Riad firma bajo inspectores; Teherán excava bajo montañas: esa es la diferencia

Trump - España
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La jornada admite un resumen en una sola frase, y conviene enunciarlo sin rodeos porque es el hilo del que cuelga todo lo demás: el mismo miércoles en que Estados Unidos bombardeó Irán por duodécima noche consecutiva para impedir que Teherán llegue al arma nuclear, firmó con Arabia Saudí un acuerdo de cooperación nuclear civil acompañado de un acuerdo bilateral de salvaguardias. Habrá quien vea ahí una contradicción. No la hay. Hay, por el contrario, la formulación más clara que Occidente ha hecho en veinte años de la única doctrina sensata en materia nuclear: quien quiera un programa verificable, verificado y estrictamente civil encontrará en Estados Unidos y en sus aliados un socio tecnológico; quien construya un programa de doble uso y acumule material fisible sin justificación civil alguna encontrará bombarderos. Riad ha elegido lo primero. Teherán lleva veinte años eligiendo lo segundo.

El resto del cuadro no invita al optimismo. En el estrecho de Ormuz, el presidente Trump ha proclamado una doctrina de represalia automática —un puente o una central eléctrica iraníes por cada barco atacado— justo cuando Qatar, Egipto, Pakistán y Omán ponían sobre la mesa una tregua de diez días que podría reabrir el paso. En el mar Rojo, el bloqueo hutí ha empezado a morder: dos petroleros saudíes atacados, buques virando hacia Suez y la fuerza naval europea Aspides emitiendo avisos que nadie puede hacer cumplir. Y en Ucrania, Volodímir Zelenski ha destituido a su comandante en jefe bajo la presión de la calle, en el segundo repliegue del presidente ante su propia sociedad civil en doce meses, mientras Marco Rubio y Serguéi Lavrov se veían esta mañana en Manila por primera vez en diez meses.

Cuatro noticias, dos diagnósticos. Uno esperanzador: en materia de no proliferación, Washington ha trazado por fin una línea nítida entre el socio verificable y el proliferador clandestino. Otro inquietante: en el estrecho de Ormuz se está deslizando hacia una lógica de transacción —el peaje, la tasa, el acuerdo puntual— allí donde hacen falta principios y planificación. Este informe aplaude lo primero sin reservas y advierte de lo segundo sin complejos.

 

II. LAS CUATRO NOTICIAS MÁS IMPORTANTES DE LAS ÚLTIMAS 24 HORAS

1. Ormuz: la doctrina del “un puente o una central” y una tregua de diez días sobre la mesa

Hechos

El presidente Donald Trump anunció el miércoles que, a partir de ahora, cada vez que la República Islámica dispare contra un buque en el estrecho de Ormuz —por misil, cohete, dron o cualquier otro artefacto— Estados Unidos bombardeará y destruirá un puente o una central eléctrica en territorio iraní. La respuesta de Teherán llegó en cuestión de horas a través de la agencia Tasnim: una fuente militar iraní advirtió de que, si Washington ataca un puente o una central en Irán, Irán golpeará infraestructuras, puentes e instalaciones energéticas en toda la región allí donde Estados Unidos tenga intereses. El Mando Central norteamericano ejecutó anoche su duodécima noche consecutiva de ataques, dirigidos según su propia descripción contra centros de operaciones, capacidades marítimas, hangares, depósitos de drones y logística militar. La Guardia Revolucionaria afirmó este jueves que un petrolero se incendió tras una explosión en el estrecho, según Reuters, si bien la UKMTO —el organismo británico que monitoriza el tráfico mercante— no había registrado ataques en la zona de Ormuz en las últimas veinticuatro horas.

Paralelamente, y esto es lo verdaderamente relevante, Qatar, Egipto, Pakistán y Omán han presentado a las partes una propuesta de alto el fuego de diez días que contempla la reapertura de las dos rutas del estrecho —la meridional por aguas omaníes, libre de ataques iraníes, y la septentrional por aguas iraníes, libre del bloqueo naval estadounidense— y la negociación durante esa ventana de un régimen permanente de paso. Una de las opciones que se barajan permitiría a Irán cobrar «tasas razonables de servicio» por seguridad marítima y protección medioambiental. La iniciativa se apoya en las conversaciones de Mascate del 11 de julio, que terminaron sin acuerdo. Mientras tanto, el Pentágono ha desplegado en la región decenas de cazas y aviones cisterna, y el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró en Manila que Washington sigue abierto a una solución diplomática, pero que los iraníes «ahora mismo no parecen serios», recordando que Teherán violó en dos semanas el memorando de entendimiento firmado el mes pasado. El presidente asistió ayer en la base aérea de Dover al traslado solemne de los restos de militares estadounidenses caídos en esta guerra; el portavoz jefe del Pentágono, Sean Parnell, cifró en cerca de un centenar los soldados norteamericanos heridos desde el 7 de julio, el 96 % de ellos ya reincorporados al servicio.

Implicaciones

Llamemos a las cosas por su nombre. Lo que se está negociando bajo el eufemismo de «tasas razonables de servicio» es la institucionalización del peaje del chantaje. Que la comunidad internacional discuta seriamente pagar a un Estado terrorista por no hundir barcos en una vía de agua internacional constituye una derrota conceptual de primer orden, y quien la firme deberá explicar después por qué el mismo método no funciona en Bab el-Mandeb, en Malaca o en el Bósforo. El derecho del mar no se compra: se hace respetar. Ese es el problema de fondo de una diplomacia que confunde el pragmatismo con la resignación.

