Trump sopesa una ofensiva mientras Europa se enfrenta a nuevas sanciones a Rusia y a una batería de datos clave de inflación y resultados empresariales

Los mercados contienen la respiración ante un posible ataque a Irán

La semana arranca con un riesgo que los inversores conocen bien, pero que nunca termina de descontarse del todo: la posibilidad de un ataque militar de Estados Unidos contra Irán en las próximas horas. El aviso no llega de cualquier sitio, sino del exagente de la CIA y denunciante John Kiriakou, que asegura que Donald Trump baraja una operación el lunes o el martes. Casi al mismo tiempo, el portal Axios rebaja el tono y apunta a una posible vía de diálogo a finales de semana, reflejando la profunda división en la propia Administración. Mientras Washington decide, Europa libra su propia batalla: sacar adelante el 20º paquete de sanciones contra Rusia frente al veto anunciado de Hungría y las amenazas de Eslovaquia. Todo ello en vísperas del cuarto aniversario de la invasión de Ucrania y de una agenda macro cargada, con datos clave de inflación en la eurozona y resultados de gigantes como Nvidia, Salesforce, Dell y Stellantis.

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EPA/SHAHZAIB AKBER

Un aviso de ataque que sacude los mercados

El elemento que más inquieta a los mercados es la afirmación de Kiriakou de que Trump estaría dispuesto a lanzar una operación militar sobre Irán entre el lunes y el martes. El exagente asegura que en la Casa Blanca se habla ya de un “ataque quirúrgico” destinado a destruir capacidades militares iraníes y enviar un mensaje disuasorio a Teherán. Si bien no hay confirmación oficial, el simple rumor de un ataque inminente es suficiente para tensionar el crudo, el oro y los activos refugio.

En los mercados de materias primas, los operadores trabajan con escenarios en los que el Brent podría escalar de forma abrupta por encima de los 90 dólares por barril, si se percibe que el conflicto amenaza al estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de un 20% del petróleo mundial transportado por mar. El recuerdo de episodios como el asesinato del general Soleimani en 2020, con subidas inmediatas de doble dígito en el crudo, actúa como referencia. La consecuencia es clara: cualquier confirmación —o desmentido rotundo— por parte de Washington tendrá un impacto casi instantáneo en las pantallas.

Una Casa Blanca partida en dos

El propio relato de fuentes cercanas a la Administración apunta a un Ejecutivo fracturado. Según las informaciones que han trascendido, el vicepresidente JD Vance y la directora de Inteligencia Nacional Tulsi Gabbard se opondrían a una operación militar abierta, alertando de un escenario de escalada regional difícil de controlar. Frente a ellos, el secretario de Estado Marco Rubio encabezaría el bloque más proclive a una demostración de fuerza contra Teherán.

Este hecho revela una fractura estratégica: por un lado, quienes consideran que la disuasión solo funciona si se acompaña de acciones contundentes; por otro, quienes recuerdan el coste en vidas, recursos y estabilidad regional de las guerras de Oriente Medio de las últimas dos décadas. “Abrir un nuevo frente ahora sería un error estratégico de primer orden”, habría transmitido el ala más prudente, según fuentes consultadas por medios estadounidenses. El diagnóstico es inequívoco: la forma en que se resuelva este pulso interno será determinante para calibrar el rumbo de la política exterior de Washington en los próximos meses.

El tablero europeo: sanciones, vetos y energía

Al otro lado del Atlántico, la Unión Europea se prepara para intentar aprobar el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia el lunes. Sobre la mesa estarían nuevas restricciones a la tecnología de doble uso, al sector financiero y a determinadas exportaciones industriales, que podrían afectar, según estimaciones de Bruselas, a flujos comerciales por valor de unos 15.000 millones de euros. Sin embargo, Budapest ya ha anunciado su intención de vetar el paquete.

El ministro de Exteriores húngaro, Peter Szijjarto, ha dejado claro que Hungría no se moverá mientras Ucrania mantenga el corte del suministro de crudo a través del oleoducto Druzhba, del que depende buena parte de la industria del país. El contraste con otras capitales europeas, mucho más alineadas con Kiev, resulta demoledor: la UE pretende proyectar unidad frente a Moscú, pero uno de sus socios más vulnerables en materia energética se sirve de su poder de veto para forzar concesiones. “Mientras no se garantice el flujo de petróleo, no apoyaremos nuevas sanciones”, ha reiterado Szijjarto. La consecuencia inmediata es una mayor incertidumbre regulatoria para las empresas europeas con exposición a Rusia y Ucrania.

