Groenlandia ha respondido con un gélido «no, gracias» al último intento de Donald Trump por extender la soberanía estadounidense sobre el Ártico. El primer ministro de la isla, Jens-Frederik Nielsen, ha rechazado de forma tajante el envío de un buque hospital que la Casa Blanca pretendía desplegar en colaboración con el gobernador de Luisiana, Jeff Landry. Nielsen no solo ha declinado la oferta, sino que ha aprovechado la ocasión para lanzar un dardo envenenado contra el sistema de salud de los Estados Unidos, calificándolo de caro e inaccesible en comparación con el modelo universal y gratuito del que gozan los groenlandeses. Este hecho revela un fracaso estrepitoso de la «diplomacia de la bata blanca» de Trump, quien intentaba justificar su intervención alegando un abandono sanitario que los datos y las autoridades locales desmienten por completo.
El portazo diplomático de Nuuk
La respuesta del Gobierno de Groenlandia ha sido tan fulminante como inesperada para los estrategas de Washington. A través de un mensaje público, el primer ministro Nielsen ha desmontado la narrativa de la Casa Blanca con una contundencia poco habitual en los círculos diplomáticos. «Disponemos de un sistema de salud gratuito y disponible para todos», ha recordado el mandatario, subrayando que esta realidad contrasta con la de Estados Unidos, donde la atención médica es prohibitiva para gran parte de la población. Este diagnóstico resulta demoledor para Trump, quien pretendía presentarse como el salvador de una población supuestamente desatendida por el Reino de Dinamarca.
El rechazo de Nielsen no es solo una cuestión de gestión sanitaria; es una defensa cerrada de la soberanía. Para Nuuk, la llegada de un buque hospital bajo bandera estadounidense, equipado con tecnología militar y financiado por el estado de Luisiana, representaba un «caballo de Troya» geopolítico. El hecho de que Groenlandia se haya negado incluso a entablar una negociación sobre el despliegue revela que la confianza en las intenciones de la administración Trump es nula. La consecuencia es clara: el Ártico no se compra ni se conquista mediante gestos de caridad forzosa, y Washington ha subestimado la capacidad de resistencia institucional de una isla que ya frenó las ambiciones de compra de Trump en 2019.
Sanidad pública vs. el modelo de Luisiana
El contraste entre ambos modelos sanitarios ha sido el eje sobre el cual Nielsen ha pivotado su negativa. Groenlandia, integrada en el sistema de bienestar nórdico, garantiza cobertura total a sus 56.000 habitantes, financiada mediante una transferencia anual de Dinamarca que supera los 500 millones de euros. En el lado opuesto, el plan de Trump y el gobernador Jeff Landry pretendía exportar un modelo privado y costoso que resulta ajeno a la idiosincrasia de la isla. El diagnóstico del primer ministro groenlandés es inequívoco: el problema de la sanidad no está en Nuuk, sino en las facturas impagables que asfixian a las familias en suelo estadounidense.
Este hecho revela una asimetría de valores profunda. Mientras Washington ve en la salud una oportunidad para proyectar poder blando, Groenlandia la percibe como un pilar innegociable de su identidad social. La mención explícita de Nielsen al coste de la vida en EE. UU. supone una humillación pública para Trump, quien apenas unas horas antes presumía en sus redes sociales de una misión humanitaria sin precedentes. La realidad, sin embargo, es que el envío del buque hospital tenía un coste operativo estimado en 2,4 millones de dólares diarios, un capital que Nuuk prefiere no aceptar para evitar una dependencia estratégica que condicionaría su futuro acceso a los recursos naturales del subsuelo.
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El origen de la maniobra: el pacto de Davos
Para entender la agresividad de esta oferta humanitaria hay que remontarse al reciente Foro Económico Mundial en Davos. Trump aseguró haber alcanzado un acuerdo con el secretario general de la OTAN para fortalecer la presencia aliada en el Ártico, un paso previo a su obsesión por controlar las tierras raras y las nuevas rutas comerciales que el deshielo está abriendo. El buque hospital era, en teoría, la fase de «preparación del terreno» para una base logística permanente. Sin embargo, la maniobra ha pecado de falta de sofisticación: intentar convencer a un país con sanidad universal de que necesita médicos estadounidenses es ignorar la realidad económica más elemental de la región.
