Kaja Kallas reabre el melón nuclear en una Europa inquieta
La jefa de la diplomacia comunitaria fuerza a la UE a plantearse por primera vez de forma abierta si puede seguir delegando su disuasión última en Estados Unidos en pleno deterioro del paraguas transatlántico
La cuestión nuclear ha regresado al centro del tablero europeo con una crudeza que pocos esperaban. La nueva alta representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea ha planteado abiertamente la necesidad de que el bloque se pregunte si debe avanzar hacia algún tipo de disuasión nuclear propia. El aviso llega en un momento de guerras abiertas, acuerdos rotos y aliados cada vez menos previsibles. La frase de Kallas resuena con fuerza: «las armas nucleares son el único elemento que realmente funciona como disuasión». El mensaje, más allá de su contundencia, revela una inquietud de fondo: Europa, con casi 450 millones de habitantes y en torno al 17% del PIB mundial, no controla hoy el último escalón de su propia seguridad. La pregunta ya no se puede evitar: ¿puede el continente seguir descansando indefinidamente en decisiones tomadas en Washington?
Un debate nuclear que Europa había aparcado
Durante décadas, la arquitectura de seguridad europea se sostuvo sobre un pacto no escrito: Estados Unidos aportaba la disuasión nuclear y buena parte de las capacidades estratégicas, mientras la UE se especializaba en poder económico, diplomacia y regulación. Esa división permitía mantener el tema nuclear fuera del foco mediático, protegido bajo el paraguas de la OTAN y envuelto en ambigüedad estratégica.
La intervención de Kallas rompe parte de ese silencio. Al insistir en que la disuasión nuclear sigue siendo el elemento que frena a los agresores, introduce una idea incómoda: si el factor clave está en manos de terceros, también lo está la supervivencia última del proyecto europeo. Este hecho revela la dimensión del giro: la UE pasa de hablar de “autonomía estratégica” en abstracto a cuestionarse quién tiene, en la práctica, el botón final.
El contexto no puede ser más explosivo. La invasión rusa de Ucrania, la inestabilidad en Oriente Medio, los avisos desde Moscú sobre el uso de armas tácticas y un ciclo electoral estadounidense cargado de incertidumbre han dinamitado la cómoda ilusión de que la seguridad en Europa era un asunto “resuelto”. El tabú nuclear deja de ser tabú cuando la propia jefa de la diplomacia europea pide discutirlo sin autoengaños.
Las grietas del paraguas estadounidense
La propuesta no se entiende sin las grietas crecientes en la relación transatlántica. En los últimos años, varios dirigentes estadounidenses han cuestionado el compromiso de Estados Unidos con aliados que no alcanzan el objetivo del 2% del PIB en gasto militar. Las advertencias veladas sobre retirar protección si Europa no paga más han dejado huella en las capitales comunitarias.
La reciente tensión por las negociaciones sobre Groenlandia y el Ártico ha añadido una capa más de desconfianza. Para muchos diplomáticos, ha sido la constatación de que los intereses estratégicos de Washington ya no siempre coinciden con los de Bruselas. La imagen de Europa como “protectorado de seguridad” empezó entonces a incomodar incluso a gobiernos tradicionalmente atlantistas.
Lo más grave, desde la óptica europea, es la dependencia estructural: el continente descansa sobre un esquema de “nuclear sharing” que despliega en territorio europeo alrededor de un centenar de bombas estadounidenses, pero cuya decisión de uso sigue estando en manos del inquilino de la Casa Blanca. Cada giro político en Washington equivale, de facto, a una revisión silenciosa de la garantía última de la seguridad europea. De ahí que la reflexión de Kallas haya encontrado oídos atentos incluso en gobiernos que preferirían no abrir este melón.
Qué supondría un arsenal nuclear europeo propio
Convertir la reflexión en realidad implicaría un salto de escala monumental. No se trata solo de fabricar ojivas y misiles; se trata de definir quién decide, bajo qué mandato y con qué controles democráticos. Los expertos esbozan al menos dos modelos. El primero pasaría por “europeizar” parcialmente la fuerza nuclear francesa, ofreciendo garantías explícitas a socios de la UE a cambio de compromisos en financiación, despliegues y doctrina. El segundo, mucho más costoso, implicaría un programa nuevo, compartido, con inversiones que podrían superar fácilmente los 200.000 millones de euros en varias décadas.
El diagnóstico militar es inequívoco: Europa ya afronta un esfuerzo enorme solo para reforzar sus capacidades convencionales. Muchos Estados miembros han pasado en pocos años de gastar alrededor del 1,2% del PIB en defensa a acercarse al 2%, y algunos debates internos apuntan ya hacia el 2,5% como objetivo plausible si la amenaza se intensifica. Añadir a esa ecuación un proyecto nuclear supondría reordenar todo el mapa de prioridades fiscales.
La consecuencia es clara: un arsenal europeo propio no sería simplemente una herramienta militar, sino un acto político y presupuestario de primera magnitud, que exigiría explicar a los ciudadanos recortes en otras partidas o subidas de impuestos para financiar algo que, hasta hace poco, se consideraba completamente ajeno.
Tratados, tabúes y la línea roja de la no proliferación
Más allá del dinero, se alza el muro jurídico y moral. La UE lleva medio siglo presentándose como campeona del Tratado de No Proliferación (TNP), del desarme gradual y de la diplomacia multilateral. Avanzar hacia una disuasión nuclear propia obligaría a reinterpretar esos compromisos o, al menos, a explicar muy fino dónde termina la ortodoxia y dónde empieza la realpolitik.
