Día de San Valentín: Trump y Bill Maher rompen tras cena incómoda en el Despacho Oval
La mañana de San Valentín, lejos de mensajes edulcorados, Donald Trump dedicó varios párrafos en su red social a lamentar el tiempo “perdido” con el cómico Bill Maher. El presidente reconstruyó una cena en el Despacho Oval en la que, según su versión, el presentador apareció nervioso, pidió un vodka tonic “a los pocos segundos” y confesó estar “asustado”. Aquel encuentro, que Maher describió después en su programa como “cordial” y con un Trump “medido”, se ha transformado ahora en un nuevo capítulo de la larga relación de amor-odio entre el poder político y los late night.
Trump asegura que fue “un total desperdicio de tiempo” haber invitado a Maher a la Casa Blanca y le acusa de volver a la crítica feroz en cuanto se apagaron los focos. Para el presidente, el cómico no es más que otro rostro de un ecosistema mediático al que suele englobar junto a Jimmy Kimmel, Jimmy Fallon o Stephen Colbert, solo que “ligeramente más talentoso”, según escribió.
El episodio, menor en apariencia, ilustra cómo la política estadounidense se libra ya tanto en el hemiciclo como en la franja nocturna de la televisión y cómo las relaciones personales entre líderes y presentadores pueden convertirse en munición pública años después.
Un San Valentín de ajuste de cuentas personales
El mensaje de Trump llegó a primera hora del 14 de febrero, en un tono más propio de una columna de memorias que de un comunicado institucional. “A veces en la vida pierdes el tiempo”, arrancó, antes de relatar cómo un amigo común le trasladó el deseo de Maher de cenar con él. El presidente aceptó, y el encuentro se celebró en el Despacho Oval, un escenario que añade carga simbólica a cualquier historia que lo mencione.
Trump describe a Maher como “extremadamente nervioso” y “con cero confianza en sí mismo”, hasta el punto de pedir una copa en cuestión de segundos. “Me dijo: ‘Nunca me he sentido así, estoy asustado’. En cierto modo resultó entrañable”, recuerda el presidente. La escena, tal y como él la presenta, mezcla vulnerabilidad personal y poder institucional: un cómico que ha construido su carrera criticando a políticos frente al político que, en ese momento, concentra más poder en el país.
Que este relato se haga público años después y en un contexto distinto, con una audiencia de decenas de millones de seguidores, muestra cómo Trump utiliza su propia biografía como materia prima política, seleccionando episodios y releyéndolos a la luz de la confrontación actual con los medios.
La cena en el Despacho Oval que se torció después
Tras aquella reunión, el propio Maher contó en su programa de HBO que Trump había sido “amable” y “medido”, un retrato que contrastaba con la imagen pública más agresiva que suele proyectar el presidente. Durante un breve periodo, el gesto se interpretó como un intento de rebajar la tensión entre la Casa Blanca y los late night, convertidos en tribunas habituales de crítica diaria.
Sin embargo, esa tregua resultó efímera. Con el paso de los meses, Maher volvió a sus monólogos habituales, con bromas y comentarios críticos sobre la gestión del presidente, encuadrados en el formato satírico que le caracteriza desde hace más de 20 temporadas. Para Trump, esa vuelta a la normalidad televisiva se traduce en “ingratitud”: en su mensaje de San Valentín acusa al presentador de lanzar “afirmaciones de fake news” pese a haber sido invitado a la Casa Blanca.
La conclusión del presidente es tajante: “En cualquier caso, fue una pérdida total de tiempo tener a este tipo en la Casa Blanca”. La frase funciona como cierre de episodio, pero también como advertencia a futuros interlocutores mediáticos: el capital simbólico de una invitación al Despacho Oval no garantiza una relación duradera ni blindada frente a la crítica.
Maher, Trump y la lógica del ‘enemigo útil’
Más allá del intercambio personal, el episodio encaja en un patrón que se repite desde la entrada de Trump en política: la figura del “enemigo útil”. El presidente suele dedicar espacio y tiempo a comentar a periodistas, presentadores y humoristas concretos, contribuyendo a elevar el perfil de aquellos a quienes critica. Su mensaje lo refleja al afirmar, eso sí, que las audiencias de Maher son “tan bajas que nadie conocerá sus declaraciones”.