Lo más grave para la diplomacia estadounidense es la sensación de improvisación que proyecta esta crisis. Al aliarse con un gobernador estatal como Jeff Landry para una misión internacional, Trump ha puenteado los canales habituales del Departamento de Estado, generando un ruido ensordecedor que ha alertado a Dinamarca y a la Unión Europea. La consecuencia es que Groenlandia ha levantado un muro diplomático preventivo. El diagnóstico es que la administración Trump sigue tratando a los aliados como activos inmobiliarios sujetos a una oferta y demanda que, en el caso del Ártico, simplemente no existe bajo los términos de Washington.
El Ártico: una partida de ajedrez sobre el hielo
Groenlandia no es solo una isla; es el epicentro de una lucha por el control de recursos estratégicos valorados en billones de dólares. Posee las mayores reservas de uranio y tierras raras fuera de China, elementos críticos para la industria tecnológica y de defensa. Trump lo sabe, y su interés por el «bienestar» de los groenlandeses está directamente vinculado a la necesidad de asegurar estos yacimientos frente a la creciente influencia de Pekín. Este hecho revela que el buque hospital era una herramienta de prospección política, diseñada para crear una élite local favorable a los intereses de Washington.
Sin embargo, el portazo de Nielsen ha reforzado la posición de Dinamarca y de la Unión Europea en la zona. Al alinearse con los valores del sistema público europeo, Groenlandia envía un mensaje nítido a la Casa Blanca: su lealtad no está a la venta por un cargamento de suministros médicos. La consecuencia para EE. UU. es una pérdida de influencia en el Consejo Ártico, donde países como Rusia ya han empezado a explotar el rechazo groenlandés para presentar a Washington como una potencia colonialista e impositiva. El diagnóstico es preocupante para la seguridad nacional estadounidense: su principal aliado en el flanco norte se ha sentido insultado por una oferta que consideraba «necesitada» a una sociedad que presume de sus servicios sociales.
Los datos que Trump prefirió ignorar
El fracaso de la oferta también reside en una lectura errónea de las estadísticas. Aunque Groenlandia enfrenta retos logísticos por la dispersión de sus asentamientos, sus indicadores de salud pública son estables y su esperanza de vida ha crecido de forma constante en la última década. En contraste, Estados Unidos registra una de las tasas de mortalidad materna y coste por paciente más altas del mundo desarrollado. Este hecho revela que la administración Trump no realizó una auditoría de necesidades reales antes de lanzar su propuesta, fiándolo todo al impacto mediático de una imagen generada por inteligencia artificial en Truth Social.
«Es un 'no, gracias'», sentenció Nielsen, cerrando una puerta que Trump creía haber abierto en Davos. La consecuencia económica de este rechazo es que los fondos destinados a la «Operación Groenlandia» —que se estimaban en más de 360 millones de dólares para el primer semestre de 2026— quedarán bloqueados o deberán ser reasignados, posiblemente a la fortificación de la frontera sur o a la modernización de la base aérea de Thule. El diagnóstico de los analistas es que Trump ha gastado una bala diplomática en un objetivo que ha resultado ser mucho más resiliente de lo que su retórica de negocios le permitía ver.
¿Represalias comerciales?
La historia reciente demuestra que Donald Trump no acepta el rechazo con facilidad. El escenario más probable es un enfriamiento de las relaciones bilaterales y la posible imposición de aranceles o trabas comerciales a los productos groenlandeses, especialmente en el sector pesquero, que representa el 90% de sus exportaciones. Nuuk se enfrenta así al riesgo de una asfixia económica como castigo por su osadía soberanista. Este hecho revela la vulnerabilidad de las pequeñas economías frente al unilateralismo de las grandes potencias.
No obstante, Groenlandia cuenta con el respaldo de Bruselas y Copenhague. La respuesta de Nielsen ha sido aplaudida en los pasillos de la Comisión Europea, que ve en la resistencia de la isla un ejemplo de cómo defender el modelo social europeo frente a la presión exterior. La consecuencia final es que el Ártico se ha convertido en un escenario de confrontación ideológica donde la sanidad es el campo de batalla. El diagnóstico final es que Trump ha subestimado la dignidad de un pueblo que prefiere sus propios problemas sanitarios a las soluciones impuestas por una potencia que ni siquiera es capaz de garantizar la salud a sus propios ciudadanos.