Bezos fulmina un tercio de la redacción de The Washington Post para recortar costes

El diario de referencia en EEUU ejecuta el mayor recorte de su historia reciente: hunde Deportes, Libros, Internacional y relega todo lo que no sea política y poder
Washington Post building, Por Daniel X. O'Neil from USA - Washington, DC, June 2011: The Washington Post, CC BY 2.0
Washington Post building, Por Daniel X. O'Neil from USA - Washington, DC, June 2011: The Washington Post, CC BY 2.0

El The Washington Post ha vivido uno de esos días que marcan una generación. En una sola mañana, el diario propiedad de Jeff Bezos despidió a alrededor de un tercio de su plantilla, en lo que veteranos de la casa describen como “uno de los días más oscuros en la historia del periódico”. Las órdenes fueron claras: “quédense en casa”, mientras los correos electrónicos empezaban a llegar con la comunicación de despido.
Los recortes golpean el corazón del proyecto: se desmantela casi por completo la sección de Deportes, se cierra Libros, se reduce drásticamente la cobertura local de Metro, se recorta Internacional y se cancela el podcast diario Post Reports. La reestructuración alcanza también al área de negocio, en un intento por volver a la rentabilidad tras la fuga de cientos de miles de suscriptores.
La dirección defiende que el tijeretazo es imprescindible para asegurar el futuro. Buena parte de la redacción no se lo cree. Y en el centro de la polémica se repite un mismo nombre: Bezos, acusado por antiguos y actuales responsables del diario de sacrificar músculo periodístico para sobrevivir políticamente a Donald Trump y abaratar costes.

Un tercio de la plantilla, fuera en una mañana

Los números son demoledores: uno de cada tres empleados del Post ha recibido la carta de despido. La orden de la empresa fue que toda la plantilla trabajara desde casa, mientras los correos notificando los recortes iban llegando por tandas. El resultado, según describen los propios periodistas, fue una mañana de listas negras, chats encendidos y despachos virtuales en silencio.

El editor ejecutivo Matt Murray justificó la decisión en un memorando interno: «Esta reestructuración ayudará a asegurar nuestro futuro y nos dará estabilidad». Traducido: el diario, que durante años fue ejemplo de cómo un gran medio podía reinventarse con capital de un magnate tecnológico, ha entrado en números rojos y ya no puede sostener su estructura actual.

Detrás del ajuste hay meses de deterioro financiero. La combinación de caída de publicidad, desaceleración de las suscripciones digitales y aumento de costes ha forzado a la empresa a recortar allí donde duele: en periodistas, editores y corresponsales. Lo que en 2013 se presentó como un proyecto de expansión bajo el paraguas de un gigante tecnológico se asemeja hoy a un plan de supervivencia a la baja.

Una redacción en shock: “un funeral tras otro”

En los pasillos —virtuales— del Post, el sentimiento dominante es de duelo. La veterana periodista Sally Quinn, viuda del legendario editor Ben Bradlee, lo resumía con brutal claridad: «Últimamente es como un funeral tras otro». La frase circuló por grupos internos como el epitafio de una etapa.

Los nombres que caen no son secundarios. Reporteros de referencia en economía, cultura, raza y etnia, local e incluso la corresponsalía de Amazon han anunciado en redes que están fuera. “Estoy fuera, junto con un montón de los mejores de este oficio. Horrible”, lamentaba una de las periodistas especializadas en tecnología. Otro reportero subrayaba un contrasentido sangrante: seis meses después de que la empresa presumiera en una reunión interna de que la cobertura de raza “impulsaba suscripciones”, esa misma área ha sido objeto de recortes.

La sensación común es que el periódico está renunciando justo a las piezas que daban profundidad y matiz a su cobertura, desde los barrios del área metropolitana de Washington hasta el deporte local, el ensayo literario o los reportajes de largo aliento. El diagnóstico de buena parte de la plantilla es amargo: se salva la marca, se sacrifica el alma.

El plan Bezos–Lewis: política en el centro, el resto a la intemperie

La operación responde a una estrategia ya verbalizada por el editor ejecutivo y por el editor responsable Will Lewis: concentrar recursos en un puñado de áreas “estratégicas” —política, poder, seguridad nacional, grandes tendencias y ciencia— y recortar casi todo lo demás. En su memo al staff, Murray detalló que, a corto plazo, el Post se centrará en aquello que proyecte “autoridad, distintividad e impacto” y que “resuene con los lectores”.

