Japón cancela su festival estrella del Fuji por miedo a turistas maleducados
La ciudad japonesa de Fujiyoshida ha decidido apagar uno de sus escaparates más famosos al mundo: el festival de cerezos de Arakurayama Sengen Park, con vistas al monte Fuji y a la icónica pagoda de cinco pisos.
Tras casi una década de celebración y alrededor de 200.000 visitantes cada primavera, el Ayuntamiento ha optado por cancelar la edición de este año.
La decisión llega después de una escalada de quejas vecinales por masificación, falta de civismo y problemas de salubridad en las calles residenciales aledañas al parque.
En plena fiebre turística —Japón superó los 40 millones de visitantes extranjeros el último año— Fujiyoshida se convierte así en símbolo de los límites del “éxito” turístico.
Un icono turístico desbordado
El Arakurayama Sengen Park Cherry Blossom Festival se había consolidado en apenas diez años como una de las citas más reconocibles de la primavera japonesa. El reclamo es tan simple como perfecto: monte Fuji al fondo, cerezos en flor y una pagoda de cinco pisos en primer plano. Una combinación diseñada para el viral de redes sociales.
Según el consistorio, el festival atraía cada año a unas 200.000 personas, pero la cifra se ha disparado en las últimas temporadas. En los picos de floración, el flujo diario se aproxima ya a las 10.000 personas, un volumen que el tejido urbano de Fujiyoshida —una ciudad mediana, no una gran capital— no está preparado para absorber sin fricciones.
La debilidad del yen, que abarata Japón para el turismo internacional, y la difusión constante de imágenes del lugar en Instagram, TikTok y plataformas de viajes han terminado de disparar la demanda. En la práctica, el parque se ha convertido en un “spot fotográfico” global, con colas de hasta tres horas para lograr una instantánea desde el ángulo exacto.
El problema, según admiten fuentes municipales, es que el parque está incrustado en un entorno residencial clásico: calles estrechas, viviendas unifamiliares, escasos aparcamientos y servicios limitados. En otras palabras, un barrio normal al que se le ha pegado una autopista turística de alcance planetario.
Quejas vecinales: del baño al camino escolar
Las quejas de los residentes han sido el detonante. El Ayuntamiento reconoce que el listado de incidencias ha pasado de ser “asumible” a “estructural”. Vecinos relatan casos de turistas que entran en viviendas particulares para usar el baño, otros que orinan en jardines o solares y discusiones subidas de tono cuando se les reprocha la conducta.
Los problemas de sanidad básica se han convertido en una de las mayores preocupaciones: los baños públicos resultan insuficientes, y la acumulación de basura en días punta ha obligado a reforzar los equipos de limpieza. Para una comunidad acostumbrada a un entorno ordenado y tranquilo, el choque ha sido frontal.
La seguridad también ha saltado al primer plano. Padres de la zona denuncian que sus hijos han sido empujados o apartados en las aceras cuando grupos numerosos se arremolinan camino del mirador. En rutas escolares que discurren por calles estrechas, el tránsito simultáneo de autocares, taxis y peatones se ha vuelto difícil de gestionar sin riesgos.
El alcalde, Shigeru Horiuchi, lo resumía con una frase que ha dado la vuelta al país: «Detrás de este bello paisaje, la vida tranquila de nuestros ciudadanos está siendo amenazada». Esa percepción de amenaza, más que un incidente concreto, es lo que ha acabado inclinando la balanza hacia la cancelación.
El reverso del éxito turístico de Japón
Japón vive un momento dulce en términos macro: el turismo se ha convertido en una de las palancas más dinámicas de su economía. En el último ejercicio, el país superó por primera vez los 40 millones de visitantes extranjeros, y el objetivo oficial pasa por elevar todavía más la cifra en la próxima década.
Sin embargo, el caso de Fujiyoshida pone de manifiesto el reverso incómodo de ese éxito. La combinación de tipo de cambio favorable, conectividad aérea y obsesión global por ciertos iconos —de los templos de Kioto a los barrios de Tokio o las vistas del Fuji— genera lo que los expertos ya califican de sobreturismo.
