Diálogo entre Rusia y Ucrania acaba sin avances y aumenta la tensión internacional
Cuatro años después del inicio de la invasión a gran escala, las primeras conversaciones serias entre Rusia, Ucrania y Estados Unidos para cerrar la guerra vuelven a terminar sin avances decisivos. La nueva ronda de diálogo en Ginebra, que se prolongó hasta la noche del martes pero apenas dos horas el miércoles, ha dejado un mensaje claro: hay pequeños pasos en lo técnico, pero el núcleo político sigue intacto.
Las delegaciones hablan de reuniones “difíciles”, pero “de trabajo”; el eufemismo diplomático habitual cuando nadie quiere admitir un fracaso abierto. Moscú se aferra a su exigencia de controlar todo el Donbás. Kiev insiste en que ceder territorio no entra en el concepto de “paz justa”. Washington intenta que las partes al menos definan un alto el fuego verificable.
Mientras tanto, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, acusa al Kremlin de “tratar de alargar unas negociaciones que podrían estar ya en su fase final”. Y el presidente estadounidense, Donald Trump, lanza mensajes públicos a Kiev para que “vaya rápido a la mesa”.
El resultado, por ahora, es un empate peligroso: sin ruptura del proceso, pero sin una hoja de ruta creíble para detener la guerra que sigue destrozando el país.
Cuatro años de guerra y una paz que no llega
El marco temporal lo dice todo: cuatro años de conflicto abierto, decenas de miles de militares y civiles muertos y millones de desplazados dentro y fuera de Ucrania. La guerra ha destruido infraestructuras críticas, reducido barrios enteros a escombros y obligado al país a dedicar alrededor de un tercio de su PIB al esfuerzo bélico, entre gasto militar directo y pérdidas económicas.
En este contexto, cada intento de negociación se percibe como una posible salida de emergencia. Pero también como un riesgo: firmar “mal” puede hipotecar la seguridad del país durante décadas. De ahí la insistencia de Kiev en hablar de “paz justa” y no solo de “paz”, a secas.
Para Europa, el conflicto sigue siendo el mayor desafío de seguridad desde la Segunda Guerra Mundial. Ha forzado un giro en la política de defensa de Alemania, disparado el gasto militar de varios países hasta el entorno del 2% del PIB y obligado a rediseñar la arquitectura energética para reducir la dependencia del gas ruso. Cada mes de guerra añade nuevos costes, visibles y ocultos.
En Ginebra, sin embargo, esa urgencia histórica no se ha traducido en avances tangibles. El calendario corre, pero el mapa sigue congelado.
Una negociación a tres bandas sin resultados visibles
La ronda de Ginebra tenía una novedad relevante: una mesa a tres bandas con Rusia, Ucrania y Estados Unidos como arquitecto del proceso. El enviado especial Steve Witkoff intentó insuflar optimismo antes del encuentro, subrayando que existían “condiciones” para avanzar. La realidad posterior ha sido más áspera.
Las reuniones del martes se prolongaron durante unas seis horas y se describen como “intensas”. El miércoles, en cambio, apenas duraron dos. Tras el encuentro trilateral, el jefe negociador ruso, Vladímir Medinski, regresó a la sala para celebrar una reunión a puerta cerrada de hora y media solo con la delegación ucraniana. Ninguna de las partes ha querido detallar qué se habló en ese último tramo, una señal de que el intercambio fue políticamente delicado.
Desde Kiev, fuentes diplomáticas hablan de “cierto progreso” en cuestiones militares, como la definición de la línea de frente y los mecanismos de verificación de un eventual alto el fuego. Es decir, el cómo. Lo que sigue bloqueado es el qué: el contenido de ese acuerdo, el futuro de los territorios ocupados y la arquitectura de seguridad posterior.
El diagnóstico es inequívoco: hay técnica para sostener un posible alto el fuego, pero no hay aún voluntad política suficiente para firmarlo.
