La caída del dólar: ¿estrategia comercial o síntoma de un sistema en tensión?
Entrevista con Alberto Iturralde sobre la acelerada caída del dólar frente al euro, analizando si se trata de una estrategia de EEUU para potenciar exportaciones o un signo de deterioro del sistema monetario global. Riesgos, oportunidades y refugios financieros en un entorno cambiante.
Un dólar en mínimos de cuatro años
El primer dato es incontestable: el dólar se ha abaratado de forma acelerada. El cruce euro/dólar ronda ya los 1,18 dólares por euro, tras un salto cercano al 14-15% en un año, empujando la divisa estadounidense a niveles no vistos desde 2021. La caída no es solo frente al euro: frente a una cesta de grandes monedas, el billete verde acumula un retroceso de alrededor del 10% interanual, una corrección que los analistas califican ya de cambio de régimen más que de simple corrección técnica.
El movimiento ha encendido las alertas de los bancos centrales. En el seno del Banco Central Europeo, varios responsables han expresado su preocupación por la rapidez de la apreciación del euro, que amenaza con presionar aún más a la baja una inflación que ya se sitúa por debajo del objetivo del 2%. La consecuencia es clara: una moneda europea demasiado fuerte complica la salida definitiva de la zona de tipos reales elevados y mantiene la sombra de la deflación importada.
Al otro lado del Atlántico, el mensaje político ha sido el contrario. El propio presidente estadounidense ha calificado la debilidad del dólar de “great”, un guiño transparente a los sectores exportadores y a la industria manufacturera. Lo más grave, advierten gestores y economistas, es que esa tolerancia explícita a un billete verde más débil erosiona la percepción de independencia de la política monetaria y siembra dudas sobre el compromiso de largo plazo con la estabilidad de la divisa.
Estrategia comercial o síntoma de agotamiento
¿Estamos ante una jugada calculada de Estados Unidos o ante un síntoma de agotamiento del sistema? Iturralde rechaza la idea de una conspiración milimétrica, pero sí ve una aceptación política del dólar débil como herramienta de corto plazo. El razonamiento es sencillo: una divisa más barata impulsa exportaciones, mejora beneficios de multinacionales con ingresos en el exterior y alivia, en el margen, el peso real de una deuda pública que supera el 120% del PIB.
Sin embargo, este hecho revela algo más incómodo. El dólar ya no cae solo por decisión de Washington, sino también por pérdida de confianza relativa. La concatenación de choques políticos, amenazas a la independencia de la Reserva Federal y una sucesión de paquetes fiscales masivos han alimentado la percepción de que el emisor de la divisa de reserva vive por encima de sus posibilidades institucionales.
El diagnóstico es inequívoco: una parte de la caída responde a una estrategia táctica —ganar competitividad y oxígeno interno—, pero otra refleja la fatiga estructural de un modelo basado en déficits gemelos crónicos y en la expectativa de que el resto del mundo seguirá financiándolos sin exigir prima de riesgo. La línea que separa la maniobra calculada del síntoma de tensión sistémica es cada vez más fina.
Exportaciones, inflación y el golpe a los ahorradores europeos
En el plano real, un dólar más débil actúa como un impuesto silencioso para quienes cobran y ahorran en euros pero invierten en activos denominados en la divisa estadounidense. Si el euro sube cerca de un 15% y el inversor europeo mantiene una cartera con un 50% de exposición sin cubrir a activos en dólares, la pérdida por tipo de cambio puede comerse más de 7 puntos de rentabilidad en solo un año.
Iturralde subraya este punto: la caída del dólar no solo se traduce en volatilidad en pantalla, sino en un recorte directo del valor de las carteras europeas mal cubiertas. En España, donde los grandes fondos y planes de pensiones suelen tener entre un 30% y un 40% de exposición a renta variable estadounidense, una gestión pasiva del riesgo divisa ha podido suponer hasta 4-5 puntos porcentuales de diferencia frente a estrategias con coberturas sistemáticas.
El contraste con la economía real es llamativo. Para el tejido exportador europeo, un euro fuerte complica las ventas a Estados Unidos, pero abarata importaciones clave denominadas en dólares, desde energía a materias primas industriales. La factura energética en euros se reduce y resta presión sobre la inflación, lo que alivia a gobiernos endeudados pero estrecha los márgenes de empresas que venden en dólares y pagan costes en moneda europea. El resultado es un mapa fragmentado: ganan los importadores y hogares; sufren los exportadores y los ahorradores con sesgo “usa” no cubierto.
