El banco central australiano eleva tipos al 3,85% tras dos años
El banco central ha aprobado una subida de 25 puntos básicos, que eleva el tipo de referencia hasta el 3,85 %, la primera alza en dos años y un giro respecto al recorte aplicado en agosto de 2025. El movimiento responde a una realidad incómoda: la inflación, que había regresado al rango objetivo, ha repuntado de nuevo hasta alrededor del 3,8 % anual, por encima del objetivo del 2-3 %. La consecuencia inmediata es clara: las cuotas de las hipotecas variables volverán a subir y la presión sobre el consumo se intensificará. Según las primeras estimaciones, un préstamo medio de 600.000 dólares australianos verá aumentar su letra mensual en unos 90 dólares, en un país donde el coste de la vida ya es el gran tema político.
Un giro de 180 grados en la hoja de ruta
Hasta este martes, el relato dominante en Sídney era que el ciclo de endurecimiento monetario había quedado atrás. Tras una agresiva subida de tipos entre 2022 y 2023, el banco central recortó el precio del dinero en agosto de 2025 y mantuvo el tipo oficial estable durante varios meses, a la espera de que la desinflación terminara de consolidarse.
La votación unánime para elevar el tipo al 3,85 % rompe ese statu quo y envía una señal inequívoca: el riesgo ya no es solo enfriar demasiado la economía, sino quedarse corto en la lucha contra una inflación que se resiste a volver al 2 %. Los miembros del Consejo han reconocido que la actividad privada ha sido más vigorosa de lo previsto y que las holguras de capacidad son menores de lo que indicaban los modelos.
Lo más grave, desde el punto de vista de la credibilidad, es que la autoridad monetaria se había aferrado hasta hace muy poco a un discurso de paciencia y gradualismo. El giro de hoy revela que el banco ha tenido que recalibrar de urgencia sus previsiones de crecimiento de la demanda interna y del mercado laboral. El diagnóstico es claro: el recorte de 2025 pudo ser prematuro y ahora toca corregir el rumbo a costa de tensar de nuevo las condiciones financieras.
Los datos que nadie quiere ignorar
La decisión de subir tipos no nace en el vacío. En los últimos meses, los indicadores de precios han sorprendido al alza. La inflación general se sitúa de nuevo cerca del 3,8 %, mientras que la subyacente —la medida preferida por el banco— ronda el 3,4 %, ambas por encima del techo del rango objetivo.
El contraste con la situación de hace apenas año y medio resulta demoledor. Tras alcanzar un máximo del 7,8 % a finales de 2022, la inflación australiana había caído hasta niveles próximos al 2 %, alimentando la narrativa de un “aterrizaje suave” ejemplar. La realidad ha sido menos complaciente: los últimos datos muestran que la desinflación se ha estancado y que las presiones de precios se han vuelto “pegajosas”, sobre todo en servicios, vivienda y ciertos bienes duraderos.
Los economistas del propio banco reconocen que la inflación no regresará de manera sostenible al centro del rango del 2-3 % hasta, al menos, 2028, una previsión que ha inquietado a los mercados y ha obligado al Consejo a actuar para impedir que las expectativas se desanclen. Este hecho revela un problema de fondo: incluso con tipos reales positivos, la economía australiana sigue mostrando una capacidad notable para generar presión sobre los precios.
El golpe directo a las hipotecas australianas
Si hay un grupo que nota de inmediato la decisión del banco central es el de los hogares endeudados. Según cálculos de analistas locales, la subida de 25 puntos básicos se traducirá en un aumento de alrededor de 90 dólares australianos al mes en la cuota de una hipoteca estándar de 600.000 dólares, elevando el coste anual en más de 1.000 dólares.
En un país con un mercado inmobiliario históricamente tensionado, donde el crédito hipotecario supera el 120 % del PIB, el impacto agregado es considerable. Los datos de consultoras financieras apuntan a que en torno a 1,2 millones de hogares se encuentran ya en situación de “estrés hipotecario”, es decir, destinan más del 30 % de sus ingresos al pago de la vivienda.
