El presidente redobla el optimismo en plena presión por la inflación

Donald Trump promete un 2026 “espectacular” para la economía

La economía estadounidense encara 2026 entre la promesa de un “boom” y el miedo a un nuevo sobrecalentamiento que obligue a la Fed a subir tipos de forma abrupta. En una entrevista con Fox Business, Trump aseguró que el próximo año “va a ser genial” y volvió a invocar un Dow Jones camino de los 50.000 puntos. Sin embargo, la inflación sigue por encima del objetivo del 2% y el descontento ciudadano por el coste de la vida crece en las encuestas. Entre el relato triunfalista y la aritmética de la deuda, los mercados empiezan a preguntarse cuánto margen real queda para otro milagro económico estadounidense.

Donald Trump
Donald Trump

Un mensaje de optimismo televisado

El último capítulo del relato económico de Trump llegó en prime time. En una entrevista con Fox Business, el presidente aseguró que 2026 “va a ser genial” para la economía, vinculando esa promesa a un nuevo rally bursátil y a la idea de que su Administración está corrigiendo el “desastre” heredado de Joe Biden.

Trump evocó incluso una conversación previa a su llegada a la Casa Blanca: si lograba llevar el Dow a 50.000 puntos al final de su mandato, “habría hecho milagros”. Ahora insiste en que el país va por ese camino y que, a solo un año de su retorno al poder, el primer tramo del plan ya está cumplido.

En paralelo, el presidente repite que la inflación que heredó fue “la peor de la historia” y que su agenda de recortes fiscales, desregulación y presión sobre el banco central está devolviendo el crecimiento. El mensaje encaja con una estrategia política clara: vender un 2026 de prosperidad justo cuando se intensifica la batalla por el control del Congreso. Pero la pregunta clave es si los datos acompañan ese optimismo o si estamos ante una nueva versión del “America First” sustentada más en narrativa que en fundamentos.

El Dow a 50.000 puntos: promesa o espejismo

El objetivo de un Dow Jones en 50.000 puntos funciona como eslogan perfecto: simple, cuantificable y fácilmente repetible en mítines y platós. La idea de un índice disparado a máximos históricos encaja con la promesa de “segunda edad dorada” que Trump lleva años agitando. Sin embargo, el camino hasta ese nivel exige un cóctel de beneficios corporativos crecientes, liquidez abundante y ausencia de shocks externos que pocos economistas dan por descontado.

La Casa Blanca confía en que el paquete de rebajas fiscales y devoluciones —que podría inyectar del orden de 200.000 millones de dólares adicionales en la economía— impulse el consumo y las valoraciones bursátiles. Pero esa gasolina fiscal llega cuando el mercado ya descuenta tipos más bajos y cuando algunos indicadores de endeudamiento corporativo se sitúan en niveles desconocidos desde antes de la crisis financiera.

A esto se suma la apuesta por desregulación y estímulos a sectores como la inteligencia artificial o la energía fósil, que ya han alimentado subidas de doble dígito en determinados índices sectoriales. El resultado es una bolsa que celebra cada promesa presidencial, pero también una sensación creciente de desacople entre Wall Street y la economía real. Si los beneficios no acompañan a las valoraciones, el viaje hacia los 50.000 puntos puede convertirse en una montaña rusa peligrosa para ahorradores y fondos de pensiones.

Inflación: los datos que desmienten el relato

El punto más débil del relato de Trump está en su afirmación de que heredó “la peor inflación de la historia”. Los datos cuentan otra cosa. La inflación estadounidense alcanzó un pico del 9,1% interanual en junio de 2022, la tasa más alta en cuarenta años, pero lejos aún del 13,5% registrado en 1980, el auténtico récord moderno.

Desde entonces, la presión de precios se ha moderado, aunque no tanto como desearía el banco central. En diciembre, el IPC se situó en torno al 2,7%, por encima del objetivo del 2% de la autoridad monetaria. Es decir, el problema inflacionista no ha desaparecido, y vincularlo exclusivamente a la era Biden simplifica en exceso una dinámica que viene de la pandemia, de las cadenas de suministro y, más recientemente, de la política arancelaria de la propia Administración Trump.

Además, la percepción ciudadana va por detrás de las estadísticas. Según encuestas recientes, el doble de estadounidenses afirma que su situación financiera ha empeorado frente a quienes perciben mejoras, pese a la moderación de la inflación. El resultado es una tensión política evidente: el presidente presume de victoria contra la subida de precios mientras supermercados, alquileres y facturas de energía siguen presionando a las rentas medias y bajas. La consecuencia es clara: si los bolsillos no sienten el alivio, el optimismo televisado puede volverse en su contra.

La estrategia de la Casa Blanca: economía al rojo vivo

Detrás de las palabras de Trump hay una estrategia económica deliberada: “correr la economía en caliente” hasta las elecciones legislativas de 2026. El plan se basa en tres patas: prolongar y ampliar recortes fiscales, intensificar la desregulación en sectores clave y presionar al banco central para acelerar los recortes de tipos.

La incógnita es si la estructura productiva puede absorber ese impulso sin desatar una nueva ola inflacionista. La Administración confía en que los avances en productividad ligados a la inteligencia artificial permitan crecer por encima del 3% sin necesidad de que los precios se disparen. Pero muchos economistas dudan de que esos efectos se materialicen tan rápido. Las experiencias históricas muestran que los saltos de productividad tardan años en consolidarse, mientras que los estímulos fiscales y monetarios impactan sobre la demanda casi de inmediato.

Además, parte de la presión inflacionista reciente se vincula precisamente a los aranceles y a la incertidumbre regulatoria impulsada desde Washington. Subir la temperatura económica cuando el termómetro de los precios aún marca por encima de la media histórica es un ejercicio arriesgado. Si la apuesta sale mal, el coste político llegará justo cuando los votantes se acerquen a las urnas.

Bessent, la Fed y el pulso por los tipos

El otro protagonista en la narrativa del “gran 2026” es el secretario del Tesoro, Scott Bessent. En una reciente intervención, Bessent defendió que el país se encamina a un año de crecimiento “muy fuerte”, citando un avance del PIB del 4,4% en el tercer trimestre de 2025, una inflación en torno al 2,7% y un paro del 4,4%. Sus previsiones se apoyan, además, en un nuevo acuerdo comercial con China que, según él, está cumpliendo los compromisos de compra de productos estadounidenses.

En paralelo, el presidente ha designado a Kevin Warsh como nuevo presidente de la Federal Reserve, con el mandato implícito de llevar los tipos “a los niveles más bajos del mundo”, en palabras del propio Trump. La presión política sobre el banco central se produce, además, en un contexto delicado: la anterior cúpula de la Fed afronta un escrutinio judicial sin precedentes, con citaciones de un gran jurado que han disparado las alarmas sobre su independencia.

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