Trump convierte Davos en un pulso global por Groenlandia
El Foro Económico Mundial de Davos, concebido para hablar de crecimiento, transición verde o inteligencia artificial, ha terminado girando casi en exclusiva alrededor de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos ha utilizado la cita para oficializar su nuevo “Board of Peace” para Gaza, colocar el futuro de Groenlandia en el centro de la agenda y tensar hasta el límite la relación con sus socios europeos. Sobre la mesa, no solo hay diplomacia: también la amenaza de aranceles escalonados de hasta el 25% a varios países de la Unión Europea y la congelación temporal del gran acuerdo comercial transatlántico. Mientras, los mercados observan cómo una relación económica de más de 1,6 billones de euros anuales entre ambas orillas del Atlántico entra en zona de riesgo.
Un Foro Económico eclipsado por la política de choque
El 56º Foro Económico Mundial, celebrado en Davos del 19 al 23 de enero, debía centrarse en cinco grandes ejes: cooperación en un mundo más fragmentado, nuevas fuentes de crecimiento y los retos de la innovación y la sostenibilidad. Sin embargo, la cumbre ha acabado convertida en el escenario de la diplomacia de choque de la Casa Blanca.
Trump ha dominado el relato desde su llegada, con agenda propia y mensajes medidos para generar titulares: desde la creación del Board of Peace hasta su reunión “muy buena” con el presidente ucraniano Volodímir Zelenski, pasando por negociaciones discretas con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, sobre el futuro de Groenlandia. La consecuencia es clara: lo que debía ser una cita para reconstruir confianza global se ha transformado en un escaparate del nuevo unilateralismo estadounidense.
Mientras otros líderes intentaban mantener el foco en la desaceleración económica, la inflación aún por encima del 2% en buena parte de las economías avanzadas y la transición energética, Trump ha impuesto un relato en el que Washington se reserva el papel de árbitro, inversor y, llegado el caso, sancionador. Davos confirma así que el foro ya no es solo un termómetro económico, sino también el escenario donde se ensayan las próximas crisis geopolíticas.
El ‘Board of Peace’: diplomacia paralela made in Trump
La gran novedad institucional de la semana en Davos ha sido el arranque formal del Board of Peace, un organismo impulsado y presidido de por vida por Trump, concebido inicialmente para gestionar la reconstrucción de Gaza bajo el paraguas de la resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU.
Sobre el papel, el Board of Peace nace con mandato para supervisar la administración transicional de la Franja, coordinar un fondo de reconstrucción de miles de millones de dólares y supervisar el despliegue de una fuerza internacional de estabilización. En la práctica, el diseño concentra el poder en la figura del presidente estadounidense, que se reserva la presidencia vitalicia y la capacidad de nombrar a su sucesor. El órgano incluye un director general, el diplomático búlgaro Nikolay Mladenov, y varias juntas ejecutivas centradas en diplomacia e inversión.
Las críticas no se han hecho esperar. Think tanks europeos y expertos en derecho internacional lo describen como un intento de erigir un “Consejo de Seguridad alternativo”, donde Trump tendría un veto de facto sin contrapesos multilaterales. Solo alrededor de una veintena de los más de 60 países invitados han aceptado por ahora sumarse al proyecto, con una presencia europea mínima, y parte de las capitales ven el Board como un mecanismo “pay to play” vinculado a aportaciones financieras y compromisos comerciales.
Groenlandia, la chispa de un nuevo conflicto comercial
Si Gaza es el escenario humanitario, Groenlandia se ha convertido en el detonante económico y geoestratégico. Washington presiona desde hace meses para redefinir el estatus de la isla —territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca—, vinculando acceso preferente a inversiones y seguridad en el Ártico a algún tipo de “nuevo marco” bajo influencia estadounidense.
