Trump pone a prueba la advertencia de guerra regional de Khamenei

La Casa Blanca combina demostración de fuerza en Oriente Medio con contactos discretos para reactivar un acuerdo nuclear con Irán
Donald Trump
Donald Trump

Donald Trump ha vuelto a recurrir a su fórmula preferida en política exterior: máxima presión pública y negociación en la sombra. El presidente de Estados Unidos respondió con desdén a la advertencia del líder supremo iraní, Ali Jamenei, sobre el riesgo de una guerra regional, recordando que Washington tiene “los barcos más grandes y poderosos del mundo” desplegados en la zona. Pero, casi en la misma frase, abrió la puerta a un pacto nuclear si Teherán acepta sentarse a la mesa.
El mensaje encierra una doble apuesta: mostrar determinación ante sus bases y ante los aliados, mientras explora discretamente una vía de desescalada que evite una conflagración que podría incendiar todo Oriente Medio.
En paralelo, la Casa Blanca ha activado a una tríada de mediadores —Egipto, Turquía y Catar— para organizar un posible encuentro entre enviados estadounidenses y funcionarios iraníes en Ankara en cuestión de días.
La pregunta que se abre es clara: ¿estamos ante otro episodio de retórica inflamatoria o frente al primer paso real hacia un compromiso incómodo que redefina el tablero nuclear en la región?

Un mensaje calculado: fuerza militar y puerta entreabierta

Las palabras de Trump resumen su estilo de negociación: “Why wouldn’t he say that? Of course he is going to say that. We have the biggest, most powerful ships in the world over there, very close”. La frase funciona a la vez como desdén y advertencia. Minimiza la amenaza verbal de Jamenei, pero subraya que el despliegue estadounidense en la región no es simbólico.

En los últimos años, Estados Unidos ha llegado a concentrar hasta dos grupos de portaaviones y una veintena de buques de apoyo en aguas cercanas al golfo Pérsico cuando la tensión ha escalado. La mención directa a “los barcos más poderosos” busca recordar que cualquier ataque indirecto contra intereses estadounidenses —ya sea a través de milicias en Irak, Siria o Yemen— podría desencadenar una respuesta de una escala que Teherán no puede igualar.

Sin embargo, la parte más significativa del mensaje está en lo que viene después: Trump admite que espera “llegar a un acuerdo sobre el programa nuclear” y enlaza la advertencia con una frase que condensa toda la lógica de la disuasión: “If we don’t make a deal, we’ll find out whether or not he was right”. Es decir, el propio presidente reconoce que la alternativa a un pacto no es el statu quo, sino el riesgo real de que la advertencia iraní sobre una guerra regional se materialice.

La advertencia de Jamenei y el riesgo de un incendio regional

Cuando Ali Jamenei habla de “conflicto regional”, no se refiere a un choque clásico entre Estados, sino a la activación de una red de aliados y milicias alineadas con Teherán desde el Mediterráneo hasta el golfo de Adén. Un enfrentamiento abierto entre Washington e Irán podría traducirse, en cuestión de días, en ataques coordinados contra bases estadounidenses, infraestructuras energéticas y rutas marítimas estratégicas.

El precedente más reciente está en las escaladas de 2019 y 2020, cuando ataques contra petroleros y drones derribados elevaron el riesgo percibido por los mercados. Entonces, el estrecho de Ormuz —por donde pasa cerca del 20 % del petróleo transportado por mar a nivel mundial— se convirtió en un termómetro instantáneo del miedo a una interrupción del suministro.

Hoy la ecuación es aún más frágil. Una chispa mal calculada podría comprometer exportaciones clave de Arabia Saudí, Emiratos o Irak y disparar el precio del crudo por encima de los 100 dólares por barril en cuestión de semanas. La advertencia de Jamenei funciona, por tanto, como una presión dirigida no solo a Washington, sino a los socios europeos y asiáticos que dependen de la estabilidad energética del Golfo.

Desde la perspectiva iraní, amenazar con un incendio regional es una manera de elevar el coste político de cualquier acción militar estadounidense, involucrando de facto a terceros que, hasta ahora, intentan contener la tensión y salvar algún tipo de marco negociado.

La diplomacia en la sombra: El Cairo, Ankara y Doha

Mientras el ruido retórico se amplifica, la maquinaria diplomática trabaja en otro plano. Según fuentes conocedoras de los contactos, la administración Trump ha trasladado a Teherán, a través de intermediarios, que está dispuesta a “reunirse y negociar” un acuerdo nuclear revisado. El diseño de ese canal es revelador: Egipto, Turquía y Catar actúan como triángulo de mediación con intereses diversos, pero convergentes en un punto esencial: evitar un estallido que desestabilice la región.

