Corea del Norte reanuda sus pruebas de misiles balísticos hacia el mar de Japón

Seúl confirma el primer lanzamiento del año mientras crece la presión sobre Washington, Tokio y Pekín
Corea del Norte
Corea del Norte

Corea del Norte ha vuelto a mover ficha en el tablero de seguridad del nordeste asiático. El Estado Mayor conjunto de Corea del Sur confirmó este domingo el lanzamiento de un misil balístico hacia el mar del Este (mar de Japón), el primer ensayo de este tipo en 2026. El régimen de Pyongyang ya había probado misiles de crucero el 29 de diciembre de 2025, y su último test balístico databa de noviembre.
Aunque por ahora no han trascendido datos de alcance, altitud ni tipo de misil, la señal política es inequívoca: el país vuelve a abrir el año disparando, en plena carrera armamentística con sus vecinos.
El lanzamiento se produce en un contexto de estancamiento diplomático, aumento de las maniobras militares conjuntas entre Estados Unidos, Corea del Sur y Japón, y un equilibrio regional cada vez más frágil.
La gran incógnita es si este disparo será un episodio aislado para consumo interno o el primer compás de una nueva serie de pruebas que vuelva a tensionar al máximo la relación entre Pyongyang y la comunidad internacional.

Un arranque de año bajo tensión militar

El dato es claro: primer ensayo balístico del año y tercera prueba de misiles norcoreana en poco más de un mes, si se suman los lanzamientos de crucero de finales de diciembre. Pyongyang mantiene así una pauta que se ha repetido en los últimos ejercicios: inaugurar el año con un gesto de fuerza que marque la agenda regional.

Para Corea del Sur, que detectó e hizo público el disparo, el mensaje es doble. Por un lado, se reafirma la necesidad de mantener y reforzar la cooperación militar con Estados Unidos y Japón, que en 2025 registró el mayor número de ejercicios conjuntos de la última década. Por otro, se confirma que el cálculo norcoreano no ha cambiado: mostrar capacidad y determinación es la prioridad, incluso a costa de nuevas sanciones o condenas internacionales.

La ausencia de detalles técnicos inmediatos —altitud máxima, distancia recorrida o tipo de trayectoria— no resta relevancia al gesto. En el pasado, ensayos similares han servido de preludio a secuencias de pruebas más complejas, incluyendo misiles de mayor alcance o capacidades asociadas a cargas nucleares. La comunidad de inteligencia en Seúl y Tokio asume que cada lanzamiento aporta datos al programa armamentístico norcoreano, más allá de la dimensión propagandística.

Proyección de fuerza en plena carrera armamentística

El lanzamiento se inscribe en una carrera armamentística regional que se ha acelerado desde 2022. Corea del Norte ha multiplicado sus pruebas, mientras Corea del Sur refuerza sus capacidades de disuasión ampliada bajo paraguas estadounidense y Japón abandona gradualmente parte de sus restricciones militares históricas.

Para Pyongyang, este tipo de gestos cumplen varias funciones:

  • Enviar una señal de firmeza interna, en un país sometido a sanciones económicas severas y aislamiento estructural.

  • Recordar a Washington que el coste de ignorar el expediente norcoreano puede aumentar si se priorizan otros frentes como Ucrania, Taiwán o, ahora, la crisis en Venezuela.

  • Mantener su lugar en la agenda de China y Rusia, socios clave para amortiguar las resoluciones más duras en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Cada ensayo balístico, incluso sin impacto material, reafirma la percepción de que Corea del Norte avanza hacia un arsenal más diversificado y difícil de interceptar, con sistemas que combinan trayectorias irregulares y potencial capacidad nuclear. La consecuencia es clara: la ventana para una desnuclearización negociada se percibe cada vez más estrecha.

La respuesta de Seúl, Tokio y Washington

Aunque los detalles de la reacción oficial aún son limitados, se da por hecho que Seúl y Tokio han activado de inmediato sus protocolos de seguimiento y análisis. En episodios anteriores, Japón ha llegado a ordenar a sus ciudadanos buscar refugio cuando los misiles sobrevolaban su territorio; en este caso, el lanzamiento hacia el mar de Japón vuelve a subrayar la vulnerabilidad del archipiélago.

Estados Unidos, por su parte, afronta el reto de gestionarlo sin sobrerreaccionar. Washington mantiene desplegados en la región activos clave —desde destructores con sistemas Aegis hasta bombarderos estratégicos en rotación— y ha reiterado que cualquier ataque efectivo contra aliados será respondido de forma contundente. Sin embargo, cada ensayo plantea el dilema de hasta dónde escalar en ejercicios y sanciones sin alimentar una espiral difícil de contener.