El segundo elemento decisivo es de arquitectura de poder. Conviene poner el foco donde casi nadie lo pone: en el general Ahmad Vahidi, comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria desde el 1 de marzo, cuando sucedió a Mohammad Pakpur, muerto en los ataques del 28 de febrero que también acabaron con la vida de Alí Jamenei. Vahidi es un personaje siniestro incluso para los estándares del régimen: fundador de la Fuerza Quds, que dirigió antes que Soleimani, sancionado por la Unión Europea, designado por el Tesoro norteamericano y con una notificación roja de Interpol pendiente desde 2006 por el atentado de la AMIA en Buenos Aires, ochenta y cinco muertos. Los análisis del Middle East Forum y del Jerusalem Center coinciden en un punto que nuestros lectores deben retener: el nuevo líder supremo, Mochtaba Jamenei, fue elevado por la Asamblea de Expertos bajo presión de los comandantes de la Guardia y ejerce hoy funciones de sello legitimador, no de decisor; el poder real reside en un núcleo duro que opera a través del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y del propio Cuerpo, y Vahidi es, al parecer, el único alto cargo con acceso directo al líder. Es él quien ordenó los ataques contra los Estados árabes del Golfo y quien reprendió públicamente al presidente Pezeshkian cuando este se disculpó ante ellos.

He aquí, una vez más, la paradoja del descabezamiento que venimos describiendo desde marzo: cada decapitación de la cúpula iraní no ha producido moderación, sino una radicalización mecánica, porque el sistema promueve por antigüedad revolucionaria y no por criterio político. Quien negocie con Teherán en las próximas semanas no negociará con un Estado, sino con una oligarquía yihadista armada que ha secuestrado incluso la figura del líder supremo.

Perspectivas y escenarios

Escenario primero, el más probable a corto plazo (en torno al 45 %): tregua técnica de diez días aceptada con reservas por ambas partes, reapertura parcial del tráfico, corrección del Brent y ninguna solución de fondo. Escenario segundo (en torno al 35 %): fracaso de la mediación y salto a la fase de castigo sistemático de infraestructuras civiles —puentes, centrales, la instalación nuclear subterránea de Pickaxe Mountain— con el consiguiente riesgo de implicación directa de Israel, hoy en máxima alerta pero todavía fuera del combate. Escenario tercero (en torno al 20 %): fractura interna del régimen ante el desgaste acumulado. Y aquí insistimos en lo que venimos advirtiendo desde el primer día: no existe un plan para el día después (day after). Nadie en Washington ha explicado qué ocurre si el régimen se pliega, y mucho menos si implosiona. Bombardear sin plan político es una operación militar, no una estrategia.

 

2. Mar Rojo: los hutíes abren el segundo frente con un bloqueo naval contra Arabia Saudí

Hechos

La milicia hutí, financiada y armada por Teherán, declaró el lunes 20 de julio un bloqueo naval contra Arabia Saudí, en vigor desde las 12:01 GMT de ese mismo día. El aviso, remitido por correo electrónico a las navieras desde el llamado Centro de Coordinación de Operaciones Humanitarias de Saná, prohíbe cargar o descargar mercancía en cualquier puerto saudí y advierte de que los buques infractores quedarán expuestos a «sanciones». Este jueves los hutíes reivindicaron el ataque contra dos petroleros saudíes, el Encelia y el Layla, por haber violado el bloqueo. La agencia estatal saudí SPA confirmó, citando a la Autoridad General de Transporte, un incendio en la proa del Encelia, con toda la tripulación a salvo, y calificó el ataque de violación del derecho internacional. La Cámara Naviera Internacional confirmó a la AFP que se han registrado transmisiones de radio de los hutíes advirtiendo a los buques que navegan por la zona.

Los efectos sobre el tráfico han sido inmediatos y verificables. Los superpetroleros Rodos y Xin Long Yang, cargados con 2,8 millones de barriles en el puerto de Yanbu, viraron al norte hacia Suez en lugar de continuar hacia Bab el-Mandeb; cinco buques cambiaron rumbo el miércoles, dos de ellos señalando el canal de Suez como nuevo destino. La fuerza naval europea Aspides emitió un aviso advirtiendo de que los buques vinculados a Israel, Estados Unidos o Arabia Saudí afrontan un riesgo elevado y recomendando evitar el mar Rojo y el golfo de Adén. Los corredores de fletes Clarksons y Braemar han señalado el deterioro general de la actividad y, el segundo, ha puesto el dedo en la llaga: el embargo cuestiona la viabilidad de las salidas orientales desde Yanbu, terminal del oleoducto Este-Oeste saudí.

Implicaciones

Esto es mucho más grave de lo que parece a primera vista, y merece una explicación que casi ningún medio ha ofrecido. El oleoducto Este-Oeste y el puerto de Yanbu son, precisamente, la infraestructura que Riad construyó durante décadas para poder exportar crudo sin pasar por Ormuz. Era su seguro de vida. Al bloquear Bab el-Mandeb, los hutíes no añaden un frente: cierran la puerta trasera. Arabia Saudí se queda simultáneamente sin la puerta principal, tomada por la Guardia Revolucionaria, y sin la de servicio. Es la aplicación más pura y más brutal de la doctrina iraní de los proxies (fuerzas delegadas): Teherán no necesita declarar la guerra al Golfo porque tiene quien se la haga.

