La segunda economía del mundo apenas consigue levantar los precios

Asia tiembla: IPC chino 0,2% y Shanghai Composite se estanca

La última lectura de inflación de China confirma lo que muchos analistas temían: la recuperación de precios sigue siendo frágil y desigual. El índice de precios al consumo (IPC) subió solo un 0,2% interanual en enero, muy por debajo de los objetivos oficiales y claramente por debajo del 0,8% registrado en diciembre. Al mismo tiempo, el índice de precios a la producción (IPP) volvió a terreno negativo, con una caída del 1,4%, señal de que la presión deflacionista en la industria sigue instalada. En los parqués asiáticos, la reacción ha sido contenida: avances moderados en Australia y Corea del Sur, tono plano en la renta variable china continental y ligeras subidas en Hong Kong. Los inversores leen las cifras como un recordatorio de que la demanda interna sigue débil y de que las medidas de estímulo aplicadas hasta ahora apenas están haciendo mella en los precios.

Asia tiembla: IPC chino 0,2% y Shanghai Composite se estanca
Asia tiembla: IPC chino 0,2% y Shanghai Composite se estanca

Una inflación que se resiste a despegar

El último informe de la National Bureau of Statistics of China confirma que el IPC avanzó un 0,2% interanual en enero, frente al 0,8% de diciembre. En términos mensuales, los precios también crecieron un 0,2%, el mismo ritmo que el mes anterior. Sobre el papel, se trata de una inflación positiva. Pero en la práctica, el dato refleja una economía que sigue muy lejos del rango que las autoridades consideran “razonable”.

Durante años, Pekín fijó su objetivo de inflación “en torno al 3%”. Más recientemente, lo ha rebajado al 2% para 2025, reconociendo que la realidad de los precios dista mucho de aquel patrón clásico de economía emergente que teme el sobrecalentamiento. Que la tasa se sitúe en el 0,2%, es decir, una décima parte de ese objetivo, evidencia que el problema ya no es contener la inflación, sino evitar una dinámica deflacionista sostenida.

El desglose ayuda a entender el fenómeno. La inflación subyacente –sin alimentos ni energía– se moderó hasta el 0,8%, desde el 1,2% de diciembre, señal de que incluso los servicios y bienes menos volátiles pierden tracción. Los precios de la energía cayeron un 5% interanual, restando alrededor de 0,3 puntos al IPC, mientras que los alimentos retrocedieron un 0,7%, lastrados por la corrección del cerdo y los huevos. El resultado es un índice general plano, que empieza a parecerse demasiado a los patrones de Japón durante su “década perdida”.

El termómetro oculto: precios industriales en rojo

Si el IPC ofrece una fotografía de la debilidad del consumo, el IPP –los llamados precios “a pie de fábrica”– funciona como un termómetro adelantado de los beneficios empresariales. En enero, el IPP cayó un 1,4% interanual, encadenando ya alrededor de 40 meses seguidos en negativo desde septiembre de 2022.

Este dato es mucho más que una curiosidad estadística. Muestra que miles de compañías, especialmente en sectores donde Fitch Ratings y otras firmas internacionales detectan sobrecapacidad crónica –automóvil eléctrico, paneles solares, productos químicos– se ven obligadas a recortar precios para dar salida a su producción. La consecuencia directa es un estrechamiento de márgenes en un momento en que el coste de financiación no ha caído con la fuerza que muchos esperaban del banco central chino.

“Un IPP negativo durante tantos meses seguidos es una señal de alarma: las empresas no pueden trasladar costes y terminan ajustando inversión y empleo”, resume un economista asiático consultado por varias casas de análisis. Esa cadena –beneficios a la baja, inversión contenida, contratación débil– alimenta un círculo vicioso que refuerza, a su vez, las presiones deflacionistas. Cuando las expectativas de precios bajos se consolidan, consumidores y empresas retrasan decisiones de gasto, lo que obliga a recortar aún más los precios. El riesgo de que esta espiral se afiance es precisamente lo que inquieta a los mercados.

Reacción tibia en las bolsas asiáticas

Los datos de inflación se conocieron con las bolsas asiáticas abiertas y el resultado fue un mosaico de reacciones. En la China continental, los índices Shanghai Composite y Shenzhen Component terminaron prácticamente planos, reflejo de un mercado que ya descuenta una recuperación lenta y irregular de la economía. En Hong Kong, el Hang Seng avanzó en torno a un 0,3%, mientras que en Australia el S&P/ASX 200 llegó a subir más de un 1,4%, apoyado también en resultados corporativos sólidos.

SSE Composite Index
Shenzhen Component Index

 

En South Korea, el Kospi ganó cerca de un 0,8%, aunque los analistas señalan que gran parte de la atención de los inversores está puesta en el castigo reciente a las tecnológicas y en las fuertes salidas de capital extranjero registradas en los últimos días. Los mercados de Japón, por su parte, permanecieron cerrados por festivo, lo que restó liquidez al conjunto de la región.

Índice Korea Composite Stock Price

Lo más revelador es que, pese a un dato de inflación claramente más débil de lo esperado, no se produjo un rally significativo en renta variable ni un desplome en las rentabilidades de la deuda china. La lectura de los operadores es que la cifra no cambia el relato de fondo: el país sigue atrapado entre una demanda interna floja, un sector inmobiliario en crisis y un Gobierno que dosifica los estímulos para no disparar el endeudamiento de gobiernos locales y empresas públicas.

