La imagen era impensable, un tabú de siglos hecho añicos en el frío amanecer de Norfolk: coches de policía sin distintivos recorriendo los caminos privados de la finca de Sandringham, el refugio sagrado de la monarquía británica. Su objetivo no era un intruso, sino uno de los suyos. Andrés Mountbatten-Windsor, el hombre que una vez fue Su Alteza Real el Príncipe Andrés, Duque de York, fue arrestado el jueves por la mañana bajo sospecha de un delito que resuena con la traición: mala conducta en un cargo público. Once horas después, tras un interrogatorio que marca un punto de no retorno para la Casa de Windsor, fue puesto en libertad, pero la mancha de su arresto y la sombra de una investigación en curso han desatado una crisis constitucional y moral sin precedentes en la historia moderna del Reino Unido.
La liberación, captada por el teleobjetivo de un fotógrafo tenaz que inmortalizó su rostro sombrío en el asiento trasero de un coche al abandonar la comisaría, no supone el final de su calvario. La Policía de Thames Valley fue quirúrgicamente precisa en su comunicado: ha sido "liberado bajo investigación", una fórmula legal que lo sitúa en un limbo aterrador, sin cargos formales pero lejos de ser exonerado. La investigación sobre sus vínculos con el depredador sexual convicto Jeffrey Epstein, específicamente sobre si utilizó su privilegiada posición como enviado comercial del Reino Unido para filtrar información clasificada al financiero estadounidense, acaba de empezar. Y con ella, la demolición final del mito de que la sangre real otorga un escudo contra la ley.
La reacción más sísmica, sin embargo, no provino de la policía ni de los abogados, sino del Palacio de Buckingham. Rompiendo con la máxima de su madre, "nunca te quejes, nunca des explicaciones", el rey Carlos III emitió un comunicado de una frialdad y una contundencia brutales. "Permítanme decirlo claramente: la ley debe seguir su curso", sentenció el monarca. En esas nueve palabras, Carlos no solo arrojaba a su hermano a los lobos, sino que ejecutaba un acto de supervivencia institucional. Era el rey eligiendo la Corona por encima del hermano, consciente de que para salvar la monarquía en el siglo XXI, debía sacrificar a su eslabón más tóxico y demostrar, por primera vez de forma tan explícita, que ni siquiera un Windsor está por encima de la justicia.
El día en que la ley llamó a la puerta de un príncipe
La operación policial, planeada con sigilo, se centró en Wood Farm, la residencia relativamente modesta en los terrenos de Sandringham a la que Andrés se había retirado tras ser desalojado de su opulenta mansión cerca de Windsor. El arresto del hombre de 66 años no fue un acto impulsivo. La policía confirmó que fue la culminación de una "evaluación exhaustiva" de la correspondencia entre Andrés y Epstein, hecha pública meses atrás por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Esos documentos, millones de páginas que han sacudido los cimientos del poder a ambos lados del Atlántico, fueron la pistola humeante que la policía británica ya no podía ignorar.
"Hemos abierto una investigación sobre esta acusación de mala conducta en un cargo público", declaró el subcomisario Oliver Wright, reconociendo el "significativo interés público" en el caso. Mientras Andrés era conducido a una comisaría, varios equipos de detectives iniciaban registros minuciosos tanto en su casa de Norfolk como en otra propiedad no especificada. La imagen de agentes con guantes de látex revisando las pertenencias de un hijo de la reina Isabel II es, en sí misma, una metáfora de la caída en desgracia más espectacular que se recuerda. Un hombre que una vez negoció tratados comerciales en nombre de Su Majestad, ahora era un sospechoso en una celda, despojado de sus títulos, su dignidad y, sobre todo, su aura de intocable.
El período de detención fue tenso y calculado. Durante esas once horas, Andrés fue sometido a interrogatorios formales, un proceso estandarizado del que, según los expertos, no recibió trato especial. "Estará en un calabozo en una suite de custodia, con solo una cama y un inodoro", explicó a la BBC Danny Shaw, un analista de la ley británica. La realidad del sistema de justicia penal se impuso a siglos de privilegio real. La decisión de liberarlo bajo investigación sugiere que la policía ha reunido pruebas suficientes para justificar el arresto, pero necesita más tiempo para construir un caso sólido que pueda presentarse ante la fiscalía, un proceso que podría llevar meses de un agónico escrutinio público.