Que a estas alturas alguien siga discutiendo si los hutíes son un actor autónomo resulta sencillamente insostenible. Son una pieza de un sistema regional de coacción que incluye a Hezbolá en el Líbano y Siria, a las milicias proiraníes de Irak y a Hamás en Gaza, y que se activa y desactiva desde Teherán con notable precisión temporal: el bloqueo se decretó exactamente cuando el Mando Central norteamericano completaba su undécima noche de bombardeos. Y tiene una consecuencia que enlaza directamente con la siguiente noticia de este informe: el reino que Teherán está atacando por delegación es, con todos sus defectos, el principal elemento de estabilidad y de seguridad del Golfo y un aliado sólido de Occidente. Anclarlo firmemente en el campo occidental, también en el terreno tecnológico y energético, no es una concesión: es una necesidad estratégica de primer orden.

Perspectivas y escenarios

Esperamos en los próximos días un encarecimiento adicional de los seguros de guerra en el mar Rojo, un desvío creciente del tráfico por el cabo de Buena Esperanza —con las tres o cuatro semanas adicionales de travesía que ello implica— y una presión saudí muy fuerte sobre Washington para obtener cobertura antiaérea y antimisil sobre sus terminales occidentales. Riad se enfrenta a una decisión estratégica de primer orden: seguir apostando por la contención discreta o volver a implicarse militarmente en Yemen, con todo lo que eso significó entre 2015 y 2022. Y Europa, cuyo comercio con Asia depende de esa ruta más que el norteamericano, vuelve a estar ausente del debate. La operación Aspides emite avisos; no impone disuasión.

 

3. El acuerdo nuclear entre Washington y Riad: la diferencia entre un programa verificado y uno de doble uso

Hechos

El Departamento de Energía de Estados Unidos anunció el miércoles que el secretario Chris Wright y el ministro saudí de Energía, el príncipe Abdulaziz bin Salmán, habían firmado un acuerdo de cooperación nuclear pacífica —el instrumento conocido como «acuerdo 123», por el artículo de la Ley de Energía Atómica que lo regula— junto con un acuerdo bilateral de salvaguardias. Según el comunicado oficial, ambos textos sientan la base jurídica de una asociación de décadas y de miles de millones de dólares que persigue, entre otros objetivos, la no proliferación nuclear.

Horas antes, The Wall Street Journal y The New York Times habían adelantado, citando a personas conocedoras de las conversaciones, el contenido sustantivo del pacto: una vigencia de treinta años, acceso preferente de empresas norteamericanas —Westinghouse entre ellas— a la construcción de la industria nuclear del reino y, sobre todo, una disposición que permitiría a Arabia Saudí desarrollar el enriquecimiento de uranio en su propio territorio previo estudio conjunto de ambos países. De confirmarse en esos términos, el acuerdo quedaría por debajo del llamado patrón oro (gold standard) que Emiratos Árabes Unidos aceptó en 2009, cuando renunció expresamente a enriquecer uranio y a reprocesar combustible gastado; y, según esas mismas informaciones, tampoco exigiría la aplicación del Protocolo Adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica, que es el que otorga a los inspectores facultades ampliadas de verificación.

Marco Rubio, preguntado en Manila antes del anuncio formal, descartó los temores de proliferación con una fórmula tajante: Estados Unidos no va a alcanzar ningún acuerdo con ningún país del mundo que conduzca al riesgo de proliferación. El texto deberá remitirse al Congreso, que dispone de la facultad de revisarlo y bloquearlo, si bien para hacerlo frente a un veto presidencial necesitaría una mayoría de dos tercios. Conviene recordar el contexto: la administración Biden vinculaba la cooperación nuclear al reconocimiento saudí de Israel, condición que la administración Trump eliminó; en la visita del príncipe heredero Mohamed bin Salmán a Washington el pasado noviembre se anunció ya el marco de cooperación civil, acompañado de un paquete de venta de F-35.

Los datos que permiten comparar ambos programas están documentados y son públicos, y este informe considera imprescindible ponerlos sobre la mesa. Según la contabilidad del propio Organismo Internacional de Energía Atómica, Irán había acumulado 440,9 kilogramos —unas novecientas setenta libras— de hexafluoruro de uranio enriquecido hasta el 60 %, un material para el que no existe uso civil conocido: el combustible de las centrales comerciales se enriquece al 3-5 % y el de los reactores de investigación al 20 %. El Organismo calcula que unos 42 kilogramos de ese material bastarían, si se llevaran al 90 %, para un artefacto nuclear, y ha dejado constancia de que Irán es el único Estado no poseedor de armas nucleares que produce uranio a ese nivel de enriquecimiento, calificándolo de motivo de seria preocupación. Desde mediados de 2025, tras la desconexión de las cámaras de vigilancia, el Organismo reconoce haber perdido de forma irreversible la continuidad de conocimiento sobre ese arsenal: no puede confirmar hoy ni su tamaño ni su composición, ni su localización. A ello se suma el episodio de Fordow: el 21 de enero de 2023 los inspectores hallaron dos cascadas de centrifugadoras IR-6 configuradas de manera sustancialmente distinta a la declarada, y las muestras ambientales tomadas al día siguiente revelaron partículas enriquecidas al 83,7 %, a un paso del 90 % considerado grado militar. Teherán alegó «fluctuaciones no intencionadas»; el Organismo nunca dio por buena la explicación y en junio de 2025 Irán comunicó que había agotado sus esfuerzos por determinar el origen de aquellas partículas.

