son un recordatorio de que incluso los activos considerados más seguros dependen de equilibrios políticos cada vez más frágiles.

Al mismo tiempo, los datos laborales aportaron una nota inquietante: los recortes de empleo aumentaron un 205% en Estados Unidos, una cifra que sugiere que parte del tejido corporativo está empezando a ajustar costes ante la perspectiva de menor crecimiento y de financiación aún relativamente cara. La paradoja es que, mientras el paro oficial sigue contenido, las empresas adelgazan plantillas con intensidad.

Movimientos corporativos inéditos y la nueva carrera por la IA

En el terreno empresarial, la operación más llamativa fue la compra de xAI por parte de SpaceX, una jugada que mezcla la industria espacial con la carrera por la inteligencia artificial. El movimiento refuerza la idea de que la nueva batalla tecnológica no se libra solo en centros de datos terrestres, sino también en órbita, donde el control de constelaciones de satélites puede marcar la diferencia en capacidad de computación distribuida y comunicaciones seguras.

Al mismo tiempo, compañías icónicas como PayPal y Disney anunciaron nuevos consejeros delegados, en un intento de reorientar estrategias en un entorno de tipos altos, presión competitiva y cambios en los hábitos de consumo. El mensaje para el mercado es claro: la paciencia con los directivos se acorta cuando la capitalización bursátil se resiente.

La decisión de Rio Tinto de abandonar un posible acuerdo de fusión con Glencore cierra, de momento, la puerta a la creación de un gigante minero con enorme capacidad de fijación de precios. Para los reguladores, la operación habría planteado dudas serias sobre competencia; para los inversores, sigue sobre la mesa la idea de que el sector de materias primas necesitará consolidarse para financiar la transición energética.

Resultados, volatilidad extrema y el termómetro de bitcoin

La temporada de resultados aportó cifras de pesos pesados como Alphabet, Amazon, Palantir, AMD, UBS, Uber, Qualcomm o la propia Disney. El saldo fue mixto, con sorpresas positivas en ingresos digitales y servicios en la nube, pero también advertencias sobre márgenes presionados y costes de financiación más elevados.

En los mercados, el comportamiento de los activos refugio y de alto riesgo dibujó una semana de auténtico vértigo. El oro y la plata registraron fuertes subidas al inicio, impulsados por la combinación de tensiones geopolíticas y dudas sobre el crecimiento, pero retrocedieron después cuando los inversores recogieron beneficios. El bitcoin ofreció la imagen más visible de la ansiedad del mercado: cayó por debajo de los 70.000 dólares, llegó a perforar los 65.000 y acabó recuperando el nivel de los 70.000, todo en cuestión de días.

Este tipo de movimientos extremos convierte a las criptomonedas en un barómetro de la psicología inversora más que de los fundamentales económicos. Los grandes institucionales siguen siendo prudentes, pero la presencia de fondos y vehículos cotizados ligados al bitcoin amplifica cada oscilación y la traslada al resto del sistema financiero.

Bancos centrales en pausa, dudas en la economía real

En política monetaria, tanto el Banco Central Europeo como el Banco de Inglaterra optaron por mantener los tipos sin cambios, en una pausa que refleja la dificultad de equilibrar una inflación aún por encima de los objetivos con un crecimiento anémico. El mensaje oficial es de prudencia: no se quiere precipitar una bajada que reactive los precios, pero tampoco prolongar un nivel de restricción que ahogue la actividad.

Los datos comerciales de las principales economías ilustran esa tensión. Francia registró en diciembre un déficit comercial de 4.800 millones de euros, mientras Alemania elevó su superávit hasta los 17.100 millones, confirmando el clásico desequilibrio interno de la eurozona. En el otro extremo del mundo, Australia firmó un superávit de 3.400 millones de dólares australianos, apoyado en exportaciones de materias primas.

El contraste con la estabilidad del desempleo en Suiza, anclado en el 2,9%, subraya cómo las economías más diversificadas y con finanzas públicas saneadas resisten mejor los sobresaltos globales. Pero la sombra de un exceso de tipos altos se proyecta sobre el crédito a empresas y familias, que empiezan a notar el peso de refinanciarse en un entorno más caro.

Inflación contenida en Europa, asfixiante en Turquía

En el frente de precios, Europa pudo respirar, al menos parcialmente. La inflación de la eurozona se moderó del 1,9% al 1,7% en enero, consolidando la sensación de que el pico inflacionista ha quedado atrás. Italia siguió la misma senda, con un descenso del 1,2% al 1%, mientras Corea del Sur reducía su tasa del 2,3% al 2%. Son cifras coherentes con un escenario de desinflación, pero también de crecimiento moderado.

Turquía, en cambio, se mantiene en otra galaxia: la inflación se situó en el 30,65%, un nivel incompatible con la estabilidad social a medio plazo. La historia reciente muestra que tasas por encima del 20% durante varios años suelen erosionar de forma profunda el poder adquisitivo de las clases medias y acelerar la dolarización informal de la economía. El banco central turco se mueve en un equilibrio delicadísimo entre subir tipos para anclar expectativas y evitar que una restricción excesiva haga saltar por los aires un tejido empresarial muy endeudado.

El contraste entre ambas realidades dibuja un mundo a dos velocidades: economías avanzadas intentando aterrizar suavemente tras el shock inflacionista, y emergentes atrapadas en un círculo de devaluación y pérdida de confianza.

De la pista de esquí al escenario de los Grammy

El telón de fondo de esta semana convulsa lo han puesto el deporte y la música. Los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026 se inauguraron con el esquiador suizo Franjo von Allmen colgándose el oro en el descenso, una prueba históricamente ligada al riesgo calculado y a la búsqueda del límite. En el terreno cultural, el rapero Bad Bunny se llevó el premio a álbum del año en los Grammy, confirmando la hegemonía global de la música en español y el peso creciente de América Latina en la industria del entretenimiento.

No son solo anécdotas. Para economías como la española, donde el turismo deportivo y los eventos culturales mueven miles de millones de euros al año, los grandes acontecimientos internacionales actúan como escaparate y como catalizador de inversión. Mientras la geopolítica multiplica los riesgos, la economía del ocio y del espectáculo sigue demostrando una resiliencia notable, capaz de atraer capital incluso en entornos de tipos altos. Es, en última instancia, otro recordatorio de que la batalla por el crecimiento se libra también en los terrenos menos obvios: creatividad, imagen país y capacidad de generar relatos atractivos para el resto del mundo.

Comentarios