Egipto aporta su condición de socio preferente de Washington y actor tradicional en la arquitectura de seguridad árabe. Turquía, con su posición geográfica y su relación ambivalente con la OTAN y con Irán, ofrece un terreno de encuentro aceptable para ambas partes. Catar, por su parte, se ha consolidado como mediador hiperactivo, capaz de hablar tanto con altos cargos estadounidenses como con representantes de Teherán y de grupos armados en la región.

El objetivo a corto plazo es organizar en Ankara una reunión entre el enviado especial estadounidense para Oriente Medio y funcionarios iraníes de alto nivel. Si se celebra, será el primer contacto estructurado en meses, un paso que, sin embargo, no garantiza resultados. La experiencia de la última década demuestra que los plazos de la diplomacia con Irán se cuentan en años, mientras que las crisis militares se disparan en cuestión de días. Ahí reside la verdadera asimetría del momento actual.

Lecciones del pasado: el fantasma del acuerdo nuclear de 2015

Cualquier intento de recomponer un marco nuclear con Irán está inevitablemente marcado por el fantasma del JCPOA, el acuerdo firmado en 2015 y abandonado unilateralmente por Estados Unidos en 2018. Aquella ruptura no solo reactivó el programa nuclear iraní, sino que deterioró el crédito de Washington como interlocutor fiable ante Teherán y ante muchos socios europeos.

Desde entonces, Irán ha incrementado sus niveles de enriquecimiento de uranio y reducido el acceso de los inspectores internacionales, acercándose a lo que los expertos describen como “tiempo de ruptura” de pocos meses para poder fabricar material fisible suficiente para un arma nuclear, si tomara la decisión política de hacerlo. La ventana para detener esa carrera sin recurrir a la fuerza se ha estrechado dramáticamente.

Trump intenta ahora reciclar su imagen de negociador duro pero capaz de cerrar acuerdos inesperados, como hizo con Corea del Norte en los históricos encuentros de 2018 y 2019. Sin embargo, el contexto es distinto: el ecosistema político en Teherán es más desconfiado, la región está más polarizada y la memoria del abandono del JCPOA pesa como un recordatorio de que un cambio de administración en Washington puede deshacer años de trabajo diplomático en cuestión de semanas.

Cuba como laboratorio de la doctrina Trump

En medio de esta tensión, el presidente dejó caer otra frase que no pasó inadvertida: Estados Unidos está en contacto con “las personas de más alto nivel” en Cuba y confía en poder cerrar un acuerdo con La Habana. Para muchos observadores, la mención no es casual, sino una pista sobre la doctrina Trump aplicada a regímenes adversarios.

La lógica es similar: máxima presión retórica, amenaza implícita de sanciones adicionales y, a la vez, promesa de un acuerdo que desbloquee décadas de conflicto. Con Cuba, el cálculo incluye la posibilidad de arrancar concesiones políticas a cambio de alivio económico en un país que arrastra una crisis profunda, con caídas del PIB acumuladas de más del 10 % en pocos años y una inflación descontrolada.

“Let’s see what happens. I think we’re going to make a deal with Cuba”, afirmó el presidente. La frase podría aplicarse casi palabra por palabra a Irán. En ambos casos, Trump se presenta como el líder capaz de convertir enemigos históricos en socios negociadores, siempre que acepten un marco dominado por las prioridades de Washington. El riesgo es evidente: si las expectativas se hinchan en exceso y las concesiones no llegan, la frustración puede traducirse en una nueva vuelta de tuerca de sanciones y amenazas.

Mercados, energía y aliados: el coste de un error de cálculo

Más allá de la dialéctica, la posibilidad de un choque directo o indirecto entre Estados Unidos e Irán tiene implicaciones inmediatas para mercados y aliados. Oriente Medio sigue concentrando alrededor del 30 % de la producción mundial de petróleo y una parte sustancial del gas que abastece a Europa y Asia. Cualquier alteración prolongada de ese flujo se traduciría en subidas de precios, tensiones inflacionistas y presiones sobre bancos centrales ya fatigados tras años de políticas monetarias extremas.

Los aliados europeos observan el movimiento con preocupación. Por un lado, comparten la necesidad de impedir que Irán se convierta en potencia nuclear militar. Por otro, temen verse atrapados entre un Estados Unidos que escala la presión y un Teherán que responde con amenazas de cerrar el grifo energético. Para la Unión Europea, que importa más del 90 % del petróleo que consume, el margen de maniobra es limitado.

También Israel y las monarquías del Golfo leen cada palabra de Washington como un indicador de compromiso o de posible repliegue. Un acuerdo percibido como demasiado favorable a Irán podría alimentar la sospecha de que Estados Unidos está dispuesto a tolerar un mayor margen de influencia iraní en la región a cambio de garantías nucleares parciales. El equilibrio entre disuasión, concesiones y protección de aliados es hoy más delicado que nunca.

La cuestión de fondo es si la combinación de presión y ofertas será suficiente para contener una de las líneas de fractura más peligrosas del orden internacional actual.

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