El petróleo se dispara un 4% ante la creciente tensión entre EEUU e Irán
La tensión militar entre EE. UU. e Irán reaviva el riesgo sobre el estrecho que mueve una quinta parte del crudo mundial
El mercado petrolero ha reaccionado este miércoles con una subida cercana al 4% en el WTI y el Brent, después de que se intensificaran las tensiones militares entre Estados Unidos e Irán en torno al estratégico estrecho de Ormuz. No es un mero titular alarmista: por ese paso marítimo circulan cada día unos 20 millones de barriles de petróleo, alrededor del 20% del consumo mundial de crudo, además de cerca del 20% del comercio global de gas natural licuado (GNL).
Las informaciones sobre posibles ataques y nuevas maniobras militares en la zona, sumadas a unas conversaciones nucleares en Ginebra todavía envueltas en ambigüedad, han sido suficientes para reactivar de golpe la prima de riesgo geopolítico. El movimiento al alza del petróleo no es extraordinario en términos históricos, pero sí relevante por el momento del ciclo económico y por la fragilidad de unas cadenas de suministro energéticas que apenas empiezan a recomponerse tras varios años de shock.
En cuestión de horas, las pantallas de negociación han pasado de descontar un escenario de relativa calma a incorporar un riesgo claro de interrupción parcial del suministro. La consecuencia inmediata es una subida del precio del barril; la mediata, un repunte de la tensión sobre la inflación, los tipos de interés y el crecimiento mundial.
La cuestión de fondo va más allá del movimiento de hoy: si la escalada militar se consolida, los analistas advierten de que este 4% puede ser solo el primer escalón de una tendencia más larga. Y el estrecho de Ormuz volvería a ocupar el lugar que nunca dejó de tener: el principal punto de estrangulamiento energético del planeta.
Una subida que llega en un momento delicado
Que el petróleo se mueva un 4% en una sesión no es, por sí solo, un acontecimiento histórico. Sucede en episodios de tensión, sorpresas macroeconómicas o cambios de política monetaria. Lo preocupante es el contexto en el que se produce esta vez. Tras dos años de lucha contra una inflación todavía por encima de los objetivos en muchas economías avanzadas, el respiro que empezaban a dar los precios de la energía era uno de los pocos apoyos claros para los bancos centrales.
Un nuevo tramo alcista del crudo llega, por tanto, en el peor momento posible para quienes confiaban en una normalización rápida de tipos. Aunque los niveles actuales no están todavía en zona de emergencia, los modelos que manejan las grandes gestoras suelen indicar que un encarecimiento sostenido de 10 dólares por barril durante varios meses puede añadir entre 0,2 y 0,3 puntos porcentuales a la inflación global y restar entre 0,1 y 0,2 puntos al crecimiento. No se trata de una catástrofe inmediata, pero sí de un lastre visible.
En las pantallas, el movimiento se ha traducido en un rebote sincronizado de las compañías petroleras, un ajuste al alza de las expectativas de inflación implícitas en los bonos y un ligero endurecimiento de las condiciones financieras. “No estamos en 1973, pero el mercado se ha vuelto extremadamente sensible a cualquier shock de oferta real o potencial”, resumía este miércoles un gestor de materias primas de una firma europea.
La lectura inmediata es clara: el margen de error de los bancos centrales se estrecha de nuevo justo cuando empezaban a debatir bajadas de tipos más agresivas.
El telón de fondo: Washington, Teherán y la sombra de Ginebra
El repunte del crudo no nace en el vacío. En los últimos días, la combinación de informes de inteligencia sobre posibles ataques, anuncios de maniobras navales y mensajes cruzados entre Washington y Teherán ha devuelto la región a un clima de elevada tensión. A ello se suma el papel ambiguo de las conversaciones nucleares en Ginebra: oficialmente abiertas, pero plagadas de líneas rojas, desconfianza mutua y plazos difusos.
“La mezcla de diplomacia fallida y movimientos militares visibles en un punto tan sensible del mapa es exactamente el tipo de cóctel que el mercado de petróleo detesta”, señalan fuentes del sector energético. Cada comunicado, cada filtración y cada imagen de ejercicios navales cerca del estrecho se traduce de inmediato en un ajuste de posiciones en los futuros de crudo.
Además, el historial de roces entre las armadas de ambos países en la zona no ayuda a calmar los ánimos. Organismos de análisis de riesgo recuerdan que hasta el 30% del crudo transportado por vía marítima puede pasar por ese corredor en determinados periodos, lo que convierte cualquier incidente en una potencial crisis global.
