César Muro y Javier Pineda

¿Está Bitcoin dejando atrás su ciclo clásico? El nuevo rumbo de las criptomonedas frente al oro

La irrupción de los ETFs, la entrada institucional y la tokenización apuntan a un mercado cripto menos adolescente… y más sistémico

Imagen miniatura del vídeo de Negocios TV donde se explora el giro en las criptomonedas y el papel de Bitcoin frente al oro y los ETFs.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
¿Está Bitcoin dejando atrás su ciclo clásico? El nuevo rumbo de las criptomonedas frente al oro

Hace apenas unos años, Bitcoin era sinónimo de riesgo extremo, foros de Internet y traders jóvenes persiguiendo subidas de tres dígitos. Hoy, el paisaje ha cambiado de forma silenciosa, pero profunda. Tras las últimas sacudidas del mercado, el activo que inauguró el universo cripto no se ha desplomado como en otros ciclos: se mantiene sorprendentemente estable, mientras el volumen en derivados crece, los tenedores a largo plazo no sueltan sus posiciones y los grandes fondos cruzan una frontera que hasta hace poco parecía infranqueable.
El debate ya no es si Bitcoin sobrevivirá o no, sino si estamos asistiendo al final del famoso ciclo de cuatro años —marcado por cada “halving”— y al inicio de un superciclo de naturaleza institucional, menos explosivo pero más persistente.
En paralelo, los ETFs, la regulación en Europa y EE. UU. y la carrera por la tokenización de activos crean un entorno radicalmente distinto al de 2017 o 2021. El espacio cripto deja de ser un “otro mundo” y se integra, a marchas forzadas, en el sistema financiero que decía querer destronar.

Un mercado que ya no se hunde como antes

Las últimas correcciones de las criptomonedas han servido como stress test para una tesis incómoda: Bitcoin ya no reacciona como un activo puramente especulativo. Donde antes veíamos desplomes del 60% o 70% en cuestión de semanas, ahora la caída se amortigua, el rebote es menos dramático… y, sobre todo, la estructura del mercado aguanta.

Los datos que observan los analistas apuntan en la misma dirección: el interés abierto en derivados se mantiene elevado, el volumen no desaparece y los llamados long-term holders continúan acumulando o, al menos, se niegan a vender por debajo de determinados niveles psicológicos. En otras palabras, hay manos que ya no operan con mentalidad de casino, sino con horizonte de varios años.

A la vez, el flujo de capital ya no es unidireccional: cuando el miedo golpea a Bitcoin, parte del dinero rota hacia altcoins con casos de uso concretos —infraestructura, DeFi, tokenización— en lugar de salir del ecosistema por completo. El resultado es un mercado menos binario y más parecido a un conjunto de sectores interconectados.

La consecuencia es clara: los viejos patrones de “subida parabólica – colapso – invierno cripto” empiezan a diluirse, o al menos a suavizarse. De ahí la pregunta que sobrevuela el análisis de Negocios TV: ¿y si el famoso ciclo de cuatro años ya no explica lo que viene?

Derivados al alza: ¿estabilidad o domesticación del riesgo?

Uno de los cambios más profundos es el peso creciente del mercado de derivados. Futuros, opciones y productos estructurados sobre Bitcoin y otras criptomonedas mueven ya volúmenes que rivalizan con el mercado al contado. Para algunos, esto es una buena noticia: más herramientas de cobertura, más liquidez, menos movimientos abruptos provocados por ventas forzadas.

Sin embargo, el reverso es menos cómodo. La irrupción masiva de derivados introduce lógicas propias de los mercados tradicionales: apalancamiento institucional, estrategias de arbitraje, volatilidad vendida sistemáticamente. El “espíritu original” de un activo salvaje, ajeno a la disciplina del risk management bancario, se diluye.

Lo relevante no es la nostalgia, sino el efecto macro:

  • Se reducen los movimientos extremos intradía,

  • Se amplifican las correcciones cuando saltan llamadas de margen,

  • Y el precio de Bitcoin empieza a responder a factores típicos de cualquier activo financiero: tipos de interés, liquidez global, regulación y apetito de riesgo.

