Alberto Iturralde explica el desplome de la plata: ¿Una corrección justa o un colapso alarmante?

Alberto Iturralde descarta el “efecto Warsh” y sitúa el origen del crash en una corrección técnica tras un rally del 300% en ocho meses

Plata
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El mercado de metales preciosos vivió un viernes negro que pilló a contrapié a buena parte del inversor minorista: la plata llegó a caer más de un 30% en cuestión de horas. El impacto fue inmediato porque el metal, tradicional refugio psicológico en tiempos de incertidumbre, se comportó como un activo de alto riesgo. Sin embargo, el analista Alberto Iturralde, veterano en operativa sobre el DAX, pide bajar el ruido y leer la pantalla con frialdad: lo ocurrido no sería un misterio político ni un evento exógeno, sino el desenlace lógico de una fase de exceso especulativo. La plata, recuerda, es más “violenta” que el oro: sube más cuando la euforia manda y cae más cuando el mercado decide retirar la escalera. Lo relevante, por tanto, no es solo el desplome, sino el contexto previo: una subida parabólica cercana al 300% desde junio de 2025, cuando cotizaba alrededor de 35 dólares, hasta niveles que el mercado ya no podía sostener sin corregir.

La caída de la plata: ¿exceso o corrección inevitable?

A primera vista, un derrumbe superior al 30% parece una anomalía. Pero el historial de la plata está lleno de episodios similares cuando el precio entra en fase de aceleración vertical. Iturralde insiste en una idea incómoda para el inversor que llega tarde: cuando un activo se mueve en parábola, el final rara vez es suave. La “normalidad” de una subida del 5% o 10% se rompe; y cuando se rompe al alza, también se rompe a la baja.

El dato que explica el golpe está en el espejo retrovisor: en apenas ocho meses, la plata habría pasado de la zona de 35 dólares a máximos muy superiores, un avance de en torno al 300%. Ese ritmo, por definición, no describe una tendencia sana, sino una dinámica de entrada masiva de dinero especulativo, apalancamiento y expectativas aceleradas. En ese entorno, una corrección no es una posibilidad: es una condición.

La consecuencia es clara: quien interpreta el desplome como un evento aislado olvida que el verdadero “terremoto” fue la subida previa. El viernes negro no sería el inicio de algo, sino el ajuste posterior a una escalada que había dejado el precio sin suelo técnico creíble.

Las señales previas que el mercado ya estaba enviando

Iturralde subraya que el viernes no cayó del cielo. Antes del desplome, el mercado ya venía dejando pistas en un indicador que muchos miran tarde: la volatilidad. Según su lectura, el cambio registrado el lunes anterior fue una especie de luz ámbar: el activo mostraba un comportamiento alterado, típico de fase de techo, donde el precio continúa subiendo pero lo hace con movimientos cada vez más nerviosos, con sombras largas y giros violentos intradía.

En plata, esa transición suele ser letal. El metal se convierte en un campo de batalla entre quienes quieren “exprimir” el último tramo y quienes deciden asegurar beneficios. En términos de microestructura, basta un giro de sentimiento para que entren órdenes de venta en cascada: primero toma de beneficios, después saltos de stop loss, y por último ventas forzadas por margen cuando el apalancamiento empieza a explotar por abajo.

Lo más grave es que estos episodios castigan especialmente al inversor tardío: el que entra por miedo a “perderse el tren” y descubre, de golpe, que en los activos parabólicos el tren puede frenar en seco y dar marcha atrás a toda velocidad.

No es Warsh, no es Trump: es la plata siendo plata

Una parte del mercado buscó una explicación política inmediata: la nominación de Kevin Warsh para la Reserva Federal, el ruido sobre tipos o el dólar. Iturralde corta por lo sano: en su visión, el detonante real está en la naturaleza del activo. La plata se mueve más que el oro porque combina una doble condición: refugio financiero en algunos momentos y materia prima industrial en otros, lo que amplifica su sensibilidad a ciclos económicos, expectativas de demanda y flujos especulativos.

Cuando entra en fase de moda, la plata suele atraer al dinero que busca “más beta” que el oro. En román paladino: si el oro sube, la plata “promete” subir más. Y cuando el mercado se gira, esa promesa se convierte en castigo. Por eso el desplome puede parecer irracional, pero sigue un patrón muy reconocible: el activo que más corre en la fiesta suele ser el primero en romperse cuando se apaga la música.

Este hecho revela una lección incómoda: no todo movimiento violento tiene una causa macro. A veces, la causa es el propio mercado, su estructura y su exceso.

Hasta dónde podría caer: la zona 50-55 como campo de batalla

El debate que realmente importa a partir de ahora no es “por qué cayó”, sino dónde puede estabilizarse. Iturralde señala un área técnica clave: 50–55 dólares, una zona que en su día actuó como resistencia (con referencias históricas que muchos sitúan en torno a 2011) y que ahora debería funcionar como soporte si el mercado quiere construir un suelo.

Esa franja tiene valor por dos motivos. El primero, psicológico: números redondos y zonas ampliamente vigiladas atraen liquidez. El segundo, técnico: es habitual que un activo, tras romper una resistencia histórica y dispararse, vuelva a “testear” ese nivel antes de decidir si retoma la tendencia o inicia un ciclo bajista más profundo.

Aun así, el propio Iturralde advierte: el mercado “es caprichoso”. Traducido: el soporte no es garantía. Puede haber perforaciones puntuales, rebotes falsos y un periodo de latigazos típico de los cambios de régimen. La prudencia, en este punto, pesa más que la épica. El precio puede rebotar, sí, pero el suelo real suele construirse con tiempo, no con un único giro.

El dólar y el euro: el factor que se exagera

Otro argumento recurrente es el del dólar fuerte como explicación automática de la caída de los metales. Iturralde relativiza esta lectura. Reconoce que existe relación —materias primas denominadas en dólares suelen moverse inversamente al billete verde—, pero sostiene que en este caso el peso de esa variable se ha sobredimensionado.

Su enfoque introduce un dato de contexto: desde la llegada de Trump, el euro habría acumulado una revalorización muy significativa frente al dólar, lo que convertiría los últimos movimientos en divisa en un ajuste pequeño dentro de una película más larga. La conclusión es directa: la plata no se desploma un 30% por un movimiento marginal de divisas. Si cae así, es porque el precio estaba sostenido por dinámica especulativa y el mercado ha decidido purgarla.

El diagnóstico que apuntan es: cuando la narrativa del dólar se usa como explicación total, suele ser porque se está evitando la explicación incómoda: el exceso previo.

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