El síntoma de un consumo exhausto

La debilidad de los precios no se entiende sin mirar al consumidor chino. Tras el fin de las restricciones por la pandemia, el repunte del gasto fue breve y moderado. Los hogares siguen mostrando una fuerte preferencia por el ahorro ante la incertidumbre laboral, la corrección de la vivienda y la ausencia de una red de protección social comparable a la de las economías avanzadas.

Las autoridades han respondido con programas de apoyo al consumo –como los planes de renovación de electrodomésticos y vehículos o las subvenciones a la compra de coches eléctricos– que suman del orden de 300.000 millones de yuanes, pero que de momento no han logrado cambiar de forma sustancial el comportamiento de las familias.

En paralelo, el desplome de los precios de la vivienda y la presión sobre las promotoras ha erosionado el principal activo de los hogares urbanos. Sin efecto riqueza, con salarios que crecen lentamente y con la amenaza de la automatización en muchos servicios, el consumidor chino gasta menos y con más cautela. Este hecho revela por qué la inflación de servicios, tradicionalmente más estable, también se ha moderado.

“La economía china ya no puede confiar en el viejo modelo de construcción masiva y exportaciones crecientes; necesita un consumidor fuerte y, por ahora, no lo tiene”, advierten varias firmas internacionales en sus informes.

Comparación incómoda con Estados Unidos y Europa

El contraste con otras grandes economías resulta demoledor. Mientras China lucha por llevar su inflación siquiera al entorno del 1%, Estados Unidos cerró 2025 con un aumento de los precios del 2,7% interanual, muy cerca del objetivo del 2% de la Reserva Federal, tras dos años de duro ajuste monetario.

En la zona euro, el índice armonizado de precios avanzó alrededor del 2,0% en diciembre de 2025, situándose prácticamente en el objetivo del Banco Central Europeo y permitiendo a la institución mantener una política de tipos estable, sin las tensiones vividas en 2022 y 2023.

En otras palabras: mientras Occidente intenta aterrizar suavemente desde una inflación excesiva, China enfrenta el problema inverso. Un país con un objetivo oficial de precios “en torno al 2%” que se sitúa sistemáticamente en el 0,2% envía al mercado un mensaje claro de debilidad de demanda. Para los exportadores europeos y estadounidenses, esto implica un riesgo doble: por un lado, una demanda china menos dinámica; por otro, la posibilidad de que un exceso de capacidad industrial empuje a las empresas chinas a inundar el mercado global con productos baratos, reavivando las tensiones comerciales.

Las posibles respuestas de Pekín

La gran incógnita tras los datos de enero es qué hará Pekín. En la última sesión de la National People's Congress, el Gobierno mantuvo para 2025 un objetivo de crecimiento en torno al 5%, al tiempo que elevaba el déficit previsto hasta el 4% del PIB y rebajaba el objetivo oficial de inflación al 2%. El mensaje era claro: más apoyo fiscal y una mayor tolerancia a precios bajos.

Sin embargo, con el IPC anclado en el 0,2% y el IPP en negativo, muchos analistas dan por hecho que el banco central tendrá que ir más lejos. Sobre la mesa están nuevas bajadas del tipo de referencia a medio plazo, recortes adicionales en el coeficiente de reservas de la banca y, sobre todo, medidas directas para apuntalar renta disponible y empleo, en lugar de confiar exclusivamente en el crédito a empresas.

Fitch calcula que el crecimiento podría desacelerarse del 5% en 2025 al entorno del 4,1% en 2026, precisamente por la combinación de débil demanda interna, problemas en el inmobiliario y presiones deflacionistas. Si esa previsión se confirma, será difícil que Pekín mantenga su estrategia de estímulos “graduales y focalizados” y no opte por un paquete más contundente, aunque ello suponga asumir un mayor endeudamiento público.

Lo que se juega la economía mundial

Que la inflación china se enfríe al 0,2% podría parecer, desde Europa o Estados Unidos, una buena noticia: productos más baratos, menor presión sobre las cadenas de suministro y una ayuda extra para mantener contenida la inflación importada. Pero esa lectura es miope. Una China atrapada en la desinflación significa beneficios empresariales presionados, inversión más débil y un comercio global menos dinámico.

Para los países fuertemente dependientes de la demanda china –desde los exportadores de materias primas de América Latina hasta las economías industriales europeas– el riesgo es evidente: menores pedidos, precios más bajos y, en última instancia, menor crecimiento. Al mismo tiempo, una política china que responda a la deflación con más producción destinada al exterior –en lugar de con más gasto interno– puede exacerbar las tensiones comerciales con Washington y Bruselas.

El diagnóstico es inequívoco: la batalla de China ya no es contra una inflación desbocada, sino contra la apatía de los precios. Si Pekín logra redirigir su modelo hacia un crecimiento más apoyado en el consumo y los servicios, la actual etapa de desinflación podría verse como una fase de ajuste. Si no lo consigue, el mundo se enfrentará a una combinación incómoda: una China grande, barata… y cada vez menos capaz de tirar de la economía global.

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