El Dow Jones cae 300 puntos mientras Wall Street se ve afectado por una crisis en capital privado y el impacto inicial de la inteligencia artificial.
Wall Street se tiñó de rojo el jueves en una jornada que pasará a los anales no tanto por la magnitud de las caídas, sino por la naturaleza de las grietas que empezaron a mostrarse en dos de los pilares que han sostenido el optimismo del mercado: el hermético y todopoderoso mundo del capital privado y la euforia casi ilimitada en torno a la Inteligencia Artificial. Lo que empezó como la noticia de una firma en apuros, Blue Owl Capital, se convirtió rápidamente en un efecto dominó que arrastró a los gigantes del sector, desatando el pánico sobre la salud real de un negocio que opera lejos de los focos. Al mismo tiempo, el sector tecnológico, y en especial el de los semiconductores, acusaba el vértigo de unas valoraciones estratosféricas, con los inversores empezando a exigir que la promesa de la IA se traduzca, de una vez por todas, en beneficios contantes y sonantes.
La jornada estuvo marcada por una corriente de aversión al riesgo, donde ni siquiera los datos de un mercado laboral más fuerte de lo esperado lograron calmar los ánimos. El Dow Jones de Industriales cedió un 0,48%, perdiendo 236 puntos hasta los 49.426,30. El S&P 500, el índice más representativo del mercado, se dejó un 0,28% hasta los 6.861,86 puntos, mientras que el tecnológico Nasdaq Composite, aunque aguantó mejor el tipo, retrocedió un 0,18% para cerrar en 22.711,92. La procesión, sin embargo, iba por dentro, con historias individuales que revelaban la profunda ansiedad que recorre las mesas de operaciones mientras los inversores esperan con impaciencia los datos de inflación del viernes y digieren la incertidumbre sembrada por la Reserva Federal.
El detonante del nerviosismo, la noticia que actuó como catalizador de las ventas, surgió del corazón del capital privado. Blue Owl Capital, un gigante del sector, se desplomó más de un 9% tras anunciar una decisión drástica: la venta forzosa de 1.400 millones de dólares en activos y, lo que es más alarmante, la congelación de los reembolsos en uno de sus fondos. En la jerga financiera, "congelar reembolsos" es una señal de alarma máxima. Significa que la firma no tiene la liquidez necesaria para devolver el dinero a sus inversores cuando estos lo solicitan, una situación que pone en jaque la confianza, el activo más valioso en el mundo de las finanzas. La justificación oficial –gestionar la deuda y devolver capital– no hizo más que alimentar los temores de que bajo la alfombra de un sector que ha crecido exponencialmente al calor de los tipos de interés cero, se esconden problemas estructurales.
El día que se abrió la caja negra del capital privado
El pánico fue instantáneo y contagioso. Si una firma del calibre de Blue Owl tenía problemas, ¿quién podía asegurar que sus competidores estuvieran a salvo? Los inversores no esperaron a averiguarlo. Se lanzó una oleada de ventas indiscriminada sobre los titanes del sector. Apollo Global Management se hundió un 6,4%, Ares Management un 5,1% y KKR & Co, una de las firmas más legendarias, cedió un 3,4%. La pregunta que sobrevolaba el parqué era si el modelo de negocio del capital privado, basado en un alto apalancamiento y valoraciones a menudo opacas, puede resistir en un entorno de tipos de interés elevados. La decisión de Blue Owl ha abierto a la fuerza una pequeña rendija en la caja negra de este sector, y lo que se vislumbra dentro ha asustado, y mucho, al mercado.
El malestar no se limitó al sector financiero. En el ámbito del consumo, Walmart, el mayor minorista del mundo, se dejaba unas décimas en una jornada simbólica. Su nuevo CEO, John Furner, estrenaba su mandato con un pronóstico fiscal para 2027 marcadamente conservador, una señal inequívoca de que la compañía no espera un camino de rosas para el consumidor estadounidense. Para compensar esta cautela y sostener la acción, la empresa anunció un masivo plan de recompra de acciones por valor de 30.000 millones de dólares. Es una jugada defensiva clásica: si el crecimiento orgánico se complica, se utiliza la artillería financiera para premiar al accionista, pero el mensaje de fondo sobre la economía real es, como poco, preocupante.
No todo fueron malas noticias, y en los contrastes es donde mejor se entiende la complejidad del mercado actual. Mientras la nueva economía financiera y tecnológica sufría, la vieja economía industrial sacaba músculo. Deere & Co, el icónico fabricante de maquinaria agrícola, se disparó más de un 12%. La compañía no solo pulverizó las estimaciones de resultados del primer trimestre, sino que elevó su previsión de beneficios para todo el año. En un día de dudas sobre modelos de negocio abstractos, el mercado aplaudió con fervor a una empresa que fabrica tractores y cosechadoras, productos tangibles cuyo valor no depende de algoritmos ni de la especulación, sino de la necesidad fundamental de alimentar al mundo. Este repunte, junto al de otras industriales, fue el principal dique de contención que evitó que las caídas en los índices fueran mucho más severas.