Implicaciones

Empecemos por desmontar el eslogan que ya circula por medio mundo, el del doble rasero. No hay tal. Lo que Estados Unidos ha firmado con Riad no es un permiso, es un régimen de control: un acuerdo de cooperación acompañado, en el mismo acto, de un acuerdo bilateral de salvaguardias cuya razón de ser es precisamente garantizar que cuanto se haga en suelo saudí sea estrictamente civil y estrictamente verificable, con tecnología, empresas e inspectores occidentales dentro de la instalación desde el primer tornillo. Nadie, en cambio, puede garantizar hoy que el programa iraní sea civil; los indicios apuntan exactamente en la dirección contraria y no son indicios de opinión, sino de laboratorio. Casi mil libras de material enriquecido al 60 % sin uso civil imaginable, partículas al 83,7 % en una instalación subterránea cuyas cascadas estaban configuradas de manera distinta a la declarada, cámaras de vigilancia apagadas y una continuidad de conocimiento perdida de forma irreversible. No se trata de tratar distinto a dos países iguales: se trata de tratar distinto a dos comportamientos radicalmente distintos. El derecho internacional no obliga a la ceguera voluntaria.

¿Por qué a uno sí y al otro no? Por dos razones que conviene enunciar con claridad. La primera es que Arabia Saudí, con todos sus defectos —que los tiene y este informe nunca los ha ocultado—, ha demostrado durante décadas ser un aliado sólido de Estados Unidos y de Occidente, y es hoy, en el peor momento del Golfo desde 1990, un elemento fundamental de estabilidad y de seguridad regional. Un aliado al que las milicias de Teherán están bloqueando los puertos y atacando los petroleros esta misma semana. La segunda razón es industrial y climática, y suele pasarse por alto: el reino quiere dejar de quemar crudo y gas para producir electricidad, que es exactamente lo que hace hoy y una de las mayores anomalías energéticas del planeta. La sustitución de esa generación por energía nuclear supone una reducción de emisiones de dióxido de carbono de primera magnitud. Y conviene recordar que la propia Unión Europea incorporó la energía nuclear a su taxonomía de actividades sostenibles mediante el Acto Delegado Complementario de julio de 2022, decisión que el Tribunal General de la Unión confirmó el 10 de septiembre de 2025 al desestimar el recurso austríaco. Si la nuclear es transición verde en Europa, resulta difícil explicar por qué habría de ser sospechosa en la península arábiga cuando se construye bajo control americano.

Pero lo verdaderamente importante de este acuerdo es el mensaje, y es un mensaje de una nitidez que hacía años que no se oía. A quien quiera un programa nuclear genuinamente pacífico, Occidente le ofrece su tecnología, su financiación, sus empresas y su ayuda para instalarlo y operarlo. A quien construya centrales de doble uso, como las iraníes, se le aplicará otra cosa. Porque ese es el punto que casi nadie explica bien: Teherán no necesita el doble uso para producir electricidad; lo necesita para producir plutonio y para conservar la capacidad de llevar el uranio más allá del 90 %. La arquitectura misma de sus instalaciones —enterradas bajo una montaña, con cascadas reconfiguradas al margen de lo declarado— revela la intención con más elocuencia que cualquier declaración de sus dirigentes. Un programa civil no se esconde a doscientos metros de profundidad ni apaga las cámaras de los inspectores.

Hay, además, un segundo mensaje, implícito pero perfectamente legible en Teherán, y es el que en nuestra opinión otorga a este acuerdo su verdadera dimensión estratégica. Si Irán llegara a dotarse del arma nuclear, Estados Unidos quedaría a un solo paso —un paso técnico y jurídico corto, porque la infraestructura y la relación ya estarían construidas— de reorientar su cooperación con Riad de lo civil a lo militar. Sería una escalada regional peligrosísima y nadie con sentido común la desea. Pero es exactamente la clase de advertencia que un régimen abyecto, oligárquico, corrupto, opresor y terrorista es capaz de entender, porque no apela a la moral sino al cálculo de supervivencia. La disuasión no funciona con buenas palabras: funciona cuando el adversario comprende que el coste de cruzar la línea es superior al beneficio. Este acuerdo pone ese coste sobre la mesa sin necesidad de proclamarlo.

Por todo ello, y frente a las críticas que ya se han levantado desde el sector más purista de la comunidad de no proliferación, este informe sostiene lo contrario de lo que hoy es cómodo sostener: el acuerdo entre Washington y Riad no merece censura alguna, merece aplauso. Merece aplauso porque distingue entre aliados y proliferadores; porque ancla al principal actor suní del Golfo en el campo occidental en el momento en que Teherán intenta arrancarlo de él por la fuerza; porque contribuye a la descarbonización de una de las economías más intensivas en hidrocarburos del mundo; y porque envía a la República Islámica el mensaje más contundente que ha recibido desde el inicio de esta guerra. Ninguna de esas cuatro cosas es menor, y las cuatro juntas configuran una política, no una improvisación.

Perspectivas y escenarios

El escenario más probable (en torno al 65 %) es que el acuerdo supere el escrutinio del Congreso: el listón de los dos tercios es altísimo, la mayoría republicana respaldará al presidente y el argumento de la seguridad energética y de la alianza pesará más que las objeciones doctrinales. Un segundo escenario (en torno al 25 %) contempla una aprobación reforzada, con enmiendas que blinden todavía más la arquitectura de verificación —incorporación del Protocolo Adicional del Organismo, umbrales verificables, presencia permanente de inspectores— y ese sería, francamente, el mejor de los desenlaces posibles: no porque el acuerdo lo necesite para ser defendible, sino porque cuanto más sólido sea el andamiaje de control, más incontestable resultará el contraste con el programa iraní y más difícil será para la propaganda de Teherán vender la fábula del doble rasero. Solo un 10 % de probabilidad asignamos al bloqueo, que sería un error mayúsculo: dejaría el mercado nuclear saudí en manos de Rosatom o de la corporación nuclear china, con salvaguardias notoriamente más laxas y con una penetración estratégica en el Golfo que Occidente pagaría durante décadas.

