Trump reescribe el orden nuclear y la IA desata un shock inversor

El fin del tratado New START, el pulso con Irán y una apuesta récord de 650.000 millones de dólares en inteligencia artificial disparan la tensión geopolítica y financiera, con Amazon desplomada, la plata en caída de doble dígito y un BCE que prefiere no moverse.

EP_Masoud_Pezeshkian
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La jornada arranca con la sensación nítida de cambio de era. El tratado New START ha expirado sin sustituto, poniendo punto final al pilar central del control nuclear entre Washington y Moscú. Donald Trump aprovecha el vacío para anunciar un nuevo pacto “mejorado y modernizado” que incluya a China, al tiempo que acelera su proyecto de defensa espacial, la llamada “Cúpula dorada”. En paralelo, Estados Unidos e Irán se sientan este viernes en Omán en unas negociaciones que nacen rodeadas de amenazas militares y movimientos navales. Sobre este tablero ya inestable, Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft planean invertir 650.000 millones de dólares en 2026 para dominar la carrera de la IA, una cifra que ha encendido todas las alarmas tras el desplome de Amazon en bolsa. Los mercados de metales preciosos se hunden y el BCE mantiene los tipos, dibujando un escenario en el que la calma de Fráncfort contrasta con la velocidad del mundo.

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El fin del viejo control nuclear

La expiración del tratado New START, firmado en 2010, marca un punto de inflexión. Durante más de una década, este acuerdo limitó el número de cabezas nucleares estratégicas desplegadas por Estados Unidos y Rusia y estableció mecanismos de verificación que, sin eliminar el riesgo, acotaban la posibilidad de un error de cálculo catastrófico. Con su vencimiento, desaparece el último gran dique del viejo orden nuclear heredado de la Guerra Fría.

Trump ha elegido presentar este final no como un fracaso, sino como una liberación frente a un acuerdo que considera “violado” y obsoleto. El mensaje es claro: Estados Unidos no se siente ya vinculado por un marco concebido en un mundo bipolar que hoy no existe. El diagnóstico es inequívoco: sin reglas claras, la tentación de rearmarse crece. Rusia llevaba meses acusando a Washington de no querer renovar el tratado; ahora ve confirmados sus temores y gana argumentos para justificar sus propios programas de modernización. Lo más grave es que, sin una arquitectura alternativa ya diseñada, el sistema internacional entra en una zona oscura en la que la disuasión vuelve a depender más de la fuerza que de las normas.

Trump, China y la nueva carrera de armas

El giro de Trump no se limita a Rusia. El presidente ha puesto el foco en China, cuya modernización nuclear se acelera, con un arsenal que los servicios de inteligencia estiman en fuerte expansión para la próxima década. La propuesta de un nuevo pacto “mejorado y modernizado” que incluya a Pekín responde tanto a una preocupación estratégica real como a la voluntad de reordenar el tablero bajo parámetros definidos desde Washington.

Incorporar a China a un régimen de control de armas sería, sobre el papel, un avance. Sin embargo, los expertos advierten de que la forma en que se está produciendo este giro puede desencadenar el efecto contrario. El énfasis de Trump en la reconstrucción de las Fuerzas Armadas, el desarrollo de nuevas armas nucleares y la creación de la Fuerza Espacial es leído por Moscú y Pekín como un mensaje de presión, no de cooperación. Si el nuevo diseño se percibe como un intento de imponer límites asimétricos, la consecuencia es clara: más opacidad, más carreras paralelas y menos disposición a aceptar inspecciones. El contraste con los esfuerzos de décadas anteriores, basados en rebajas mutuas y verificables, resulta demoledor.

Omán, epicentro del pulso con Irán

Mientras tanto, Estados Unidos e Irán se sientan este viernes en Omán en unas conversaciones que llegan en el peor contexto posible. Washington quiere ampliar la agenda más allá del programa nuclear: misiles balísticos, apoyo de Teherán a milicias en la región y derechos humanos. Teherán, por su parte, exige ceñirse al expediente nuclear y denuncia cualquier intento de “cambio de régimen encubierto”.

Sobre la mesa, además de centrifugadoras y niveles de enriquecimiento de uranio, pesan los movimientos militares. La acumulación de medios navales estadounidenses en la zona y las amenazas explícitas de acción militar por parte de Trump elevan el riesgo de que un incidente puntual, desde un dron derribado hasta un ataque de una milicia, descarrile la negociación. El gestor Scott Bessent advierte de un síntoma inquietante: “Los líderes iraníes están sacando sus fortunas del país en previsión de un ataque estadounidense”. Si esta percepción cala entre las élites iraníes, se estrecha el margen para cualquier concesión. El escenario de error de cálculo —una decisión tomada sobre la base de una lectura equivocada del rival— vuelve a situarse peligrosamente en primer plano.

La “cúpula dorada” y la militarización del espacio

Trump ha vuelto a reivindicar la creación de la Fuerza Espacial estadounidense como pieza central de su proyecto de defensa, la llamada “Cúpula dorada”, concebida para interceptar misiles intercontinentales antes de que alcancen territorio norteamericano. La idea apela a un imaginario de invulnerabilidad tecnológica, pero los expertos en control de armamento avisan: un sistema de defensa suficientemente eficaz puede resultar desestabilizador.