Dólar, oro y la crisis de confianza en las divisas fiat
Cada vez que las monedas fiduciarias muestran grietas, los metales preciosos reaparecen como termómetro de desconfianza. El oro ha encadenado un rally que lo llevó a marcar máximos por encima de los 5.200 dólares la onza antes de corregir más de un 20% en pocas sesiones, en una auténtica “metals meltdown” que arrastró también a la plata y a parte del universo cripto. El mensaje de fondo, pese a la volatilidad, es claro: los inversores institucionales siguen buscando refugio frente al riesgo de que el dinero en papel pierda valor más rápido de lo previsto.
En paralelo, el franco suizo ha subido más de un 14% en 2025 y otro 3% adicional en las primeras semanas de 2026, consolidándose como el último gran refugio cambiario de alta liquidez. El contraste con el dólar resulta demoledor: mientras la divisa estadounidense se abarata por decisión política y dudas institucionales, la suiza se encarece precisamente por lo contrario, la percepción de solvencia y disciplina.
Iturralde interpreta este movimiento como un síntoma de crisis de confianza selectiva dentro del propio sistema fiat. No se trata de que el dinero fiduciario vaya a desaparecer, sino de que los inversores discriminan cada vez más entre emisores. En sus palabras, el oro y la plata vuelven a escena no tanto como apuesta especulativa, sino como “seguro” frente a decisiones imprevisibles de los bancos centrales y a la tentación de licuar las deudas vía inflación. La consecuencia es clara: quien no incorpora algún tipo de activo real o refugio monetario en su cartera asume que los bancos centrales nunca se equivocan… y la historia demuestra lo contrario.
Por qué el IBEX resiste mejor que Wall Street
En medio de este terremoto monetario, la fotografía bursátil ofrece una sorpresa: el IBEX 35 se ha convertido en uno de los grandes ganadores. El índice español avanza más de un 44% en los últimos doce meses, frente a un 15% aproximado del S&P 500, apoyado en la banca, la energía y las infraestructuras, y marcando máximos históricos por encima de los 17.700 puntos.
Iturralde destaca dos factores. Primero, la composición sectorial: la Bolsa española concentra bancos, utilities reguladas y energéticas que se benefician de tipos reales moderados, spreads de crédito contenidos y dividendos elevados, con rentabilidades por dividendo cercanas al 4-5%, frente al entorno del 1-1,5% de la renta variable estadounidense. Segundo, el punto de partida: el IBEX venía de años de retraso respecto a otros índices globales, con múltiplos (PER 14-15 veces) todavía razonables frente a los niveles mucho más exigentes de Wall Street.
El contraste con el S&P 500 es evidente. Aunque el índice estadounidense sigue en positivo, la combinación de dólar débil, valoraciones altas y concentración extrema en unas pocas grandes tecnológicas hace al mercado más vulnerable a cualquier susto de tipos o de beneficios. La lección para el inversor europeo, en clave de Iturralde, es que una parte de la protección frente al dólar no pasa solo por cubrir divisa, sino por reducir la dependencia estructural de Wall Street en las carteras y aprovechar mercados donde el riesgo ya está mejor pagado.
Un sistema monetario global bajo presión estructural
Más allá del corto plazo, la debilidad del dólar se inserta en un proceso de reconfiguración silenciosa del sistema monetario internacional. La cuota de la divisa estadounidense en las reservas de los bancos centrales lleva años descendiendo, aunque siga muy por encima del 50%, mientras gana algo de terreno el euro, el yuan y, de forma indirecta, el oro como activo de reserva.
En Europa, el proyecto de euro digital del BCE busca precisamente blindar la soberanía monetaria y reducir la dependencia de infraestructuras de pago ligadas a Estados Unidos, con el objetivo de estar listo para una posible emisión a finales de esta década. A la vez, la utilización del dólar como arma geopolítica —a través de sanciones financieras y restricciones de acceso al sistema— ha acelerado los esfuerzos de países emergentes por articular canales alternativos de pago. Los ejemplos extremos de colapsos cambiarios, como el desplome del rial iraní, o de ajustes traumáticos, como los que vive Argentina, muestran hasta qué punto las divisas se han convertido en un campo de batalla político y social.
El diagnóstico de fondo es que el mundo se mueve hacia un sistema más fragmentado y multipolar, donde el dólar seguirá siendo central, pero menos hegemónico, y donde el precio de mantener privilegios de emisor global será cada vez más alto en términos de disciplina fiscal y credibilidad institucional. En ese contexto, episodios de debilidad como el actual no son una anomalía, sino parte del ajuste.