Tres indicadores a vigilar en las próximas semanas. Primero, el contenido exacto del acuerdo de salvaguardias bilateral que acompaña al texto principal: ahí, y no en los titulares, está la sustancia. Segundo, la reacción de Ankara y de El Cairo, que dirá si el precedente se lee en la región como lo que es —una recompensa a la transparencia— o como una invitación a pedir lo mismo sin ofrecer las mismas garantías. Y tercero, y sobre todo, qué ha sido de los 440,9 kilogramos de uranio iraní al 60 % que el Organismo declara no poder localizar desde hace un año. Esa es la verdadera bomba de relojería del expediente nuclear en Oriente Medio, y no un contrato de reactores firmado a plena luz con inspectores occidentales dentro.

 

4. Ucrania: la calle derriba a Sirski y Manila reabre el canal Rubio-Lavrov

Hechos

El presidente Volodímir Zelenski destituyó el martes al general Oleksandr Sirski como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, cargo que ocupaba desde febrero de 2024, y nombró en su lugar al general de división Mijailo Drapati, de cuarenta y tres años, hasta ahora al frente de las Fuerzas Conjuntas en el óblast de Járkov. La decisión llegó tras varios días de manifestaciones masivas en Kiev y en otras ciudades, desencadenadas por el cese, apenas seis meses después de su nombramiento, del popular ministro de Defensa Mijailo Fédorov, de treinta y cinco años, cuyo empeño modernizador le había enfrentado abiertamente con la cúpula militar. Fédorov acusó a Sirski de bloquear sus iniciativas y de presionar al presidente para apartarlo; Sirski lo negó y publicó el lunes un artículo en el que se disculpaba si había ofendido al ministro. Dimitieron altos cargos, entre ellos el subcomandante de la Fuerza Aérea, y la plataforma United24 suspendió sus publicaciones para sumarse a las protestas. Es la segunda vez en doce meses que Zelenski rectifica bajo presión de la calle, después de que el verano pasado hubiera de revertir la ley que debilitaba a los organismos anticorrupción. Fédorov no ha sido repuesto; se le ha ofrecido otro cargo, lo que mantiene viva la protesta.

En el plano diplomático, el secretario de Estado Marco Rubio y el ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov se han reunido esta mañana en Manila, al margen de la reunión ministerial de la ASEAN, durante treinta y siete minutos: su primer encuentro cara a cara desde septiembre. Lavrov había anunciado la cita el miércoles invocando el llamado «espíritu de Anchorage» y anticipando que preguntaría a Rubio por las declaraciones de Trump sobre la proximidad de un acuerdo. Rubio, por su parte, reconoció que los esfuerzos negociadores «han decaído algo en los últimos meses» y defendió mantener el canal abierto entre las dos mayores potencias nucleares. Zelenski mantuvo el miércoles una conversación con los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner.

Implicaciones

Permítasenos empezar con una constatación que no es vanidad, sino trazabilidad. Este informe fue de los primeros en analizar el cese de Mijailo Fédorov cuando se produjo la semana pasada, en unos días en que buena parte de las grandes cabeceras internacionales lo despachaba todavía como un simple relevo ministerial más. Sosteníamos entonces que el fondo del asunto no era una crisis de gabinete, sino un pulso entre dos concepciones de la guerra —la del Estado Mayor clásico, apoyada en la masa y en la línea de contacto, y la de la modernización tecnológica, apoyada en el dron y en el dato— y que la posición del comandante en jefe quedaba comprometida desde el instante mismo en que la sociedad ucraniana identificó quién había forzado la salida del ministro. Siete días después, los hechos lo han confirmado punto por punto. Lo subrayamos porque en el análisis geopolítico el acierto que no se documenta no sirve de nada: la trazabilidad de los juicios emitidos es la única prueba de su solvencia, y es también la única manera honesta de reconocer los errores cuando se cometen.

Hay aquí, además, una lección que merece subrayarse con energía, y que contrasta de manera brutal con lo que ocurre al otro lado del frente: en Ucrania, en plena guerra existencial, la sociedad civil sale a la calle y consigue el cese del jefe del Estado Mayor; en Rusia, quien discrepa cae por una ventana. Quienes en España justifican la agresión rusa y difunden bulos sobre la naturaleza del régimen de Kiev deberían explicar en qué otra dictadura del mundo ocurre algo semejante. Dicho esto, sería irresponsable no señalar el riesgo: cambiar de comandante en jefe en mitad de una guerra de desgaste, con Rusia golpeando Zaporiyia con bombas planeadoras, tiene un coste de continuidad operativa que no se paga en titulares, sino en vidas. Drapati representa la generación forjada en esta guerra y la apuesta por la tecnología y el dron; su nombramiento resuelve el conflicto institucional entre el Ministerio y el Estado Mayor, pero no resuelve la aritmética del frente.

Sobre Manila, seamos prudentes y también claros. Treinta y siete minutos no son una negociación: son una toma de contacto. Moscú llega endurecido —según diversas informaciones ha abandonado la idea del intercambio territorial y exige conservar como zona tampón (buffer zone) las áreas fronterizas ocupadas— y llega, además, envalentonado porque la atención de Washington está en el golfo Pérsico. Que Rubio insista en mantener el diálogo nos parece correcto y responsable: la relación entre las dos mayores potencias nucleares no puede depender del humor del día. Lo que no nos parece correcto es que la posición negociadora estadounidense oscile en función de la última publicación en una red social.

