La economía japonesa ha vuelto a enviar una señal de alerta a los mercados globales al registrar una caída drástica de su inflación, que se situó en el 1,5% en enero, frente al 2,1% del mes anterior. Esta cifra, el nivel más bajo registrado desde marzo de 2022, revela la fragilidad de la recuperación de los precios en la tercera economía del mundo y supone un revés inesperado para el Banco de Japón (BoJ). El diagnóstico es inequívoco: el fantasma de la deflación o, al menos, del estancamiento secular, no ha abandonado el archipiélago, lo que obliga a las autoridades monetarias a replantearse la velocidad de su normalización financiera en un momento de máxima volatilidad para el yen.
El espejismo del fin de la deflación
Durante el último año, el consenso de los analistas internacionales había dado por hecho que Japón había logrado romper finalmente el círculo vicioso de la deflación que ha atenazado al país durante tres décadas. Sin embargo, el dato de enero, que sitúa el índice general en el 1,5%, actúa como una cura de realidad. Este hecho revela que gran parte de la subida de precios previa no respondía a un dinamismo interno del consumo o a un aumento sano de los salarios, sino a un choque de costes externos —especialmente energía y alimentos— que ahora empieza a disiparse, dejando al desnudo la debilidad estructural de la demanda interna nipona.
La consecuencia es clara: la economía japonesa sigue careciendo de los motores autónomos necesarios para mantener una inflación estable y cercana al objetivo del 2%. El contraste con otras regiones, como Estados Unidos o la Eurozona, resulta demoledor; mientras Occidente lucha por enfriar sus economías para devolver los precios al cauce oficial, Japón se enfrenta de nuevo al abismo de la irrelevancia de los precios. Esta asincronía complica enormemente la coordinación de las políticas monetarias a nivel global y sitúa al gobernador Kazuo Ueda en una posición de extrema vulnerabilidad.
El Banco de Japón había diseñado una hoja de ruta meticulosa para abandonar el terreno de los tipos de interés negativos, una anomalía que persiste en el país mientras el resto del mundo subía tipos de forma agresiva. El descenso del IPC subyacente (que excluye alimentos frescos) hasta el 2% en enero —frente al 2,4% de diciembre— marca el ritmo más lento de crecimiento en este indicador desde principios de 2024. Este dato es crítico, ya que el 2% es el umbral psicológico y técnico que el BoJ necesita ver consolidado para justificar un cambio de rumbo en su política monetaria.
Sin embargo, el indicador "core-core", que elimina tanto los alimentos frescos como la energía para medir la inflación puramente interna, también ha retrocedido significativamente, pasando del 2,9% al 2,6%. Este hecho revela que la presión inflacionaria está perdiendo tracción en todas sus capas. Para el Banco de Japón, este escenario representa el peor de los mundos: una desaceleración de precios que ocurre antes de que se haya materializado el esperado "ciclo virtuoso" de subidas salariales. Si el BoJ decide subir los tipos ahora, corre el riesgo de ahogar una economía que ya muestra signos de agotamiento; si no lo hace, el diferencial de tipos seguirá hundiendo al yen frente al dólar.
El consumo interno bajo el microscopio
La causa raíz de este frenazo inflacionario reside en el comportamiento de las familias japonesas. A pesar de los esfuerzos del gobierno por incentivar el gasto, el consumo privado sigue lastrado por una mentalidad de ahorro defensivo y un envejecimiento demográfico que limita la circulación del capital. El índice general de precios, situado ahora en 112,9 puntos, refleja una estabilización que los hogares celebran, pero que los economistas temen. Sin una demanda pujante, las empresas niponas pierden el incentivo para invertir y, lo que es más grave, para trasladar los incrementos de costes a los precios finales.