Si un país cree que su escudo es impenetrable, puede sentirse tentado a correr más riesgos ofensivos, bajo la percepción de que cualquier respuesta enemiga será neutralizada. Al mismo tiempo, los adversarios tratarán de saturar o inutilizar ese escudo, desarrollando misiles hipersónicos, vehículos de reentrada maniobrables o capacidad antisatélite. La militarización del espacio, lejos de pacificar el tablero, puede inaugurar una carrera armamentística aún más cara e imprevisible, con consecuencias profundas sobre presupuestos públicos y prioridades de inversión civil. En un contexto en el que el gasto militar global ya roza récords históricos, el desvío de recursos hacia sistemas de defensa de dudosa eficacia puede tensionar aún más unas cuentas públicas ya castigadas por la pandemia, la transición energética y el envejecimiento demográfico.

La mayor apuesta histórica por la IA

En el frente económico, la cifra que domina la sesión es contundente: Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft planean invertir unos 650.000 millones de dólares en 2026, un 60% más que el año anterior, principalmente en centros de datos, chips especializados y redes eléctricas para alimentar la expansión de la inteligencia artificial. Nunca antes un puñado de compañías había concentrado un volumen de capex de esta magnitud en tan poco tiempo.

El movimiento refleja la lógica de un mercado en el que los ganadores tienden a quedarse con casi todo: quien controle la infraestructura y los modelos de IA de referencia podrá fijar precios, marcar estándares y absorber a los competidores rezagados. Pero el mensaje al resto de la economía es inquietante. Semejante esfuerzo inversor plantea dudas sobre el suministro energético —con consumos eléctricos en algunos nodos que pueden crecer a doble dígito anual—, sobre posibles presiones inflacionistas derivadas de cuellos de botella en la construcción y sobre la capacidad de las redes para soportar esa carga. Este hecho revela, además, hasta qué punto la economía estadounidense está pivotando hacia un modelo fuertemente concentrado en grandes plataformas tecnológicas, dejando a industrias tradicionales en un segundo plano.

Amazon paga en bolsa el vértigo inversor

El reverso de esta apuesta lo encarna Amazon, convertida esta madrugada en el símbolo de los riesgos del “todo por la IA”. Las acciones del gigante del comercio electrónico se desplomaron más de un 8% en el after hours, con caídas puntuales superiores al 10%, tras presentar un beneficio por acción de 1,95 dólares, por debajo de lo que esperaba el mercado, y anunciar un incremento masivo del gasto.

El CEO, Andy Jassy, adelantó que la compañía prevé invertir unos 200.000 millones de dólares en capex en 2026, empujada por la demanda de servicios de nube, chips, robótica y constelaciones de satélites de órbita baja. El mensaje estratégico es coherente con la carrera por la IA, pero los inversores temen que el ritmo de gasto vaya por delante de la generación de caja. La consecuencia es clara: cualquier tropiezo en la monetización de estos proyectos puede traducirse en revisiones a la baja de beneficios y en un castigo bursátil prolongado. El contraste con otras grandes tecnológicas que han optado por un despliegue algo más gradual deja a Amazon en el punto de mira de quienes temen una nueva burbuja de inversión excesiva.

Metales preciosos en montaña rusa

En este entorno de máxima incertidumbre, los metales preciosos han dejado de ser un refugio automático. La plata se ha desplomado más de un 10% en una sola sesión, cayendo hasta el entorno de los 65 dólares por onza, después de haber superado los 90 dólares a comienzos de la semana. A las 19:05 ET, el descenso alcanzaba el 10,83%, reflejo de ventas masivas y posiciones apalancadas deshaciendo apuestas.

El oro también cedió terreno, con un retroceso del 2,52%, mientras que paladio y platino registraron caídas más moderadas. Lo más llamativo es la violencia del giro: en cuestión de días, el relato ha pasado de la “escasez estructural” de plata en la industria fotovoltaica y electrónica a la constatación de que los movimientos especulativos siguen marcando el paso. El diagnóstico es inequívoco: en mercados tan cargados de futuro como el de los metales, la volatilidad extrema ha llegado para quedarse. Para los inversores, esto implica que la gestión del riesgo —márgenes, garantías, horizontes de inversión— pesa tanto como la tesis fundamental sobre oferta y demanda.

Un BCE inmóvil ante un mundo acelerado

Mientras la geopolítica se recalienta y los mercados se mueven a golpes de doble dígito, el Banco Central Europeo opta por la contención. La institución ha decidido mantener los tipos de interés sin cambios por quinta reunión consecutiva, con la inflación de la zona euro situada en el 1,7% y un crecimiento que resiste en torno al 1,5% en 2025. Christine Lagarde ha descartado recortes inmediatos pese a la caída del gas y la debilidad del dólar, insistiendo en la prioridad de consolidar la estabilidad de precios a medio plazo.

Al mismo tiempo, el BCE ha remitido a los líderes europeos una batería de recomendaciones para apuntalar el crecimiento: sostenibilidad fiscal creíble, inversión estratégica, integración de mercados y desarrollo del euro digital. En el muy corto plazo, los mercados mirarán también a los discursos de Kocher (BCE), Pill (Banco de Inglaterra) y Jefferson (Reserva Federal), así como a un calendario de datos cargado: producción industrial, importaciones y exportaciones de Alemania; balanza comercial de Francia; encuesta del propio BCE; y al otro lado del Atlántico, la tasa de desempleo de Canadá y los indicadores de sentimiento e inflación de la Universidad de Michigan. En un mundo que corre cada vez más deprisa, la apuesta de Fráncfort por la paciencia se someterá a prueba en cada dato y en cada gesto de los bancos centrales anglosajones.

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