Perspectivas y escenarios

No esperamos avance sustantivo alguno antes del otoño. La ventana real se abrirá cuando concluya la campaña de verano y ambas partes hayan medido lo que han ganado y perdido. Los indicadores a vigilar son tres: si Fédorov regresa al Gobierno —lo que consolidaría el giro tecnológico y calmaría la calle—, si Rusia acepta discutir un alto el fuego sin reconocimiento previo de anexiones, y si el Congreso norteamericano aprueba nuevas sanciones secundarias. Y una advertencia de principio: cualquier arreglo que consagre la adquisición de territorio por la fuerza sería una derrota de todos, no solo de Ucrania.

 

III. RACK DE MEDIOS

Lo que hoy dicen las grandes cabeceras y cómo lo enmarcan.

El acuerdo nuclear saudí. The New York Times y The Wall Street Journal comparten la primicia del contenido del pacto y sitúan el foco en el enriquecimiento en suelo saudí y en el giro respecto de la política tradicional de no proliferación; el enfoque del Times enlaza además la firma con la ofensiva hutí contra los puertos del reino. La NBC y la NPR se centran en la dimensión industrial y comercial: acceso preferente de empresas norteamericanas, décadas de vigencia y miles de millones de dólares. France 24 titula sobre un acuerdo «histórico» y recoge el desmentido de Rubio en Manila. Al Jazeera ofrece el repaso técnico más completo del expediente —patrón oro emiratí, Protocolo Adicional, umbral de los dos tercios en el Congreso— con las voces críticas de la comunidad de no proliferación. Fortune subraya que se trata de un acuerdo a treinta años firmado mientras Estados Unidos hace la guerra para acabar con el programa iraní. La CBS matiza, con prudencia periodística y con acierto, que lo firmado es un acuerdo de uso civil y no militar. Obsérvese que el encuadre dominante en buena parte de la prensa internacional es el del doble rasero; nuestro análisis, como el lector habrá visto, discrepa frontalmente de esa lectura.

La guerra con Irán y el estrecho de Ormuz. La CNN mantiene cobertura en directo centrada en el intercambio de amenazas sobre puentes y centrales y en el traslado solemne de los caídos en Dover. La CNBC enfoca la jornada desde el ángulo energético y advierte de que las exportaciones por Ormuz podrían no recuperar los niveles previos a la guerra. Fox News pone el acento en la decisión pendiente del presidente sobre la ampliación de la campaña. The Hill titula sobre el riesgo de que las amenazas hutíes abran un nuevo frente. Axios aporta la exclusiva de la propuesta de tregua de diez días de Qatar, Egipto, Pakistán y Omán, con las «tasas de servicio» como fórmula de salida. The Times of Israel sigue minuto a minuto la jornada y recoge la afirmación de Trump de que Irán «no está listo para un acuerdo, pero lo estará muy pronto».

El bloqueo del mar Rojo. Reuters confirma el ataque contra el Encelia y el Layla y el cambio de rumbo de cinco petroleros. The Washington Post documenta con datos de MarineTraffic el viraje de los buques con destino a Arabia Saudí como primera señal del bloqueo. The Jerusalem Post detalla el aviso de la fuerza europea Aspides y el desvío desde Yanbu. Al Jazeera, con datos de seguimiento naval, sigue a los superpetroleros Rodos y Xin Long Yang y se pregunta abiertamente si el canal de Suez puede salvar a los consumidores asiáticos ahora que Bab el-Mandeb está cerrado. La agencia saudí SPA confirma el incendio a bordo del Encelia y califica el ataque de violación del derecho internacional.

Ucrania y el canal Rubio-Lavrov. Associated Press y The Washington Post llevan el relevo en la cúpula militar ucraniana como continuación de una remodelación mayor. France 24 lo lee como una victoria de los manifestantes que exigían la destitución de Sirski desde la caída de Fédorov. La CBS y la CNN subrayan el papel decisivo de la protesta ciudadana. The Hill informa del cese en clave de crisis política interna. TASS da cuenta minuto a minuto del encuentro de Manila —treinta y siete minutos exactos— y Ukrainska Pravda y Ukrinform recogen el «espíritu de Anchorage» invocado por Lavrov. El Kyiv Independent y el Kyiv Post enmarcan la reunión como el primer cara a cara desde septiembre y señalan el endurecimiento de la posición del Kremlin sobre la zona tampón.

Análisis y think tanks. La FDD mantiene su agenda sobre el búnker nuclear de Pickaxe Mountain y, en un juicio del que aquí discrepamos con todo el respeto que su trayectoria merece, reclama públicamente que el Congreso bloquee el acuerdo saudí. El Middle East Forum y GIS Reports han publicado los análisis más solventes sobre la fragmentación del poder decisorio en Teherán y sobre el papel central del general Vahidi. El Institute for Science and International Security viene sosteniendo desde hace un año lo que este informe considera la clave del expediente: que Irán no tiene uso ni justificación civil alguna para producir uranio al 60 % en cantidades de centenares de kilogramos. Focus Taiwan y el Taipei Times recogen, en paralelo y sin apenas eco occidental, la reafirmación de las reivindicaciones taiwanesas en el mar de la China Meridional en el décimo aniversario del laudo arbitral.

 

IV. SEMÁFORO DE RIESGOS

●  Estrecho de Ormuz y guerra Estados Unidos-Irán. Duodécima noche consecutiva de bombardeos, doctrina de represalia automática sobre infraestructuras civiles y amenaza explícita sobre Pickaxe Mountain. Riesgo de salto cualitativo en días, no en semanas.