El diagnóstico, por tanto, es inequívoco: incluso si las negociaciones nucleares avanzan, el simple hecho de que se desarrollen en paralelo a maniobras militares en un chokepoint crítico garantiza un periodo de volatilidad elevada en los mercados energéticos.
Ormuz, la garganta por la que respira el mercado del crudo
El estrecho de Ormuz es algo más que una línea en el mapa. Es una auténtica “garganta” por la que respira buena parte del sistema energético mundial. Según datos de la Agencia Internacional de la Energía y de la Administración de Información Energética de Estados Unidos, por allí transitan en torno a 20–21 millones de barriles diarios, equivalentes a aproximadamente una quinta parte del consumo global de petróleo y cerca de una cuarta parte del comercio marítimo de crudo.
Por ese estrecho sale el petróleo de Arabia Saudí, Emiratos, Kuwait, Irak, Qatar, Bahréin e Irán, y la mayoría de esos barriles tienen como destino final los grandes importadores asiáticos: China, India, Japón o Corea del Sur. Más del 70% de los flujos de crudo que cruzan Ormuz acaban en Asia, lo que explica que los mercados asiáticos de derivados reaccionen con una sensibilidad extrema a cualquier noticia sobre la zona.
El margen para desviar volúmenes por rutas alternativas es limitado. Los grandes oleoductos que conectan los campos del Golfo con el mar Rojo o con el puerto emiratí de Fujairah podrían absorber, en el mejor de los casos, entre 3,5 y 5,5 millones de barriles diarios, una fracción de los flujos totales. “Cualquier interrupción prolongada en Ormuz no solo recortaría exportaciones; también dejaría fuera de juego la mayor parte de la capacidad productiva ociosa del mundo”, alertan los expertos.
La consecuencia es clara: Ormuz no es solo un riesgo regional, sino un punto único de fallo para el sistema energético global, en el que un incidente local puede traducirse en un shock global en cuestión de horas.
El lenguaje del mercado: primas de riesgo y coberturas
La reacción del mercado a la escalada en Ormuz se ha traducido, en primer lugar, en una ampliación de la prima de riesgo geopolítico incorporada al precio del barril. Esta prima, difícil de cuantificar con precisión, refleja cuánto están dispuestos a pagar los compradores por asegurar suministros en un contexto de incertidumbre.
En la práctica, se manifiesta en varios frentes. Por un lado, en el repunte de los futuros a corto plazo frente a los contratos a más largo vencimiento, señal de que los traders se protegen contra un shock de oferta inmediato. Por otro, en el encarecimiento de las coberturas de riesgo mediante opciones, con un aumento del volumen de compras de calls fuera de dinero ante la posibilidad de nuevas subidas abruptas del precio.
Las compañías energéticas, por su parte, aprovechan para bloquear parte de su producción futura a precios más altos, mientras que los grandes consumidores industriales intentan asegurar contratos de suministro a medio plazo antes de que el movimiento alcista se consolide. “En episodios así, la frontera entre cobertura prudente y comportamiento procíclico es muy fina”, advierten en una mesa de negociación de derivados.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras el mercado del gas europeo ha ido normalizándose gracias al aumento de importaciones de GNL y a la diversificación de rutas, el petróleo sigue dependiendo en gran medida de unos pocos pasos marítimos extremadamente vulnerables.
Impacto sobre inflación, tipos de interés y crecimiento
Más allá de los gráficos intradía, el aumento del petróleo tiene implicaciones directas para la economía real. Un encarecimiento rápido del crudo termina trasladándose, con cierto decalaje, a los precios de los combustibles, al coste del transporte de mercancías y, en último término, a la inflación general. Para economías como la española, con una dependencia energética todavía elevada, el efecto no es menor.
Si el movimiento del 4% se quedara en un episodio aislado, su impacto sería limitado. Sin embargo, si se encadena una serie de sesiones con avances similares, no es descartable que el barril avance 10–15 dólares en pocas semanas, reabriendo el debate sobre la resistencia de hogares y empresas a un nuevo ciclo de encarecimiento energético. En ese escenario, los bancos centrales se verían obligados a calibrar de nuevo el equilibrio entre controlar la inflación y no descarrilar el crecimiento.
En Europa, además, la cuestión tiene una dimensión política evidente. Tras años de insistir en la necesidad de acelerar la transición energética y reducir la dependencia de combustibles fósiles importados, cada crisis en Ormuz evidencia hasta qué punto la descarbonización y la seguridad de suministro avanzan a ritmos distintos. Mientras los objetivos climáticos se proyectan a 2030 o 2050, los shocks de oferta se cuentan en días.