Para Maher, y para otros presentadores, el propio Trump opera como combustible narrativo. Monólogos, secciones y segmentos especiales giran en torno a sus decisiones, sus frases y, en ocasiones, sus publicaciones en redes. El resultado es una relación interdependiente: la política proporciona materia prima humorística y la sátira amplifica —para bien o para mal— la imagen del político.
En este juego de espejos, una cena privada se convierte en un episodio más de una serie de larga duración. Trump recuerda al detalle la supuesta confesión de miedo de Maher; el presentador, por su parte, optó en su momento por subrayar la cortesía del encuentro. Ambas versiones conviven y alimentan la narrativa de dos personajes que se necesitan tanto como se cuestionan.
Redes sociales y televisión: dos escenarios de la misma batalla
El relato de Trump se difundió a través de su propia plataforma, un canal donde acumula decenas de millones de seguidores y desde el que marca el ritmo de la conversación política y mediática. En cuestión de horas, su mensaje fue replicado en medios digitales, tertulias y redes, alcanzando una audiencia potencial que se cifra fácilmente en decenas de millones de impactos.
Maher, por su parte, cuenta con una base de espectadores inferior pero muy fidelizada, que cada semana consume su programa y sus clips recortados para plataformas de vídeo y redes sociales. El propio presidente se refiere a sus “bajos índices de audiencia” como forma de relativizar el impacto de sus críticas. Pero, en la práctica, ambos operan en un ecosistema fragmentado donde el poder ya no se mide solo en “share” televisivo, sino también en reproducciones, recortes virales y menciones en otras cadenas.
La combinación de estos factores convierte cada declaración cruzada en un bucle de amplificación: un mensaje en una red social se convierte en contenido de tertulia, que a su vez alimenta nuevos monólogos nocturnos, que vuelven a la red en forma de clips. En ese circuito, la frontera entre comunicación política y entretenimiento es cada vez más difusa.
Los ‘late night’ como actores políticos de facto
El desencuentro entre Trump y Maher no es un fenómeno aislado. Presentadores como Jimmy Kimmel, Jimmy Fallon o Stephen Colbert han incorporado la política a su contenido de forma mucho más intensa desde 2016, con bloques enteros dedicados a analizar, parodiar o cuestionar decisiones presidenciales. El propio Trump los cita en su mensaje, colocándolos en la misma categoría crítica que Maher.
Estos programas, con audiencias que pueden rondar entre 1,5 y 3 millones de espectadores en su emisión lineal y sumar varios millones más en plataformas digitales, se han convertido en una especie de editoriales audiovisuales nocturnos. Su tono, más desenfadado que el de un noticiario, no impide que muchas de sus piezas funcionen como comentarios políticos de fondo, especialmente entre audiencias jóvenes urbanas.
Que un presidente dedique bloques completos de sus publicaciones a valorar la personalidad y el talento de estos presentadores muestra hasta qué punto han pasado de ser meros humoristas a ser percibidos como actores influyentes en la formación de opinión. Y, a la inversa, ilustra cómo ellos asumen ese papel con naturalidad, integrando entrevistas a candidatos, análisis de encuestas y debates sobre temas de fondo junto a los chistes.
Qué dice este episodio sobre la política estadounidense actual
En el fondo, el intercambio entre Trump y Maher es un reflejo más de la personalización extrema de la política estadounidense. Los debates sobre impuestos, sanidad o inmigración conviven con historias sobre cenas, conversaciones privadas y apreciaciones personales sobre la valentía o el talento de personajes públicos.
Este tipo de episodios puede parecer menor, pero ayuda a entender cómo se consolidan ciertas percepciones: el presidente como figura central que no olvida agravios; los presentadores como comentaristas que cruzan sin reparos del chiste a la crítica política; las redes sociales como archivo vivo de anécdotas que resurgen cuando conviene.
A pocos meses de nuevas citas electorales, resulta difícil pensar que esta historia concreta vaya a mover votos. Pero sí contribuye a un clima: una política entendida como serie de episodios, con protagonistas recurrentes y tramas que se entrelazan entre instituciones y platós. En esa narrativa, una cena de San Valentín en el Despacho Oval puede acabar pesando menos por lo que se dijo entonces que por cómo se cuenta, años después, ante millones de personas.