La coordinación trilateral se ha intensificado: en 2025, los tres países realizaron ejercicios navales y aéreos conjuntos con una frecuencia no vista desde la crisis de 2017. El nuevo lanzamiento refuerza la narrativa de quienes en Seúl y Tokio piden más gasto militar y capacidades de ataque preventivo, un debate que hace apenas una década era casi tabú en Japón.

Misiles balísticos frente a misiles de crucero

El hecho de que se trate de un misil balístico y no de un sistema de crucero es relevante. Los misiles balísticos, que describen una trayectoria parabólica y pueden alcanzar altitudes muy elevadas, son el vector natural para cargas nucleares y de largo alcance. Los de crucero, más bajos y maniobrables, suelen asociarse a ataques de precisión convencional.

Corea del Norte probó misiles de crucero el 29 de diciembre de 2025, en lo que se interpretó como un ensayo de sistemas diseñados para sortear defensas antiaéreas y atacar objetivos concretos en la región. La combinación de ambos tipos de pruebas en un intervalo de semanas sugiere una estrategia de desarrollo paralelo de capacidades, donde cada familia de misiles cumple un rol diferente en el abanico de amenazas.

Para los planificadores de defensa en Seúl, Tokio y Washington, esto complica el diseño de respuestas. No basta con sistemas de interceptación de alta cota; se necesitan también capacidades para detectar y neutralizar misiles de crucero de vuelo bajo, así como opciones de ataque preventivo contra lanzaderas móviles. Todo ello eleva los costes y la complejidad de la disuasión.

Riesgos para la seguridad regional y el comercio

Aunque el misil ha caído en aguas del mar de Japón sin provocar daños conocidos, cada ensayo introduce un riesgo adicional para la seguridad de las rutas marítimas y aéreas del noreste asiático. La región concentra algunos de los corredores comerciales más transitados del mundo, por los que circulan diariamente millones de toneladas de mercancías y petróleo.

Un fallo de trayectoria, un error de cálculo o un impacto accidental cerca de buques mercantes o pesqueros podría desencadenar una crisis inmediata. Además, los lanzamientos repetidos alimentan el argumento de quienes piden reforzar los controles de seguros y primas de riesgo en rutas clave, lo que acabaría encareciendo el comercio.

A medio plazo, el incremento de tensión militar también puede influir en las decisiones de inversión extranjera en países de la zona, especialmente en sectores como logística, energía o grandes infraestructuras. Aunque los mercados tienden a acostumbrarse al “ruido geopolítico”, una secuencia de pruebas más agresiva podría reactivar episodios de huida hacia activos refugio, desde el dólar hasta el oro.

El tablero diplomático en la ONU

El lanzamiento añada presión al ya tensionado Consejo de Seguridad de la ONU. Las resoluciones previas que prohíben a Corea del Norte testear misiles balísticos siguen vigentes, pero su capacidad de disuasión práctica se ha visto erosionada por la falta de unanimidad entre los miembros permanentes.

China y Rusia han mostrado una disposición creciente a suavizar el tono frente a Pyongyang, argumentando la necesidad de aliviar sanciones por razones humanitarias y de estabilidad. Estados Unidos, Japón y la Unión Europea, en cambio, defienden que cualquier relajación sin avances en desnuclearización enviaría la señal equivocada.

En este contexto, cada ensayo se convierte en un test de hasta qué punto la comunidad internacional está dispuesta a mantener la presión o resignarse a gestionar un escenario de disuasión nuclear de facto en la península coreana. La diplomacia, de momento, sigue bloqueada: los contactos directos entre Washington y Pyongyang llevan años interrumpidos y las iniciativas regionales no han pasado de declaraciones de intención.

El margen de maniobra es estrecho. Si Corea del Norte limita su actividad a ensayos esporádicos de alcance corto o medio, es probable que la respuesta se mantenga en el terreno de las condenas diplomáticas y ejercicios militares adicionales. Pero si el régimen opta por ir más lejos —con pruebas de misiles intercontinentales o referencias explícitas a capacidades nucleares—, el riesgo de crisis abierta aumentará.

Para Corea del Sur y Japón, 2026 se perfila como un año en el que deberán decidir si profundizan su apuesta por capacidad ofensiva propia, cuestión especialmente sensible en Tokio. Para Estados Unidos, el desafío será demostrar que puede atender simultáneamente varios focos de tensión —Europa del Este, Oriente Medio, Indo-Pacífico— sin diluir su credibilidad.

En el centro de todo, Corea del Norte sigue usando su arsenal como principal carta de negociación y herramienta de supervivencia del régimen. Cada misil que cae en el mar es un recordatorio de que, pese a sanciones y aislamiento, Pyongyang continúa ampliando su capacidad de presión sobre una de las regiones más estratégicas del planeta.

Comentarios