La consecuencia es paradójica: Bitcoin se hace más “serio” pero también más dependiente del ciclo macro, justo cuando una parte de su relato se construyó sobre la promesa de ser refugio frente a ese mismo sistema.

Holders de largo plazo: la nueva columna vertebral del mercado

Si hay un indicador que obsesiona a los analistas on-chain es la cantidad de Bitcoin en manos de tenedores considerados de largo plazo (LTH), que mantienen sus monedas inmóviles durante más de 155 días. Esa base de “fieles” no ha dejado de crecer ciclo tras ciclo.

En la práctica, estos holders funcionan como una reserva de oferta que desaparece del mercado, reduciendo el flotante disponible para el corto plazo. Cuando el precio cae, el grueso de estas carteras no vende; cuando sube, distribuye de forma gradual. El resultado es un colchón que amortigua las sacudidas más violentas.

Este comportamiento tiene dos lecturas:

  • Por un lado, refuerza la narrativa de Bitcoin como activo de reserva a largo plazo, comparable —en el imaginario de muchos— al oro digital.

  • Por otro, reduce la elasticidad del mercado: hace falta más capital nuevo para provocar grandes movimientos al alza y, a la vez, más presión vendedora para detonar caídas realmente profundas.

Lo que está en juego es el tono del próximo ciclo. Si los LTH mantienen su disciplina, el mercado puede transitar hacia un superciclo menos abrupto, guiado por la acumulación pausada y la entrada escalonada de capital institucional.

Altcoins, ETFs y carteras que miran más allá de Bitcoin

Mientras Bitcoin consolida su papel de activo “núcleo”, el capital empieza a redistribuirse hacia proyectos que ofrecen algo más que narrativa. Infraestructuras de segunda capa, protocolos de finanzas descentralizadas, redes enfocadas a la tokenización de activos del mundo real o soluciones de identidad digital compiten por atraer un trozo de ese flujo.

En este contexto, los ETFs de Ethereum y otras grandes altcoins emergen como el siguiente paso natural, replicando el efecto que tuvieron los ETFs de Bitcoin: facilitan la entrada de capital institucional que no puede, o no quiere, custodiar directamente los activos. Para muchos gestores, pasar de un ETF de BTC a una cesta de activos cripto de gran capitalización es solo cuestión de proceso interno y de apetito de riesgo incremental.

La diversificación deja de ser un discurso ideológico y se convierte en una necesidad operativa:

  • Minimizar la dependencia de un solo activo,

  • Capturar la posible prima de crecimiento de ecosistemas funcionales,

  • Y construir carteras cripto que se parezcan cada vez más a carteras sectoriales en renta variable.

En ese tránsito, Bitcoin sigue siendo el “oro” de la historia, pero deja de ser el único protagonista.

ETFs y regulación: de activo marginal a pieza del sistema

La expansión de los ETFs de criptomonedas es uno de los vectores más claros de institucionalización. En Estados Unidos, los productos cotizados sobre Bitcoin han empezado a canalizar miles de millones en cuestión de meses, y Europa avanza —con más cautela— en vehículos equivalentes y marcos normativos como MiCA.

Reino Unido, Luxemburgo y otras plazas financieras compiten por atraer vehículos de inversión ligados a activos tokenizados y productos basados en blockchain, conscientes de que una parte del negocio de gestión de activos del futuro se librará en ese terreno. La regulación, tradicionalmente lenta, empieza a adaptarse:

  • Se clarifica el tratamiento contable de ciertos criptoactivos,

  • Se definen requisitos de custodia y de capital para productos estructurados,

  • Y se abre la puerta a que la banca pueda ofrecer exposición cripto a clientes de alto patrimonio con un marco jurídico claro.

