La agencia nuclear de la ONU alerta de que los ataques contra la red eléctrica obligan a frenar la generación nuclear

Ucrania apaga sus nucleares tras 406 drones rusos

Según el director general del organismo nuclear de la ONU, Rafael Grossi, la ofensiva dañó nodos clave de la red y obligó a los operadores a bajar carga para evitar un apagón descontrolado.

Mientras los técnicos trataban de estabilizar el sistema, la alerta era inequívoca: la seguridad nuclear depende hoy tanto de los misiles como de los cables que alimentan las plantas.

La defensa aérea ucraniana asegura haber interceptado 406 de los cerca de 450 drones y misiles lanzados en pocas horas, pero bastaron unos pocos impactos para dejar al país al borde de un nuevo ciclo de cortes programados.

Grossi pidió “contención, porque el deterioro de la red compromete la seguridad nuclear” y recordó que el margen de maniobra de las centrales se estrecha ataque tras ataque.

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EPA/MAX SLOVENCIK

Un ataque masivo al corazón energético ucraniano

El último golpe confirma un patrón ya conocido: Rusia concentra su fuego sobre la infraestructura energética crítica cuando el invierno convierte la electricidad en arma estratégica. En la noche del 7 de febrero, el sistema de defensa ucraniano registró el lanzamiento de 447 armas aéreas –entre drones y misiles– contra todo el territorio. De ellas, 406 fueron derribadas, pero los proyectiles que lograron atravesar el escudo impactaron en al menos 19 instalaciones clave, incluidas subestaciones de 750 kV y 330 kV que actúan como auténticas autopistas de electricidad.

La ofensiva no buscaba solo apagar luces domésticas. Los blancos seleccionados –grandes nodos de transformación, líneas troncales y plantas térmicas que dan respaldo a la generación nuclear– indican una estrategia deliberada de poner de rodillas al sistema eléctrico. El Ministerio de Energía de Kyiv admite que la situación obligó a activar planes de emergencia y a solicitar ayuda eléctrica de países vecinos como Polonia para evitar un colapso en cascada.

Este hecho revela algo más profundo: casi dos años después del inicio de la invasión a gran escala, la guerra se libra tanto en el frente de tierra como en el de los kilovatios. Cada ataque deja equipos irrecuperables, repuestos difíciles de encontrar y un coste de reconstrucción que ya se calcula en miles de millones de euros, una factura que se acumula sobre un PIB que ha llegado a caer más de un 30% desde 2022.

Plantas nucleares al ralentí: el riesgo que más preocupa

Lo que distingue este ataque de los anteriores es la respuesta de las centrales nucleares. Según el propio Grossi, las plantas bajo control de Kyiv se vieron obligadas a reducir o detener temporalmente su producción para no sobrecargar una red dañada y parcialmente fragmentada.

La paradoja es evidente: la tecnología nuclear es intrínsecamente robusta, con edificios de contención diseñados para soportar impactos extremos, pero su talón de Aquiles está fuera de los muros de hormigón. Cuando se pierde la conexión con la red externa, los reactores deben recurrir a sistemas de emergencia –diésel, baterías, líneas alternativas– que no están concebidos para sostenerse indefinidamente. Es la misma lógica que se vio en Fukushima: no fue el reactor el que falló, sino la capacidad de alimentarlo y refrigerarlo de forma segura.

Desde 2023, la IAEA mantiene equipos permanentes en todas las centrales ucranianas –incluida la de Zaporiyia, ocupada por Rusia– precisamente para supervisar estos riesgos. La agencia lleva meses advirtiendo de que la repetición de episodios de pérdida de alimentación externa aumenta las probabilidades de un accidente por simple acumulación estadística. No hace falta un impacto directo sobre un reactor: basta con que la red caiga en el peor momento.

“Cada vez que una central pierde su conexión segura con la red, jugamos con la suerte”, han resumido en privado varios expertos del organismo, según fuentes diplomáticas consultadas. El diagnóstico es inequívoco: la seguridad nuclear ya no depende solo de protocolos técnicos, sino de decisiones militares.