En ciudades como Kioto, los vecinos denuncian desde hace años congestión, colas interminables y pérdida del comercio de proximidad en beneficio de alojamientos turísticos y tiendas orientadas casi en exclusiva al visitante extranjero. En algunos barrios se han implantado carteles y normas específicas para frenar conductas inapropiadas, desde fotografiar a residentes sin permiso hasta comer en zonas no habilitadas.
Fujiyoshida se suma ahora a esa lista de destinos que empiezan a trazar líneas rojas. La cancelación del festival no supone cerrar el parque, pero sí envía una señal inequívoca: la prioridad no será crecer a cualquier precio, sino preservar la habitabilidad del entorno.
El difícil equilibrio entre economía y convivencia
La decisión de suspender el festival llega, paradójicamente, cuando su impacto económico estaba en máximos. Los flujos de visitantes alimentan hostales, pequeños hoteles, restaurantes, comercios y servicios locales, desde taxis hasta tiendas de recuerdos. Para muchos negocios, la temporada de floración de los cerezos concentra una parte sustancial de la facturación anual.
Los economistas locales reconocen que el evento había creado una “mini economía de primavera” en torno al parque. Sin embargo, la presión sobre infraestructuras y vecinos empezaba a pasar factura en términos menos visibles: subida de alquileres en la zona, saturación del tráfico, pérdida de espacios tranquilos y una sensación de “parque temático” permanente que incomoda a parte de la población.
Los expertos en turismo hablan de un punto de inflexión: cuando el coste social percibido supera el beneficio económico directo, las comunidades presionan para introducir límites. Es lo que ha ocurrido en Venecia, Barcelona o Ámsterdam, y lo que Japón empieza a vivir en clave propia.
En Fujiyoshida, el mensaje de las autoridades es que la suspensión no es un rechazo al turismo, sino un intento de reformular el modelo. Se trata de pasar de “cuantos más, mejor” a un enfoque donde se priorice la calidad de la visita y el respeto por la vida local frente al simple volumen.
Lecciones para otros destinos masificados
El caso del festival de cerezos en el Fuji ofrece varias lecciones que otros destinos turísticos —incluidos muchos en España— siguen con atención. La primera es que las redes sociales son un acelerador formidable, capaz de convertir un punto fotogénico en un destino global en cuestión de meses. Sin planificación previa, el resultado suele ser congestión y conflicto.
La segunda lección es que la infraestructura —sanitaria, de transporte, de seguridad— debe adaptarse al nuevo flujo. Si un entorno residencial no incorpora aparcamientos específicos, rutas señalizadas, baños suficientes y personal de apoyo, la presión recae directamente sobre los vecinos.
La tercera tiene que ver con la gobernanza. La experiencia de Fujiyoshida revela la importancia de escuchar de forma temprana a la comunidad, medir el impacto con datos y no esperar a que el descontento sea irreversible. Una caída brusca del apoyo social puede llevar a medidas drásticas como la cancelación total, cuando quizá habría sido posible una gestión intermedia con cupos, reservas previas o tasas finales.
Los analistas turísticos señalan, además, que la reputación del destino está en juego. Una ciudad que se percibe como “invadida” o “hostil” pierde atractivo a medio plazo, mientras que un mensaje claro de límites puede reforzar su imagen como lugar que protege su identidad.
Lo que cambiará este año en Arakurayama
Aunque el festival desaparece del calendario oficial, el Ayuntamiento no se hace ilusiones: los cerezos seguirán floreciendo y los visitantes seguirán llegando. El objetivo ahora es modular ese flujo y reducir el impacto sobre el vecindario.
Entre las medidas previstas, el consistorio trabaja en reforzar la presencia de personal de seguridad y voluntarios, habilitar aparcamientos temporales fuera del núcleo residencial y desplegar aseos portátiles adicionales para aliviar la presión sobre viviendas y negocios.
También se estudia redirigir parte del flujo mediante cartelería y señalización, evitando los puntos más sensibles cerca de colegios o calles extremadamente estrechas. Otra vía en debate es introducir información multilingüe más clara sobre normas básicas de convivencia: respeto a la propiedad privada, uso de baños, gestión de residuos o limitaciones en zonas de paso escolar.
Lo que sí desaparece, al menos este año, es el componente de marketing: la ciudad no promocionará el evento bajo la marca habitual del festival ni realizará campañas específicas para atraer a más gente. El enfoque pasa de la captación a la gestión de un volumen que se da por garantizado.