«La inflación en Japón ha sido históricamente impulsada por factores de oferta; en cuanto el petróleo y las materias primas se estabilizan, la economía vuelve a su estado de reposo natural», señalan analistas desde el distrito financiero de Marunouchi en Tokio. Este diagnóstico es compartido por quienes ven en la caída del 2,1% al 1,5% una prueba de que Japón no ha cambiado estructuralmente a pesar de los estímulos masivos de la última década. La consecuencia de este estancamiento del consumo es un crecimiento del PIB que bordea la recesión técnica, lo que reduce el margen de maniobra fiscal del gobierno de Shigeru Ishiba.
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La anomalía nipona frente a la estabilidad global
Mientras la Reserva Federal y el Banco Central Europeo debaten cuándo empezar a recortar tipos tras haber alcanzado picos de inflación cercanos al 10% en años anteriores, Japón nunca llegó a experimentar tales niveles de presión. La inflación nipona apenas alcanzó un pico del 4,2% en su momento más álgido, una cifra que en cualquier otra economía desarrollada se consideraría moderada. Este contraste revela que los mecanismos de transmisión de la inflación en el país del sol naciente están profundamente alterados por factores culturales y estructuras de mercado rígidas que impiden la movilidad de precios y salarios.
La consecuencia política de este dato es una pérdida de credibilidad para las previsiones del gobierno. Las estimaciones oficiales contaban con que la inflación se mantendría por encima del 2% de manera sostenida durante todo 2025. El hecho de que en enero se haya roto esa barrera hacia abajo obliga a revisar todos los marcos macroeconómicos de la nación. Japón vuelve a ser, por tanto, la gran anomalía del capitalismo moderno: un país donde el dinero no fluye a pesar de tener los tipos de interés más bajos del planeta y una deuda pública que supera el 260% del PIB.
El efecto dominó que viene: el mercado de divisas
La reacción de los mercados financieros ante el dato del 1,5% ha sido inmediata. El yen, que ya sufría una presión vendedora constante por el diferencial de tipos con el dólar, ha perdido un soporte fundamental: la expectativa de una subida de tipos inminente por parte del BoJ. Si la inflación sigue cayendo, el Banco de Japón no tendrá la cobertura política ni económica para encarecer el precio del dinero. Este hecho revela un riesgo sistémico para la divisa japonesa, que podría encaminarse nuevamente hacia la zona de los 155-160 yenes por dólar, encareciendo las importaciones y alimentando una inflación importada que castiga a las familias pero no ayuda al crecimiento.
Además, el fenómeno del carry trade —donde los inversores se endeudan en yenes baratos para invertir en activos de mayor rendimiento en el extranjero— podría reactivarse con fuerza. La consecuencia es una fuga de capitales persistente que impide que el ahorro nacional se invierta en la modernización tecnológica del propio Japón. El diagnóstico es preocupante: el país está atrapado en una trampa de liquidez donde la política monetaria ha perdido su capacidad de tracción, y los datos de enero no hacen sino confirmar que la salida de este laberinto será mucho más larga y costosa de lo previsto.
El dilema de Kazuo Ueda
El Banco de Japón se enfrenta a un dilema de dimensiones históricas. Si opta por la prudencia y mantiene los tipos en el 0% o el -0,1%, la moneda seguirá desangrándose, lo que acabará provocando una crisis de confianza en la deuda soberana. Si, por el contrario, decide ignorar el dato del 1,5% y subir los tipos para salvar al yen, podría provocar un choque deflacionario que hunda definitivamente el consumo. Las lecciones del pasado son claras: en 2000 y 2006, el BoJ intentó subir tipos prematuramente y el resultado fue un retorno inmediato a la recesión.
Lo más probable es que veamos un periodo de "espera vigilante" que prolongará la incertidumbre durante todo el primer semestre de 2025. Sin embargo, el tiempo no juega a favor de Japón. Con una población que se reduce a un ritmo de 800.000 personas al año, la base imponible y el mercado de consumo se estrechan inexorablemente. La caída de la inflación al 1,5% es, en última instancia, el reflejo de una sociedad que envejece y que ha dejado de creer en el crecimiento. El diagnóstico final es que Japón sigue siendo el laboratorio donde se prueban los límites del capitalismo maduro, y los resultados actuales no son precisamente esperanzadores para el resto de economías avanzadas.