El FMI corona a EEUU y sube al 2,3% a España
El último informe del Fondo consolida a Estados Unidos como economía avanzada más dinámica y convierte a España en rara excepción de crecimiento en una eurozona casi estancada para 2026-2027
El último Informe de Perspectivas Mundiales del Fondo Monetario Internacional ha puesto cifras a algo que Washington llevaba tiempo proclamando: Estados Unidos será en 2026 la economía avanzada más dinámica, con un crecimiento cercano al 2,4%, muy por encima de la media de los países ricos. Al mismo tiempo, el FMI ha dado un espaldarazo inesperado a España, al elevar su previsión para 2026 al 2,3% y anticipar en 2027 un avance en torno al 2%, muy por encima de una eurozona que apenas rozará el 1,3%.
La directora gerente, Kristalina Georgieva, no esquivó la comparación: Estados Unidos se confirma como la gran locomotora entre las economías avanzadas; España, como la excepción positiva en una Europa lastrada por baja productividad, demografía adversa y dudas políticas.
El mensaje tiene una lectura política evidente: las proclamas de Donald Trump sobre la fortaleza incomparable de la economía estadounidense encuentran ahora el aval del FMI, al menos en términos de crecimiento. Pero también lanza un aviso a Madrid y Bruselas: este viento de cola no está garantizado y puede girar con rapidez si la inflación repunta, las tensiones comerciales se recrudecen o las reformas se aplazan.
El diagnóstico es claro: el mapa del crecimiento se está redibujando y España aparece en él mejor colocada de lo que muchos esperaban, pero también con más deberes de los que admite el discurso oficial.
EEUU, la economía avanzada que se despega del resto
Según el FMI, Estados Unidos crecerá en torno al 2,4% en 2026 y al 2% en 2027, frente a una media de apenas 1,7%-1,8% para el conjunto de economías avanzadas. La diferencia, que puede parecer modesta, es en realidad enorme cuando se aplica sobre el tamaño de la primera economía del mundo: cada décima extra supone decenas de miles de millones de dólares de PIB adicional.
El informe identifica tres motores principales del dinamismo estadounidense: la inversión masiva en inteligencia artificial y digitalización, un impulso fiscal todavía significativo y un mercado laboral que, pese al endurecimiento monetario, se mantiene en tasas de paro cercanas al pleno empleo. La combinación de capital tecnológico, consumo interno potente y capacidad de endeudamiento sigue situando a EEUU en una liga propia.
Pero la foto no está exenta de sombras. Una parte relevante del crecimiento descansa sobre el boom bursátil ligado a la IA y sobre un déficit público que ronda el 7% del PIB, niveles que no son sostenibles indefinidamente. Si la productividad prometida por la revolución tecnológica no se materializa o los mercados corrigen, ese 2,4% puede evaporarse con la misma rapidez con la que ha llegado.
Qué hay detrás de una economía “más dinámica”
Ser la “economía avanzada más dinámica” no es solo una etiqueta política; implica registrar un crecimiento sistemáticamente superior al de los pares, atraer inversión, crear empleo de calidad y sostener niveles razonables de confianza internacional en la moneda y la deuda soberana.
En el caso estadounidense, ese dinamismo se refleja en una inversión en infraestructuras y tecnología que supera el 3,5% del PIB, en un gasto en I+D cercano al 3,4%, y en una capacidad única para absorber talento y capital global. Es decir, la economía no solo crece más, sino que alimenta los motores que pueden sostener ese crecimiento en el tiempo.
Sin embargo, el reverso de la medalla también está en el informe: deuda pública en máximos históricos, una inflación que, aunque moderándose, aún se sitúa por encima del objetivo del 2% en varios indicadores y un clima político polarizado que introduce ruido en decisiones sobre comercio, regulación financiera o independencia de la Reserva Federal.
El FMI insiste en que el liderazgo de EEUU es compatible con un escenario de riesgos elevados. “La economía estadounidense puede permitirse crecer por encima de su potencial durante algún tiempo, pero no indefinidamente sin ajustes fiscales y estructurales”, advierte el organismo. El mensaje es también para el resto del mundo: en un sistema donde la primera potencia sigue marcando el ritmo, un tropiezo en Washington se sentiría con fuerza desde Madrid hasta Shanghái.
España, la sorpresa al alza en una Europa estancada
En el bloque europeo, la verdadera sorpresa es España. El Fondo ha revisado al alza en tres décimas su previsión de crecimiento para 2026, hasta el 2,3%, y sitúa el avance de 2027 en torno al 1,9%-2%, dos décimas más que en su informe anterior. La comparación es elocuente: la eurozona apenas crecerá alrededor del 1,3%, con Alemania rondando el 1%, Francia cerca del 1,1% e Italia anclada por debajo del 1%.
