Quiere ir a EEUU

Delcy Rodríguez solicita reunión inédita en la Casa Blanca: ¿un giro en la política entre Venezuela y EE.UU.?

La número dos del chavismo intenta abrir un canal directo con Washington en plena asfixia económica y con el petróleo como ficha central de la negociación

Pantallazo del vídeo de Negocios TV que anuncia la solicitud de Delcy Rodríguez para reunirse con Trump en la Casa Blanca.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Solicitud de Delcy Rodríguez para reunirse con Trump en la Casa Blanca.

La inesperada solicitud de Delcy Rodríguez para viajar a la Casa Blanca ha sacudido un tablero que llevaba años congelado. La vicepresidenta venezolana quiere reunirse con Donald Trump la próxima semana, en el momento más delicado de la relación entre Caracas y Washington desde 2019.
En juego no solo están las sanciones que pesan sobre el sector petrolero, sino también el reconocimiento político del nuevo poder venezolano tras la captura de Nicolás Maduro y el diseño de una salida para la crisis humanitaria que ha expulsado a más de 7 millones de venezolanos.

La iniciativa sorprende tanto por la forma —una petición formal de visita a un mandatario que lleva años tachando al chavismo de “narco-régimen”— como por el fondo: Rodríguez está personalmente sancionada por varios países y tiene restringida la entrada en buena parte de Occidente.
La pregunta que se hacen los analistas es obvia: ¿estamos ante el inicio de un deshielo real o solo ante una maniobra táctica para ganar tiempo y aliviar presión económica? En Washington, mientras tanto, la respuesta es prudente. La Casa Blanca no ha confirmado si aceptará la visita, consciente de que cualquier gesto será leído como un giro estratégico hacia Venezuela.

Una petición que rompe el guion

En los últimos años, el contacto entre Estados Unidos y Venezuela se ha reducido a canales discretos, intermediados por terceros países y enviados especiales. Las visitas oficiales a Washington por parte de altos cargos chavistas eran, sencillamente, impensables. Que sea precisamente Delcy Rodríguez —figura central del aparato y símbolo de la línea dura— quien pida cruzar la puerta del Despacho Oval rompe ese guion.

Los diplomáticos consultados subrayan que la solicitud llega en un momento de máxima fragilidad económica para Caracas, con una producción petrolera que apenas supera los 850.000 barriles diarios, lejos de los más de 2,5 millones que Venezuela bombeaba hace una década. Ese desplome limita el margen de maniobra interno y eleva el coste de seguir aislado.

El gesto también tiene lectura interna. Presentarse ante Trump proyecta hacia la base chavista la imagen de una dirigente capaz de “defender la dignidad del país” frente al principal arquitecto de las sanciones. Al mismo tiempo, envía un mensaje a las élites económicas y militares: Caracas explora salidas que no pasan solo por Moscú, Pekín o Teherán.

Seis años de sanciones y desconfianza acumulada

Desde 2017, la política de Washington hacia Venezuela se ha estructurado en torno a un paquete de sanciones financieras y petroleras que ha ido endureciéndose hasta bloquear más del 90% de los ingresos por exportación de crudo en algunos momentos. La congelación de activos en el exterior —incluyendo CITGO y cuentas del Banco Central— ha golpeado de lleno la capacidad de maniobra del Estado venezolano.

El diagnóstico en la Casa Blanca es que las sanciones han logrado debilitar las fuentes de financiación del chavismo, pero al precio de agravar una crisis económica que ha hundido el PIB en torno a un 75% desde 2013 y ha multiplicado la pobreza. En Caracas, el relato es el opuesto: se acusa a Washington de “guerra económica” y de utilizar el petróleo como arma para forzar un cambio de régimen.

Este clima de desconfianza estructural convierte cualquier gesto en potencialmente explosivo. Aceptar la visita de Rodríguez sin contrapartidas claras podría ser leído como una capitulación; rechazarla, como una señal de que Estados Unidos solo está dispuesto a negociar con actores opositores o administraciones interinas. De ahí la extrema cautela con la que se está gestionando la petición.

El petróleo, núcleo duro de la negociación

Detrás de la retórica diplomática, el núcleo de la discusión será el mismo que ha marcado la relación en la última década: el petróleo. Venezuela sigue teniendo las mayores reservas probadas del mundo, y aunque su capacidad productiva está muy deteriorada, cualquier flexibilización selectiva de sanciones podría permitir incrementos de oferta de 300.000 a 500.000 barriles diarios en un plazo relativamente corto.

Para Estados Unidos, inmerso en un contexto de precios del crudo volátiles y de reordenamiento de flujos energéticos tras la guerra en Ucrania y las tensiones en Oriente Medio, esa potencial oferta no es irrelevante. De ahí que, incluso en los momentos de mayor tensión, la Casa Blanca haya abierto pequeños resquicios para operaciones puntuales de intercambio o licencias a compañías concretas.

Rodríguez lo sabe. Su viaje, si se concreta, apuntaría a explorar un esquema de alivio parcial de sanciones ligado a garantías sobre elecciones, presencia de observadores internacionales o compromisos en derechos humanos. La incógnita es hasta qué punto el chavismo está dispuesto a ofrecer cesiones verificables a cambio de un respiro económico que, a corto plazo, podría mover miles de millones de dólares.