La red eléctrica, nuevo frente de la guerra

Los ataques contra la energía no son nuevos. En noviembre de 2025, una oleada similar de 458 drones y 45 misiles dejó a buena parte del país con cortes de luz de entre 8 y 16 horas diarias, y redujo a “cero” la capacidad de generación de la eléctrica estatal Centrenergo tras golpear simultáneamente sus tres plantas térmicas. Aquella campaña marcó un punto de inflexión: el Kremlin descubrió que dañar transformadores y subestaciones produce efectos más duraderos que destruir tanques.

Desde entonces, los ingenieros de Ukrenergo se han visto obligados a reconstruir el sistema con piezas de segunda mano, equipos donados por socios europeos y soluciones provisionales. La consecuencia es clara: el margen operativo se ha estrechado. Una red con redundancias recortadas es más frágil ante cada nuevo misil.

Este nuevo ataque llega, además, en un contexto en el que alrededor de la mitad de la producción de gas del país ya se ha visto afectada por bombardeos previos, según estimaciones académicas. La suma de un gas más escaso y una nuclear obligada a frenar crea una pinza perfecta sobre hogares y empresas. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Europa occidental discute ajustes finos en el mercado eléctrico, Ucrania pelea simplemente por mantener la red en tensión.

Precedentes que avivan el miedo nuclear

El temor de los reguladores no surge en el vacío. Desde el inicio de la invasión, la central de Zaporiyia, la mayor de Europa, ha sido escenario de bombardeos, desconexiones repetidas de la red y acusaciones cruzadas entre Moscú y Kyiv sobre quién dispara contra qué. A ello se suma la voladura de la presa de Kajovka en 2023, que puso en entredicho el suministro de agua de refrigeración para la planta.

Estos episodios han llevado a Grossi a multiplicar sus viajes a Ucrania y a insistir en la creación de una zona de seguridad y protección nuclear alrededor de Zaporiyia, propuesta que nunca llegó a concretarse por la falta de garantías militares de ambas partes.

La ofensiva de estos días encaja en otra línea de continuidad inquietante: ataques contra subestaciones que alimentan centrales nucleares en Rivne y Jmelnitski, ya denunciados en oleadas anteriores. Aunque en todos los casos se ha evitado lo peor, el mensaje es inequívoco. Como resumió hace meses el ministro de Exteriores ucraniano, “Rusia está utilizando la seguridad nuclear como herramienta de chantaje para toda Europa”.

Lo más grave es que, tras cada incidente, el listón de lo tolerable parece subir un poco. Lo que en 2022 habría sido visto como un escenario extremo –disparar contra instalaciones vinculadas a centrales nucleares– se ha convertido hoy en parte del paisaje bélico.

Impacto económico: industria parada y presupuestos al límite

Más allá del riesgo radiológico, el parón nuclear tiene un coste inmediato para la economía ucraniana. Antes de la guerra, la energía atómica aportaba en torno al 55% de la electricidad del país, con tarifas relativamente estables que servían de ancla al resto del sistema. La reducción forzada de carga obliga ahora a recurrir a generación más cara y volátil –térmica o importada– en un momento en que las finanzas públicas están ya al límite.

Cada noche de bombardeo se traduce en fábricas que detienen turnos, cadenas logísticas que se interrumpen y servicios públicos que pasan a funcionar con generadores diésel. En episodios anteriores, grandes ciudades como Kyiv, Járkov o Dnipró se han visto obligadas a diseñar horarios de suministro que dejan barrios enteros sin luz durante buena parte del día.

Para el presupuesto del Estado, el impacto es doble: por un lado, se desploman los ingresos de las empresas eléctricas públicas, que venden menos energía y a menudo a precios regulados; por otro, se disparan las necesidades de inversión en reparación y protección de infraestructuras, que en algunos ejercicios han llegado a absorber más del 3% del PIB según estimaciones de organismos internacionales. El resultado es una bola de nieve fiscal que solo se está conteniendo gracias a la ayuda exterior.