●  Mar Rojo y Bab el-Mandeb. Bloqueo naval hutí en vigor, dos petroleros saudíes atacados, avisos de radio a la navegación y advertencia de la fuerza europea Aspides. Segundo frente plenamente abierto.

●  Material fisible iraní no localizado. El Organismo Internacional de Energía Atómica declara haber perdido de forma irreversible la continuidad de conocimiento sobre 440,9 kilogramos de uranio al 60 %, sin uso civil posible y suficientes para varios artefactos si se llevaran al 90 %. Es, con diferencia, el mayor riesgo nuclear abierto del planeta.

●  Acuerdo nuclear Estados Unidos-Arabia Saudí. Cooperación civil con acuerdo bilateral de salvaguardias, tecnología y control occidentales. Refuerza la no proliferación en lugar de debilitarla y ancla a Riad en el campo occidental. Vigilar únicamente la robustez del andamiaje de verificación en el texto que llegue al Congreso.

●  Réplica regional del modelo saudí. Turquía y Egipto podrían reclamar acuerdos equivalentes. No es un riesgo en sí mismo si se exigen las mismas garantías; lo sería si se concedieran sin ellas.

●  Seguridad energética global. Tres estrangulamientos comprometidos a la vez —Ormuz, Bab el-Mandeb y el mar Negro— con la prima de riesgo incorporándose ya a la estructura de precios y no solo a la coyuntura.

●  Frente interno ucraniano. Relevo del comandante en jefe en plena ofensiva rusa y protesta ciudadana aún activa por la no reposición de Fédorov. Riesgo de discontinuidad operativa en el peor momento.

●  Escalada regional por delegación. Hezbolá en el Líbano, milicias proiraníes en Irak y Hamás en Gaza permanecen como palancas activables desde Teherán si la tregua fracasa.

●  Mar de la China Meridional. Aniversario del laudo arbitral, tensión entre Pekín y Manila y presión creciente de la guardia costera china sobre las posiciones taiwanesas. Vigilancia sostenida.

●  Canal diplomático Estados Unidos-Rusia. Reanudado en Manila tras diez meses de interrupción, y mediación árabe activa en el Golfo. Los únicos elementos genuinamente constructivos de la jornada, aunque todavía sin contenido.

 

V. COMENTARIO EDITORIAL

El miércoles 22 de julio de 2026 quedará, probablemente, como una de esas fechas que los manuales de relaciones internacionales acaban citando. Ese día, Estados Unidos bombardeó Irán por duodécima noche consecutiva para impedirle llegar al arma atómica y firmó con Arabia Saudí un acuerdo de cooperación nuclear civil con salvaguardias bilaterales. Media prensa internacional ha titulado sobre el doble rasero. Se equivoca, y conviene explicar por qué con toda la claridad de la que seamos capaces, porque en este asunto la confusión no es inocente: la explota, y muy hábilmente, la propaganda de la República Islámica.

Empecemos por lo que hay que reconocer, porque la honestidad intelectual obliga y porque en este informe no practicamos el deporte nacional de la crítica indiscriminada. Fuimos favorables a los ataques contra el programa nuclear iraní y lo seguimos siendo: un régimen que financia a Hezbolá, a los hutíes, a Hamás y a las milicias iraquíes, que reprime a su pueblo con una crueldad documentada y que ha hecho de la exportación del terror un instrumento de política exterior no puede disponer del arma atómica. Del mismo modo, la política exterior de esta administración ha cosechado en menos de un año éxitos diplomáticos que muchos considerábamos improbables: el alto el fuego entre Camboya y Tailandia, el marco de Gaza, el acercamiento entre Azerbaiyán y Armenia. Cuando el presidente Trump actúa con prudencia y se deja aconsejar por Marco Rubio —un secretario de Estado serio, informado y con una comprensión genuina del mundo—, los resultados están ahí y sería mezquino negarlos.

Y, sin embargo, una doctrina que consiste en anunciar por red social que se destruirá «un puente o una central eléctrica» por cada barco atacado no es una estrategia de disuasión: es una contabilidad de la represalia. Encadena al que la proclama, porque le obliga a cumplir o a desmentirse; regala al adversario el control del ritmo de la escalada, porque basta un dron para provocar una respuesta; y desplaza el objetivo militar hacia la infraestructura civil, con el coste jurídico y moral que ello arrastra. Lo más grave, sin embargo, sigue siendo lo mismo que denunciamos en marzo, en abril y en junio: cinco meses de guerra y nadie ha dibujado el día después. ¿Qué ocurre si el régimen se pliega? ¿Y si implosiona? ¿Quién controla el arsenal balístico, la red de fuerzas delegadas y, sobre todo, el material fisible? Bombardear es fácil; gobernar el vacío que se deja atrás no lo es. Lo aprendimos en Irak y en Libia a un precio altísimo, y todo indica que no lo hemos aprendido.

Que en Teherán mande hoy de facto el general Ahmad Vahidi debería quitarnos el sueño. Un hombre reclamado por Interpol desde 2006 por la voladura de la AMIA, ochenta y cinco muertos en Buenos Aires, es hoy el interlocutor real de cualquier negociación y el único que accede al líder supremo. La República Islámica ha completado su mutación: de teocracia con vocación revolucionaria a oligarquía yihadista con estructura de sindicato criminal y arsenal balístico. Y sin embargo se discute pagarle «tasas de servicio» por dejar navegar. Uno se pregunta qué habrían contestado a semejante propuesta quienes redactaron la Convención sobre el Derecho del Mar.