El escollo central: Donbás y el mapa que nadie firma
El corazón del bloqueo tiene nombre propio: Donbás. Moscú no se ha movido ni un milímetro de su exigencia de control total de las regiones de Donetsk y Lugansk, incluida parte del territorio que sus tropas ni siquiera dominan por completo. Para Ucrania, aceptar esa pretensión sería legitimar la conquista y renunciar a una franja de territorio que incluye varias ciudades fortificadas y una extensa línea defensiva.
Zelenski lo ha dejado claro en público. Cualquier plan que contemple la entrega del Donbás sería rechazado si se somete a referéndum. Y es ahí donde entra el componente interno: ningún Gobierno en Kiev sobreviviría políticamente a una cesión masiva de territorio, por mucha presión internacional que exista.
La comparación con el Acuerdo de Múnich de 1938, que permitió a Hitler anexionarse los Sudetes, no es casual. Zelenski la ha mencionado de forma explícita para subrayar que, desde su perspectiva, ceder ahora sería simplemente aplazar una agresión futura, no evitarla.
Para Rusia, en cambio, la renuncia al Donbás equivaldría a admitir el fracaso de su objetivo declarado de “proteger” a la población de la región y de garantizar un corredor terrestre hacia Crimea. En otras palabras: ninguna de las dos capitales puede vender la concesión a su propia opinión pública. Ahí reside el nudo.
Zaporiyia, el reactor en disputa que bloquea el acuerdo
El segundo gran punto de fricción es la central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa, ocupada por Rusia desde marzo de 2022 y situada en la línea de frente. Kiev exige su devolución. Moscú, que la integra de facto en su control territorial, se resiste.
La propuesta ucraniana, adelantada por Zelenski, incluye un escenario en el que Ucrania compartiría la gestión de la planta con Estados Unidos, lo que introduciría un factor de supervisión internacional y podría reducir el riesgo de accidente. Para el Kremlin, aceptar algo así significaría abrir la puerta a una presencia estructural estadounidense en un activo crítico dentro de un territorio que considera propio.
La central no es solo un símbolo: es un riesgo. Cualquier incidente grave tendría efectos devastadores para Ucrania, Rusia y varios países de la UE. La Agencia Internacional de la Energía Atómica lleva meses advirtiendo de la vulnerabilidad de instalaciones que funcionan en modo degradado, con personal bajo presión y en una zona militarizada.
En las conversaciones de Ginebra, el estatus de Zaporiyia se ha convertido en un termómetro del grado de confianza real entre las partes. De momento, el mercurio no sube: ni Kiev está dispuesta a renunciar a la planta ni Moscú parece aceptar una fórmula de cogestión que implique a terceros.
Trump aprieta a Kiev mientras Moscú gana tiempo
La nueva variable en esta fase de la guerra es el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca. El presidente estadounidense ha asumido como objetivo político lograr un acuerdo antes de una fecha límite informal, y no ha ocultado su impaciencia. “Ucrania tiene que venir a la mesa, rápido”, ha dicho, en un mensaje que en Kiev se ha interpretado como una presión desproporcionada sobre la parte agredida.
Trump busca presentarse ante su electorado como el líder capaz de “poner fin a la guerra”, incluso si el resultado dista de la idea de “paz justa” que defiende Zelenski. Eso introduce una asimetría incómoda: mientras Ucrania sabe que un mal acuerdo puede tener un coste existencial, Washington también calcula en clave interna, de encuestas y plazos electorales.
Moscú, por su parte, juega a otra cosa. La estrategia del Kremlin pasa por alargar el proceso, consolidar los hechos sobre el terreno y esperar a que el cansancio occidental erosione el apoyo militar y financiero a Ucrania. La acusación de Zelenski de que Rusia intenta “dilatar” unas conversaciones que podrían estar ya en su fase final encaja con ese guion.
Entre una Casa Blanca que quiere resultados rápidos y un Kremlin que prefiere el desgaste lento, Kiev corre el riesgo de quedarse atrapada en el medio.