La situación actual es ambigua. Francia es la única potencia nuclear dentro de la UE y mantiene un control estrictamente nacional sobre su arsenal, aunque su doctrina incluya una “dimensión europea” al considerar que la seguridad del continente forma parte de sus intereses vitales. El Reino Unido, ya fuera de la Unión pero todavía aliado clave en la OTAN, conserva su propia fuerza nuclear y sigue siendo un pilar del flanco europeo.
Los juristas advierten de un riesgo evidente: cuanto más se hable de una “opción nuclear europea”, más difícil será sostener con autoridad el discurso de no proliferación ante terceros países. Potencias emergentes podrían utilizar cualquier giro en Europa como argumento para justificar sus propias ambiciones. El contraste entre lo que Bruselas predica y lo que estaría dispuesta a hacer quedaría, entonces, descarnado.
Escepticismo interno: miedo a la carrera armamentística
Dentro de la propia UE, las reacciones al gesto de Kallas oscilan entre el rechazo frontal y el apoyo discreto. En algunos países con fuerte tradición antinuclear, el simple hecho de plantear este debate despierta recuerdos de movilizaciones masivas en los años ochenta. Temen que una agenda de disuasión propia reabra fracturas internas y refuerce a los partidos populistas que denuncian cualquier aumento del gasto militar.
En el otro extremo, varios Estados del Este, especialmente los que comparten frontera o vecindad directa con Rusia, consideran que la discusión llega incluso tarde. Para ellos, el cambio de era ya se produjo con la anexión de Crimea, la invasión de Ucrania y la escalada de amenazas desde Moscú. Ven la propuesta como una consecuencia lógica de la agresividad del Kremlin y de la imprevisibilidad de Estados Unidos.
El diagnóstico político es inquietante: Europa corre el riesgo de dividirse entre “nucleares entusiastas” y “nucleares reacios” justo cuando más necesita unidad estratégica. Si el debate no se gestiona con cuidado, puede terminar generando una nueva línea de fractura Norte-Sur y Este-Oeste, superpuesta a las ya existentes en materia de migración, energía o reglas fiscales.
Francia, Alemania y el rompecabezas de la disuasión
En la práctica, cualquier movimiento serio hacia una disuasión europea tendrá que pasar por el eje Francia–Alemania. París aporta el arsenal, la industria y la doctrina; Berlín concentra el peso económico y político decisivo. En los últimos años se han multiplicado las voces, sobre todo en Alemania y Polonia, que reclaman aclarar hasta dónde llega la “protección” francesa al resto de socios.
Más recientemente, dirigentes alemanes han sugerido explorar fórmulas de cooperación más estrecha, sin descartar en abstracto escenarios de participación financiera o incluso de codeterminación política. Esa ambigüedad refleja un malestar de fondo: Berlín sabe que seguir descansando solo en “paraguas ajenos” entraña riesgos, pero también teme asumir el coste político de un debate nuclear abierto.
Francia, por su parte, se muestra dispuesta a hablar de “dimensión europea” de su fuerza nuclear, pero marca una línea roja nítida en cuanto al control del botón. Esa posición limita la posibilidad de un verdadero “arsenal comunitario” y remite, más bien, a una fórmula de garantías ampliadas. El rompecabezas es evidente: sin Francia no hay disuasión europea; sin concesiones francesas, el proyecto difícilmente podrá presentarse como genuinamente europeo.
Autonomía estratégica o duplicación de la OTAN
El debate nuclear se cruza con otra discusión no resuelta: la de la autonomía estratégica europea. La propia Kallas ha advertido del peligro de crear estructuras militares paralelas a la OTAN que puedan generar confusión en la cadena de mando. Un arsenal europeo percibido como alternativa y no como complemento podría interpretarse en Washington como un gesto de distanciamiento, complicando aún más la relación transatlántica.
Los centros de estudio especializados insisten en que Europa tiene una tarea previa ineludible: cerrar el enorme déficit en capacidades convencionales. Faltan sistemas de defensa aérea, munición, logística, personal, capacidades de mando y control. Algunos cálculos apuntan a que, para alcanzar un nivel de disuasión convencional creíble, los socios europeos deberían invertir de forma sostenida decenas de miles de millones adicionales cada año durante al menos una década.
Ante ese panorama, muchos militares consideran que abrir ahora el melón nuclear puede convertirse en una distracción costosa. La consecuencia es clara: sin blindar primero la base convencional, una disuasión nuclear europea correría el riesgo de ser un gigante simbólico con pies de barro.
Para España, país sin armas nucleares y con una opinión pública tradicionalmente reticente a todo lo nuclear, el debate tiene derivadas propias. Madrid ha apostado siempre por reforzar la OTAN, impulsar la defensa europea en el plano convencional y mantener un perfil alto en políticas de desarme y control de armamentos. La idea de una disuasión nuclear continental choca de frente con esa tradición.
Sin embargo, España no puede quedarse al margen si el proyecto europeo decidiera, siquiera parcialmente, reconfigurar su arquitectura de seguridad. Un cambio de esta naturaleza afectaría a su papel en el flanco sur de la Alianza, a su industria de defensa y a sus prioridades presupuestarias. Elevar el gasto militar desde el entorno del 1,4% del PIB hacia niveles cercanos al 2% ya supone un reto político considerable; incorporar una dimensión nuclear al debate elevaría aún más la temperatura.
El dilema es evidente: ¿puede España defender una Europa más fuerte y autónoma en seguridad sin verse arrastrada a un terreno nuclear que su ciudadanía rechaza mayoritariamente? Por ahora, la respuesta pasa por la prudencia. Pero la iniciativa de Kallas ha dejado claro que el tiempo de las evasivas se agota. Europa ha entrado en una fase en la que incluso sus tabúes estratégicos están siendo revisados. Y en esa revisión, la cuestión nuclear ha vuelto, para quedarse, al corazón de la conversación.