En las semanas previas a Davos, Trump llegó a amenazar con imponer un arancel del 10% a partir de febrero y elevarlo hasta el 25% en junio a las importaciones procedentes de ocho países europeos —entre ellos Dinamarca, Francia, Alemania, Países Bajos y el Reino Unido— si no se aceptaba avanzar hacia ese acuerdo sobre Groenlandia. El mensaje en Davos ha sido inequívoco: “Washington recordará” quién coopere y quién no.
La magnitud del pulso es considerable. Solo el comercio de bienes entre la UE y Estados Unidos alcanzó en 2024 unos 867.000 millones de euros, y el de servicios se situó en torno a 817.000 millones, para un total que supera los 1,6 billones. Un escalado arancelario sobre una fracción relevante de ese flujo tendría efectos inmediatos sobre cadenas de suministro, inversión y crecimiento en ambos lados del Atlántico. De momento, la Casa Blanca ha anunciado una “pausa” en la aplicación de las nuevas tasas mientras se explora un marco de entendimiento con Copenhague, Londres, Bruselas y la OTAN.
Europa responde: ‘trade bazooka’, acuerdo congelado y gestos de ruptura
La respuesta europea combina contención pública y preparación silenciosa de represalias. La UE ha puesto sobre la mesa el uso de su Instrumento contra la Coerción (ACI), conocido ya como la “trade bazooka”, que permitiría restringir el acceso al mercado europeo o reactivar aranceles por valor de hasta 93.000 millones de euros frente a medidas consideradas coercitivas.
Al mismo tiempo, Bruselas ha optado por congelar temporalmente un paquete clave del acuerdo comercial con Estados Unidos, en vigor desde 2025, enviando una señal política clara sin cruzar aún el Rubicón de una guerra arancelaria abierta. El mensaje de fondo es que la UE está dispuesta a defender su autonomía estratégica, pero sin convertirse en la parte que dispara primero.
Los gestos también cuentan. En Davos, se filtró que la presidenta del BCE, Christine Lagarde, abandonó discretamente una cena a la que asistía el secretario de Comercio estadounidense, Howard Lutnick, después de que este reiterara sus críticas al “estancamiento” de la economía europea. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Europa intenta preservar el statu quo del comercio global, la Casa Blanca asume sin complejos que los aranceles son una herramienta central de poder. La consecuencia es clara: aumentan la prima de riesgo política y la desconfianza empresarial hacia el marco regulatorio transatlántico.
Ucrania y Gaza: paz a golpe de foto
Ni Ucrania ni Gaza han escapado a la lógica de espectáculo que Trump ha llevado a Davos. El presidente estadounidense ha difundido que su reunión con Volodímir Zelenski fue “muy buena” y que hay “buen espíritu para lograr algo” en el frente ucraniano. En paralelo, ha presentado el Board of Peace como la estructura llamada a “garantizar la paz” en Gaza durante los próximos años, con un calendario de 100 días para la segunda fase del acuerdo.
Sin embargo, buena parte de las capitales europeas recelan de una arquitectura en la que Trump acumula la presidencia vitalicia, controla la agenda y decide quién se sienta a la mesa. Solo un puñado de países de la UE se ha adherido por ahora, y voces influyentes en Bruselas dudan de la compatibilidad del Board con el marco jurídico de la ONU.
El riesgo de fondo es que la paz se convierta en un activo geopolítico transaccionable: apoyo al Board a cambio de acceso preferente al mercado estadounidense o de blindajes arancelarios. La instrumentalización de Ucrania —donde Kiev sigue dependiendo de la ayuda militar y financiera occidental— y de Gaza —convertida en laboratorio de una nueva gobernanza internacional— añade incertidumbre a unas economías ya lastradas por dos años de inflación elevada y endurecimiento monetario.
Los mercados leen el riesgo: inversión a la baja y prima política al alza
Los inversores han tomado nota del nuevo tono de Washington. Un informe reciente del Instituto Económico Alemán revela que la inversión alemana en Estados Unidos cayó un 45% en el primer año del segundo mandato de Trump, hasta algo más de 10.000 millones de euros, con un desplome especialmente acusado en automoción, maquinaria y química. Es el reflejo de una tendencia más amplia: el capital huye de jurisdicciones donde la política comercial se usa como arma táctica de corto plazo.
