Arístegui: Irán y Omán preparan peajes secretos en Ormuz equivalentes al PIB de Marruecos

Gustavo de Arístegui advierte de un esquema opaco entre Irán y Omán capaz de financiar durante años a la Guardia Revolucionaria.

Arístegui: Irán y Omán preparan peajes secretos en Ormuz equivalentes al PIB de Marruecos

Un estrecho de apenas 39 kilómetros vuelve a colocar a la economía mundial ante su punto más vulnerable. Gustavo de Arístegui advierte de que Irán y Omán estarían preparando un sistema de peajes encubiertos en Ormuz mediante sociedades pantalla, con ingresos potenciales comparables al PIB anual de Marruecos, que el Banco Mundial situó en torno a 160.600 millones de dólares en 2024.
La acusación es grave y no ha sido verificada de forma independiente. Sin embargo, el contexto convierte cualquier movimiento en esa vía marítima en una amenaza de primer orden: por allí circularon en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos.
El diagnóstico de Arístegui es inequívoco: si Ormuz se convierte en una caja fiscal paralela, el precio lo pagará todo Occidente.

El cuello de botella energético

El Estrecho de Ormuz no es una ruta más. Es el embudo por el que sale buena parte del petróleo del Golfo Pérsico y una porción decisiva del gas natural licuado. La Agencia Internacional de la Energía calcula que en 2025 transitaron por allí algo más de 112 bcm de GNL, casi el 20% del comercio mundial de este combustible.

Este hecho revela la magnitud del riesgo: no hace falta cerrar Ormuz para provocar una crisis. Bastaría con encarecer, ralentizar o someter a discrecionalidad los seguros, permisos y tránsitos. Un peaje informal del 3% sobre flujos energéticos de cientos de miles de millones generaría una renta geopolítica gigantesca. Y lo más grave: difícil de rastrear.

Peajes sin bandera

Según Arístegui, el mecanismo pasaría por empresas fantasma, registros opacos y estructuras financieras diseñadas para ocultar el beneficiario final. En la práctica, el esquema tendría una doble función: recaudar sin declararlo y negar cualquier responsabilidad política directa.

La comparación con Marruecos no es menor. Un volumen próximo a 160.000 millones de dólares equivaldría a financiar durante años redes militares, proxies regionales y operaciones de influencia sin depender del presupuesto oficial iraní. La Guardia Revolucionaria no necesita controlar un Estado entero si puede controlar una arteria del comercio mundial. Esa es la clave económica del problema.

La factura para Europa

El impacto no se limitaría a Asia, aunque la EIA estima que el 89% del crudo y condensado que cruzó Ormuz en el primer semestre de 2025 tuvo como destino mercados asiáticos. China, India, Japón y Corea del Sur concentraron el 74% de esos flujos.

Europa pagaría por otra vía: precios internacionales más altos, primas de seguro marítimo, tensión en el GNL y repunte de costes industriales. El contraste resulta demoledor. Mientras Bruselas insiste en autonomía estratégica, una parte de su factura energética sigue determinada por decisiones tomadas a miles de kilómetros, en un corredor marítimo donde la seguridad jurídica puede evaporarse en cuestión de horas.

Trump y el reflejo intervencionista

El segundo frente señalado por Arístegui está en Washington. El diplomático califica de “perfecto disparate” la tentación de intervenir precios de combustibles y presionar a la Reserva Federal. La crítica apunta a una contradicción de fondo: un Gobierno que presume de libre mercado, pero que actúa con reflejos estatistas cuando la gasolina amenaza al votante.

Trump ordenó recientemente investigar a petroleras por supuesta manipulación de precios, en un contexto de caída del Brent por debajo de 75 dólares y fuerte sensibilidad electoral ante la inflación energética. La consecuencia es clara: si la Casa Blanca politiza precios y tipos, erosiona la credibilidad del dólar.

El dólar bajo presión

La independencia de la Reserva Federal no es un tecnicismo. Es uno de los pilares que sostiene al dólar como moneda de reserva mundial. Por eso, cualquier intento de convertir la política monetaria en una extensión de la estrategia electoral introduce una prima de riesgo institucional.

El Tribunal Supremo estadounidense reforzó esta semana esa idea al impedir que Trump destituyera de forma inmediata a la gobernadora Lisa Cook, una decisión interpretada como defensa de la autonomía del banco central. Un dólar fuerte necesita una Fed creíble; una Fed sometida al poder político convierte cada dato de inflación en una sospecha.

El riesgo que viene

Ormuz y la Fed parecen problemas distintos. No lo son. Ambos afectan al mismo núcleo: confianza, precio del dinero y coste de la energía. Si un peaje clandestino encarece el crudo y, al mismo tiempo, Washington debilita la credibilidad monetaria, el resultado puede ser una combinación peligrosa: más inflación importada, más volatilidad y menor margen de actuación para los bancos centrales.

Arístegui describe un escenario incómodo porque une dos fragilidades: la dependencia física de una ruta marítima y la dependencia financiera de una moneda cuya estabilidad exige instituciones fuertes. El mercado puede soportar tensión. Lo que no soporta durante mucho tiempo es la opacidad convertida en sistema.

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