El tiroteo contra el número dos de la inteligencia militar rusa revela una cadena de ataques selectivos

Nuevo atentado en Moscú sacude la cúpula militar rusa: General Vladimir Alexev gravemente herido

El general Vladimir Alekseyev, primer subjefe de la inteligencia militar rusa y uno de los hombres mejor informados del régimen, fue tiroteado a plena luz del día en un edificio residencial del noroeste de Moscú. El atacante se acercó hasta el rellano del ascensor, disparó varias veces por la espalda y huyó sin dejar rastro. Las autoridades hablan de intento de asesinato y de un general hospitalizado en estado reservado. Lo más significativo no es solo el objetivo, sino el patrón: es el cuarto teniente general atacado en poco más de un año dentro o en las inmediaciones de la capital rusa. Antes cayeron Igor Kirillov, Yaroslav Moskalik y Fanil Sarvarov, todos muertos por explosivos. La consecuencia es clara: incluso en una de las ciudades más vigiladas del mundo, la cúpula castrense ya no está a salvo. El atentado llega cuando Rusia entra en el cuarto año de guerra abierta contra Ucrania y coincide con tímidas conversaciones diplomáticas para explorar un alto el fuego. Lo que debía ser un mensaje de fuerza hacia fuera se ve ahora atravesado por la imagen de un general clave abatido en su propio portal. El contraste resulta demoledor para un Kremlin que intenta proyectar control absoluto.

Fotografía del general Vladimir Alexev (imagen ilustrativa), primer subjefe de inteligencia ruso hospitalizado tras ser atacado en Moscú.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Nuevo atentado en Moscú sacude la cúpula militar rusa: General Vladimir Alexev gravemente herido

Una cadena de generales atacados

El caso Alekseyev no es un episodio aislado. Desde diciembre de 2024, tres tenientes generales han sido asesinados en atentados cuidadosamente planificados en Kremlin de Moscú y su periferia: Igor Kirillov, jefe de las tropas de defensa nuclear, química y biológica; Yaroslav Moskalik, alto mando del Estado Mayor; y Fanil Sarvarov, responsable del entrenamiento de las fuerzas rusas para el frente ucraniano. Todos murieron por bombas colocadas en vehículos o dispositivos en la vía pública.

En apenas 14 meses, cuatro generales del mismo rango han sido atacados, tres de ellos con resultado mortal. Es una cifra extraordinaria incluso para un país en guerra, y más aún cuando los atentados se concentran en la capital, lejos de la línea del frente. A ojos de los analistas, este fenómeno revela un salto cualitativo: ya no se trata de sabotajes en la retaguardia, sino de una campaña sistemática contra la columna vertebral del mando militar.

Las autoridades rusas han señalado reiteradamente a los servicios de inteligencia ucranianos como posibles responsables y han abierto causas penales por terrorismo y tráfico de explosivos. Kiev, por su parte, solo ha admitido, de forma selectiva, algunas operaciones en territorio ruso. En el caso de Alekseyev, no hay reivindicación ni versión oficial detallada, lo que alimenta tanto la hipótesis de un golpe exterior como la de una lucha interna por el poder.

 

El atentado en una capital blindada

El ataque se produjo en un edificio de viviendas de la avenida Volokolamskoye, en el noroeste de la ciudad, una zona de tráfico intenso y rodeada de instalaciones estratégicas. Según el Comité de Investigación ruso, un hombre armado esperó a Alekseyev en el rellano del ascensor y abrió fuego varias veces antes de escapar. Las filtraciones apuntan a impactos en la espalda y el abdomen, lo que explicaría que las autoridades hablen de heridas graves y situación “estable pero seria”.

Este hecho revela una vulnerabilidad incómoda: pese a la militarización de GRU y al endurecimiento de la seguridad desde 2022, un atacante ha logrado acercarse a uno de los mandos más protegidos de las Fuerzas Armadas en su espacio más íntimo, el domicilio. No se trata de un convoy en carretera ni de un despacho ministerial, sino de una rutina diaria, supuestamente controlada.