El fantasma de Múnich y el coste político de ceder
Más allá de los mapas, lo que se discute en Ginebra es la narrativa de la guerra. Zelenski insiste en que no puede aceptarse una paz basada en la amputación de territorio bajo la amenaza de las armas, porque enviaría al mundo el mensaje de que la agresión compensa. De ahí la referencia constante a Múnich: el temor a repetir un esquema de apaciguamiento que solo pospone el conflicto.
Dentro de Ucrania, la sociedad ha soportado cuatro inviernos de apagones, sirenas y ataques diarios. Cualquier concesión territorial masiva, aunque se envolviera en promesas de seguridad, podría ser percibida como una traición a quienes han combatido y a quienes han perdido sus hogares. El coste político interno sería enorme, tanto para el presidente como para cualquier fuerza que apoyase ese escenario.
Al otro lado, Rusia ha construido un relato de “victoria existencial” frente a Occidente en el que renunciar al Donbás o a otros territorios sería inasumible para el propio Putin. Las élites de seguridad verían en ello una derrota estratégica.
El contraste con otros conflictos es elocuente: lo que en otros procesos de paz se ha resuelto con fórmulas ambiguas aquí choca con dos memorias históricas que leen el precedente de forma diametralmente opuesta.
Europa en la mesa corta: seguridad, dinero y reconstrucción
En Ginebra también estaban Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, pero en la segunda fila. Mantuvieron reuniones paralelas con la delegación ucraniana, sin participar de pleno derecho en la mesa trilateral. Zelenski ha subrayado que la presencia europea es “indispensable” para cualquier acuerdo final, no solo por razones políticas, sino muy concretamente económicas y de seguridad.
La UE y sus socios europeos han aportado ya decenas de miles de millones en ayuda financiera, militar y humanitaria. Serán, además, los principales financiadores de la reconstrucción, que en algunas estimaciones oficiales se sitúa por encima del 100% del PIB anual ucraniano. En paralelo, Europa tendrá que asumir durante años el coste de reforzar su flanco oriental y de integrar, de facto o de iure, a una Ucrania devastada en su arquitectura de seguridad.
Quedar fuera de la foto final de la paz sería, por tanto, una anomalía. Europa paga buena parte de la factura pero ve condicionadas sus prioridades por un formato de negociación diseñado desde Washington, algo que ya genera tensiones internas.
El mensaje que llega de Ginebra es claro: si el acuerdo se cocina solo a tres bandas, Bruselas tendrá que redoblar esfuerzos para entrar en la sala antes de que se firme nada.
¿Hacia un conflicto congelado o hacia un acuerdo imperfecto?
Con la ronda de Ginebra cerrada sin fecha firme para el próximo encuentro, el debate se desplaza a los escenarios. Uno es el del conflicto congelado: una línea de frente estabilizada, un alto el fuego parcial, tropas atrincheradas y ninguna solución política de fondo. Sería, en la práctica, una nueva Transnistria o un nuevo Donbás, pero a escala mucho mayor.
Otro escenario es el del acuerdo imperfecto, con concesiones territoriales dolorosas para Ucrania a cambio de garantías de seguridad robustas, presencia internacional en puntos críticos y un compromiso financiero masivo de Occidente. Este camino podría detener la guerra a corto plazo, pero abriría un debate intenso sobre el tipo de orden internacional que se está legitimando.
El tercero, el más sombrío, es el de la ruptura total de las conversaciones y una nueva escalada militar, con más ofensivas, más ataques a infraestructuras energéticas y más presión sobre una población ya exhausta.
De momento, las piezas no encajan. Las conversaciones de Ginebra han demostrado que hay capacidad técnica para definir un alto el fuego, pero no existe todavía una visión común sobre qué significa una paz aceptable. Entre el riesgo de una paz injusta y el coste de una guerra interminable, Ucrania y sus aliados siguen atrapados en el mismo dilema.