El Hang Seng cae un 0,3% tras la congelación de tipos en China
Las bolsas asiáticas han amanecido en rojo después de que el Banco Popular de China (PBoC) decidiera mantener sin cambios sus tipos de referencia, en un momento en el que el mercado empezaba a descontar un gesto más contundente de apoyo a la segunda economía del mundo. La Loan Prime Rate (LPR) a un año se mantiene en el 3,0% y la de cinco años en el 3,5%, pese al enfriamiento del ciclo y a un sector inmobiliario aún en crisis. El resultado ha sido una sesión de ventas generalizadas: el Nikkei ha llegado a caer un 1%, el Kospi surcoreano un 0,4% y los índices chinos han registrado descensos cercanos al 1%. La decisión de Pekín consolida una estrategia de “pausa prolongada” que inquieta a unos inversores que esperaban más gasolina monetaria para sostener el crecimiento en 2026.
Un mensaje de estabilidad que decepciona a las bolsas
El movimiento del PBoC era, en teoría, lo esperado. Sin embargo, el tono de la decisión ha pesado como una losa sobre el sentimiento de riesgo en toda la región. En el arranque de la sesión europea, el Shanghai Composite retrocedía en torno a un 0,3%, mientras el Shenzhen Component cedía casi un 1%, reflejando la fragilidad del apetito por la renta variable china. En Hong Kong, el Hang Seng se dejaba alrededor de un 0,3%, lastrado por bancos, inmobiliarias y tecnológicas.
Japón tampoco escapaba al ajuste: el Nikkei 225 corregía cerca de un 1%, con los exportadores especialmente sensibles al giro del yen y a la percepción de una demanda china menos dinámica. En Corea del Sur, el Kospi caía en torno al 0,4%, mientras el S&P/ASX australiano retrocedía un 0,5%, castigando a materias primas e industriales ligados a Pekín. Este mosaico de descensos moderados pero generalizados revela un diagnóstico inequívoco: los mercados no temen un desplome inmediato, pero sí un escenario de crecimiento chino crónicamente débil y de estímulos que llegan siempre un paso por detrás.
El octavo mes de pausa monetaria en Pekín
La decisión de este martes supone el octavo mes consecutivo en el que la autoridad monetaria china mantiene congeladas sus tasas de referencia en el 3,0% (tramo a un año) y el 3,5% (plazo a cinco años). La LPR a un año es el tipo que usan los bancos para la mayoría de los nuevos créditos a empresas y hogares, mientras que la de cinco años actúa como ancla para las hipotecas, un elemento clave en plena digestión de la burbuja inmobiliaria.
En los últimos meses, el PBoC ha optado por una estrategia híbrida: mantener estable el precio general del dinero, mientras recurre a herramientas más quirúrgicas —líneas de liquidez específicas y programas de refinanciación— para sostener sectores como la innovación tecnológica, la economía verde o las pymes. Hace apenas unos días, el banco central recortó en 25 puntos básicos los tipos de algunas de estas facilidades de crédito dirigidas, reforzando al mismo tiempo los programas de apoyo por cientos de miles de millones de yuanes.
El mensaje implícito es claro: Pekín quiere apoyar la actividad sin disparar el endeudamiento ni provocar una fuga de capitales por un diferencial de tipos demasiado amplio frente a Estados Unidos. Sin embargo, lo más grave, a ojos de muchos inversores, es la sensación de que la política monetaria corre por detrás del ciclo real.
El efecto dominó en Shanghái, Tokio, Seúl y Sídney
La reacción en los parqués asiáticos ha sido un clásico episodio de “risk-off” moderado. En la China continental, los retrocesos del Shanghai y del Shenzhen se concentraban en bancos, aseguradoras y compañías inmobiliarias, precisamente los sectores más necesitados de un abaratamiento del crédito. El diagnóstico del mercado es que tipos congelados significan márgenes de alivio limitados para refinanciar deuda y estimular nueva demanda.
En Hong Kong, el Hang Seng profundizaba la corrección que arrastra desde comienzos de año, con las grandes tecnológicas y los gigantes del sector de la construcción encabezando las caídas. El contraste con otros momentos de euforia por estímulos chinos resulta demoledor: ya no basta con un titular para provocar subidas de dos dígitos en estos valores castigados.
