EEUU acusa a China de pruebas nucleares secretas en plena moratoria
Washington señala explosiones encubiertas del Ejército Popular chino y reabre el temor a una nueva carrera armamentística en Asia
El tablero nuclear internacional vuelve a estremecerse. Estados Unidos ha acusado formalmente a China de realizar pruebas nucleares clandestinas, en abierta violación de la moratoria de ensayos que ha sostenido, con matices, el frágil equilibrio estratégico de las últimas décadas. La denuncia, lanzada por Thomas DiNanno, subsecretario de Estado para el Control de Armamentos, apunta a explosiones de “alto rendimiento” equivalentes a cientos de toneladas de TNT, supuestamente efectuadas en los últimos años por el Ejército Popular de Liberación.
Lo más inquietante, según Washington, no es solo el hecho de las pruebas, sino la forma: ensayos diseñados para pasar desapercibidos, ocultos tras técnicas sofisticadas que buscan “borrar la huella” sísmica ante los sistemas de monitoreo internacionales. El mensaje es claro: si se confirma, no estaríamos ante una infracción menor, sino ante un desafío frontal a la arquitectura de control de armas construida desde el final de la Guerra Fría.
La acusación reaviva temores que parecían, si no superados, al menos contenidos. Una nueva carrera armamentística en Asia dejaría en papel mojado décadas de esfuerzos diplomáticos y abriría un escenario mucho más volátil. Entre tanto, el silencio oficial de Pekín añade un ingrediente de incertidumbre a un asunto que exige respuestas rápidas… y verificables.
Una acusación con eco de Guerra Fría
La denuncia de Washington tiene un componente simbólico difícil de ignorar. Un alto responsable de control de armamentos acusando a China de romper la moratoria nuclear remite, inevitablemente, a los grandes duelos estratégicos del siglo XX. La diferencia es que, hoy, el epicentro ya no está entre Estados Unidos y la antigua URSS, sino en la competencia entre la primera potencia mundial y un gigante asiático en ascenso acelerado.
DiNanno asegura que el Ejército Popular de Liberación habría realizado en los últimos años ensayos de “alto rendimiento”, con cargas equivalentes a “cientos de toneladas” de explosivos. No serían, por tanto, meros experimentos de laboratorio, sino pruebas con impacto potencial en el desarrollo de nuevas cabezas nucleares, más precisas o más difíciles de interceptar. El hecho de que se hable de “años recientes” sugiere, además, una posible campaña sostenida de ensayos discretos, no un incidente aislado.
El diagnóstico que se abre es inequívoco: si una potencia nuclear se siente lo bastante segura como para testar armas violando el espíritu —y, posiblemente, la letra— de la moratoria, el tejido de confianza que permitía hablar de “contención” queda seriamente dañado. La acusación no solo mira al pasado inmediato; coloca un foco muy intenso sobre los próximos movimientos de Pekín en el ámbito estratégico.
Pruebas encubiertas: cargas de “cientos de toneladas”
El elemento técnico de la denuncia es tanto o más inquietante que el político. Según Washington, las supuestas pruebas chinas habrían sido cuidadosamente diseñadas para minimizar su firma sísmica, recurriendo a lo que algunos expertos describen como técnicas “nanosísmicas”: explosiones de menor intensidad, confinadas y camufladas entre ruido geológico, que resultan difíciles de distinguir de pequeñas detonaciones convencionales o de movimientos de la corteza terrestre.
Se habla de rendimientos de varias centenas de toneladas de TNT equivalente, muy por debajo de las grandes pruebas atmosféricas del pasado —que se medían en kilotones o incluso megatones—, pero suficientemente relevantes como para ensayar componentes clave de nuevos diseños de cabeza nuclear. Ajustes de precisión, validación de miniaturización, tests de sistemas de detonación: todo ello se puede explorar con cargas inferiores, siempre que se cuente con una infraestructura tecnológica sofisticada.
El verdadero salto cualitativo estaría en la combinación de estas pruebas con modelos avanzados de simulación y supercomputación. Es ahí donde la línea entre un ensayo “limitado” y un salto efectivo en capacidades estratégicas se vuelve difusa. Si un país puede mejorar su arsenal sin dejar una huella clara en los sensores globales, la lógica misma del control de armamentos entra en cuestión.
La moratoria nuclear, en su punto más frágil
Desde los años noventa, el mundo ha vivido bajo una especie de moratoria de facto sobre ensayos nucleares, articulada en torno al Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCEN), aún no plenamente en vigor, pero ampliamente respetado en la práctica. El sistema se sostenía sobre un equilibrio delicado: nadie quería ser el primero en romper la baraja y asumir el coste diplomático de un regreso a las explosiones subterráneas a gran escala.
El supuesto incumplimiento por parte de China rompe ese equilibrio psicológico. Incluso si las pruebas se mantuvieran por debajo de ciertos umbrales técnicos, el mensaje enviado al resto de potencias es devastador: la norma solo vincula a quien decide respetarla. Países que hasta ahora han contenido sus programas por presión internacional pueden sentirse tentados a reinterpretar los límites, especialmente si perciben que el coste reputacional de hacerlo es asumible.
Lo más grave es el efecto sobre el futuro. Si la moratoria se percibe como una regla “blanda”, fácilmente eludible, la tentación de desarrollar armas más sofisticadas o de recuperar diseños abandonados crecerá. El riesgo de que asistamos a una nueva ola de ensayos encubiertos en distintos puntos del planeta ya no parece un ejercicio de ficción, sino un escenario plausible si no se restablece la confianza con rapidez.