Cuatro años de guerra en Ucrania

El próximo 24 de febrero se cumplen cuatro años desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, un aniversario cargado de simbolismo político y emocional en el continente. Lejos de estabilizarse, el conflicto sigue generando nuevas tensiones en el frente energético. El corte del crudo a través del Druzhba no solo afecta a Hungría: Eslovaquia, otro país altamente dependiente, ha reaccionado con dureza.

El primer ministro Robert Fico ha amenazado con suspender el suministro de electricidad de emergencia a Ucrania si no se revierte la situación. “Si se corta el petróleo, se cortará la ayuda energética”, habría trasladado a Kiev en un mensaje que expone la fatiga de algunos socios europeos tras años de apoyo material y financiero. Este pulso intraeuropeo abre un flanco delicado: mientras Bruselas insiste en la necesidad de mantener la presión sobre Moscú, parte de Europa central exige compensaciones claras para seguir en la primera línea del esfuerzo. El diagnóstico es claro: la guerra ha dejado de ser solo un conflicto militar para transformarse en una prueba de resistencia económica y política para la UE.

El impacto potencial en petróleo, gas y divisas

Una escalada simultánea en Oriente Medio y en el frente ruso-ucraniano sería el escenario más temido por los mercados energéticos. Un ataque estadounidense a Irán con respuesta de Teherán podría traducirse en ataques a infraestructuras petroleras regionales o en un cierre parcial del estrecho de Ormuz. En ese caso, los analistas no descartan picos por encima de los 100 dólares por barril, al menos de forma temporal, con consecuencias directas sobre la inflación global.

Para Europa, que todavía arrastra el shock energético de 2022, el riesgo es doble. Un repunte del petróleo encarecería los combustibles y el transporte, mientras el gas natural podría reaccionar al alza ante el temor a interrupciones adicionales de suministro desde Rusia o a una mayor competencia por cargamentos de gas natural licuado (GNL). En el mercado de divisas, un episodio de fuerte aversión al riesgo reforzaría previsiblemente al dólar frente al euro y a las divisas emergentes, encareciendo la financiación externa de muchos países. La consecuencia es evidente: la geopolítica vuelve a amenazar con reabrir un ciclo de inflación importada justo cuando los bancos centrales intentan vislumbrar el final de las subidas de tipos.

Una semana cargada de datos macro

Mientras los operadores miran los radares geopolíticos, la agenda de datos macro de la semana no da tregua. El lunes se publican la inflación de Italia y el índice de precios a la producción (PPI) de Suiza, referencias clave para calibrar la trayectoria de los precios en dos economías muy diferentes, pero relevantes para el conjunto de la eurozona. El consenso de los analistas sitúa la inflación italiana ligeramente por debajo del 2% interanual, lo que reforzaría el relato de una normalización gradual, mientras que para el PPI suizo se espera un retroceso cercano al -1,5%, reflejo de la presión a la baja sobre los precios industriales.

En Estados Unidos, la atención se centrará en el House Price Index, la confianza del consumidor y las solicitudes de hipotecas, tres termómetros fundamentales para medir la salud del mercado inmobiliario y del consumo privado. Cualquier señal de enfriamiento abrupto podría reactivar el debate sobre la rapidez y profundidad de futuras bajadas de tipos por parte de la Reserva Federal. En la eurozona, la publicación de la inflación agregada y de indicadores como el PIB alemán y el clima de consumo en Alemania completarán el cuadro. Lo más relevante, para los mercados, será comprobar si la narrativa de “aterrizaje suave” sigue en pie o empieza a resquebrajarse.

Resultados empresariales bajo la lupa

En paralelo, varias grandes corporaciones tecnológicas e industriales presentarán resultados de su cuarto trimestre fiscal, poniendo a prueba las valoraciones de un mercado que ya descuenta un escenario relativamente benigno. En el foco se sitúa Nvidia, convertida en el gran símbolo de la fiebre por la inteligencia artificial. La compañía se enfrenta a la tarea de justificar una revalorización bursátil superior al 150% en los últimos doce meses, con inversores extremadamente sensibles a cualquier indicio de desaceleración en la demanda de chips de alto rendimiento.

Junto a Nvidia, empresas como Salesforce, Dell o Stellantis ofrecerán también una fotografía detallada de sectores clave: software empresarial, hardware y automoción. En todos los casos, los analistas mirarán más allá del beneficio por acción y el crecimiento de ingresos, poniendo el foco en las guías para 2026, las inversiones en capex y las referencias al impacto de la debilidad económica europea o de las tensiones comerciales. El contraste con trimestres anteriores será determinante: si las compañías empiezan a recortar previsiones, el relato del mercado podría virar desde el optimismo moderado hacia un tono mucho más prudente.

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