Un programa nuclear no se juzga por la bandera que ondea sobre la central, sino por tres cosas: su arquitectura, su finalidad y su verificabilidad. Riad ha firmado un acuerdo de cooperación acompañado, en el mismo acto, de un acuerdo bilateral de salvaguardias; construirá con tecnología americana, con empresas americanas y con control americano dentro de la instalación; y lo hace para dejar de quemar crudo y gas en la producción de electricidad, que es una de las mayores anomalías energéticas del planeta y una fuente de emisiones difícil de justificar en 2026. No olvidemos que la propia Unión Europea incorporó la energía nuclear a su taxonomía de actividades sostenibles en 2022 y que el Tribunal General confirmó esa decisión en septiembre del año pasado: si aquí la nuclear es transición verde, no se entiende por qué habría de ser sospechosa allí. Teherán, en cambio, ha enterrado sus instalaciones bajo doscientos metros de roca, ha reconfigurado cascadas al margen de lo declarado, ha apagado las cámaras de los inspectores y ha acumulado casi mil libras de uranio al 60 %, un material que no sirve absolutamente para nada en una central eléctrica y que el Organismo Internacional de Energía Atómica ya no sabe dónde está. Por si quedara alguna duda sobre la intención, los inspectores hallaron en Fordow partículas al 83,7 %. No hay dos raseros: hay dos comportamientos, y solo un ciego voluntario puede confundirlos.

Hay además un mensaje, y es el mejor mensaje que Occidente ha lanzado en este expediente en veinte años. A quien quiera energía nuclear de verdad, se le ofrece la tecnología, la financiación y la ayuda para instalarla y operarla; a quien quiera centrales de doble uso —porque el doble uso no sirve para producir electricidad, sino para producir plutonio y para conservar la capacidad de llegar al 90 %— se le ofrece otra cosa muy distinta. Y hay un segundo mensaje, implícito pero que en Teherán se ha leído con toda seguridad: si la República Islámica llegara a dotarse del arma, Estados Unidos quedaría a un paso muy corto de reorientar de lo civil a lo militar su cooperación con Riad. Sería una escalada peligrosísima y nadie sensato la desea. Pero es precisamente la clase de advertencia que un régimen abyecto, oligárquico, corrupto, opresor y terrorista sí entiende, porque no apela a la conciencia sino al cálculo. La disuasión nunca ha funcionado de otra manera.

Por eso, y aunque hoy resulte incómodo decirlo, este informe sostiene que el acuerdo con Riad no merece censura alguna: merece aplauso. Arabia Saudí, con todos sus defectos —y los tiene, y aquí nunca los hemos disimulado—, ha demostrado durante décadas ser un aliado sólido de Estados Unidos y de Occidente y es hoy, en el peor momento del Golfo desde la invasión de Kuwait, una pieza fundamental de la estabilidad y la seguridad regionales. Un aliado al que las milicias de Teherán bloquean los puertos y atacan los petroleros esta misma semana. Anclarlo firmemente en el campo occidental, también en lo tecnológico y en lo energético, no es una concesión ni un negocio: es una necesidad estratégica de primer orden. Que el Congreso haga su trabajo, revise el articulado y refuerce cuanto pueda la arquitectura de verificación; pero que no bloquee lo que sería un regalo envuelto para Rosatom y para la corporación nuclear china.

Frente a todo esto, Europa. Nuestra frustración empieza a ser difícil de administrar con elegancia. La Unión no pinta absolutamente nada en el expediente nuclear del Golfo, no pinta nada en Ormuz, y en el mar Rojo su presencia se reduce a una operación, Aspides, que emite avisos a la navegación pero no impone disuasión, mientras el comercio europeo con Asia depende de esa ruta mucho más que el norteamericano. Y esto ocurre apenas seis semanas después de que París y Berlín enterraran el caza europeo de sexta generación por una disputa de reparto industrial entre Dassault y Airbus, dejando a España —que había apostado su industria aeronáutica a esa carta a través de Indra— sin relevo para el Eurofighter y con la humillación añadida de ver cómo británicos, italianos y japoneses firman contratos multimillonarios y avanzan según calendario. Que el canciller Merz nos explique ahora que el FCAS «era un sistema, no un avión» es el tipo de consuelo retórico que solo convence a quien lo pronuncia: un sistema de combate aéreo sin plataforma de combate aéreo es una nube de datos sin nada que conectar. Europa no tiene un problema de presupuesto: tiene un problema de seriedad. Y hasta que no se tome en serio su propia defensa, su propia seguridad y su propio destino, seguirá siendo una potencia normativa en un mundo que ha vuelto a la fuerza.

Nos queda la confianza —tal vez sea lo último que nos quede— en que el sistema funcione. En que la sensatez de quienes rodean al presidente, y muy singularmente la de Marco Rubio, acabe imponiéndose sobre el impulso y el exabrupto. Las instituciones norteamericanas han demostrado a lo largo de dos siglos una notable capacidad de corregir a sus dirigentes. Pero conviene recordar que las instituciones no funcionan solas: las hacen funcionar hombres y mujeres dispuestos a decir que no cuando toca. En eso, y no en otra cosa, consistió siempre el liberalismo político. Y en eso, exactamente, consistió también nuestra Transición, la española, cuyo ejemplo —el del Rey Juan Carlos I como arquitecto de la reconciliación— sigue siendo la mejor lección que este país tiene para ofrecer a un mundo que ha perdido la costumbre de pactar.

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