María Corina proclama la “hora de la libertad” mientras Venezuela busca sustituto para Maduro

La líder opositora celebra la caída del régimen, reivindica el papel de Estados Unidos y asegura que la oposición “está preparada para tomar el poder” en un país devastado

María Corina Machado anunciando el fin del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, con fondo de la bandera venezolana.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
María Corina Machado anunciando el fin del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela

Venezuela ha amanecido con un mensaje de fuerte carga política. María Corina Machado, figura central de la oposición, ha proclamado que “ha llegado la hora de la libertad” tras la caída de Nicolás Maduro, capturado en una operación militar estadounidense que, según Washington, permitirá que el exmandatario “sea juzgado” por sus crímenes. El anuncio llega después de años de crisis económica, social e institucional, con un país que ha perdido más del 70% de su PIB en una década y ha visto emigrar a más de 7 millones de ciudadanos.

Machado sostiene que la promesa de Estados Unidos de hacer valer la justicia internacional se ha cumplido y que el ciclo de impunidad que marcó al chavismo entra en su fase final. A la vez, lanza un mensaje directo: la oposición está “lista para tomar el poder” y encabezar una transición que se anuncia compleja, tanto por las heridas internas como por la dimensión geopolítica del cambio.

El desafío es monumental: traducir el fin del régimen en un proceso ordenado de reconstrucción económica, institucional y social que restaure la confianza de una población golpeada por más de dos décadas de crisis.

Un amanecer sin Maduro y con un nuevo tono en la oposición

La captura de Nicolás Maduro ha modificado en pocas horas el paisaje político venezolano. Lo que durante años pareció un horizonte lejano —la salida del poder del sucesor de Hugo Chávez— se ha materializado con una rapidez inusual, mediante una operación militar externa que deja al país sin su figura central de mando.

En ese vacío simbólico, la voz de María Corina Machado ha emergido con un mensaje contundente: “ha llegado la hora de la libertad”. La frase, pronunciada en un momento de máxima incertidumbre, pretende marcar un punto de inflexión y transmitir la idea de que existe un relevo preparado para encabezar la transición.

Machado ya era una de las líderes opositoras con mayor proyección internacional, tras años de denuncias sobre violaciones de derechos humanos, irregularidades electorales y corrupción. Su intervención de hoy, sin embargo, va un paso más allá: no sólo interpela al régimen caído, sino que se dirige a los aliados externos que han presionado por cambios, a la comunidad internacional que observa el proceso y, sobre todo, a una ciudadanía que combina esperanza y escepticismo tras experiencias fracasadas de diálogo.

“Hora de la libertad”: del discurso a la promesa de asumir el poder

El centro del mensaje de Machado se condensa en dos ideas: fin de la impunidad y preparación para gobernar. Al afirmar que la justicia internacional es ya una realidad “en marcha”, la dirigente insiste en que los presuntos crímenes cometidos durante años de mandato no quedarán sin respuesta, y que el tiempo de “mirar hacia otro lado” ha terminado.

Pero su declaración más significativa es otra: “estamos preparados para tomar el poder”. Con ella, Machado se sitúa explícitamente como alternativa de gobierno, alejándose de la mera denuncia y reivindicando una capacidad de gestión que deberá demostrar en un entorno extremadamente adverso.

La viabilidad de ese paso dependerá de varios factores:

  • La unidad real de las distintas facciones opositoras, tradicionalmente fragmentadas.

  • El grado de control efectivo del territorio e instituciones que pueda asumir la nueva dirigencia.

  • La actitud de las Fuerzas Armadas, actor clave tras más de 11 años de poder concentrado en torno a Maduro.

La transición no se juega sólo en el plano simbólico del discurso, sino en la gestión concreta del día después: servicios básicos, seguridad, administración y respuesta a una población exhausta.

La promesa cumplida de Washington y la justicia internacional

En su intervención, Machado subraya que Estados Unidos ha cumplido su promesa de hacer valer la ley frente a Maduro. Para la oposición, la captura del exmandatario y la perspectiva de que “sea juzgado” en territorio estadounidense o ante instancias internacionales supone un hito: la impunidad ya no es un escenario asumido como inevitable.

La referencia tiene doble fondo. Por un lado, reconoce el papel de Washington en la aplicación de sanciones personales y sectoriales, en la documentación de casos de corrupción y en la presión diplomática para aislar al régimen. Por otro, abre el debate sobre la judicialización internacional de la política venezolana: hasta dónde deben llegar los procesos penales, qué figuras se verán afectadas y cómo se compatibilizarán con eventuales mecanismos de justicia transicional, comisiones de verdad o amnistías parciales.

Para Machado, la línea es clara: la justicia no es sólo una demanda moral, sino un requisito para reconstruir la confianza. En este marco, los próximos meses serán determinantes para aclarar si el proceso se orienta hacia juicios ejemplares, esquemas mixtos de justicia y reconciliación o fórmulas que combinen responsabilidad penal con incentivos para facilitar la salida de actores clave del antiguo régimen.