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"Nadie está por encima de la ley": El eco de las víctimas y la caída de un mito
Lejos del drama legal y palaciego, la noticia fue recibida como un acto de justicia tardía por quienes representan a las víctimas. La familia de Virginia Giuffre, la mujer que acusó a Andrés de haber abusado de ella cuando era menor de edad y que se suicidó el año pasado, emitió una declaración demoledora. "Nuestros corazones rotos se han aliviado al saber que nadie está por encima de la ley, ni siquiera la realeza", afirmaron, añadiendo una frase que resonará en los libros de historia: "Él nunca fue un príncipe. Para las supervivientes de todo el mundo, Virginia hizo esto por vosotras". Sus palabras devolvieron el foco a la dimensión humana de una saga que a menudo se pierde en tecnicismos legales y protocolo real.
El arresto no es solo una debacle personal, es un hito histórico. Hay que remontarse casi 400 años, a la Guerra Civil Inglesa y a la detención y posterior ejecución del rey Carlos I, para encontrar un precedente de un miembro de la realeza de tan alto rango siendo arrestado. "Esta es la caída en desgracia más espectacular para un miembro de la Familia Real en los tiempos modernos", afirmó Craig Prescott, experto en realeza de la Universidad de Londres, quien la comparó en gravedad con la crisis de la abdicación de Eduardo VIII. Aquella fue una crisis de amor y deber; esta es una crisis de presunta corrupción y depravación, infinitamente más corrosiva para la imagen de la institución.
La onda expansiva del escándalo Epstein en el Reino Unido va mucho más allá de Andrés. El Consejo Nacional de Jefes de Policía ha creado un grupo de coordinación para ayudar a las distintas fuerzas a investigar los posibles delitos cometidos por Epstein y sus socios en suelo británico. Las mismas filtraciones de documentos que han hundido a Andrés también han salpicado a la élite política, obligando al primer ministro Keir Starmer a defender el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington, cuya relación con Epstein resultó ser mucho más profunda de lo que se admitió inicialmente. La investigación sobre Andrés es solo la punta de un iceberg de complicidades que amenaza con arrastrar a figuras clave del establishment británico.
La Corona o el hermano: La estrategia de supervivencia de Carlos III
El arresto del jueves no puede entenderse sin el contexto de la estrategia de tierra quemada que el rey Carlos III ha implementado en los últimos meses. Viendo venir el tsunami de los archivos de Epstein, el monarca actuó con una crueldad preventiva. Primero, despojó a su hermano del derecho a ser llamado "príncipe" y "Su Alteza Real". Después, lo obligó a abandonar Royal Lodge, su hogar durante más de 20 años. Y, en un gesto sin precedentes, emitió una declaración de apoyo a las víctimas de Epstein. Cada movimiento fue una pieza de un cortafuegos diseñado para aislar el núcleo de la monarquía del incendio que se avecinaba.
La correspondencia publicada por el Departamento de Justicia fue el catalizador que hizo insostenible la posición de Andrés y forzó la mano del rey. Los correos electrónicos demolieron la coartada que el ex-príncipe había mantenido durante años en su desastrosa entrevista con la BBC: que había cortado lazos con Epstein tras su primera condena en 2008. Los textos mostraban a un Andrés que no solo invitaba a Epstein al Palacio de Buckingham en 2010, sino que parecía enviarle informes confidenciales de una gira comercial por el Sudeste Asiático, el presunto acto de mala conducta que ahora investiga la policía.
Ahora, Andrés Mountbatten-Windsor se enfrenta a un futuro incierto. La investigación policial seguirá su curso, y cada nuevo desarrollo será una tortura mediática para él y para su familia. La posibilidad de que finalmente se presenten cargos y se enfrente a un juicio público ya no es una fantasía de sus detractores, sino una posibilidad real y tangible. Su liberación el jueves por la noche no fue un final, sino el comienzo del capítulo más oscuro y humillante de su vida, y una advertencia para la institución que lo engendró: en el mundo moderno, ni las murallas de un palacio ni un apellido real pueden protegerte para siempre de la justicia.