El triple chorro simétrico de 3I/ATLAS reabre el debate sobre tecnoseñales en el espacio

Las imágenes del Hubble muestran una estructura de chorros casi perfecta y una alineación solar improbable en el tercer visitante interestelar detectado

Image credit: Toni Scarmato, based on data released by NASA/ESA/STScI
Image credit: Toni Scarmato, based on data released by NASA/ESA/STScI

Las últimas imágenes del Telescopio Espacial Hubble sobre el objeto interestelar 3I/ATLAS han encendido una chispa inesperada en la comunidad científica. En un cuerpo de apenas unas decenas de kilómetros, que atraviesa el Sistema Solar a toda velocidad, se observa una estructura de chorros de gas sorprendentemente simétrica y una anti-cola que se extiende hasta 100.000 kilómetros en dirección al Sol.

El físico Avi Loeb plantea una pregunta incómoda: ¿estamos ante un simple cometa interestelar o frente a una posible firma tecnológica? La configuración de los chorros —tres ejes separados casi exactamente 120º— y la alineación del eje de rotación con el Sol, cuya probabilidad de ocurrir al azar sería de solo 0,2%, alimentan el debate.

Mientras la interpretación estándar habla de bolsas de hielo activadas por la radiación solar, Loeb recuerda que la estadística y la geometría obligan a dejar la puerta entreabierta a escenarios menos convencionales.

En paralelo, el caso 3I/ATLAS llega en pleno auge de la nueva astronomía de objetos interestelares, inaugurada por 1I/‘Oumuamua y 2I/Borisov, y vuelve a colocar sobre la mesa una cuestión de fondo: ¿hasta dónde debe arriesgar la ciencia cuando los datos parecen desafiar los modelos conocidos?

3I/ATLAS es el tercer objeto interestelar identificado que atraviesa nuestro sistema desde el espacio profundo. A diferencia de los asteroides y cometas locales, sus órbitas no están ligadas al Sol: llegan desde fuera, pasan una sola vez y se marchan para siempre. Ese carácter irrepetible convierte cada campaña de observación en una carrera contra el reloj.

Entre el 30 de noviembre y el 27 de diciembre de 2025, el Hubble tomó 17 imágenes de 3I/ATLAS, posteriormente procesadas con el filtro de gradiente rotacional Larson-Sekanina. El resultado revela una morfología rica y cambiante, muy distinta de la estampa clásica de un cometa con coma difusa y cola elongada.

Para los modelos tradicionales, se trataría de un núcleo helado que, al acercarse al Sol, sublima parte de sus hielos y expulsa chorros de gas y polvo. Pero el hecho de que venga de otro sistema estelar añade una capa más al análisis: su composición, su historia térmica y su estructura interna podrían ser muy diferentes de las de los cometas que conocemos.

En ese contexto, cualquier patrón que se aparte de lo habitual —como la simetría casi perfecta de sus chorros— se vuelve especialmente significativo.

Chorros gemelos y una anti-cola de 100.000 kilómetros

Las imágenes procesadas muestran dos escalas bien diferenciadas. A gran distancia del núcleo, hasta unos 100.000 kilómetros, domina una anti-cola orientada hacia el Sol, en la esquina inferior izquierda de los paneles de diciembre. Esta anti-cola no es un chorro convencional que se aleja del Sol, sino una estructura de partículas más grandes que, por efecto de la perspectiva y de la dinámica del polvo, parece apuntar justo en sentido contrario al esperado.

A distancias diez veces menores, dentro de unos 24.000 kilómetros del núcleo, el panorama cambia. Allí se identifican tres chorros principales:

  • Uno aproximadamente dirigido en sentido opuesto al Sol,

  • y otros dos laterales, separados entre sí por unos ±120 grados.

Esa geometría en “trípode” resulta llamativa. En la mayoría de cometas se observan chorros múltiples, pero sus direcciones suelen responder a la distribución irregular de hielos y fracturas en la superficie, sin simetrías tan limpias. Aquí, Hubble captura un patrón que, al menos en estas fechas, se aproxima de forma notable a una división exacta del círculo: 360º/3.