Al mismo tiempo, las exportaciones alemanas a EEUU se redujeron casi un 9% en el mismo periodo, el mayor descenso desde 2010 fuera de la pandemia. Para la industria europea, Davos confirma que el mercado estadounidense sigue siendo atractivo, pero claramente menos previsible. La amenaza de aranceles selectivos, ligados a decisiones políticas sobre Groenlandia o a la adhesión al Board of Peace, añade una prima de riesgo difícil de cuantificar pero muy real en las decisiones de inversión a 5 o 10 años.
Los analistas consultados por bancos de inversión comienzan a hablar de una “regionalización forzada” del comercio, en la que Europa diversifica hacia Asia y América Latina para reducir dependencia de un socio cada vez más volátil. Los datos de nuevos acuerdos con Mercosur, Indonesia, Japón o India apuntan ya en esa dirección.
Tres escenarios para la UE tras Davos
A corto plazo, Bruselas se enfrenta a tres escenarios. El primero, el más benigno, pasa por consolidar la pausa arancelaria anunciada por Washington, lograr un acuerdo político sobre Groenlandia que no altere su soberanía formal y reconducir el Board of Peace hacia un papel de coordinación técnica acotado a Gaza. En ese caso, el daño se limitaría a unas semanas de volatilidad y a un aumento moderado de la prima de riesgo.
El segundo escenario, más probable hoy, es el de una confrontación controlada: la Casa Blanca reactiva parcialmente aranceles a sectores simbólicos —por ejemplo, automoción o vino— mientras la UE responde con medidas equivalentes, apoyándose en el ACI y en la amenaza de reactivar los 93.000 millones de su paquete de represalias. El impacto sobre el PIB sería limitado pero persistente, con un efecto directo sobre exportaciones europeas que hoy superan los 530.000 millones de euros anuales hacia Estados Unidos.
El tercer escenario, el que más temen los mercados, es el de una guerra comercial abierta en plena desaceleración global. Con un comercio total de bienes y servicios entre la UE y Estados Unidos superior a 1,6 billones, cualquier escalada generalizada de aranceles tendría efectos en cadena sobre inflación, tipos de interés y empleo. Por ahora, la cautela de Berlín, París y Bruselas y la presión de las grandes multinacionales actúan como freno, pero el margen para el cálculo racional se reduce cuando la política exterior se decide a golpe de mensaje.
Lecciones de Davos: un orden económico más fragmentado
Lo ocurrido en Davos deja una conclusión incómoda para Europa: el orden económico internacional se fragmenta más rápido de lo que anticipaban los modelos de los bancos centrales y los ministerios de Economía. La combinación de guerras, sanciones y uso recurrente de los aranceles como arma de negociación está reescribiendo reglas elaboradas durante tres décadas de globalización.
Trump no ha inventado la política arancelaria, pero la ha llevado a un nuevo nivel, personalizándola y vinculándola a objetivos tan dispares como la compra de Groenlandia, la arquitectura de seguridad en el Ártico o la gobernanza de Gaza. En paralelo, el déficit comercial estructural de Estados Unidos alimenta la tentación de utilizar el comercio como válvula de presión sobre aliados y rivales, en un patrón que ya se vio en la guerra arancelaria con China a finales de la década de 2010.
Para la UE, la lección es doble. Por un lado, acelerar su agenda de autonomía estratégica abierta, reforzando instrumentos como el ACI y diversificando socios sin caer en el proteccionismo. Por otro, asumir que la cumbre de Davos ya no es el templo del consenso tecnocrático, sino un escenario donde se exhiben las tensiones de un mundo en bloques. En ese contexto, la capacidad europea para hablar con una sola voz y respaldarla con instrumentos económicos creíbles será la diferencia entre ser un actor o convertirse en un terreno de juego.