Además, la escena del crimen está rodeada de cámaras y controles urbanos. Si el autor consigue escapar del país, la narrativa de fortaleza del Estado quedará aún más erosionada. Si, por el contrario, es detenido, el tipo de perfil que se haga público —operativo extranjero, colaborador interno, lobo solitario— será clave para entender si estamos ante un fallo de seguridad o ante una fractura dentro del propio aparato.

Quién es realmente Vladimir Alekseyev

Alekseyev no es un general más. A sus 64 años, acumula más de cuatro décadas de carrera en la inteligencia militar, desde unidades de fuerzas especiales hasta la cúspide de la Dirección Principal del Estado Mayor, la conocida GRU. Es, en la práctica, el número dos de la inteligencia militar rusa desde 2011, un puesto desde el que ha supervisado operaciones en Siria, Ucrania y otros teatros discretos.

Nacido en la Ucrania soviética, su biografía ilustra bien la mezcla de lealtades y trayectorias cruzadas de la antigua URSS. Condecorado como Héroe de la Federación Rusa, está sancionado por Estados Unidos y la Unión Europea por su presunta implicación en ciberataques y en el envenenamiento con Novichok del ex espía Sergei Skripal en Salisbury, así como por interferencias en elecciones occidentales.

Su nombre también aparece ligado al universo de las compañías militares privadas. Durante la rebelión del grupo de mercenarios Wagner Group en junio de 2023, Alekseyev apareció en un vídeo dirigiéndose a los combatientes y calificando la insurrección como “una puñalada por la espalda” al país. Pocas horas después participó en las negociaciones con Yevgueni Prigozhin para frenar la marcha sobre Moscú. Su papel, por tanto, no se limita al espionaje clásico: es también un gestor de milicias, lealtades y equilibrios dentro del ecosistema de guerra ruso.

La guerra secreta en el corazón del régimen

Lo más grave del atentado contra Alekseyev es el contexto. Desde el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania, Rusia ha convertido la seguridad interior en una prioridad absoluta: refuerzo de los servicios de contrainteligencia, legislación más dura y ampliación del aparato policial y militar. Y sin embargo, en ese mismo periodo se ha consolidado una sucesión de golpes quirúrgicos contra figuras clave del estamento castrense.

El patrón recuerda a los conflictos de baja intensidad donde la lucha por el relato se libra a través de operaciones simbólicas: descabezar al adversario, demostrar que nadie está a salvo, exhibir capacidad de penetración. Si, como dicen varias fuentes occidentales, los servicios ucranianos han hecho de Moscú un objetivo prioritario de su campaña encubierta, el mensaje es claro: los costes de la guerra ya no se concentran en el frente, sino que alcanzan a los responsables directos de la estrategia militar.

Pero reducirlo todo a una mano externa sería simplificar. Los movimientos en la cúpula del Ministerio de Defensa, las tensiones entre facciones militares y la multiplicación de estructuras armadas semiprivadas han creado un ecosistema donde las vendettas internas no pueden descartarse. Un general herido puede ser tanto una victoria de un enemigo exterior como un ajuste de cuentas dentro del propio sistema.

El mensaje para la élite militar rusa

La concatenación de asesinatos y atentados tiene también un efecto disciplinador hacia dentro. Para los cuadros medios y altos del Ejército, ver caer a cuatro tenientes generales en 14 meses envía una doble señal. Por un lado, confirma que formar parte del núcleo duro de la guerra implica un riesgo personal creciente, incluso en la retaguardia. Por otro, refuerza la expectativa de lealtad absoluta: cualquier duda, crítica o desafección puede ser interpretada como vulnerabilidad.

Tras la muerte de Kirillov, el Kremlin juró “represalias inevitables” contra los responsables ucranianos; tras la de Sarvarov, las autoridades prometieron revisar los protocolos de seguridad de los altos mandos. Sin embargo, la ejecución del ataque contra Alekseyev demuestra que esas medidas, si se adoptaron, no han sido suficientes.

El contraste con otras potencias nucleares resulta llamativo. En Estados Unidos o Francia, los casos de altos mandos asesinados en su propio territorio en tiempos de paz relativa son prácticamente inexistentes en las últimas décadas. El hecho de que en Rusia se acumulen en tan poco tiempo sugiere un nivel de exposición y de infiltración mucho mayor, con consecuencias directas sobre la moral y la cohesión de las fuerzas armadas

Comentarios