El Gobierno federal, con el tesorero Jim Chalmers al frente, intenta amortiguar el golpe con medidas de alivio del coste de la vida, pero admite que la nueva subida de tipos “hará más difícil la vida de muchas familias”. La paradoja es evidente: la política monetaria pretende enfriar el consumo para contener los precios, pero lo hace a costa de unos hogares que ya han visto dispararse la factura energética, el alquiler y la cesta de la compra.
Una economía todavía recalentada
¿Por qué actúa ahora el banco central si la inflación ya no se encuentra en los niveles extremos de 2022? La respuesta está en el lado real de la economía. El mercado laboral sigue mostrando una fortaleza notable, con una tasa de paro en torno al 4,1 %, cerca de lo que muchos economistas consideran pleno empleo en Australia.
A ello se suma una combinación de consumo privado resistente, inversión empresarial por encima de lo previsto y un gasto público que continúa apoyando la actividad. Los indicadores adelantados de demanda interna muestran que el crédito sigue fluyendo y que los precios de la vivienda han dejado atrás la fase de corrección para volver a subir en las principales ciudades.
El diagnóstico es inequívoco: la economía no está en recesión técnica ni mucho menos, y esa resistencia hace más probable que la inflación se enquiste por encima del 3 %. De ahí que el banco haya optado por reforzar el mensaje de que los tipos se mantendrán elevados durante un periodo prolongado, aunque ello suponga aceptar un enfriamiento más acusado del empleo y del crecimiento en los próximos trimestres.
Entre la inflación y el empleo: el dilema del banco central
Australia opera desde los años noventa bajo un esquema de objetivo de inflación del 2-3 %, similar al de otras economías avanzadas. Pero, a diferencia de otros bancos centrales, el mandato incluye explícitamente la búsqueda del “pleno empleo”. Esta doble misión se ha convertido en un auténtico rompecabezas en un contexto de inflación persistente y mercado laboral tenso.
La gobernadora ha insistido en que el objetivo no es provocar una recesión, sino devolver la inflación al rango objetivo “en un horizonte razonable” sin destruir innecesariamente puestos de trabajo. La cuestión de fondo es qué entiende el banco por «razonable» y cuánta destrucción de demanda está dispuesto a aceptar para recuperar la credibilidad perdida durante el episodio inflacionista de 2022-2023.
Diversos analistas recuerdan que la institución ya fue criticada por llegar tarde al inicio de las subidas en 2022 y por haber ofrecido una orientación demasiado optimista sobre la trayectoria futura de los tipos. Ese pasado pesa hoy sobre el Consejo: un nuevo error de diagnóstico —esta vez, subestimando la persistencia de la inflación— sería difícil de explicar ante el Parlamento y la opinión pública.
El contraste con otros bancos centrales
La decisión coloca a Australia en una posición singular dentro del mapa monetario global. Mientras la mayoría de bancos centrales desarrollados se encuentran ya en fase de pausa o incluso de recortes graduales, el banco australiano se suma a un pequeño grupo —junto al Bank of Japan— que ha optado por endurecer de nuevo las condiciones financieras.
En otras jurisdicciones, como la Federal Reserve o el Banco Central Europeo, el debate gira ya en torno a la velocidad de los recortes y a cómo evitar un rebrote inflacionista. En el caso australiano, el problema es el inverso: la inflación nunca llegó a domarse del todo y el banco se ve obligado a enviar una señal de dureza cuando otros empiezan a pisar el freno.
Este hecho revela hasta qué punto la estructura de la economía australiana —muy expuesta al sector inmobiliario, a la demanda china de materias primas y a un mercado laboral flexible— puede hacerla más vulnerable a episodios de inflación “estructural” vinculada a la oferta, más que a simples shocks temporales.