La resaca de la IA y el fantasma de la Reserva Federal
El segundo gran foco de tensión del día se localizó en el sector tecnológico, que parece estar experimentando su primera gran crisis de fe. La narrativa de la Inteligencia Artificial, que ha impulsado al mercado a récords históricos, se enfrenta ahora a un escrutinio mucho más severo. Los inversores ya no se conforman con promesas de disrupción futura; exigen ver cómo las multimillonarias inversiones en IA se traducen en un crecimiento tangible de los ingresos y los beneficios. El índice de Semiconductores de Filadelfia (SOX), que agrupa a los fabricantes de los chips que son el cerebro de esta revolución, cayó un 0,7%, reflejando el escepticismo creciente. La preocupación por las altas valoraciones empieza a pesar más que el entusiasmo por la tecnología.
Esta nueva realidad se manifestó con crudeza en varios frentes. La idea de que la IA puede ser una fuerza destructora para modelos de negocio establecidos está calando, golpeando a sectores tan dispares como el software o la logística. “De repente, los mercados han descubierto que la IA va a tener un gran impacto en la forma de hacer negocios... es simplemente una sobrerreacción”, comentaba Max Wasserman, fundador de Miramar Capital. Sin embargo, para muchos no es una sobrerreacción, sino un ajuste a la realidad. Un ejemplo palmario fue el del proveedor de software EPAM Systems, que se hundió un 21,5% después de presentar unas previsiones para el primer trimestre que decepcionaron profundamente a los inversores, una prueba de que el camino de la IA no será un ascenso lineal para todos.
En medio de este mar de fondo corporativo, la sombra de la política monetaria sigue siendo el factor determinante. Las actas de la última reunión de la Reserva Federal, publicadas el miércoles, revelaron a un comité de política monetaria profundamente dividido sobre el camino a seguir. La certeza de que los recortes de tipos eran inminentes se ha desvanecido, dando paso a un mar de dudas. Según la herramienta FedWatch de CME, los operadores ahora otorgan una probabilidad del 60% a un primer recorte en junio, pero esa cifra es volátil y depende enteramente de los datos que están por llegar. La fortaleza del mercado laboral, confirmada por unas peticiones de subsidio por desempleo que cayeron más de lo esperado, complica aún más la ecuación para el banco central, ya que un empleo robusto puede mantener vivas las presiones inflacionistas.
A la espera del veredicto de la inflación entre tensiones geopolíticas
Es por eso que toda la atención del mercado está ahora puesta en el viernes, cuando se publique el informe del Gasto en Consumo Personal (PCE), el indicador de inflación preferido por la Fed. Este dato será la pieza clave que podría inclinar la balanza de los responsables de la política monetaria. Un dato más alto de lo esperado podría posponer aún más los recortes de tipos, desatando una nueva oleada de ventas. Por el contrario, una cifra contenida podría devolver algo de calma a un mercado que la necesita con urgencia. Varios miembros del banco central tienen previsto hablar durante la jornada, y cada una de sus palabras será analizada con lupa en busca de pistas.
El balance final de la sesión reflejó el sentimiento negativo: en la Bolsa de Nueva York (NYSE), los valores a la baja superaron a los que subieron en una proporción de 1,55 a 1, mientras que en el Nasdaq la relación fue de 1,44 a 1. A pesar de la caída general, el S&P 500 logró registrar 23 nuevos máximos de 52 semanas, un reflejo de la bifurcación del mercado, pero también anotó seis nuevos mínimos, una señal de que las debilidades son cada vez más visibles. En el Nasdaq, la polarización fue aún mayor, con 42 nuevos máximos frente a 101 nuevos mínimos, evidenciando que, aunque algunos gigantes tecnológicos siguen fuertes, una parte significativa del sector está sufriendo.
Para añadir una capa más de complejidad, el factor geopolítico volvió a asomar la cabeza. El sector energético del S&P 500 fue uno de los pocos que cerró en verde, con una subida del 0,9%, impulsado por el alza de los precios del crudo. Este repunte no se debió a una mayor demanda, sino a los crecientes temores de un conflicto militar abierto entre Estados Unidos e Irán. Un conflicto en Oriente Medio podría disparar los precios de la energía, lo que representaría un grave shock inflacionista para la economía global y pondría a la Reserva Federal entre la espada de combatir la inflación y la pared de provocar una recesión. Un riesgo más para un mercado que hoy ha descubierto que tiene más frentes abiertos de los que pensaba.