Washington entre la presión máxima y la apertura controlada

En Washington conviven dos enfoques. Por un lado, el ala partidaria de la “máxima presión”, convencida de que cualquier alivio solo prolongará la supervivencia del régimen. Por otro, quienes consideran que el bloqueo total ha tocado techo en términos de eficacia y que conviene explorar acuerdos graduales y reversibles que permitan influir sobre la transición venezolana.

Aceptar la visita de Delcy Rodríguez supondría, de facto, dar aire a esta segunda visión. No significaría reconocerla como legítima interlocutora única, pero sí admitir que la solución al bloqueo institucional pasa, inevitablemente, por hablar con quienes controlan hoy el poder efectivo en Caracas.

Los defensores de este enfoque recuerdan que otros procesos, como el deshielo con Cuba o las negociaciones nucleares con Irán, comenzaron con gestos simbólicos similares: una reunión, una foto, un intercambio de prisioneros. Sus detractores subrayan, en cambio, que en el caso venezolano el riesgo de que el chavismo use cualquier gesto para ganar tiempo sin cambiar nada de fondo es especialmente alto.

Lo que busca Caracas: alivio, reconocimiento y tiempo

Desde la perspectiva de Caracas, la jugada tiene tres objetivos. El primero, alivio económico inmediato. Abrir aunque sea una rendija en el muro de sanciones permitiría obtener divisas frescas, recomponer importaciones básicas y suavizar una inflación que, aun lejos de los niveles hiperinflacionarios del pasado, sigue rondando tasas de dos dígitos mensuales en algunos segmentos.

El segundo objetivo es reconocimiento político. Una invitación —o incluso solo la aceptación formal de la visita— sería presentada como prueba de que Washington reconoce a la actual cúpula venezolana como interlocutora válida y de que la estrategia de supervivencia del régimen ha dado frutos. En términos internos, reforzaría la posición de Delcy Rodríguez frente a otros actores del chavismo.

El tercer objetivo es el más difuso, pero no menos importante: ganar tiempo. Tiempo para reorganizar alianzas internas, para ajustar la narrativa ante la población y para negociar, desde una posición menos asfixiada, con otros actores internacionales. En ese sentido, la Casa Blanca sabe que cualquier concesión deberá estar estrictamente condicionada a plazos y verificaciones.

Riesgos para la región si la apuesta fracasa

La región observa la maniobra con mezcla de expectación y cautela. Países como Colombia, Brasil o México han insistido en la necesidad de una solución negociada para Venezuela, conscientes de que un colapso total del Estado podría desencadenar nuevas olas migratorias y desorden en las fronteras. Sin embargo, también temen que un fracaso en el diálogo refuerce a los sectores más duros en Washington y Caracas.

Si la visita no se produce o se salda con un portazo, el riesgo es que se reactive la narrativa de la intervención o el bloqueo total, con presiones para endurecer aún más las sanciones o para desplazar el conflicto al terreno militar. En un Caribe ya tensionado por la presencia de flotas rusas, ejercicios navales estadounidenses y disputas territoriales, cualquier chispa adicional multiplica la incertidumbre.

Los analistas coinciden en que, si el intento de Delcy Rodríguez se lee como maniobra de fachada sin contenido real, el resultado podría ser contraproducente: más aislamiento, más controles sobre la “flota en la sombra” que mueve crudo venezolano y más presión sobre los países que aún sirven de intermediarios en operaciones semi-legales.

¿Qué podría salir realmente de una cita en la Casa Blanca?

En el mejor de los escenarios planteados por los expertos, una eventual reunión en la Casa Blanca podría culminar en un acuerdo marco de mínimos. Este incluiría, por ejemplo, compromisos de Caracas para aceptar una hoja de ruta electoral supervisada, autorización para misiones de observación y pasos concretos en la liberación de presos políticos, a cambio de licencias limitadas para exportar crudo y desbloquear ciertos activos.

No se trataría de un levantamiento completo de sanciones, sino de un intercambio gradual y reversible: por cada avance verificable en el terreno político y humanitario, un nuevo tramo de alivio económico. Un modelo similar se ha ensayado en otros conflictos con resultados dispares, pero ofrece al menos un marco para salir del actual punto muerto.

En un escenario menos ambicioso, la reunión serviría solo para reducir la retórica hostil, mejorar canales de comunicación y pactar medidas de confianza, como la cooperación en materia migratoria o sanitaria. Incluso así, su valor simbólico sería considerable en una relación que lleva años bloqueada.

Deshielo, maniobra o simple globosonda

Todo ello, sin embargo, depende de que la Casa Blanca decida abrir la puerta y de que el chavismo llegue con algo más que un discurso victimista. Muchos analistas recuerdan que Caracas ha utilizado en el pasado foros de diálogo —en Noruega, México o República Dominicana— como herramienta para aflojar presiones sin alterar la estructura de poder.

Por eso, en la región se habla de “prudente escepticismo”. Nadie descarta que el movimiento de Delcy Rodríguez sea un globo sonda destinado a medir la disposición de Washington sin compromiso real. Si la respuesta es fría, Caracas podrá culpar a Estados Unidos de cerrar vías de diálogo; si es cálida, tendrá margen para reformular su estrategia.

Lo único seguro por ahora es que la simple solicitud de visita ha bastado para reabrir un debate que muchos daban por congelado. En un país donde el petróleo, las sanciones y la emigración masiva se han convertido en rutina, la posibilidad de ver a la número dos del chavismo cruzar el umbral de la Casa Blanca vuelve a situar a Venezuela en el centro del tablero geopolítico.

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