En Japón y Corea del Sur, la lectura ha sido doble. Por un lado, una China más débil presiona a la baja las exportaciones y los beneficios de empresas automovilísticas, tecnológicas y de bienes de equipo. Por otro, la menor presión inflacionista que implica un gigante asiático renqueante da cierto respiro a los bancos centrales locales. El resultado es un ajuste ordenado, sin pánico, pero que confirma que la región entera sigue anclada a la trayectoria de Pekín.
El talón de Aquiles: inmobiliario y demanda interna
Detrás de la prudencia del PBoC se esconde un problema que ya nadie discute: el sector inmobiliario sigue siendo el talón de Aquiles de la economía china. La LPR a cinco años, que marca el coste de las hipotecas, se mantiene en el 3,5%, después de varias rebajas en años anteriores destinadas a aliviar la carga financiera de los hogares y sostener los precios de la vivienda. Sin embargo, los últimos datos muestran que los precios de los nuevos inmuebles siguen cayendo y que la actividad promotora continúa en niveles deprimidos.
La consecuencia es clara: con una parte importante de la riqueza de las familias ligada al ladrillo, cada corrección adicional en el mercado residencial pesa sobre la confianza del consumidor y frena el consumo privado. Aunque China logró crecer alrededor de un 5% en 2025, el propio Gobierno ha reconocido que buena parte de esa expansión se apoyó en las exportaciones y en el gasto público, no en la demanda interna.
Como resume un gestor con base en Hong Kong: «Los inversores llevan meses esperando una señal de estímulo más contundente; mantener intacta la LPR a estas alturas se parece más a una estrategia de tiempo que a un plan de crecimiento». Para muchos, el reloj de la confianza doméstica corre más rápido que el de la ortodoxia monetaria de Pekín.
El contraste con la Fed y el BCE
El movimiento del banco central chino se produce en un contexto global peculiar. Mientras la Reserva Federal estadounidense se prepara para un ciclo de recortes graduales tras el pico inflacionista y el Banco Central Europeo intenta no ahogar con tipos altos a una economía europea casi estancada, China ha optado por desmarcarse: tipos oficiales bajos, pero sin rebajas adicionales generalizadas desde hace meses.
Esta divergencia tiene efectos directos sobre las divisas. Tras la decisión del PBoC, el dólar retrocedía ligeramente frente al yen, hasta la zona de los 158 yenes por billete verde, una caída cercana al 0,1%. El mensaje que lee el mercado es que la gran batalla de tipos ya no se libra solo entre Washington y Fráncfort, sino también en cómo Pekín equilibra el soporte al crecimiento con la estabilidad del yuan y el control del riesgo financiero.
Para los bancos centrales occidentales, una China que crece sin sobrecalentarse es un arma de doble filo. Alivia la presión sobre los precios de materias primas y bienes manufacturados, pero al mismo tiempo resta tracción a la recuperación global, especialmente en economías altamente expuestas al ciclo asiático.
Riesgos para Europa y para las empresas españolas
El enfriamiento asiático no es un asunto lejano para Europa, ni mucho menos para España. El continente depende de China tanto como proveedor industrial y tecnológico como cliente clave para sectores como el automóvil, el lujo, la energía y las infraestructuras. Un crecimiento chino más tibio combinado con un banco central extremadamente prudente se traduce en menos pedidos, más competencia por precio y márgenes presionados.
Para las empresas españolas con presencia en la región —desde grupos de ingeniería y renovables hasta firmas de consumo y turismo—, la foto que dibuja la decisión de hoy es incómoda: un mercado gigante que sigue creciendo, pero a un ritmo más bajo y menos predecible, y en el que el crédito no se abarata al ritmo que esperaban muchos proyectos. En paralelo, un yuan que se mantenga bajo presión limita la capacidad de las compañías chinas para comprar activos en el exterior o embarcarse en grandes contratos internacionales.
El contraste con otras regiones emergentes, como India o el sudeste asiático, resulta revelador: allí se percibe un ciclo de inversión más dinámico y marcos regulatorios cada vez más atractivos para la industria y los servicios. Este hecho revela que, sin un giro más decidido en el timón monetario y fiscal, China corre el riesgo de perder parte de su atractivo como motor incuestionable de la demanda global.