La estructura no es estática. Entre finales de noviembre y finales de diciembre, la orientación de los chorros varía, en línea con la rotación del núcleo. Pero la organización global —una anti-cola dominante y un sistema de tres chorros interiores— se mantiene, lo que sugiere una fuente persistente y bien definida.

Rotación de 16 horas y la explicación cometaria clásica

Los defensores del escenario natural parten de un dato clave: el periodo de rotación estimado de 3I/ATLAS es de unas 16 horas. Con ese giro, es posible que grandes bolsas de hielo cercanas a la superficie se activen al recibir luz solar y generen chorros que cambian de dirección a medida que el núcleo rota.

Loeb calcula que un chorro que expulse material a 0,2 kilómetros por segundo —velocidad compatible con la sublimación de hielos por la radiación solar— podría extenderse 5.000 kilómetros en unas 8 horas, es decir, en media rotación del objeto. Esta dinámica bastaría para explicar la variación moderada de los chorros menores en las imágenes de Hubble.

En ese esquema, la anti-cola sería la manifestación de una región especialmente activa, quizá una fractura profunda o una zona rica en compuestos volátiles, que inyecta material de manera sostenida. El chorro más intenso apuntaría hacia el Sol en el sistema de referencia del objeto, mientras que la anti-cola visible reflejaría la compleja interacción entre gravedad solar, presión de radiación y tamaño de las partículas expulsadas.

Es un modelo coherente con la física conocida de cometas, aunque exige una distribución muy concreta de hielos en la superficie. La cuestión es si esa configuración basta para explicar también la simetría angular observada en el sistema de tres chorros internos.

False-color image of 3I/ATLAS (top panel), taken on December 27, 2025 by a 0.2-meter telescope in Belgium. The field of view is 14.4 by 23.3 arcminutes, corresponding to 1.1 by 1.8 million kilometers.  (Image credit: Alfons Diepvens)
False-color image of 3I/ATLAS (top panel), taken on December 27, 2025 by a 0.2-meter telescope in Belgium. The field of view is 14.4 by 23.3 arcminutes, corresponding to 1.1 by 1.8 million kilometers. (Image credit: Alfons Diepvens)

Alineación casi perfecta con el Sol: una coincidencia del 0,2%

Más difícil de encajar en el marco estándar es la estabilidad y direccionalidad de la anti-cola en escalas tan grandes. Para que el chorro principal mantenga una forma coherente a lo largo de decenas de miles de kilómetros, Loeb propone que el eje de rotación del objeto esté casi alineado con la dirección del Sol.

Si el eje rotacional apunta aproximadamente hacia el Sol, la anti-cola se comporta como el haz de un faro: precesa en un pequeño cono alrededor de ese eje, pero mantiene su orientación general. Con una longitud unas 10 veces mayor que su anchura, la anti-cola implicaría que la desviación entre el chorro y el eje de rotación es inferior a 6 grados.

Geométricamente, la probabilidad de que un objeto interestelar cualquiera llegue al sistema solar con un eje de rotación alineado con el Sol dentro de ese margen es reducida: del orden de 0,2%, según los cálculos de Loeb. Es decir, dos casos de cada mil. No es imposible, pero tampoco lo más esperable si la distribución de orientaciones es aleatoria.

Aquí es donde la estadística se mezcla con la intuición científica: ¿estamos ante una casualidad afortunada, que simplemente hemos tenido tiempo de documentar, o ante un indicio de que 3I/ATLAS podría no ser un cometa convencional?

¿Tecnoseñales o simple gas dinámico?

A partir de estos datos, Loeb plantea la pregunta que divide a la comunidad: ¿podrían la estructura triple de chorros y la alineación con el Sol ser firmas tecnológicas? Es decir, ¿corresponder a un dispositivo artificial que emite chorros de forma deliberada, quizá como sistema de propulsión o estabilización, más que al comportamiento de un núcleo helado natural?

Las analogías con faros cósmicos, velas solares o sondas guiadas aparecen de inmediato en la imaginación del lector. Sin embargo, la mayoría de especialistas se inclina de momento por agotar las explicaciones basadas en gas dinámico, termofísica de hielos y fracturas superficiales, antes de dar el salto a hipótesis de ingeniería extraterrestre.