El diagnóstico es inequívoco: el mercado ya no se mueve solo en los márgenes; entra por la puerta principal del sistema financiero, con sus ventajas (protección, supervisión, liquidez) y sus riesgos (correlación, contagio, presión regulatoria).

Tokenización de activos: la pieza que puede cambiar el tablero

Más allá del precio de Bitcoin, el verdadero cambio estructural puede venir de la mano de la tokenización de activos reales: inmuebles, deuda corporativa, infraestructuras, créditos de carbono o incluso participaciones en fondos tradicionales.

La idea es sencilla, pero disruptiva: representar digitalmente derechos de propiedad sobre activos del mundo real en redes públicas o semipúblicas, permitiendo fraccionar, negociar y liquidar esas posiciones de forma casi instantánea. Lo que antes requería intermediarios, plazos y elevados costes de transacción podría, al menos en parte, comprimirse en pocos clics.

Europa y EE. UU. avanzan, con ritmos distintos, hacia marcos que permitan experimentar en este terreno sin vaciar de contenido las garantías del sistema actual. Si esas normas encajan, el efecto sobre el ecosistema cripto será directo:

  • Habrá demanda de infraestructuras seguras y escalables,

  • Los tokens dejarán de ser solo representaciones de proyectos “nativos cripto”,

  • Y los inversores podrán configurar carteras híbridas, donde activos tradicionales y digitales coexistan bajo un mismo paraguas tecnológico.

En ese escenario, el mercado cripto dejaría definitivamente de ser un apéndice exótico para convertirse en una capa tecnológica del sistema financiero global.

Tipos de interés, Fed y la macro como guion inevitable

La otra transformación silenciosa es conceptual: Bitcoin ya no vive fuera del ciclo macro. La Reserva Federal y el nivel de tipos de interés pesan tanto —o más— que cualquier narrativa interna. Cuando la liquidez se retira, sufren las tecnológicas, la renta fija de alto riesgo… y también las criptomonedas.

Esto tiene implicaciones incómodas para los maximalistas, pero muy claras para los gestores institucionales:

  • Bitcoin se comporta, en buena medida, como un activo de riesgo con beta elevada,

  • La sensibilidad a las expectativas de tipos y al dólar es creciente,

  • Y los movimientos de la Fed pueden comprimir o expandir el supuesto superciclo cripto.

Lejos de restarle atractivo, esta dependencia puede ser justamente lo que haga “invertible” a Bitcoin para un gran fondo: si responde a variables macro conocidas, se puede modelizar, cubrir y ubicar en una cartera diversificada. El activo deja de ser un enigma absoluto y se convierte en una pieza más —peculiar, pero integrable— del puzle.

¿Superciclo institucional o solo otro giro del mismo patrón?

La gran pregunta, y la más arriesgada, es si todo lo anterior basta para hablar de un superciclo institucional que deje atrás el viejo esquema de cuatro años ligado al halving. La respuesta honesta es que aún no lo sabemos, pero algunos indicios apuntan a un cambio de régimen:

  • Peso creciente de ETFs y vehículos regulados,

  • Mayor proporción de oferta en manos de tenedores a largo plazo,

  • Protagonismo del mercado de derivados y de la macro global,

  • Y una regulación que, lejos de prohibir, empieza a canalizar.

En este contexto, expertos como César Muro y Javier Pineda ponen el foco en el matiz clave: no se trata solo de si subirá o bajará el precio, sino de qué tipo de mercado queremos entender. Uno dominado por ciclos salvajes, propios de una fase adolescente, o un entorno más maduro, en el que Bitcoin conviva con oro, renta variable y activos tokenizados como parte de la misma conversación estratégica.

El debate ya no es si la volatilidad volverá —volverá—, sino si ese próximo tramo formará parte de un patrón viejo o de un ciclo nuevo, impulsado por algo más que la especulación minorista. La entrada de capital institucional y la expansión de la tokenización parecen indicar que el relato del próximo gran movimiento no se escribirá solo en foros cripto, sino también en los comités de inversión de grandes gestoras y bancos centrales.

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