EEUU, China y la batalla por el relato
Más allá de los datos técnicos, la acusación se inscribe en una guerra narrativa intensa entre Estados Unidos y China. Washington presenta el caso como prueba de que Pekín no juega con las mismas reglas en materia de seguridad global. Pekín, al mantener de momento el silencio oficial, deja abierta la posibilidad de una doble respuesta: negación categórica, contraacusaciones o una mezcla calculada de ambas.
La lógica estratégica es transparente. Para Estados Unidos, situar a China como actor que viola moratorias y desafía mecanismos multilaterales refuerza su posición a la hora de tejer alianzas en Asia-Pacífico, justificar despliegues militares y promover nuevas inversiones en defensa —incluida la modernización de sus propias fuerzas nucleares. Para Pekín, reconocer algo siquiera parecido a lo que describe Washington sería admitir un coste político inasumible en términos de imagen internacional.
Entre ambas narrativas, los organismos multilaterales quedan en una posición delicada. Exigir claridad y acceso a datos sin provocar un choque frontal es una tarea casi imposible en un clima de rivalidad creciente. El riesgo es que la discusión sobre las pruebas se convierta en otro capítulo del pulso estratégico general, diluyendo la urgencia de abordar el problema de fondo: cómo evitar una escalada nuclear silenciosa.
El nuevo riesgo: proliferación silenciosa en Asia
Si hay una región en la que estos movimientos resuenan con fuerza, es Asia. Japón, Corea del Sur, India o Pakistán siguen muy de cerca cualquier indicio de que el equilibrio nuclear regional se modifica. Si se consolida la percepción de que China gana ventaja tecnológica mediante ensayos encubiertos, las presiones internas para responder —al menos mediante refuerzo convencional, escudo antimisiles o cooperación más estrecha con EEUU— aumentarán.
La posibilidad de que algunos países revisen tabúes históricos tampoco es descartable. Japón, por ejemplo, mantiene una capacidad tecnológica e industrial que, según múltiples informes, le permitiría desarrollar un arsenal nuclear en plazos mucho más cortos que otras naciones, si alguna vez tomara esa decisión. Hasta ahora, el paraguas estadounidense y la estabilidad relativa de la moratoria habían mantenido esa opción en el terreno de lo impensable. Un cambio de reglas podría mover esa frontera.
La consecuencia es clara: cada ensayo real —o percibido— en China se traduce en movimientos defensivos o rearmistas en el entorno, alimentando un círculo de desconfianza que va mucho más allá de las dos potencias implicadas. La proliferación, en este caso, ya no sería ruidosa, sino silenciosa, encubierta y fragmentada.
Tecnología para ocultar… y para detectar
El elemento tecnológico es el otro gran protagonista de esta crisis. Las acusaciones apuntan a que China habría utilizado técnicas avanzadas para “borrar la huella” de sus ensayos, reduciendo su impacto sísmico y enmascarándolos entre ruidos naturales o industriales. Se habla de detonaciones confinadas, ajustes de profundidad y sincronización con otros eventos sísmicos para dificultar la tarea de los sistemas de monitoreo.
Pero la tecnología también juega en el otro lado. El sistema internacional de vigilancia, con cientos de estaciones sísmicas, hidroacústicas, de radionúclidos e infrasónicas distribuidas por todo el planeta, ha mejorado de forma notable su capacidad para detectar eventos mínimos. La carrera no es solo armamentística, sino también de inteligencia geofísica: quién logra afinar más sus sensores, sus algoritmos y su capacidad de análisis.
Este hecho revela un nuevo frente de competencia: no basta con desarrollar armas más sofisticadas; también se compite por el control del “campo de visión” global. Países con acceso privilegiado a datos, satélites y capacidades de supercomputación tienen una ventaja decisiva tanto para acusar como para defenderse. La disputa por quién interpreta los registros sísmicos puede ser, en sí misma, una herramienta de presión política.
Qué puede pasar ahora: diplomacia, sanciones y carrera armamentística
Las próximas semanas serán determinantes para calibrar el alcance real de esta crisis. Sobre la mesa se perfilan varios escenarios. Uno, de contención diplomática, en el que China niegue categóricamente las acusaciones, se abra —al menos parcialmente— a alguna forma de acceso o diálogo técnico y se busque rebajar la tensión a cambio de no escalar el choque. Otro, mucho más preocupante, en el que Pekín cierre filas, Washington endurezca su discurso y se empiece a hablar de sanciones específicas vinculadas al programa nuclear chino.
El escenario más peligroso sería aquel en el que ninguna de las partes se vea incentivada a retroceder. Estados Unidos podría acelerar la modernización de su arsenal y sus sistemas de defensa antimisiles; China, a su vez, podría reforzar su disuasión para no aparecer como débil ante sus socios y rivales. En ese contexto, otros actores regionales se verían empujados a tomar partido o a reforzar sus propios programas, convencionales o no.
En última instancia, la pregunta que sobrevuela la denuncia de Washington es simple, pero decisiva: ¿es posible mantener un régimen de control de armas basado en la confianza cuando la tecnología permite ensayar casi sin dejar rastro? Si la respuesta es negativa, el mundo se adentra en una fase mucho más incierta, en la que la carrera nuclear deja de ser un recuerdo de la Guerra Fría para convertirse, de nuevo, en un desafío muy presente.