Europa ante un posible efecto dominó energético

Aunque los apagones se produzcan dentro de las fronteras ucranianas, el ecosistema energético europeo no es inmune. Ucrania está sincronizada desde 2022 con la red continental ENTSO-E y, en situaciones de emergencia, importa electricidad de países vecinos o, en menor medida, puede exportarla cuando la generación lo permite.

Si las centrales nucleares mantienen durante semanas una operación limitada y la red sigue sufriendo impactos, Bruselas tendrá que decidir cuánta electricidad adicional está dispuesta a enviar a un sistema en guerra. En plena discusión sobre la reforma del mercado eléctrico y con la memoria aún fresca de la crisis de precios de 2022, un desajuste fuerte en Ucrania puede traducirse en tensiones puntuales de precio en Europa central y oriental.

El contraste con otras regiones resulta de nuevo elocuente: mientras países como Francia debaten ampliar su parque nuclear como garantía de estabilidad, Ucrania se ve obligada a utilizar esa misma energía como un escudo frágil, dependiendo de la buena suerte de que la próxima salva de misiles no alcance una subestación crítica. La dimensión geopolítica es clara: cada central ucraniana es hoy, de facto, parte de la seguridad energética europea.

Qué puede pasar ahora

En el corto plazo, el escenario más probable es una carrera entre reparaciones y nuevos ataques. Los operadores de la red tratarán de restablecer líneas dañadas, redirigir flujos y elevar de nuevo la carga de las centrales nucleares a medida que se recupere estabilidad. Si no se producen más bombardeos sobre la infraestructura, la generación podría normalizarse en cuestión de días, aunque con reservas y restricciones.

El problema surge si la ofensiva contra la red se convierte en una campaña sostenida, como ocurrió en el invierno 2022-2023. En ese caso, el país se vería abocado a otro ciclo de cortes masivos, con picos de 10 o 12 horas diarias sin suministro en algunas regiones y una nuclear funcionando muy por debajo de su potencial. La propia IAEA ha advertido de que la repetición de pérdidas de alimentación externa multiplica los riesgos operativos y erosiona la moral del personal de las plantas.

En paralelo, Kyiv presionará para que el organismo con sede en Viena convoque de urgencia a su Junta de Gobernadores y refuerce el mandato de sus misiones sobre el terreno. Las opciones sobre la mesa van desde nuevas inspecciones reforzadas hasta la vieja idea, nunca materializada, de un acuerdo político que declare intocables las infraestructuras que sostienen a las centrales.

Lecciones para la seguridad nuclear global

Más allá del drama ucraniano, el episodio deja una reflexión incómoda para el resto del mundo: el diseño de la seguridad nuclear no estaba pensado para guerras de alta intensidad en el siglo XXI. Las normas actuales priorizan la protección física de los reactores frente a ataques directos, pero dicen mucho menos sobre qué ocurre cuando el objetivo militar son los transformadores, las líneas de evacuación o los embalses que refrigeran las plantas.

La guerra en Ucrania ha demostrado que la frontera entre “infraestructura civil” y “objetivo militar” se diluye con facilidad cuando la energía se usa como palanca de presión. El riesgo no se limita al Donbás o al Dniéper: cualquier país que combine energía nuclear con redes extensas y poco malladas podría verse ante dilemas similares en futuros conflictos.

De ahí que muchos expertos reclamen aprovechar este momento para revisar estándares, reforzar la resiliencia de las redes –mayor redundancia, segmentación y capacidad de operación en isla de las centrales– y, sobre todo, impulsar acuerdos políticos que declaren las infraestructuras nucleares y su entorno eléctrico como zonas de exclusión absoluta en cualquier guerra. Sin ese paso, el conflicto ucraniano puede convertirse en el laboratorio de una nueva era de riesgo nuclear, no por fallo tecnológico, sino por cálculo estratégico.

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