La lista incluye política y poder en Washington, seguridad nacional dentro y fuera de EEUU, ciencia, salud, tecnología, clima y negocios, así como grandes investigaciones y contenidos de cultura y vida cotidiana con fuerte tracción digital. La contracara de esa apuesta es clara: la información local, el deporte cotidiano, la crítica literaria o el seguimiento internacional exhaustivo dejan de ser prioritarios.

Las decisiones concretas lo confirman. La mesa de Metro, encargada de cubrir Washington y su área, se encoge. La sección de Deportes se reduce a la mínima expresión, con gran parte del equipo despedido. La sección de Libros se apaga casi por completo. Y el podcast diario Post Reports, una de las apuestas de audio del diario, se cancela. La consecuencia es evidente: el Post se redefine como un medio centrado en elites políticas y económicas, con menos músculo para cubrir el tejido social que da contexto a esas decisiones de poder.

La batalla interna por el alma del periódico

El giro no ha pasado sin resistencia. Equipos completos de la redacción han enviado cartas directas a Bezos pidiéndole que frene el plan. En una de ellas, firmada por el jefe de la oficina de la Casa Blanca Matt Viser y otros siete reporteros, se advertía de que el periodismo político del Post depende de la colaboración con el resto de secciones: internacional, deportes, local… «Si otras secciones se reducen, todos nos vemos debilitados», le recordaban.

El exverificador de datos Glenn Kessler fue aún más duro en una columna reciente: «Bezos no está intentando salvar The Washington Post. Está intentando sobrevivir a Donald Trump». La frase apunta a una preocupación que trasciende lo laboral: el temor de que los recortes y la reorientación editorial respondan más a un cálculo político que a una necesidad estrictamente financiera.

Las cartas no han frenado el plan. Lewis ha seguido adelante con su hoja de ruta. Para muchos periodistas, el mensaje implícito es que la capacidad de influencia de la plantilla sobre el modelo de negocio se ha reducido al mínimo. La relación entre redacción y propiedad entra así en una fase de desconfianza abierta.

La dimensión política: Trump, Harris y las sospechas de interferencia

La figura de Donald Trump sobrevuela toda la crisis. La relación entre el exmandatario, Amazon y Bezos ha sido tensa durante años, pero en los últimos tiempos las acusaciones se han invertido: ya no se habla sólo de ataques desde la Casa Blanca, sino de cesiones desde el dueño del periódico.

El exdirector del Post Marty Baron ha sido especialmente contundente. En un comunicado, calificó el día de los despidos como “uno de los más oscuros en la historia de una de las grandes organizaciones periodísticas del mundo” y señaló directamente a la cúpula: «Los problemas de negocio eran reales, pero se han visto infinitamente agravados por decisiones erróneas tomadas desde muy arriba».

Baron apuntó a dos episodios concretos. Primero, la decisión de Bezos de bloquear en 2024 un editorial que iba a respaldar a Kamala Harris en plena campaña, lo que habría provocado cancelaciones masivas de suscripción y un golpe directo a los ingresos. Segundo, lo que describe como “esfuerzos nauseabundos para congraciarse con Trump”, desde gestos simbólicos hasta reuniones en entornos como Blue Origin, donde el magnate ha recibido a figuras clave del entorno republicano, como el secretario de Defensa Pete Hegseth.

El resultado, según Baron, es una paradoja cruel: un medio que históricamente presumía de independencia se ve ahora bajo sospecha de haber modulado su línea editorial por cálculos de poder, al tiempo que recorta precisamente aquello que le daba autoridad: una redacción numerosa, diversa y combativa.

El modelo de negocio en caída libre

Más allá de las pulsiones políticas, el contexto económico ayuda a explicar el hachazo. Como la mayoría de grandes diarios estadounidenses, el Post ha sufrido el doble impacto de la desaceleración publicitaria y el agotamiento del boom de suscripciones digitales que siguió a la llegada de Trump al poder. Tras varios años de crecimiento exponencial, las altas se estancaron y las bajas se aceleraron.

Baron habla de “cientos de miles de suscriptores” perdidos en pocos años. A ello se suma la presión de un dueño acostumbrado a ver crecer de forma explosiva los negocios en los que invierte. En una carta a la plantilla, Bezos llegó a prometer que el éxito del Post sería “uno de los mayores orgullos de su vida”. Hoy, quienes trabajaron con él dicen no ver rastro de aquel compromiso.

En el último año, el intento de reorientar la sección de Opinión hacia postulados libertarios —más mercado libre, menos intervencionismo, defensa de libertades individuales— desembocó en la salida del editor David Shipley y en una mayor polarización interna. El giro no logró frenar el deterioro de las cuentas y, según muchos empleados, tampoco aportó una identidad editorial clara.

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