Soberanía, influencia externa y el nuevo tablero geopolítico

El protagonismo de Estados Unidos en la caída de Maduro reaviva un debate sensible en la sociedad venezolana: la tensión entre soberanía y apoyo internacional. Mientras una parte de la población y de la oposición considera que sin presión externa no habría sido posible el desenlace actual, otros sectores recuerdan que la intervención de potencias extranjeras suele dejar huellas duraderas en la política interna.

La propia Machado reconoce la importancia del acompañamiento internacional, pero tendrá que lidiar con una narrativa que el chavismo explotó durante años: la de una Venezuela “asediada” por intereses foráneos. En el nuevo contexto, la tarea será demostrar que el apoyo de Washington y de otros actores no se traduce en tutela plena, sino en colaboración para estabilizar el país.

Al mismo tiempo, la caída de Maduro altera el equilibrio regional. Países que mantuvieron relaciones estrechas con Caracas —desde Cuba hasta Nicaragua o aliados extrahemisféricos— deberán recalibrar sus estrategias. El riesgo de que Venezuela se convierta en campo de disputa entre bloques hará imprescindible que el nuevo liderazgo aporte señales de independencia y pluralidad en su política exterior.

Un país “preparado para tomar el poder”, pero con instituciones erosionadas

El mensaje de Machado apunta a una oposición “preparada” para asumir responsabilidades de gobierno, pero la realidad sobre el terreno es la de un Estado debilitado. Tras años de concentración de poder, cooptación institucional y crisis económica, muchas estructuras formales existen más en el papel que en la práctica.

Los retos abarcan desde lo inmediato —garantizar electricidad, agua, combustible, transporte y seguridad— hasta lo estructural:

  • Reordenar un sistema institucional en el que tribunales, fiscalía y órganos de control han operado como extensiones del poder ejecutivo.

  • Revisar la situación de presos políticos, exiliados y medios de comunicación cerrados o asfixiados.

  • Reconstruir una administración pública que ha perdido capital humano por la emigración masiva y los bajos salarios.

“Tomar el poder” en estas condiciones no equivale sólo a ocupar cargos; implica reconstruir la funcionalidad mínima del Estado. La experiencia de otros países muestra que, sin una estrategia clara, el riesgo de que la frustración crezca rápidamente tras el entusiasmo inicial es elevado.

Las heridas económicas y sociales de la era Maduro

Cualquier proyecto de transición tendrá que partir de un diagnóstico crudo: en poco más de una década, Venezuela ha registrado una caída del PIB superior al 70%, episodios de hiperinflación con tasas anuales de cuatro dígitos y niveles de pobreza que algunos estudios sitúan por encima del 80% de la población en los peores años.

A ello se suma una crisis migratoria sin precedentes en la región: más de 7 millones de venezolanos han salido del país, presionando sistemas de salud, educación y empleo de países vecinos. Atraer de nuevo a parte de ese talento exigirá estabilidad, seguridad jurídica y oportunidades económicas reales.

En este contexto, las prioridades serán múltiples y urgentes:

  • Estabilizar la moneda y la política fiscal.

  • Recuperar la capacidad productiva del sector petrolero y diversificar la economía.

  • Reforzar programas sociales focalizados, tras años de deterioro de servicios públicos.

La agenda que dibuja Machado —libertad, justicia, reconstrucción— deberá traducirse en políticas concretas y creíbles, con apoyo de organismos multilaterales y de socios internacionales dispuestos a respaldar financieramente la transición.

Elecciones, legitimidad y garantías para el futuro

Otra de las claves del momento actual será la definición de un calendario electoral y de mecanismos de garantía para que las próximas votaciones sean percibidas como legítimas. La oposición ha denunciado durante años irregularidades sistemáticas, desde inhabilitaciones hasta uso de recursos públicos y control del árbitro electoral.

Machado tendrá que responder a cuestiones esenciales:

  • ¿Cuándo y cómo se celebrarán las primeras elecciones competitivas tras la caída de Maduro?

  • ¿Qué papel jugarán observadores internacionales y organizaciones de la sociedad civil?

  • ¿Cómo se integrará —o no— al chavismo residual en el nuevo esquema político?

La afirmación de que “ha llegado la hora de la libertad” debe ir acompañada de reglas claras de juego, capaces de evitar que el nuevo ciclo se convierta en una revancha o en una simple sustitución de élites sin cambios estructurales.

La mirada de la región y la prueba de la transición democrática

La comunidad internacional observa el proceso con atención. América Latina, marcada por ciclos de polarización y crisis de confianza en las instituciones, podría ver en Venezuela un caso test: si el país logra articular una transición ordenada, con justicia, elecciones y reconstrucción económica, podría convertirse en referencia positiva en una región acostumbrada a salidas traumáticas.

Por el contrario, si el vacío de poder, la ausencia de consensos o las tensiones entre aliados internos y externos se imponen, el riesgo es que Venezuela pase de ser símbolo de una crisis prolongada a convertirse en ejemplo de transición fallida, con nuevas oleadas migratorias y fragmentación política.

En esa encrucijada, el papel de líderes como María Corina Machado será decisivo, pero no exclusivo. El éxito o fracaso de esta etapa dependerá también de la capacidad de sumar actores diversos, de gestionar expectativas realistas y de evitar que el país quede atrapado de nuevo en un esquema de bloques irreconciliables.

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