El propio Loeb admite que “el tiempo lo dirá” y que serán necesarios modelos más detallados y, en el mejor de los casos, observaciones adicionales de futuros visitantes interestelares con características similares. Pero insiste en que descartar de entrada las tecnoseñales por “incomodidad” intelectual equivaldría a sustituir el método científico por un reflejo conservador.

El equilibrio es delicado: mantener la puerta abierta a lo extraordinario sin caer en la especulación gratuita, y al mismo tiempo evitar que la inercia académica impida explorar escenarios que, aunque poco probables, podrían transformar nuestra comprensión del cosmos.

Ciencia, dogmas y una carta desde Italia

Loeb encuadra este debate en una reflexión más amplia sobre cómo funciona la ciencia cuando se enfrenta a datos que no encajan del todo. En su texto, cuenta que antes de salir a correr al amanecer recibió un mensaje desde Italia agradeciéndole su disposición a cuestionar los dogmas.

La carta, que evoca a Galileo Galilei, decía:

«La patria de Galileo le agradece su firme determinación de estimular un debate científico real, estadísticamente más que plausible, que a menudo se pretende enterrar por pereza y falta de voluntad para cuestionar los propios dogmas… Las estrellas son cientos de miles de billones; tarde o temprano, el encuentro especial llegará.»

Más allá del tono elogioso, el mensaje refleja una tensión real: una parte de la comunidad teme que hablar de tecnoseñales desacredite trabajos serios; otra cree que cerrar esa línea de investigación por prejuicio traiciona el espíritu de la ciencia. 3I/ATLAS se ha convertido en el último catalizador de esa discusión.

Imagen de 3I/ATLAS del 21.627 de diciembre de 2025 UTC (con un gráfico de contornos a la izquierda). El chorro a la derecha (oeste) es la anticola que se dirige hacia el Sol. El campo es de 6 por 12 minutos de arco, y la duración de la exposición es de 15 segundos en el telescopio orbital Maksutov de 0,15 m de NEOSSat. La cuadrícula de coordenadas corresponde a la eclíptica de 2000. (Crédito de la imagen: D. D. Balam (DAO/NRC), C. E. Spratt (ret.), D. W. E. Green (CBAT), P. Langill (RAO/U. de Calgary), Omar Elmi (CSA), Jack Williams (CSA) y la Agencia Espacial Canadiense)
Imagen de 3I/ATLAS del 21.627 de diciembre de 2025 UTC (con un gráfico de contornos a la izquierda). El chorro a la derecha (oeste) es la anticola que se dirige hacia el Sol. El campo es de 6 por 12 minutos de arco, y la duración de la exposición es de 15 segundos en el telescopio orbital Maksutov de 0,15 m de NEOSSat. La cuadrícula de coordenadas corresponde a la eclíptica de 2000. (Crédito de la imagen: D. D. Balam (DAO/NRC), C. E. Spratt (ret.), D. W. E. Green (CBAT), P. Langill (RAO/U. de Calgary), Omar Elmi (CSA), Jack Williams (CSA) y la Agencia Espacial Canadiense)

Lo que 3I/ATLAS anticipa sobre la nueva era interestelar

Sea cual sea la interpretación final, el caso 3I/ATLAS confirma que hemos entrado en una nueva era de la astronomía. Desde 2017, con la detección de 1I/‘Oumuamua, los telescopios empiezan a registrar de forma rutinaria visitantes que no nacieron en nuestro sistema. Cada uno trae consigo un conjunto único de pistas sobre las condiciones físicas y químicas de otros entornos estelares.

En los próximos años, con encuestas de cielo más profundas y rápidas, es probable que el número de objetos interestelares detectados crezca en uno o dos órdenes de magnitud. Eso permitirá evaluar si configuraciones como la de 3I/ATLAS —triple chorro simétrico, anti-cola estable, alineación con el Sol— son una rareza o un patrón recurrente.

Mientras tanto, el debate sigue abierto. ¿Cometa exótico, casualidad geométrica o artefacto tecnológico? La respuesta no llegará de un solo artículo ni de una imagen espectacular del Hubble, sino de la acumulación de datos, modelos y, sobre todo, de la disposición de la comunidad científica a mirar sin prejuicios aquello que el cielo le pone delante.

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