Trump vuelve a la asfixia económica contra Irán tras no lograr doblegar al régimen por la vía militar

La campaña militar estadounidense no ha conseguido doblegar a Teherán y Washington vuelve a su estrategia de máxima presión. Con problemas de munición y una guerra políticamente costosa, Trump apuesta ahora por bloquear las exportaciones petroleras y cerrar las vías financieras que mantienen en pie al régimen.
Trump y su gorra
Trump y su gorra

Donald Trump cambia de estrategia frente a Irán. Después de meses de ataques que no han conseguido forzar la capitulación de Teherán, la Casa Blanca vuelve a una herramienta conocida: estrangular económicamente al régimen hasta obligarlo a negociar.

Según Bloomberg, la Administración considera que prolongar la campaña militar plantea dos problemas crecientes: el consumo de municiones esenciales y el coste político de una guerra impopular. Washington ha decidido, por tanto, dar más tiempo a una combinación de sanciones financieras, presión sobre el petróleo y bloqueo naval que ya está golpeando las fuentes de divisas iraníes.

Los bombardeos no bastaron

Estados Unidos inició la operación Epic Fury el 28 de febrero de 2026. En apenas el primer mes, el Pentágono contabilizó más de 12.300 objetivos atacados, 13.000 vuelos de combate y 155 buques iraníes dañados o destruidos.

La escala resulta extraordinaria, pero el objetivo político fundamental continúa pendiente.

El aparato de poder iraní no se ha derrumbado y Teherán mantiene capacidad para condicionar el tráfico por el estrecho de Ormuz. Trump se enfrenta así a una incómoda realidad: destruir infraestructura militar resulta mucho más rápido que provocar un cambio político.

La alternativa vuelve a ser atacar aquello que financia al Estado: petróleo, bancos y comercio exterior.

Una guerra contra los ingresos del petróleo

La pieza central es el bloqueo naval de los puertos iraníes. Washington intenta impedir que Teherán convierta su producción energética en las divisas necesarias para financiar al Estado y sostener a sus fuerzas militares.

El Tesoro estadounidense describe las ventas de petróleo como una de las principales fuentes de financiación del régimen y ha ampliado progresivamente las sanciones sobre petroleros y operadores vinculados a la llamada flota fantasma iraní. Solo desde comienzos de 2026, OFAC había sancionado más de 100 embarcaciones relacionadas con esas redes.

El objetivo es sencillo sobre el papel: hacer cada barril iraní más difícil de transportar, asegurar, cobrar y vender.

Trump recupera la máxima presión

La estrategia recuerda directamente al primer mandato de Trump. En febrero, el presidente reforzó nuevamente el marco de «máxima presión» y abrió incluso la posibilidad de castigar comercialmente a terceros países que compren directa o indirectamente bienes y servicios iraníes.

La diferencia es que ahora las sanciones conviven con un bloqueo militar.

Estados Unidos no necesita impedir físicamente cada operación. Basta con elevar suficientemente el riesgo para navieras, aseguradoras, bancos y compradores extranjeros. Las denominadas sanciones secundarias permiten además amenazar a entidades de terceros países con perder acceso al sistema financiero estadounidense si facilitan determinadas operaciones iraníes.

La banca clandestina entra en el objetivo

El petróleo es únicamente una parte del cerco. Washington también persigue las redes financieras utilizadas para mover los ingresos obtenidos fuera de los canales bancarios tradicionales.

El 7 de agosto, el Tesoro sancionó nuevas estructuras situadas en varios países que, según Washington, habían permitido mover cientos de millones de dólares mediante el sistema bancario paralelo iraní. Fue la octava actuación de este tipo en 2026 contra las denominadas redes de banca en la sombra.

Criptomonedas, casas de cambio, sociedades intermediarias y entidades comerciales se han convertido así en otro campo de batalla.

La guerra económica pretende que Irán pueda vender menos petróleo y, además, tenga mayores dificultades para utilizar el dinero que consiga cobrar.

El problema: Irán sabe sobrevivir sancionado

La apuesta presenta, sin embargo, un inconveniente conocido. Irán lleva décadas adaptándose al aislamiento internacional.

Utiliza intermediarios, empresas pantalla, transferencias opacas, descuentos petroleros y barcos cuya propiedad cambia repetidamente para mantener abiertas sus rutas comerciales. Washington ha impuesto sanciones a más de 1.000 personas, buques y aeronaves desde que recuperó su campaña de presión máxima.

Eso significa que la estrategia puede provocar un enorme deterioro económico sin producir necesariamente una rendición rápida.

El tiempo juega aquí en dos direcciones: aumenta la presión sobre Teherán, pero también prolonga para Trump el coste político y energético del conflicto.

Ormuz sigue siendo la carta iraní

Irán conserva además su principal instrumento de presión: el estrecho de Ormuz. El corredor continúa funcionando muy por debajo de la normalidad y Teherán mantiene una fuerte influencia sobre las rutas utilizadas por los buques que se arriesgan a atravesarlo.

Ahí reside la paradoja de la nueva estrategia.

Trump quiere utilizar el bloqueo para ahogar las exportaciones iraníes, pero Irán puede responder dificultando precisamente el tránsito energético que necesita la economía mundial. Cada escalada amenaza con elevar el petróleo, alimentar la inflación y trasladar parte del coste al consumidor estadounidense.

Washington está sustituyendo bombas por tiempo. La pregunta es quién puede soportar más presión: una economía iraní cada vez más aislada o una Casa Blanca que necesita resultados antes de que el desgaste de la guerra termine convirtiéndose también en un problema doméstico.

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