España se convierte así en la gran economía de la zona euro con mejor comportamiento previsto, solo por detrás de Estados Unidos entre las avanzadas. El dato tiene además un componente simbólico: por primera vez en años, las previsiones del FMI superan a las del propio Gobierno, que mantenía en sus documentos presupuestarios un avance del 2,2% para 2026.
Esta revisión al alza llega, además, en un momento en el que otros organismos internacionales advertían de la “fatiga de reformas” en Europa. Que sea precisamente España la que desafíe esa narrativa obliga a mirar con más detalle qué está funcionando y qué no en la economía nacional.
Reformas, inversión y turismo: los motores del 2,3%
Detrás de ese 2,3% no hay un milagro aislado, sino una combinación de factores. El FMI destaca el tirón del turismo, que se ha consolidado por encima de los niveles prepandemia y aporta un superávit externo estable; el impulso de la inmigración, que ha ampliado la fuerza laboral y sostenido el consumo; y el despliegue, aún incompleto pero relevante, de los fondos europeos de recuperación orientados a digitalización y transición verde.
A ello se suma el efecto de reformas laborales previas, que han reducido la temporalidad y permitido que el empleo crezca por encima del 2% anual en los últimos ejercicios, así como una cierta mejora en la posición financiera de las empresas y de los hogares tras la pandemia.
Pero el informe también subraya lo que sigue fallando: una productividad que avanza demasiado despacio, una tasa de paro que, pese a estar en mínimos desde 2008, se mantiene alrededor del 11%, y una dependencia elevada de sectores de bajo valor añadido. El riesgo es claro: si el viento global cambia —por una nueva crisis energética, por un repunte de tipos o por un frenazo del turismo—, esa combinación de fortalezas coyunturales puede no bastar para sostener el ritmo.
Los desequilibrios que el FMI no deja de recordar
El entusiasmo por el crecimiento español convive con advertencias insistentes. La deuda pública sigue en el entorno del 103% del PIB, una de las más elevadas de la eurozona, pese a haber descendido algunos puntos desde los máximos de la pandemia. El déficit se encamina a niveles en torno al 2,5%-2,8%, pero con una parte claramente estructural que no desaparecerá sin ajustes.
El Fondo pide acelerar la consolidación fiscal y anclar una senda creíble de reducción de deuda, especialmente antes de que los tipos se mantengan altos durante más tiempo o las nuevas reglas fiscales europeas entren plenamente en vigor. La ventana para ordenar las cuentas aprovechando el ciclo expansivo es limitada.
En paralelo, el organismo recuerda que el crecimiento previsto descansa en un contexto internacional que hoy parece favorable —precios energéticos contenidos, demanda turística robusta, expectativa de tipos algo más bajos a medio plazo—, pero que puede verse alterado por nuevos aranceles, conflictos geopolíticos o correcciones en los mercados de IA. En ese escenario, los países con mayor deuda y menor productividad sufrirían más. España figura en ambas listas.
España como locomotora de una eurozona a dos velocidades
Que España se sitúe a la cabeza del crecimiento europeo tiene una lectura política ineludible. En Bruselas, el dato refuerza el relato de un país que ha sabido aprovechar mejor que otros los fondos comunitarios y que se ha beneficiado de una mayor capacidad de adaptación tras la crisis de 2008. Pero también despierta recelos en socios que ven cómo el margen de flexibilidad fiscal se estrecha mientras algunos gobiernos, como el español, presionan para suavizar la aplicación de las nuevas reglas.
La eurozona camina hacia un escenario de dos velocidades: economías como Alemania o Italia, atrapadas entre la reconversión de su industria, el envejecimiento demográfico y la dependencia energética, frente a otras —España, Irlanda, algunas nórdicas— que combinan servicios dinámicos, turismo y llegada de inversión tecnológica. Esta divergencia complica el trabajo del BCE y dificulta consensos sobre política fiscal común.
Para Madrid, el reto es mayúsculo: ser locomotora implica también mayor responsabilidad en debates sobre unión bancaria, mercado único de capitales o nueva gobernanza fiscal. La tentación de utilizar el buen dato solo como munición interna es comprensible; desperdiciarlo como palanca de influencia europea sería un error estratégico.
En ese punto, Estados Unidos y España comparten más de lo que parece: ambos se benefician hoy de la ola tecnológica y del tirón del consumo, pero ambos afrontan el mismo examen de fondo que el FMI repite informe tras informe: convertir el rebote en crecimiento sostenible antes de que la próxima crisis dicte sus propias reglas.
